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miércoles, 1 de mayo de 2013

CADÁVERES SIN ALMA de CURTIS GARLAND (NOVELA COMPLETA)

 










 
Estimados amigos de Bolsi & Pulp: Como recordarán, CADÁVERES SIN ALMA del maestro Curtis Garland, fue la novela que ganó nuestra encuesta para celebrar los seis años del blog. Esta es una novela de Terror, perteneciente a la colección “Selección Terror” de la editorial Bruguera, apareció con el número 573 y fue publicada en 1984.

 
¡Disfrútenla y larga vida a los bolsilibros!

Atentamente: ODISEO…Legendario Guerrero Arcano.
 
 
 

CADÁVERES SIN ALMA

CURTIS GARLAND

 

CAPÍTULO PRIMERO
EJECUCIÓN

La multitud se iba hacinando en la plaza pública, rodeada por las almenadas murallas del castillo medioeval. Las antorchas, en muchos puntos, se alternaban con faroles de aceité o petróleo en manos de los asistentes. En los rincones de la plaza, luces de gas alumbraban lívidamente el lugar.
Aún no había amanecido. Tardaría bastante en hacerlo todavía, dado lo avanzado del invierno en aquellas latitudes. El frío era seco y cortante, soplaba un aire gélido, racheado, que empujaba copos de nieve crujiente, casi helada ya, contra los rostros ateridos de los presentes, cuyas mejillas y narices enrojecían bajo el azote del cierzo matinal y el roce de la nieve. Pese a lo inclemente del tiempo, nadie parecía dispuesto a abandonar su emplazamiento al aire libre, e incluso nutridos grupos iban incrementando la asistencia al lugar de forma constante.
El centro de atención de la silenciosa y creciente multitud no era otro que el siniestro catafalco alzado en medio de la plaza, sobre el irregular suelo de piedras redondas. Una estructura cuadrangular, fea y pesada, montada en madera, con una plataforma o entarimado sobre el que era visible un tronco de árbol en forma de apoyo o soporte de algo. Junto a ella, desde poco antes, se erguía un hombre de torvo aspecto, enfundado en una caperuza negra de punta alta, y apoyado en un objeto de lo más estremecedor y terrible: una enorme hacha de largo mango y ancha hoja de afiladísimo acero, sobre la que resplandecían las fantasmales luces de antorchas, lámparas y farolas de alumbrado público.
La escena tenía algo de espantoso e irreal a la vez. La gente parecía impaciente por presenciar un espectáculo digno de su atención, como podían ser títeres o una representación teatral en la plaza pública.
Sin embargo, la sola presencia de aquel cadalso, del tronco de árbol y del encapuchado del hacha, hablaban bien a las claras de la clase de espectáculo que iba a serles dado presenciar a los allí congregados, al filo de aquel alba gélida y desapacible.
Una ejecución.
Una ejecución conforme marcaban las leyes de aquel pequeño país eslavo, perdido en el centro de la vieja Europa; Esa ley dictaba que los asesinos, forajidos y salteadores serían ajusticiados en público bajo el hacha del verdugo.
La capital de aquel Estado centroeuropeo hervía esa noche en expectación ante la ejecución señalada para aquel día. Era una noticia que no sólo invadía las primeras páginas de los periódicos locales, sino que había trascendido al resto del continente europeo. Incluso había allí presentes periodistas franceses, ingleses y austríacos.
Después de todo, una ejecución podía ser asunto en cierto modo rutinario algunas veces. Pero que el reo de tal sentencia fuese una mujer, prestaba a aquel momento un morbo y un sensacionalismo muy especiales, a los que otros países no se sentían ajenos.
Además, la condenada a morir en el patíbulo no era una mujer vulgar. No podía serlo, puesto que el país rompía con una vieja tradición compasiva que siempre había concedido a las condenadas del sexo femenino el indultó del Gobierno, cambiando la pena capital por una sentencia de por vida en prisión.
Esta vez, ni siquiera esa proverbial inclinación nacional a la clemencia había sido posible. La condenada lo era por tan horrendos delitos, que nadie se atrevió a conmutar su pena por otra más leve. La sentencia, por tanto, iba a hacerse efectiva de un momento a otro.
Eso ya lo sabían todos. La última apelación de los abogados defensores había sido respondida por el Gobierno justamente a medianoche, y ya había llegado su consecuencia a oídos de todo el mundo. La petición había sido denegada. Era el último trámite.
Ahora, la mujer encerrada en el castillo de Brandislava, a poca distancia de la vieja plaza amurallada de la capital, estaría esperando en su celda el momento de ser conducida al lugar de la ejecución. Ya no había ninguna otra apelación posible. Su muerte era cosa de minutos.
Los rumores y comentarios en la plaza, eran como murmullos fantasmales en aquel juego alucinante de luces y sombras, bajo el helado manto de la noche glacial del crudo invierno eslavo. Todos giraban, más o menos, en torno a las mismas cuestiones.
Cuestiones relacionadas, por supuesto, con aquella ejecución al filo del amanecer, siguiendo el ritual justiciero de aquel y de otros países vecinos. Sólo la forma de aplicar la muerte era la variante en cada Estado. Mientras en unos se inclinaban por la horca, otros preferían el filo del hacha del verdugo, seccionando de un solo tajo la cabeza del reo en presencia de la multitud. Había legalistas que afirmaban que era una muerte más piadosa, pese a su sangrienta apariencia, que la que producía una áspera soga al producirse el definitivo tirón y romper las vértebras cervicales haciendo asomar, al tiempo, un palmo de hinchada lengua por la boca convulsa del ajusticiado, al darse asimismo la asfixia.
Pero en ese criterio, sin duda alguna, nadie había consultado jamás al sujeto real de tales refinamientos legales, que era el propio reo a muerte. Era dudoso que éste se hubiera inclinado por uno u otro procedimiento, por mucha que fuese su ecuanimidad ante la cuestión.
En otros países europeos, como Francia, habían optado desde tiempo atrás, casi un siglo antes de aquel acontecimiento en la llamada Plaza Real de Brandislava, por un mecanismo ingenioso y siniestro llamado «guillotina», por obra y gracia de su creador, monsieur Guillotin. Pero el hacha del verdugo no se diferenciaba gran cosa de ese sistema más moderno y mecánico.
Muchas miradas convergían hacia el edificio sombrío y austero del antiguo Palacio Real de Brandislava, sede de los monarcas de otros tiempos. Ahora, el pequeño país europeo poseía una forma de gobierno no monárquica, desde los tiempos en que una revolución interna acabó con los monarcas precisamente en un patíbulo semejante al ahora situado en el centro de la plaza, entre el clamor de una multitud enfurecida por los excesos de unos reyes degenerados y tiránicos. Todos sabían que tras aquel balcón principal, adornado con los colores de la bandera nacional de Vrolavia, se albergaba la última oportunidad para el reo. Si aquella cortina granate, tras las vidrieras, se alzaba para dar paso al presidente, antes de la caída del hacha, ello significaría que la vida del reo estaba salvada en última instancia. Pero muy pocos esperaban ni deseaban semejante acto de clemencia por parte del jefe del Gobierno vrolavo. En el fondo, la multitud ambicionaba fervorosamente que los hechos siguieran hasta el sangriento final, no se sabía si por afán de justicia o por simple morbosidad colectiva.
Lo cierto, sin embargo, es que los execrables y horrendos crímenes de la persona condenada, parecían ¡suficiente razón para que la clemencia gubernativa no se produjese en esta circunstancia. El propio ministro del Interior, un hombre tan respetado y noble como Laszlo Bosnek, había declarado públicamente el día anterior, en "La Gaceta de Brandislava", que él era partidario rotundo de que la ejecución se llevase a cabo, «para escarmiento público de seres que pudieran imitar en sus infamias a la persona condenada, tanto en Vrolavia como en otros países del mundo».
