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jueves, 28 de noviembre de 2013

ENCUESTA CON REGALO NAVIDEÑO 2013

 
 
 
Estimados amigos de Bolsi & Pulp: Nuevamente como en otros años, les queremos dar de regalo navideño… ¡Un espectacular bolsilibro completo para que disfruten leyendo!

Les tengo tres espectaculares obras para que puedan votar y son las siguientes:
 
 
OPCIÓN 1:
LA VENGANZA DE CARONTE
DE A. THORKENT
A. Thorkent demuestra en esta novela que es un maestro indiscutible de la Ciencia Ficción. La aventura es entretenida y memorable.
 
 
 OPCIÓN 2:
VACACIONES SIN CRIMEN, VACACIONES PERDIDAS
DE CLARK CARRADOS
 Publicada en la legendaria colección "Punto Rojo",  de editorial Bruguera, esta es una imperdible obra policial de uno de los grandes escritores bolsilibrescos: el gran Clark Carrados.


OPCIÓN 3:
EL REINO DE LOS INFIERNOS
DE LOU CARRIGAN
Un loco millonario crea una imitación del infierno. Todo el que llega a su infierno personal está destinado a sufrir sus métodos de tortura y muerte, que resultan pavorosos.  Esta novela se encuentra entre mis TOP-TEN de terror suyas. Si quieren ver el listado completo con sus 10 mejores libros de terror, sólo pinchen acá.



¿Qué bolsilibro prefieres? ¿La Ciencia Ficción de A. Thorkent? ¿El Policial de Clark Carrados? ¿El Terror de Lou Carrigan?
 
¿YA HICISTE TU ELECCIÓN? ¡ENTONCES A VOTAR!

El plazo vence el 25 de diciembre.

¡Un abrazo enorme a todos y saludos bolsilibrescos!

Atte: ODISEO…Legendario Guerrero Arcano.

lunes, 18 de noviembre de 2013

LUIS GARCÍA LECHA Y EL LER DE LA NASA

 
 POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI
 
 
En contra de lo que muchos escépticos piensan, existe una estrecha relación entre la ciencia y la literatura de ciencia-ficción. El ya fallecido Arthur C Clarke afirmó en cierta ocasión que los autores de ciencia-ficción fueron quienes proporcionaron las ideas generales de toda la tecnología que se desarrolló en el siglo XX, excepto los microchips. Clarke sabía lo que decía, ya que él mismo ejerció de profeta tecnológico. En 1948 publicó un artículo de prospectiva científica, en el que explicaba cómo podrían colocarse en órbitas geoestacionarias satélites artificiales para emplearlos como transmisores de comunicaciones. Su predicción se cumplió nueve años más tarde, cuando la URSS puso en órbita el Spunik-1, primer satélite artificial de la historia. Clarke se arrepintió durante el resto de su vida de no haber patentado el concepto cuando su artículo vio la luz. Se habría hecho de oro. Tres años más tarde, en 1951, el gran autor británico tuvo otro atisbo de videncia tecnológica. En su obra PRELUDIO AL ESPACIO describió, con asombrosa precisión, una nave espacial reutilizable, capaz de aterrizar como un avión convencional. Para más inri, predijo que un vehículo semejante podría estar operativo en 1978. Dos décadas después, la NASA dio vía libre al proyecto Space Shuttle, su ambicioso programa de transbordadores espaciales que se asemejaban muchísimo al aparato imaginado por Clarke.
 
Los ejemplos de escritores que esbozaron ideas y conceptos científicos que acabaron haciéndose realidad son numerosos. En VIAJE A LA LUNA, de Cyrano de Bergerac, se describe un cohete por etapas, que se van quemando sucesivamente hasta situar en órbita la cápsula tripulada. Por increíble que parezca, el gran ingeniero espacial Werner von Braun, un auténtico fanático de la ciencia-ficción, admitió que se había basado en esta historia para diseñar los cohetes del programa espacial americano. Curiosamente, en este mismo relato el escritor francés describe la gravedad medio siglo antes que Isaac Newton y la radio doscientos años antes que Marconi.
 
