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miércoles, 25 de noviembre de 2009

LA SUCCIÓN DE LAS MUJERES-VAMPIRO


POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI


“El poder del vampiro reside en que nadie cree en su existencia”.

Christopher Lee.



SINOPSIS: A bordo del expreso Los Angeles-Seattle, un equipo cinematográfico rueda algunas escenas de una película de terror de bajo presupuesto. En el mismo tren viajan un sargento de policía aficionado a lo sobrenatural, un misterioso rumano y su Teatro del Horror de figuras de cera, y una muchacha, Ingrid Svenson, que está en posesión de un horrible secreto. Ella sabe que, cuando el tren llegue a su destino, comenzará una pesadilla que amenazará la existencia de toda la especie humana. Dispuesta a impedirlo como sea, pero sabiendo que es demasiado débil para enfrentarse sola a los no-muertos, la joven recaba la ayuda del sargento Goldsmith, confiando en que, dadas sus aficiones, este acepte la increíble historia que sólo ella conoce. Pero el policía no la cree y la mujer vuelve descorazonada a su cabina, donde es atacada por una mujer-vampiro.

Glen Ivers, un miembro del equipo de cine, es despertado bruscamente por algún un extraño, procedente de alguna de las cabinas de su mismo coche-cama. Intrigado, decide investigar, y cuando el ruido se repite, en forma de golpe seco y sordo, localiza la cabina de la que procede. Poco después, encuentra a Ingrid Svenson muerta, tendida en su litera, golpeando con su cabeza contra la pared a cada sacudida del convoy. Dejándolo todo tal como lo ha encontrado, Glenn corre en busca del camarero de guardia del coche-cama, al que encuentra medio adormilado. En compañía de éste, regresa a la cabina de Ingrid Svenson, pero ha ocurrido algo extraño. Él dejó la puerta abierta y ahora está cerrada. Cada vez más intrigado, Ivers le pide al camarero la llave maestra, y cuando consiguen franquear la entrada, se encuentran a la señorita Svenson en su litera, al parecer llena de vida. La mujer protesta airadamente por esa intromisión, mientras Glenn la contempla demudado. La había visto muerta apenas unos minutos antes, pálida como la cera, con una extraña incisión doble en su cuello, y ahora estaba allí, tan campante, fulminándolos con su llameante mirada por despertarla a semejantes horas. “¿Qué demonios está pasando aquí?” se pregunta el joven.

El sargento Goldsmith, avisado por el camarero, se presenta de inmediato. Tras disculparse con Ingrid, el policía amonesta severamente a Glenn y al camarero, pero Ivers insiste en su historia, contándole al agente de la ley lo de las mordeduras en el cuello de la mujer. Aunque recuerda perfectamente la curiosa conversación que sostuvo con ella unas horas antes, el policía se niega a admitir el relato de Glenn. Por otra parte, la misma Ingrid acaba de disculparse con él, reconociendo que la historia que le contó era absurda, fruto sólo de su imaginación calenturienta, combinada con el nerviosismo que le producía ver a “toda esa gente rara del cine”, que estaba rodando una película de vampiros en el tren. Goldsmith acepta la palabra de Ingrid Svenson y da por zanjado el asunto, pero Glenn Ivers no las tiene todas consigo. Jamás ha sufrido alucinaciones, y sabe que ha visto a la Svenson muerta, con una mordedura en el cuello. En ese tren está ocurriendo algo anormal y él está dispuesto a averiguar de qué se trata. Y en ese preciso instante, el joven recuerda algo que puede tener relación con los sucesos del tren. El equipo de rodaje se dirige a Seattle. En las cercanías de esa ciudad se encuentra una mansión de estilo centroeuropeo llamada Los Cárpatos, propiedad de Ernst Kalutka, un multimillonario obsesionado con el vampirismo, que ha comprado en Rumania, y trasladado piedra a piedra a los EE UU, una cripta en la que, según la leyenda, reposan las cenizas del conde Drácula. Kalutka ha accedido a permitir que los cineastas filmen en tan curiosa cripta, que posiblemente sea un camelo, porque todo el mundo sabe que Drácula, el vampiro al menos, jamás existió. Pero, ¿y si la leyenda fuese cierta?, se pregunta Glenn.