Los pensamientos de los asistentes dejaron de vagar sobre todas esas cosas, cuando hubo un movimiento en las puertas del castillo-prisión, situado en las murallas de la parte sur de la plaza, y apareció, rodeada de guardianes uniformados y armados, la persona que había de morir en el cadalso.
Un nuevo murmullo profundo recorrió la plaza repleta de público, mientras una ráfaga de helado cierzo removía la nieve y estremecía a los presentes, coincidiendo con la aparición del reo. Todos parecieron sobrecogidos por un momento, incluso los propios soldados y el capellán que escoltaban al sentenciado a morir. Todos, menos el propio sentenciado.
Gestos de odio y de burla aparecieron en muchos rostros, al paso silencioso y solemne de la macabra comitiva a través de la multitud. Voces airadas se alzaron en algunos puntos, tan faltas de caridad como sobradas de indignación:
—¡Canalla! ¡Monstruo!
—¡Hiena! ¡Reptil miserable! ¡Paga tus crímenes!
—¡Mirad! ¡Es el diablo en persona! ¡Ved su arrogancia maldita, su atroz indiferencia!
—¡Es Satanás mismo, no hay duda! ¡El fuego del infierno asoma a sus ojos!
—Vamos, vamos, apartaos y callad de una vez —ordenó abruptamente el oficial de guardia, haciendo apartar a muchos de los que vociferaban a golpes de espada, aunque usando naturalmente su blanca arma con la parte plana para no herir a nadie—. Dejad que lleguemos al cadalso cuanto antes. Si tanto la odiáis, dejad que se haga justicia, y es suficiente.
Y así, dificultosamente, la persona a ser decapitada avanzaba paso a paso hacia su destino final. Serenamente, con altivez, casi desafiando a las iras del populacho con su aire indiferente y despectivo. Era como la diosa misma del Mal.
Porque la persona que había de entregar su blanco cuello al hacha que aguardaba allá arriba, en manos del encapuchado verdugo, era una mujer.
Una mujer singularmente hermosa, de una belleza exótica y extraña, desde su morena, larga, sedosa cabellera, brillante como azabache a la luz de antorchas, farolas y lámparas, hasta su alta, majestuosa figura de exultantes pechos, firmes caderas y breve cintura, pasando por el ovalado rostro hermoso, pálido, de sensuales labios rojos, muy carnosos, arqueadas cejas, nariz recta y ojos misteriosos, fulgurantes, de un ámbar en tonos de fuego, capaces de producir escalofríos a quien contemplaran.
Vestida con aquella sórdida, áspera túnica marrón desteñida, podía haber parecido insignificante, incluso miserable. Pero no era así. Ni ataviada de armiño y de sedas hubiese resultado más majestuosa y arrogante. Parecía ir hacia la muerte con total ausencia de temores, despectiva y altanera, fría y distante con quienes la escupían su odio o su desprecio a la cara.
Así alcanzó los escalones del cadalso. Se detuvo un momento. El sacerdote, con su libro de oraciones entre las manos, la miró fijamente, acercándose a ella sin dejar de musitar una plegaria entre dientes. Le preguntó, suave:
—Hija mía, ¿deseas al fin poner tu alma en las manos del Señor, limpia de todo pecado, limpiar tu conciencia esperando el perdón divino en la Eternidad?
La hermosa mujer clavó sus ojos llameantes en el religioso. Sus labios carnosos se fruncieron, escupiendo palabras aviesas, con voz ronca, sibilante:
—Id con el diablo, maldito seáis vos y vuestro Señor. Yo no deseo nada de Dios, sino del diablo. Marchaos y dejadme morir en paz.
El sacerdote se persignó, aterrado, apartándose unos pasos.
—Dios perdone tu ciega insolencia, criatura endemoniada —susurró, trémulo—. Tu alma se arrepentirá eternamente cuando sufra las torturas del infierno.
—Me río de vuestros temores, desdichado —soltó ella una carcajada demoníaca, mirándole con sarcasmo—. Nadie de vosotros podrá jamás con mi alma ni con aquel al que voy a entregársela gustosamente, estad seguro de ello.
—No sabes lo que dices, criatura infernal —volvió a persignarse el religioso, despavorido—. Yo, pese a todo, rezaré por ti...
—Reza por ti, y déjame en paz a mí, maldito seas —dijo ella, despectiva, comenzando a subir los escalones decididamente, en medio del murmullo profundo de la multitud.
Los ojos del verdugo, a través de la caperuza negra, contemplaron al reo con una mezcla de admiración y de estupor.
—Ilonka Czek, Dios se apiade de tu alma, pese a todas tus vilezas abominables, y que se cumpla la justicia en tu persona —sentenció desde el pie del cadalso el alcaide de la prisión.
Ella ni se dignó volver la cabeza. Llegó ante el verdugo y rechazó la ayuda de un soldado para poner su cuello en el tajo. Se arrodilló, calmosa, y sonrió al hombre encargado de ajusticiarla.
—Adelante, y sé breve —pidió fríamente—. No quiero sufrir inútilmente. Supongo que tu larga experiencia no se verá ahora disminuida porque tengas que decapitar a una mujer.
—Descuida —sonó la hueca voz del encargado de cumplir la sentencia—. Mi mano no fallará. Y mi hacha tampoco, mujer.
Ella asintió, inclinando lentamente su cabeza hacia el tajo.
En la plaza pública, las cabezas se hacinaban, impacientes, los ojos se fijaban alternativamente en la tarima del patíbulo y en el balcón de palacio. Este seguía herméticamente cerrado.
Estaban todos demasiado ocupados en eso para prestar atención al solitario espectador que, con el gabán subido hasta tapar casi totalmente el rostro, y el sombrero de alta copa negra encasquetado hasta las cejas, se abría paso parsimoniosamente entre las gentes, para estar cerca del cadalso en el momento culminante.
Era un hombre alto, delgado, de ropas oscuras. El rostro apenas era visible bajo las prendas, salvo en sus largas patillas salpicadas de canas y en el brillo frío y duro de sus negros ojos relampagueantes, fijos obsesivamente en la figura femenina del patíbulo.
Cuando estuvo al fin en la segunda fila de asistentes, justo detrás del cordón constituido por los soldados en formación, su mirada se hizo aún más intensa, sin desviarse una sola pulgada de la mujer arrodillada. Esta apoyó el cuello, blanco y terso, en el tronco cortado del árbol, que mostraba en su superficie sospechosas huellas de viejas manchas oscuras, cárdenas. El verdugo respiró hondo y sus músculos se hincharon en los brazos al comenzar a levantar su hacha.
Un redoble de tambor resonó en la plaza pública. El reloj de la cercana torre comenzó a desgranar campanadas en su carillón. Eran las seis en punto de la mañana.
Campanadas y redobles de tambor hicieron una combinación musical entre solemne y melancólica. En el fondo, era una sinfonía siniestra.
El hombre de la segunda fila seguía mirando sin pestañear. Ilonka Czek, la condenada, se estremeció. Pareció captar algo en el ambiente. Sus ojos buscaron, desde el tajo del verdugo, a la persona que intuía cercana.
Sus miradas se encontraron. Apenas durante un par de segundos.
Los labios de la hembra morena se distendieron en una maligna sonrisa triunfal. Tras el cuello subido del negro gabán, la boca del hombre también boceto una mueca sardónica.
Luego, el redoble de tambor cesó bruscamente, al tañer la campana de la torre su último golpe metálico;
Un sonido áspero, crujiente, invadió la plaza repentinamente silenciosa. Un chasquido lúgubre llegó a todos los oídos cuando el hacha descendió, golpeando secamente el cuello de la víctima.
La cabeza saltó en medio de un surtidor de sangre caliente. Golpeó con sordo impacto el fondo de una canasta. El cuerpo decapitado se agitó, convulso, con el muñón sangrante del cuello borboteando sobre el madero.
Un clamor brotó de la multitud. En el fondo del cesto, la cabeza se agitaba con un pestañeo desesperado de sus ojos ardientes. El caballero de negro cerró los párpados y un jadeo sordo escapó de sus labios apretados.
Todo había terminado.