 
En VIAJES DE GULLIVER, publicada en 1726, Jonathan Swift explica cómo los liliputienses tienen que realizar un cálculo matemático para alimentar al gigantesco extranjero, logrando establecer, de forma inequívocamente racional, que la cantidad de alimento que requiere un animal es siempre proporcional a tres cuartos del peso de su cuerpo. Swift presentó una buena ley, ciertamente; pero, como dijo Frederik Pohl: ¡No se describió hasta 1932! Sin embargo, lo más sorprendente de la inmortal obra de Swift es la increíblemente precisa descripción de los dos satélites de Marte, Fobos y Deimos, ¡ciento cincuenta años antes de que fueran descubiertos por Asaph Hall!
 
En el campo de la energía atómica, los autores de ciencia-ficción dieron la impresión de ir siempre un paso por delante de los científicos. En 1933 el mismísimo Einstein afirmó que la energía atómica carecía de valor práctico, ya que siempre habría que aportar a la reacción más energía de la que pudiera producir ésta. Por esas mismas calendas, maestros indiscutibles del género, como Robert A Heinlein o Lester del Rey, describían en sus relatos el empleo de la energía nuclear como arma devastadora y también como fuente de energía, al tiempo que sopesaban los riesgos que conllevaría su empleo. En 1941, Heinlein publicó SOLUCIÓN INSATISFACTORIA, obra en la que presentaba un proyecto para construir un arma nuclear, describía con gran verismo sus aterradores efectos, predecía que semejante artefacto pondría el punto final a la guerra y, lo más asombroso de todo, anticipaba la situación de equilibrio del terror nuclear entre dos superpotencias. Tres años más tarde, en 1944, Cleve Cartmill publicó un relato sazonado con numerosos detalles técnicos reales de la bomba atómica, lo que indujo al gobierno norteamericano a creer que, de alguna manera, se habían filtrado datos secretos del Proyecto Manhattan, de modo que el FBI sometió al escritor a una discreta pero férrea vigilancia. Los hombres de Hoover acabaron por descubrir que Cartmill había basado su relato en artículos científicos de revistas especializadas publicados antes de la guerra. 
 


Como puede verse, la literatura de ciencia-ficción nos ha ofrecido, a lo largo de su dilatada historia, asombrosas predicciones que han terminado por convertirse en realidad. Pero no han sido sólo los grandes del género los que han acertado con algunas de sus ideas. Luis García Lecha, maestro de la literatura de evasión y el autor más prolífico de la ciencia-ficción española, imaginó hace treinta años un vehículo todoterreno similar al Lunar Electric Rover que la NASA presentó en sociedad aprovechando el desfile conmemorativo de la toma de posesión del presidente Barak Obama.
 
Ciertamente, el LER representa un hito en el diseño de vehículos para la exploración espacial. Propulsado por motores eléctricos, alimentados por un juego de baterías Ión-Litio de nueva generación, el LER tiene unas prestaciones asombrosas. El prototipo presentado en la toma de posesión presidencial tiene una autonomía de 240 kilómetros a una velocidad media de entre 10 y 20 km/h. No parece gran cosa, pero si se compara con el primitivo jeep lunar de las misiones Apollo, que circulaba a 8 o 10 km/h, con una autonomía máxima de 15 kilómetros, representa un considerable salto adelante en la creación de vehículos de superficie para la exploración espacial. Equipado con un sistema de tracción total, que permite que todas las ruedas reciban simultáneamente la potencia del motor, puede circular por casi cualquier terreno, salvar pequeñas rocas y remontar elevaciones de hasta 40 grados. Con las dimensiones aproximadas de una furgoneta Ford Transit, dispone de cabina presurizada, dotada de dos literas, una cocina, un inodoro y un lavamanos. El vehículo lleva integrados, en su parte posterior, dos trajes de vacío, en los cuales pueden embutirse los astronautas desde el mismo interior del todoterreno. Así mismo, este asombroso coche lunar cuenta con una pequeña cámara estanca, que permite a los astronautas acceder a su interior sin tener que despresurizar la cabina. Por si fuera poco, el habitáculo presurizado puede desmontarse si es necesario, para convertir el LER en una eficaz plataforma de transporte. Como si fuera una furgoneta clásica, vamos.
 