Y efectivamente, la leyenda de Drácula, el Príncipe de las Tinieblas, el Señor de los No-Muertos, se revela como auténtica cuando el horror más inenarrable se desata en el expreso Los Ángeles-Seattle, y más tarde, en la misteriosa mansión de Ernst Kalutka y en la tétrica cripta, en la que Glenn Ivers y sus compañeros deberán enfrentarse al mismísimo conde Drácula, que regresará de las profundidades del averno para instaurar su reino sobre la Tierra.


COMENTARIO: Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz) vuelve a deleitarnos con una novela de terror “clásico”, en la que recupera el mito inmortal del vampiro y a su más genuino representante: el conde Drácula, creado por el genial novelista Abraham Stoker en 1897. A estas alturas, tras docenas de adaptaciones cinematográficas y televisivas, y miles de novelas y comics, todos sabemos que el Príncipe de las Tinieblas acabará sucumbiendo ante los humanos. Pero Garland nos presenta aquí un Drácula que ya no teme a la Cruz, ni al ajo, ni a otros “remedios anti-vampiro” clásicos. Es, por otra parte, y eso es lo más original de esta obra, un Drácula filósofo. Cuando Glenn Ivers y sus compañeros observan, aterrorizados, que la cruz no sirve para ahuyentar al Señor de las Tinieblas, éste, en un largo y sorprendentemente lúcido parlamento, les explica por qué el crucifijo ya no atemoriza a las criaturas de la noche: “Porque es el símbolo de vuestra Fe y de vuestro Dios, pero un símbolo a veces no basta. […] Nosotros, los vampiros, hemos fortalecido y crecido ante los emblemas de vuestra Fe, por una razón muy simple: porque vosotros mismos ya no tenéis Fe. […]” Drácula sigue desgranando su discurso, enumerando todas y cada una de las lacras que corrompen nuestro desquiciado mundo, y asombrando más si cabe a los humanos que tiene frente a sí. El Drácula descrito por Garland parece haber evolucionado a través de su enfrentamiento con los vivos, y ha llegado a conocerlos mejor de lo que éstos se conocen a sí mismos. Sabe que el hedonismo, el vicio y la corrupción han minado a la sociedad del siglo XX, que cada vez renuncia más a aceptar cualquier principio moral o religioso. “¿Qué daño puede causarme vuestra cruz?, cuando ni vosotros mismos creéis en ella y en su valor, salvo cuando pensáis que es vuestro único asidero para salvaros de lo irremediable”, pregunta el vampiro a Glenn y sus amigos. Y estos intuyen que el Señor de la Oscuridad está en lo cierto, y eso es lo más terrible de todo. Pero a pesar de ello, hacen frente a Drácula con más desesperación que determinación, y gracias a una hábil estratagema ideada por Ivers, consiguen que la luz del Sol brille en plena noche, destruyendo al siniestro aristócrata rumano y a su ejército de mujeres vampirizadas. La humanidad vence así, por enésima vez, al Señor de los No-Muertos, pero Glenn Ivers no puede evitar darle la razón a Drácula, al acusar éste a la humanidad de tantas y tantas cosas terribles de las que todos, en mayor o menor medida, somos responsables.

Aunque LA SUCCIÓN DE LAS MUJERES-VAMPIRO no sea una de las mejores novelas de Garland, ni siquiera uno de sus mejores relatos de terror, su impresionante conclusión la hace merecedora de figurar en cualquier estudio sobre el vampirismo en la literatura de evasión. En pocas palabras: estamos ante un bolsilibro de terror que se eleva por encima de la media de este tipo de publicaciones gracias a su inteligente y original final.


TÍTULO: LA SUCCIÓN DE LAS MUJERES-VAMPIRO
AUTOR: CURTIS GARLAND
COLECCIÓN: SELECCIÓN TERROR (Nº 295)
PORTADA: MIGUEL GARCÍA
EDITORIAL: BRUGUERA
EDICIÓN: OCTUBRE, 1978

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