* * *

El empleado de servicio en la Morgue de la real villa de Brandislava, capital de Vrolavia, levantó la cabeza, sorprendido.
Fue lo último que hizo en este mundo, aparte de preguntar, con voz ronca y algo alarmada:
—¿Quién es usted? ¿Qué significa esto, cómo entró aquí...?
Después, la voz de le ahogó entre borbotones de sangre cuando el acero penetró en sus pulmones violentamente, atravesándolos de parte a parte. Su grito ronco no lo oyó nadie. En la Morgue estaban solos él, aquel intruso que acababa de clavarle un estoque en el pecho, y algunos cuerpos sin vida depositados en las mesas de mármol de la macabra sala. Luego, el acero salió de su herida, para clavarse de nuevo, ahora atravesando su corazón.
El infortunado funcionario se desplomó de bruces, agitándose tan sólo unos segundos sobre las frías losas, en medio de un creciente reguero de sangre. El agresor rió entre dientes, moviéndose por la gélida sala reservada a los cadáveres que esperaban autopsia o inhumación.
Levantó las sábanas de algunos bultos tendidos en aquellas mesas. Desechó los cadáveres de un niño, un anciano y una mujer de negras ropas, para detenerse ante el cuerpo decapitado de Ilonka Czek, cuyo cuerpo yacía sobre el mármol, junto con la cabeza, cuidadosamente depositada sobre el cuello, como si nunca hubiera sido separada de él.
Una risa hueca brotó de labios del hombre de las patillas canosas y las ropas negras. Enfundó su estoque en la aparentemente inofensiva funda negra de un bastón, y tomó consigo algo que había llevado en su matinal visita a la Morgue. Era una especie de sombrerera de material rígido y negro. La abrió con cuidado.
Su interior, forrado totalmente de goma negra, contenía una especie de caldo o sustancia vidriosa, de color opalino, semejante al aguardiente y el agua. Con su mano enguantada, aferró la cabeza de la ajusticiada por los negros cabellos. La alzó en vilo, como un tétrico trofeo, y la depositó dentro del recipiente. La cabeza humana produjo un sordo chapoteo en el líquido turbio.
Cerró la supuesta sombrerera con sus metálicas aldabillas y las aseguró con llave una tras otra. Satisfecho, volvió a cubrir el cadáver de Ilonka con la sábana, una vez descabezado, y caminó como un espectro hacia la salida. Su silueta sombría se recortó contra el muro desconchado de la glacial estancia, al pasar ante una lámpara de gas. Fue como un enorme monstruo recortándose un instante en las desnudas paredes.
Luego, la puerta vidriera de la Morgue se cerró. Una ráfaga de viento removió la nieve en la calle empedrada, mientras las negras botas del macabro ladrón hacían crujir el blanco elemento depositado en la calzada, alejándose prestamente del lugar de su crimen.
En Vrolavia, nunca se supo qué sucedió exactamente en la Morgue aquella mañana, sólo dos horas después de ser ajusticiada Ilonka Czek. El asesinato de un vigilante nocturno del depósito de cadáveres municipal y la desaparición de la cabeza de la mujer decapitada, jamás se pudo aclarar. Para muchos, el mismísimo diablo fue el autor de ambos hechos, llevándose consigo el trofeo de la que había sido su discípula.
—Es lástima qué esto haya sucedido y no pueda aclararse —se quejaba días más tarde el ministro del Interior de Vrolavia, Laszlo Bosnek. Y añadía, pesaroso—: Como también lo es que el peor de los dos, el doctor Slav Kosic, haya podido escapar a la acción de la justicia, dejando en la estacada a su cómplice y fiel servidora, Ilonka Czek. Es él quien debería haber pagado antes que nadie los horrendos crímenes que sus experimentos científicos, con la complicidad de esa mujer endemoniada, causaron a nuestro país.
El ministro tenía razón para sentirse contrariado. En esos momentos, pese a la minuciosa búsqueda que sus agentes de policía efectuaban en todas las zonas del país, un hombre lograba cruzar la frontera de Vrolavia con el estado vecino, sin ser advertido apenas.
Era un hombre alto, delgado, vestido de negro, llevando un nutrido equipaje consigo, entre el que se contaba una negra sombrerera herméticamente cerrada. El hombre llevaba un pasaporte a nombre de Janos Slasvecz, comerciante de tejidos natural de Brandislava, pero con residencia habitual en Budapest, Hungría.
Naturalmente, aquel documento era totalmente falso, pero nadie lo advirtió. EL doctor Slav Kosic acababa de abandonar territorio vrolavo, llevando consigo la desaparecida cabeza de Ilonka Czek. Y nadie se había dado cuenta de ello.
Corría el frío invierno de 1885...