 
Lo sorprendente de todo esto es que, como he dicho un párrafo más arriba, LGL describiera en muchos de sus bolsilibros de ciencia-ficción un artilugio semejante. El novelista riojano no da un nombre concreto a esta clase de vehículo, limitándose a denominarlo, simplemente, coche. Eso sí; las prestaciones del vehículo ideado por Lecha son superiores a las del modelo de la NASA. Las máquinas ideadas por Carrados / Parrish son tan grandes como autocaravanas, dotados de enormes ruedas-balón (cuatro, seis u ocho según los casos) y propulsados por energía eléctrica, bien generada por una micropila nuclear, bien proporcionada por baterías de recarga solar. En los primeros párrafos de EL VIAJERO QUE LLEGÓ DEL INFINITO, nº 700 de La conquista del Espacio, Lecha nos describe el interior de uno de estos vehículos, equipado con calefacción, radio de largo alcance, dos literas, un pequeño aseo, despensa, cocina y depósito de agua potable para los viajes largos. En ¡VIVA MARTE! nº 429 de La conquista del Espacio, las prestaciones del automóvil son incluso superiores, ya que el novelista habla de cuatro literas y reserva de agua y víveres para seis meses nada menos. En general, estos antecesores del LER aparecen en casi todas las novelas que Lecha ambientó en Marte, caso de los títulos ya citados y también de LUCHAR POR MARTE, nº 289 de La conquista del Espacio y Los no-humanos, nº 235 de Héroes del Espacio. En el universo futurista imaginado por Lecha, estos vehículos son bastante caros, por lo que existen versiones más modestas, sin habitáculo presurizado, tal como nos cuenta en UNA CASA EN MARTE, nº 424 de La conquista del Espacio, obra en la que aparece un todoterreno sobre orugas, movido por electricidad, pero desprovisto de cabina estanca, por lo que el conductor y los pasajeros deben viajar vistiendo sus trajes de vacío, igual que Eugene Cernan en el primitivo Rover Lunar.
 
Llama la atención que un escritor de lo que se ha dado en llamar novelas baratas fuera capaz de imaginar, hace tres décadas, un vehículo tan singular. Entre el fantástico LER de la NASA y los cachivaches de Carrados hay bastantes diferencias, ciertamente; pero la idea básica es la misma. No creo que los diseñadores del Lunar Electric Rover hayan leído al novelista riojano, pero si lo hubieran hecho, se habrían quedado boquiabiertos. Si a Arthur C Clarke puede considerársele el padre de los satélites artificiales y, quizás, también de las lanzaderas espaciales, Luis García Lecha podría muy bien ser considerado el padre teórico del LER.

martes, 12 de noviembre de 2013

LA MAGIA DE LAS CUBIERTAS

 
 
 
 
 
Uno de los aspectos más interesantes de la historia de las llamadas novelas de a duro, o bolsilibros, fue el gráfico. No bastaba con que el título resultara atrayente. La novela, como cualquier otro producto, tenía que entrarle por los ojos al consumidor, así que era menester presentarla de la forma más sugestiva posible, y para ello nada mejor que dotarla de una portada colorista e impactante.
 
Durante la Edad de Oro de la novela popular española, las editoriales en general se preocupaban bastante de este tema. Así, por ejemplo, se acostumbraba a solicitar al autor, además de la consabida sinopsis argumental, alguna sugerencia para la ilustración de la cubierta; sugerencia que era trasladada a alguno de los dibujantes de la empresa, que se ocupaba, con mejor o peor fortuna, de realizar la ilustración. Esta inteligente práctica permitía que la cubierta de la novela diera al potencial comprador una idea aproximada del contenido de la misma. Con frecuencia, los ilustradores obviaban la sugerencia del novelista y actuaban por libre, inspirándose para la ilustración tan sólo en la sinopsis argumental de la obra. Con todo, los resultados solían ser buenos y el dibujo de la portada cumplía a las mil maravillas su función de atraer al potencial lector. Cuando un novelista gozaba ya de cierto prestigio, sus obras se vendían como churros, independientemente de la calidad de la ilustración de portada; pero ésta adquiría una importancia capital a la hora de sacar al mercado obras de un autor poco conocido. Mallorquí, Estefanía, Corín Tellado y George H White, por citar a algunos de los novelistas más representativos, habrían vendido sus novelas aunque éstas hubieran salido con una cubierta de cartón, sin ilustración y sólo con el título y el nombre del autor impresos en ella. Pero otros autores tenían que ser promocionados, por así decirlo, y una de las mejores formas de hacerlo era presentando sus obras con una portada que llamase de inmediato la atención del público. Huelga decir que, salvo contadísimas excepciones, ésta política editorial funcionó perfectamente.
 
Siendo este un Sitio dedicado principalmente a la ciencia-ficción, me centraré en las cubiertas de las colecciones del género, las mejores de las cuales fueron, en mi modesta opinión, las de la primera época de la colección Espacio, el mundo futuro de Toray, y las de Luchadores del espacio, de Valenciana. Ambas estaban claramente inspiradas en la estética pulp, siendo quizás más notoria esta influencia en la editorial barcelonesa. Durante los años cincuenta, la estupenda colección Espacio exhibió unas portadas deslumbrantes, representando increíbles escenas futuristas en las que aparecían todos y cada uno de los tópicos del género, tal y como se veía éste en aquel tiempo. Las ilustraciones de Luchadores, aunque deudoras también del pulp, eran algo más estilizadas a mi parecer; especialmente algunas de las que se emplearon para las novelas pertenecientes a la mítica Saga de los Aznar.
 

En la segunda mitad de la década de los sesenta, Toray cambió el diseño de cubierta de Espacio, quizás en un intento de modernizar el formato del bolsilibro. A tal objeto, la vistosa ilustración que ocupaba la mayor parte de la cubierta fue suprimida. El color dominante de la misma pasó a ser el blanco. Se cambió el símbolo de la colección, que a partir de ahí fue una estrella negra de ocho puntas, compuesta por un aspa de trazo grueso superpuesta sobre una cruz de trazo fino, situada en el ángulo superior izquierdo de la portada. Junto a la estrella, la palabra Espacio, un guión, El mundo futuro y otro guión. Inmediatamente debajo, una ancha franja de color negro, sobre la que figuraban en caracteres amarillos el autor y el título de la obra. Y debajo, un círculo que encerraba la ilustración propiamente dicha. Se eliminaron, así mismo, los dibujos a tinta china que precedían al capítulo primero, en los que figuraba el título de la obra, y también las letras capitales, adornadas con pequeñas ilustraciones, con las que se abría el primer párrafo de cada capítulo. Este cambio tan radical en el estilo de las portadas mermó considerablemente el atractivo visual de las novelas, aun cuando no perjudicase en lo más mínimo las ventas de las mismas. A partir de aquí, Espacio, el mundo futuro perdió la calidad gráfica que había sido como una marca de la casa, aunque, por fortuna, la calidad de los textos siguió siendo apreciable.
 