CAPÍTULO II
ESPÍRITUS

—Cuando menos, querida, ya tengo empleo. Y eso creo que vale la pena celebrarlo, ¿no crees?
—Por supuesto, cariño. Es lo mejor que podía ocurrirnos —asintió ella, risueña, contemplando a su joven esposo mientras éste llenaba las dos copas de burbujeante champaña—. Estaba segura de que un médico como tú pronto tendría trabajo en Londres, sin necesidad de desplazarse a lugares apartados de la capital.
—Confiabas demasiado en mí —sonrió él—. Recuerda que muchos jóvenes se doctoran en Medicina como yo, y después de sus prácticas en Barts (1), difícilmente encuentran un puesto incluso en provincias, a menos que acepten una dura tarea en algún pueblo minero de Gales o de Escocia.
(1) Barts es el nombre familiar y cariñoso dado habitualmente en Inglaterra al hospital de San Bartholomew, donde habitualmente realizan sus prácticas los estudiantes de Medicina antes de doctorarse. (N del A.)
—Pero el flamante doctor Glenn Forbes es muy distinto —declaró con orgullo la rubia y delicada muchacha, poniendo un gesto de falsa y divertida arrogancia—. Nada menos que sobresaliente en todas las asignaturas y un brillante certificado de prácticas, con la reválida de un doctorado excelente, nada menos que confirmado por una eminencia como el doctor sir Claude Llewellyn.
—Y con todo eso, otros colegas se mueren de hambre o malgastan sus energías recorriendo campos enfangados para atender a ignorantes y recelosos campesinos enfermos durante años enteros —rió jovialmente Glenn Forbes, alzando su copa—. Por nosotros... y por el nuevo empleo, mi querida Jessie.
Jessica Forbes, flamante esposa del no menos flamante doctor, le imitó, chocando los vidrios antes: de tomar un trago del espumoso liquido. Ella rió a su vez, divertida.
—Algo me decía, sin embargo, que tu porvenir no iba a estar ligado a granjas, campos de labranza y un mísero consultorio en una aldea lluviosa y triste —comentó la joven risueñamente—. Era un simple pálpito, aunque...
Se quedó callada, con el ceño levemente fruncido. Así parecía aún más bonita, se dijo Glenn Forbes, contemplándola. Pero indagó, curioso, ante su silencio:
—Aunque... ¿qué, cariño?
—No, nada —rechazó ella vivamente—. Es una tontería mía, no hay duda.
—¿Qué es una tontería? —insistió él.
—Cosas de mujer demasiado imaginativa —le calmó, con una risa suave, volviendo a tomar champaña—. Olvídalo. Sólo fue el temor de que tal vez un trabajo tan repentino y rápido, pudiera traer consigo contrariedades y problemas. Pero eso no es posible. Un contrato por un año con un profesor graduado en Berlín y en Viena, y nada menos que por ciento noventa guineas al año, no es de despreciar en absoluto, ni puede traernos ninguna complicación, desde luego.
—Además, mi horario de trabajo se reducirá a tan solo cinco días a la semana, sin molestas visitas nocturnas que rompan nuestro descanso, como sucedería aceptando una consulta pueblerina cualquiera, y dispondremos por si fuera poco de una vivienda gratuita cerca de la residencia de mi nuevo jefe. ¿Puede pedirse más?
—Estoy segura de que no —suspiró Jessica complacida—. Lo único que ocurrirá es que extrañaremos esta zona tan populosa de Chelsea donde ahora vivimos, cuando nos encontremos en la soledad de Saint John's Wood.
—Sí. Saint John's Wood es una barriada poco habituada, en especial entre Primrose Hill y Regent's Park, pero resultará ideal para mi trabajo. Silencio, calma, sosiego y todo eso. Ah, en los fines de semana, podremos desplazarnos al centro para divertirnos, si te parece.
—Eso por supuesto. Sabes que me encanta el teatro. Y que una buena amiga mía de la infancia, la cantante Melba Kingsley, va a actuar en la Opera Real dentro de pocas semanas. Tenemos que ir a verla.
—Haremos lo que tú quieras, querida. El profesor ha insistido en que sábados y domingos serán totalmente míos, sin que él precise de mis servicios para nada.
—Sin embargo, al principio no parecías demasiado entusiasmado con tu nuevo empleo.
—Bueno, ya sabes lo que pienso. Hay que darse a conocer, tener una clientela, si uno quiere acabar teniendo un consultorio de prestigio en un lugar como Harley Street (1). Y trabajando de ayudante de un profesor extranjero, difícilmente me daré a conocer al público de Londres.
(1) Harley Street es la calle de los médicos en Londres.
—Pero ese año de trabajo nos permitirá ahorrarlo suficiente para instalar esa consulta un día. Y sabiendo lo que vales, estoy segura de que pronto lo mejorcito de Londres desfilará por tus manos, querido.
—Si tú lo dices... —Glenn sonrió, encogiéndose de hombros y volviendo a llenar las copas—. Ahora, bebamos un poco más para celebrar ese contrato. Después, te llevaré a cenar y al teatro. Será una noche perfecta, puesto que mañana mismo debo incorporarme a mi nueva tarea.
Y volvieron a entrechocar los recipientes, para brindar de nuevo por su buena fortuna, a sólo unos pocos meses del doctorado. Glenn consideraba que valía la pena celebrar el acontecimiento. Eran muchos los jóvenes médicos de reciente doctorado que habían acudido al anuncio del Times solicitando ayudante para un profesor de Biología y Medicina Experimental, además neurocirujano y experto en medicina neurológica, recién llegado del Continente, con títulos académicos de Berlín y de Viena, entre otras garantías. Y de entre todos, el profesor Yuri Ustinov le había escogido a él.
En aquellos duros tiempos de 1890, en que la grave crisis económica del Imperio se había acentuado notablemente en la metrópolis, aumentando el paro, la miseria y el bajo nivel de vida de muchas capas sociales inglesas, tener el doctorado en Medicina no resolvía todos los problemas, ni mucho menos. Eran numerosos los jóvenes médicos que seguían malviviendo con trabajos esporádicos en hospitales de barrio, en centros de caridad y ambulatorios suburbiales, como en Whitechapel o Blackfriars, atendiendo a prostitutas, heridos en reyertas, alcohólicos y demás clase de gente peligrosa o marginada. El mismo, durante tres meses, había conocido el infierno de uno de esos centros hospitalarios de los suburbios, más parecidos a una Morgue que a un lugar sanitario, donde faltaban las más mínimas condiciones de higiene para la práctica de la Medicina, y en los que las enfermedades venéreas, la tuberculosis, y el alcoholismo agudo eran las dolencias más habituales a atender, con los medios más escasos y pobres que se pudiera imaginar.
Salir de aquel infierno para trabajar a las órdenes de un eminente profesor en Ciencias biológicas y médicas, procedente de los mejores lugares de Europa, y doctorado por la Universidad de Moscú, era todo un salto en su carrera, aunque debiera continuar ignorado por el gran público durante un año más. Como decía muy bien Jessie, aquellas ciento noventa guineas suponían mucho en tales tiempos, añadiendo a ellas una casa gratuita facilitada por su nuevo patrón, así como sus comidas durante los días de trabajo en la residencia del profesor Ustinov. Jessie estaba segura de poder ahorrar unas ciento cuarenta a ciento cincuenta de esa anualidad. En dos años, significarían casi trescientas guineas. Toda una pequeña fortuna para abrir consultorio en Londres y poder obtener una selecta clientela.
Evidentemente, su nuevo trabajo no hacía sino despertar dorados sueños en la joven pareja. Sueños que, posiblemente, iban a verse pronto truncados por desagradables y oscuras realidades jamás sospechas por Glenn Forbes y su bella mujer.