Con la llegada de los años setenta, Bruguera, el gigante barcelonés que estaba monopolizando a marchas forzadas el mercado del bolsilibro en España, sacó al mercado La conquista del espacio, colección que sería un referente del género para todos los aficionados que, como el que suscribe, recalaron en este valle de lágrimas en la década anterior. Desde un principio, Bruguera cuidó con esmero el asunto de las portadas, consciente de que la imagen vende. Parece ser que también respetaban, hasta cierto punto, claro, las sugerencias de los novelistas respecto al dibujo de cubierta, con lo que, en ocasiones, se conseguía que la portada representara algún pasaje concreto de la narración contenida en el bolsilibro. Una de las mejores pruebas de esto la tenemos en la portada de MISIÓN EN OULAX, número 140 de La conquista del Espacio, novela de A. Thorkent, perteneciente al ciclo de El Orden Estelar; obra muy querida para mi, ya que fue la primera narración de ciencia-ficción que leí en mi vida.
 
 
La portada de esta novela, realizada por Antonio Bernal, es una de las más logradas de toda la colección. Si La conquista del Espacio hubiera incluido dibujos interiores, como se hizo durante algún tiempo con otras colecciones, ésta habría sido ideal para ilustrar gráficamente uno de los pasajes más emocionantes de la novela; aquel en que Adán Villagrán, que viaja a bordo de una nave de pasajeros similar a un trasatlántico espacial, ayuda a la tripulación a repeler el abordaje de unos piratas cósmicos. La pequeña nave en forma de punta de flecha representa, sin duda, el ligero navío pirata que intercepta a la Gran Solex; una bola de fuego consume a tres hombres uniformados de rojo, simbolizando el feroz combate entablado, en el que se emplean potentes armas atomizadoras; y por último, lo más destacado de la ilustración: la figura principal, un hombre joven y apuesto, empuñando una humeante pistola, ligeramente agazapado, como si se estuviera parapetando tras algo y se dispusiera a saltar en cualquier momento para sorprender a un enemigo. Lo más destacable de esta espléndida cubierta es el color del uniforme de la figura principal: negro y plata; los colores predominantes en los uniformes de los miembros del Orden Estelar.
 
Otra cubierta notable, pese a la aparente sencillez del dibujo, es la de ISLOTE EN EL COSMOS, de Glenn Parrish, número 300 de La conquista del Espacio. Aquí nos encontramos ante una fusión perfecta de título e ilustración. El argumento de la novela gira en torno a los habitantes de la pequeña ciudad de Whiteville, que es literalmente arrancada de la Tierra por unos alienígenas que pretenden llevársela a su mundo de origen. La ilustración de Jorge Núñez, combinada con el expresivo título de la obra, sugiere con bastante claridad por dónde van los tiros del relato.
 
Había también, por supuesto, novelas cuyas cubiertas no tenían absolutamente nada que ver con el argumento y, de hecho, fueron las más numerosas, no sólo en LCDE, si no en todas las colecciones de bolsilibros de ciencia-ficción de todas las editoriales. Aún así, la calidad de las ilustraciones de portada solía ser, salvo en contadas ocasiones, muy aceptable. Esta tónica se mantendría, en el caso de Bruguera, casi hasta el final de su existencia como editorial. No obstante esto, a partir de principios de los años ochenta, coincidiendo con el lento pero imparable declive de la novela de a duro, la calidad de las ilustraciones de cubierta fue disminuyendo. Bruguera aplicó entonces una práctica ya utilizada anteriormente por sus rivales: el reciclaje de cubiertas. Así, en plenos años ochenta se publicaron novelas con las mismas portadas de otras obras anteriores. Como las ilustraciones pertenecían al fondo de la empresa, podían reutilizarlas cuantas veces quisieran. Supongo que tendrían que abonar a los artistas una cantidad en concepto de Derechos de Autor, pero esto, sin duda, siempre les saldría más barato que encargarle al ilustrador una cubierta original. Veamos un ejemplo. En 1976, Salvador Fabá se ocupó de la portada de ROBOTS PROHIBIDOS, de Glenn Parrish, número 313 de La conquista del Espacio; ocho años más tarde, en 1984, sale al mercado MÁQUINAS REBELDES, firmada por Clark Carrados, número 222 de Héroes del Espacio, con la misma portada.
 
 
Posteriormente, tras el colapso de Bruguera y su venta al Grupo Zeta, éste, a través de Ediciones B, lanzó una corta pero interesante reedición de novelas de ciencia-ficción pertenecientes al fondo editorial de la legendaria editora catalana. En este caso, se emplearon las ilustraciones de cubierta aleatoriamente, por lo que la misma obra aparece en cada edición con portada distinta. Ejemplos de esto son, siempre refiriéndonos a obras de Luis García Lecha, ROBOTISMO, número 293 de La conquista del Espacio y 30 de la reedición de Ediciones B; y EL SECRETO DEL DOCTOR TYNE, número 488 de La conquista del Espacio y 28 de la reedición. Es digna de reseñar, también, la impactante ilustración realizada por Alberto Pujolar en 1974 para FUEGO PARA UN PLANETA, de Glenn Parrish, número 188 de La conquista del Espacio, que sería reutilizada en la reedición de otra obra de Luis García Lecha, DESERTORES DEL FUTURO, nº 24 de la LCDE de Ediciones B.
 
En general, puede afirmarse que las llamativas ilustraciones de cubierta contribuyeron de forma notoria a la popularidad de los bolsilibros de ciencia-ficción, y eso a pesar de que en ocasiones, pocas afortunadamente, la portada resultase más emocionante que el argumento de la novela. Los lectores de bolsilibros tenemos tendencia a encumbrar a los escritores, olvidándonos de los excelentes artistas que vistieron sus novelas con sus correctas, cuando no geniales, ilustraciones. Vaya desde aquí mi reconocimiento para todos ellos.

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA ÚLTIMA COLINA


 
 
 
 
Hoy tengo el honor de reseñar una de las aventuras bélicas más apasionantes que escribió Luis García Lecha bajo su celebérrimo seudónimo de Clark Carrados. LA ÚLTIMA COLINA, número 304 de Relatos de Guerra, la inolvidable colección de Toray, apareció en 1966. En esta ocasión, Lecha fue políticamente incorrecto, ya que la novela está protagonizada por un destacamento japonés, que debe sacrificarse para proteger la retirada del grueso de sus fuerzas, acosadas por el ejército norteamericano en una remota isla del Pacífico.
 
Al mando de los valerosos soldados nipones está el teniente Dashai, un militar curtido en mil combates. Dashai no es el típico oficial fanático, dispuesto a todo para complacer a su emperador. Es un hombre corriente al que la guerra ha convertido en un guerrero eficaz, pero no comparte la visión que del conflicto tienen la mayoría de sus compatriotas. El joven teniente sabe que le han encargado una misión suicida. Personalmente, preferiría abandonar la isla con sus hombres, pero como oficial disciplinado no puede desobedecer una orden. Y así, queda al mando de un grupo de hombres audaces, armados hasta los dientes, con artillería incluida, que están dispuestos a contener a los yanquis durante el mayor tiempo posible. Dashai y los suyos se atrincheran en una colina, en la cima de la cual han colocado un alto mástil en el que ondea la bandera del Sol Naciente, bordada en seda por la esposa del comandante supremo del ejército imperial en la isla. Esa bandera, el símbolo de su patria, será defendida por las tropas de Dashai hasta el fin, convirtiéndose en una verdadera obsesión para los norteamericanos, que intentarán inútilmente derribarla.
 