* * *

Era un lugar siniestro, inquietante.
Sin embargo, la visitante no pareció sentirse impresionada lo más mínimo por el mismo. Bajó del simón con paso firme, taconeó en la acera y tiró de una cadena junto a la pequeña puerta. Tintineó dentro una campanilla con huecas resonancias.
La mujer miró en derredor. Era una calleja estrecha, húmeda y sucia. El aire olía a humo y basuras. El empedrado callejero estaba charolado por la humedad, y la bruma del cercano río se apelmazaba en torno a las farolas de gas, dándoles un aire fantasmal.
—Ya va, ya va —sonó una voz lejana, entremezclada con el maullido de gatos.
La mujer taconeó impaciente, cubriéndose mejor con su amplia capa negra, de cuello subido. La noche era tan fría como húmeda, y la bruma producía el efecto de una helada mano acariciando la piel tras salir de una tumba.
Chirrió una llave al girar en la cerradura. La puerta se entreabrió. Una vaga claridad rojiza asomó por la abertura. Unos ojos pequeños y penetrantes se fijaron inquisitivos en la visita.
—¿Qué desea, señora? —preguntó una voz agria.
—Hablar con usted —dijo fríamente la mujer erguida ante la puerta—. Si es usted la señora Stoneweather, claro está.
—Lo soy —afirmó la mujer con un fuerte hedor a ginebra en su aliento—. Sybil Stoneweather, para servirla.
—¿Espiritista? —puntualizó la mujer de la acera.
—Yo diría que esa no es la palabra —se molestó la dueña de la casa—. Me dedico a la búsqueda espiritual del Más Allá, señora.
—Bueno, llámelo como quiera. Es lo que me interesa de usted. Pago bien.
—Mi tarifa son cinco chelines por sesión. Diez, si son dos o más personas.
—Seremos solamente usted y yo. Tome sus cinco chelines —la mano enguantada tendió unas monedas a la mujer—. ¿Satisfecha?
—Claro. Entre, señora —abrió del todo la puerta—. Tiene exactamente una hora por ese dinero. Espero que sea suficiente para comunicarnos con la persona con quien usted desea...
—Así lo espero yo también. No dispongo de mucho tiempo.
Entró en la lóbrega casa. Un par de gatos rozaron sus piernas al deslizarse entre ellas con ásperos maullidos. La mujer hizo un gesto de aversión y pegó un puntapié a uno de los felinos. El animal se alejó con un bufido.
—Discúlpelos, señora —dijo rápidamente la dueña de la casa—. Los necesito. Los gatos aportan mucha fuerza eléctrica para la llegada de los espíritus... ¿Quién le habló de mí, señora?
—Un cliente suyo. El nombre importa poco. Dijo que era la mejor médium espiritista de Londres.
—Le dijo la verdad. Soy la mejor de Inglaterra, señora. Hay mucha embaucadora por ahí hoy en día. No puede una fiarse de cualquiera.
—Lo sé. Yo necesito, de verdad, el contacto espiritual con alguien. Pero sepa una cosa: sé distinguir a una embaucadora de una verdadera espiritista.
—Me complace. Si es así, comprobará que Sybil Stoneweather jamás falsea nada ni embauca a nadie.
A través del largo, oscuro y sucio pasillo, cuyas paredes olían a moho y a orines de gato, llegaron a una estancia pobremente amueblada, con un velador en su centro, alumbrado por la luz de gas de una lámpara situada en el fondo, con pantalla roja. Sobre los muebles, aves y gatos disecados, carteles de oráculos y signos cabalísticos, formaban un conjunto espeluznante. La lámpara roja proyectaba oscilantes sombras en los muros. Los ojos de los animales disecados, brillaban vidriosamente en la sombra, como seres al acecho.
—Siéntese, señora —pidió la espiritista, señalando una silla junto al velador—. En un momento invocaremos a la persona a quien quiere usted ver cerca.
La visitante asintió, acomodándose en aquel asiento con un vago gesto de repugnancia. Era evidente que no le gustaba el lugar lo más mínimo, pero eso no parecía preocupar en exceso a Sybil Stoneweather.
Se sentó frente a ella, y alargó sus brazos, apoyando las manos sobre el velador. Indicó a su visitante que hiciera lo mismo, contactando los dedos de ambas.
Así lo hizo la elegante mujer. Sus elegantes ropas, su rostro hermoso y frío, bajo los cabellos rojo oscuros, desentonaban bastante en aquel sórdido ambiente, pero a ella no daba la impresión de importarle demasiado. Se mostraba muy pendiente de los gestos y actitudes de su interlocutora, ahora sumida en una especie de abstracción, con su mirada fija en el vacío.
La luz, repentinamente, comenzó a extinguirse sin que nadie la manipulase. La llama de gas se apagó del todo. Profundas tinieblas envolvieron a ambas mujeres. El velador crujió. La visitante notó que comenzaba a moverse bajo sus manos.
—Concentre sus pensamientos en la persona a quien quiera ver y hablar —susurró la médium con voz ronca, algo tensa—. No deje de pensar en ella...
—Ya lo hago —musitó fríamente la mujer.
El silencio era profundo. Los crujidos del velador aumentaron. Sus patas golpearon el suelo. La respiración de Sybil Stoneweather se hizo jadeante, entrecortada. Su cliente notó que los dedos temblaban, estirados sobre la mesa, emitiendo raras vibraciones a los suyos.
—La veo... —oyó jadear a la espiritista—. La veo, sí... El alma de alguien flota entre nosotras... Sí... Es... es la de una mujer... Su espíritu está con nosotros. Es una mujer, puedo verla...
—Sí. Siga —susurró la cliente, en tensión.
—Una mujer... hermosa. Morena... Muy hermosa, sí... —siguió la ronca voz de Sybil Stoneweatherl De repente, pareció sollozar. El velador tembló, se agitó, pegando secos golpes con sus patas en el suelo. Un gato pasó su erizado pelo por la pierna de la cliente en un instante, y se alejó bufando.
De súbito, la voz de la médium sufrió una brusca, extraña alteración. La cliente pegó un respingo cuando oyó aquellas palabras susurradas con un tono profundo, melodioso, grave. Se expresó en inglés, con fuerte acento extranjero:
—Soy yo... ¿Quién pide por mí? ¿Quién me llama? ¿Eres tú, Slav?
La mujer tragó saliva. Aquella voz venía de labios de la médium. Acostumbrada ya a la oscuridad, podía distinguir vagamente sus facciones al resplandor difuso, casi inapreciable, de una imagen fosforescente situada en una cómoda.
La dueña de la casa estaba con los ojos cerrados, temblando ostensiblemente, la boca entreabierta, los brazos y el cuerpo rígidos.
—No... —susurró la visitante—. No soy Slav. Soy Anasha... Tú no me conoces.
—Anasha... No, no te conozco. Pero sé que te envía Slav...
—Si —tragó saliva la mujer—. Me envía él, es cierto. ¿Eres realmente tú?
—¿Lo dudas acaso? —la voz cobró un raro matiz ominoso, casi irritado.
—No, no. Sólo quiero estar segura de que esto no es una superchería.
—No lo es. Estoy aquí. Mi alma está a tu lado ahora. No puede descansar.
—Lo sé.
—No podrá descansar nunca... mientras mi cabeza siga separada del cuerpo, sin el descanso eterno...
—Slav dijo eso mismo. Ten calma. Te devolverá el descanso. Más que eso. Puede hacer mucho más por ti, si todo esto es cierto. Él duda. No cree. No puede creer. Pero desea hacer el experimento, la gran prueba. De ti depende el resto.
—Deseó descansar... Díselo a Slav. Mi... mi cabeza...
—La tiene él. Confía en Slav. Te necesita. Por eso estoy aquí. ¿Querrías vengarte acaso?
—¿Vengarme? ¿De quién?
—De todos los que te causaron daño. De quienes te enviaron adonde ahora estás.
—No sé... No he pensado en la venganza. Aquí no puedo pensar en eso. Sólo en descansar...
—¿Y si descansaras para siempre... después de vengarte?
—No sé. Dile a Slav que me hable. Quiero verle a él.
—Ahora que sé que es posible esto, él te verá, te hablará. Confía en él. Puede que consigas más, mucho más de lo que imaginas. Ahora, adiós.
—¡No, espera! Dime qué debo hacer...
—Lo sabrás en su momento. Volveremos a hablar tú y yo. Dime tu nombre, para que pueda estar segura de que esta vieja harpía no miente al traerte aquí...
—Ella no miente. Soy yo misma. Anasha, soy yo... Ilonka Czek...
La cliente respiró hondo y golpeó la mesa con ambas manos, enérgicamente.
—¡Ya basta! —dijo con voz potente—. ¡Basta, señora Stoneweather! Despierte, deje todo esto.
La mujer sufrió un sobresalto. Pegó un respingo en su silla, abrió los ojos, dilatados y torpes, boqueó, mirando a su interlocutora, y tosió con la boca seca. Luego, poniéndose en pie, habló con voz insegura:
—Cielos... Váyase, señora. Ya tuvo lo que quería... No deseo... no deseo seguir recibiendo el espíritu de una mujer... de una mujer decapitada. ¡Váyase ya!
La visitante asintió con frialdad, se puso en pie y caminó hacia la salida con firme taconeo. Cuando otro gato le pasó cerca, le asustó con un taconeo, y el animal se escurrió en algún oscuro rincón, mirándola con malévolos ojos fosforescentes.
La luz de gas volvía a lucir, con su roja ¡pantalla. La mujer salió a la calle. Un vaho de malos olores la siguió. Luego, la puerta se cerró, mientras Sybil Stoneweather mascullaba con irritado tono:
—¡Una decapitada! No me gusta esa señora... ¡No me gustó nada de esto!
La visitante sonrió, subiendo de nuevo al simón que la esperaba. El carruaje se alejó, resonando sus ruedas y los cascos de caballo sobre el suelo empedrado y húmedo, perdiéndose en la espesa niebla.