Un médico y una enfermera enemigos caen en poder de los nipones. Dashai los trata humanitariamente y les pide que, a cambio, atiendan a sus heridos, pues él no cuenta más que con un sanitario. La enfermera, Mary Owrin, de ascendencia hawaiana, no siente especial simpatía por los japoneses, ya que su hermano murió en el USS Arizona durante el ataque a Pearl Harbor. Por su parte, el capitán médico Stone se niega a atender a los heridos del enemigo, lo que obliga a Dashai a tratarle con relativa dureza para convencerle de que cambie de actitud. Mientras tanto, se suceden las embestidas de las fuerzas yanquis, que son rechazadas una y otra vez por los hombres de Dashai, causándoles espantosas bajas. En vano intentan los americanos persuadir a sus enemigos para que se rindan. Los tenaces nipones están dispuestos a resistir hasta el final, hasta el último cartucho y el último hombre, como se les ha ordenado. Los ataques prosiguen, con devastadores efectos para la pequeña fuerza japonesa, cada vez más diezmada, pero resuelta a aguantar hasta el fin. Entre el mayor Smithers, el oficial yanqui que les insta a la rendición, y el teniente Dashai se establece, a pesar de las circunstancias, o precisamente por causa de ellas, una corriente de mutuo respeto y admiración. Ambos simbolizan las mejores virtudes castrenses, aunadas con un profundo sentimiento humanitario. Pero están en guerra y deben cumplir con su deber. Por otra parte, la enfermera americana y el oficial japonés comienzan a sentirse atraídos el uno por el otro, al tiempo que los marines redoblan sus esfuerzos para acabar con la resistencia de ese puñado de valientes. Cuando se acerca el final, cuando Dashai pierde su artillería y a casi todos sus hombres, deja marchar a Mary, que se aleja hacia las líneas americanas con el corazón embargado por el dolor, pues realmente ha llegado a apreciar a aquel oficial enemigo más de lo que quisiera reconocer.
 
Dashai se dispone a hacer frente a la muerte como un samurai, luchando hasta el último aliento. Pero cuando llega el asalto final de los marines, éstos actúan de un modo extraño, como si no quisieran matar a ese valeroso enemigo que tan implacablemente les ha hecho frente. Lo que ocurre es que el mayor Smithers, impresionado por la valentía y nobleza de su enemigo, ha ordenado que nadie dispare contra él, que se le capture con vida. Y así, Dashai terminará la guerra en un campo de prisioneros. Para un soldado fanático, como la mayoría de los integrantes del ejército imperial, esto sería una deshonra y habría optado por el suicido. Pero Dashai, como se ha dicho, no es un fanático. Ha hecho lo que ha podido y al final se resigna a su suerte. Smithers, por su parte, tiene un gesto honorable hacia su enemigo. Cuando los marines se disponen a arriar la bandera japonesa, que increíblemente ha ondeado durante los combates sin que nada pudiera derribarla, el oficial yanqui lo impide, alegando que sólo Dashai se ha ganado el derecho a arriarla y a quedarse con ella. Antes de partir hacia el cautiverio, Dashai y Mary se miran durante unos momentos, en absoluto silencio. Tal vez cuando todo termine, cuando la ominosa guerra haya concluido, puedan reencontrarse no como enemigos, si no como lo que realmente son: un hombre y una mujer.
 
LA ÚLTIMA COLINA tiene todos los ingredientes típicos de los mejores relatos bélicos, sabiamente combinados por el autor en una obra que no da descanso al lector, llevándole de sobresalto en sobresalto hasta su espléndida conclusión. LGL huye de concepciones maniqueas. En esta novela no hay buenos ni malos al uso, si exceptuamos al capitán médico Stone. Los nipones, como protagonistas de la historia, son retratados por el riojano como hombres normales y corrientes que luchan por su país. Igual que los americanos. Luis García Lecha, veterano de guerra, conocía bien el paño, y nunca se dejó influir por la propaganda o los prejuicios. Esta historia es buena prueba de ello. Disfrutemos, pues, de LA ÚLTIMA COLINA, uno de los grandes relatos de guerra surgidos de la fértil imaginación del gran novelista riojano.