CAPÍTULO III
CABEZA CORTADA

—De modo que suena con un futuro brillante, una consulta en Harley Street, una especialización, clientela inmejorable... ¿No es eso, señor Forbes?
—En efecto, profesor. Esos son mis sueños por el momento.
—¿Sueños? ¿Por qué sueños, mi querido amigo? Yo también ansiaba algo así en mi juventud. Y lo alcancé. Viena, Budapest, Moscú, Zagreb, París... He estado en todos esos lugares con una consulta propia, un título brillante en la pared y la más escogida clientela entre la alta sociedad, la aristocracia e incluso casas reales europeas. Nada de ello fue, por tanto, un sueño. Si acaso, sólo una premonición, un anhelo que acabó viéndose satisfecho porque yo quería que fuera así. Sólo espero que ese sea su mismo caso, mi joven colega.
—Ojalá sea todo como dice, profesor. Por deseos y voluntad no ha de quedar.
—Entonces, eso es lo que cuenta, créame —puso una de sus largas, marfileñas y sensibles manos en el hombro del joven—. Con todo ello y su experiencia, llegará lejos, estoy seguro. Y sus experiencias mejores pueden empezar precisamente aquí. Conmigo. En mi consulta y en mi laboratorio.
Glenn Forbes asintió, mirando fijamente al hombre con quien hablaba. Se dijo que poseía un cierto magnetismo casi absorbente. Era capaz de convencer de cuanto decía, como si sus más simples frases formaran axiomas incontrovertibles.
La charla tenía lugar en la consulta del profesor Ustinov, en su elegante y señorial residencia de Saint John's Wood, al norte de Regent's Park y algo al oeste de Primrose Hill, exactamente en la zona residencial de Saint John's Wood Terrace.
Era una zona de Londres poco habitada aún, rica en parques y jardines, mansiones suntuosas y casitas o cottages pequeños y coquetones, totalmente rodeados de verdor. Su vecindad, ciertamente, era la adecuada para un hombre como el profesor Ustinov. Gente acomodada como mínimo, nobleza en algunos casos, y habitualmente personas muy ricas y prósperas, con negocios en la City o establecimientos lujosos en el centro de la capital.
El profesor Ustinov paseó por la estancia confortablemente amueblada, dotada de un par de armarios encristalados en cuyas repisas se alineaba instrumental médico, frascos de medicinas y toda clase de material quirúrgico de la más moderna y costosa factura. Una recia puerta de roble les separaba de la sala destinada a espera de los enfermos, pero en estos momentos aún no Había nadie en ella, porque no era la hora de la consulta todavía.
—Instalarse en cualquier gran ciudad, sea Londres, París o Roma, cuesta dinero, doctor Forbes —dijo apaciblemente—. Mucho dinero. Usted lo sabrá el día que tenga que buscar consulta en Harley o en otro lugar parecido. Piden miles de guineas por un buen edificio para un médico respetable. Y hay que pagarlas.
—Me temo que nunca llegue a tener esos miles necesarios —sonrió tristemente Glenn.
—Vamos, vamos, no diga esas cosas —se volvió el profesor bruscamente, mirándole con sus ojos negros, profundos y brillantes, bajo las arqueadas cejas levemente canosas, lo mismo que sus frondosas patillas bien cuidadas—. Un hombre nunca debe de sentirse pesimista. Un médico, menos. Contagia de su pesimismo al paciente, y pierde la clientela. Debe convencerse a sí mismo de que es el mejor, de que su diagnóstico es exacto, de que ningún otro médico es mejor que usted, y de que todo lo que otro cualquiera consiga, usted puede lograrlo también. Es esencial para triunfar, créame.
Sonrió Glenn, estudiando a su interlocutor con una mezcla de interés y curiosidad. Acabó afirmando con la cabeza.
—Sí, profesor —dijo—. Le creo. Logra usted el milagro de persuadir a cualquiera de que lo que dice es verdad.
—Tiene que ser verdad, recuérdelo —sonrió a su vez Ustinov con un gesto grave alterado por aquella risueña expresión repentina. Su alta figura, vestida impecablemente con levita marrón oscuro y pantalón beige, paseó por la estancia un poco más, antes de sentarse en su silla de cuero repujado, tras la mesa de consulta, carraspear levemente y consultar su costoso reloj de oro macizo, cuya tapa alzó con lentitud antes de añadir con diferente tono de voz—: Las diez en punto. Es la hora de iniciar la consulta.
Apretó el timbre de su mesa. Este emitió un tintineo metálico sonoro. Se abrió una puerta lateral. Una mujer alta, joven, de cabellos rojo oscuros y ojos de un verde profundo, con destellos dorados, entró por una puerta lateral, silenciosamente. Lucía sobre su vestido de seda negro un delantal blanco y una cofia de igual color, muy almidonados. Se paró delante del profesor, respetuosa.
—Anasha, puede empezar la consulta —dijo con calma el profesor—. Por cierto, le presento a nuestro ayudante, el doctor Glenn Forbes. Doctor, ésta es Anasha, mi enfermera ayudante y ama de llaves, todo en una pieza. Espero se lleven bien los dos.
—Es un placer conocerla —dijo cortésmente Glenn, mirando a la bella joven con curiosidad.
—Lo mismo digo, doctor —respondió ella con cierta frialdad, dirigiéndole apenas una mirada.
—Siéntese ahí, se lo ruego —el médico señaló una mesa inmediata a la suya, en un ángulo de la consulta—. Tome nota de los datos personales y clínicos de cada paciente. Por el momento, ése será su trabajo. Y sobre todo, fíjese mucho en cada caso y cada diagnóstico. Es el modo de aprender. Siento que sea su labor algo ingrata y rutinaria. Será sólo al principio. Más tarde podrá ocuparse de casos míos en mi ausencia o de auxiliarme en intervenciones neuroquirúrgicas de mi especialidad. Además, tendrá la compensación en el laboratorio, por las tardes. Allí su tarea será más práctica y directa, colaborando con mis experimentos de neurología y biología aplicada.
Glenn asintió, ocupando su asiento y tomando pluma y un libro de tapas de cartón azul brillante, dispuesto a comenzar su tarea al servicio del doctor Ustinov. La figura estilizada y altiva de la enfermera Anasha abandonó la sala para hacer pasar al primer paciente.
Se trataba de una dama de elegantes ropas, cabellos blancos y tono quejumbroso, que presentó sus problemas de salud al profesor, éste la hizo un examen largo y minucioso, restó importancia a sus males y la recetó una serie de fármacos. Para admiración de Glenn, la dama pagó por ese solo servicio la respetable suma de diez guineas.
Hubo otros casos de más interés, como un caballero deporte aristocrático que sufría frecuentes jaquecas y calambres en sus sienes. El examen del profesor fue exhaustivo, y el diagnóstico pesimista debía llevar a cabo un tratamiento inicial, y luego someterse a una intervención quirúrgica bastante seria. Pagó quince guineas, pero al abandonar el consultorio sabía que esa intervención no costaría menos de quinientas. Sin embargo, el enfermo aceptó de antemano sin rechistar.

* * *

—...Y eso es todo lo que ha dado de sí mi primera jornada de trabajo con el profesor —suspiró Glenn, tomando un sorbo de vino tras apurar su plato de carne asada—. Como ves, nada emocionante, pura rutina. Consultas, pacientes más o menos enfermos pero todos ellos adinerados, y por la tarde tres horas en un espléndido y bien dotado laboratorio, en los sótanos del edificio, donde el profesor lleva a cabo sus experimentos.
—¿Experimentos de qué clase, querido? —se interesó Jessie, retirando el plato y sirviéndole uno de postre con un trozo de tarta frambuesas.
—Bueno, de todo. Disección, análisis bioquímicos y todo eso...
—¿Disección? —ella enarcó las cejas, mirándole con una mezcla de inquietud e interés—. ¿Te refieres a esa horrible tarea de abrir animalitos en canal, para investigar tratamientos y dolencias del ser humano?
—Así es. Conejillos de indias y todo eso.
—Es horrible, Glenn. Siempre me horrorizó la idea de que unos pobres seres indefensos padezcan esas torturas y sean sacrificados a sangre fría.
—Pero Jessie, se trata de investigar nuevos métodos de curación, de tratamientos, algo muy beneficioso para el hombre...
—Y terriblemente perjudicial para los pobres animalitos. Es cruel, Glenn.
—Lo sé. También es cruel matar terneros y corderos para comer. Y lo hacemos.
—Es diferente. Allí se les alimenta, conserva e incluso mima, para luego llevarlos a una mesa de trabajo y descuartizarles salvajemente. Supongo que, al menos, tendrá autorización para hacer lo que hace...
—Oh, por supuesto. Vi el documento del Ministerio del Interior. Nadie puede realizar esa clase de experimentos con animales vivos sin disponer de un permiso especial del Gobierno.
—Aun así, sigue siendo monstruoso. Yo opino que la gente capaz de abrir en canal a un pobre cobaya, haría igual con cualquier ser humano si de ello dependiera el hallazgo de un nuevo método para curar una dolencia.
—Qué atrocidades dices —rió de buen humor Glenn Forbes—. Te aseguro, para tu tranquilidad, que el profesor Ustinov no parece capaz de tal cosa ni remotamente. Es un caballero en toda la extensión de la palabra, un auténtico hombre de ciencia. Creo que puedo aprender mucho junto a un hombre como él Y eso será bueno para nuestro futuro. Sabes que siempre me interesaron las dolencias cerebrales y la investigación de la mente humana y sus posibilidades reales.
—En eso es posible que tengas razón —suspiró su mujer, mirando hacia la ventana asomada al pequeño jardincillo que formaba la entrada de aquella casita en Acacia Road, a menos de cuatro manzanas de la residencia del profesor, y propiedad, como ésta, del científico extranjero afincado en Inglaterra. Era la vivienda que había concedido a los Forbes para residir en ella gratuitamente mientras él fuese su ayudante. Tras una pausa, la joven esposa de Glenn añadió, alargando su mano hacia un periódico que reposaba junto a su lana para labores, en una mesita inmediata—: Pero sobre caballeros... tengo siempre mis dudas. Creo que la apariencia no hace a las personas, Glenn. Pensaba hoy en ello, mientras te esperaba, leyendo el diario.
—¿Viene algo relativo a caballeros que no lo sean? —sonrió el joven médico.
—Vaya si viene. Lee la primera página del "Mail". Habla de ese horrible asesinato cometido hace dos días en Spitalfields, al norte de Whitechapel. Una pobre mujer; una prostituta, fue asesinada y decapitada en un callejón de Hanbury Street. Algo espantoso. Sólo hallaron su cabeza, en un charco tremendo de sangre, limpiamente cortada de un tajo, tal vez con un hacha. El cuerpo no apareció por parte alguna. Suponen que el asesino, algún sádico, se lo llevó consigo en un carruaje que fue visto en las inmediaciones del escenario del crimen.
—Algo realmente espantoso —sonrió de nuevo Glenn, tratando de restar importancia al macabro suceso que estaba viendo reproducido en la cuarta columna de la primera página del "Mail"—. Pero ocurren muchos hechos así en Londres hoy en día. ¿Qué relación le encuentras con los caballeros?
—Lee lo que dice ahí. Un testigo del hecho, una vendedora de flores de Hanbury, asegura haber visto entrar a un caballero de porte distinguido, en compañía de una ramera rubia, posiblemente la víctima en el callejón donde tuvo lugar el hecho, cosa de varios minutos antes de ocurrir. Sin duda ese aparente caballero asesinó a la infeliz. A eso me refería yo.
—Bueno, eso no quiere decir nada —rió Glenn, siguiendo su lectura—. Es de suponer que no todos los criminales tengan aspecto siniestro y tosco... Eh, un momento, ¿qué es esto?
Su tono era repentinamente alterado. Jessica le miró sobresaltada.
—¿Ocurre algo, querido? —se inquietó.
—Esta fotografía... la de la cabeza hallada en el callejón —mostró una lúgubre foto reproducida por el diario, junto con el nombre de la víctima debajo—. Y el nombre de la desdichada...
—¿Qué hay con ello? Admito que es una ilustración demasiado truculenta... No sé por qué los periódicos publican cosas así. ¿A qué te refieres, querido?
Rodeó la mesa y fue a reunirse con él, mirando lo que Glenn señalaba en el diario.
—Es curioso... Curioso y terrible —musitó su marido, impresionado—. Yo conocía a esta mujer...
—¿Tú? ¿A una prostituta?. —Jessie le miró, alarmada—. ¿En Spitalfields? No me imaginaba que un hombre como tú... Claro que sólo llevamos casados un mes y no soy quién para preguntarte qué hadas antes de la boda, pero...
—No, no es lo que te imaginas —la calmó Glenn, sonriendo aun a su pesar—. Es algo muy distinto, Jessie. Estuve haciendo unas prácticas de medicina en un ambulatorio de caridad de Spitalfields, precisamente. El que está situado en Hennease, a poca distancia de Hanbury precisamente. Allí traté durante unas semanas a toda clase de desheredados de la fortuna: mendigos, prostitutas, obreros en paro, estibadores, drogadictos, malhechores... Una de mis pacientes era esta mujer. No es sólo que se pareciese, como pensé al ver la fotografía. Recuerdo bien su nombre, porque la traté de un proceso pulmonar, una congestión seria, complicada con una incipiente tuberculosis, pese a su juventud. Bebía mucho y llevaba muy mala vida. La di algunos consejos y mejoró bastante en cosa de dos semanas. Otro día volvió al consultorio borracha perdida y con una tos fatal. La reprendí y me prometió enmendarse. Le di unas pastillas y Un jarabe gratis. Es la última vez que la vi... hasta ahora en esa fotografía. Se llamaba Hazel Dodds. Lo recuerdo bien. Igual que la víctima de este crimen.
—Dios mío, pobre chica... —Jessie miró con femenina compasión aquella espantosa fotografía de la cabeza cortada, sobre el charco de sangre en el empedrado del callejón—. ¿Cómo puede haber en el mundo desalmados así, querido?
—No debe extrañarte. Aún recuerdo con horror los sucesos de hace dos años en Whitechapel, no lejos de ese lugar. El Destripador, ya sabes.
—Oh, si. Pero esto no crea que sea lo mismo, ¿verdad?
—Nunca se sabe. Pero aquel siniestro personaje desapareció sin dejar rastro. Nunca se supo más de él. No, posiblemente sea otro demente homicida de parecidas características.
—Y aparentemente, todo un caballero —suspiró Jessie—. ¿Te has dado cuenta?
—Bueno, entonces desconfiaré del profesor Ustinov cuando lo vea —Glenn rió, algo forzado, apartando el periódico de la mesa para continuar con su pastel de frambuesas, aunque el néctar oscuro del fruto, sobre el rostro de tarta, le recordó desagradablemente el color de la sangre humana derramada. Retiró el plato, con gesto contrariado—. Lo siento, Jessie. Está excelente, pero he perdido de repente el apetito.
—Te creo —afirmó ella—. A mi me pasó igual cuando tomaba el té y vi esta fotografía, querido...

CAPÍTULO IV
NOCHE PELIGROSA

Las probetas, retortas, botellas de líquidos fluorescentes o turbios, los mecheros Bunsen, los alambiques y toda clase de elementos de laboratorio, formaban un conglomerado denso en derredor de los dos nombres ataviados con batas de un color verde lívido. En algunos recipientes hervía la mezcla sobre la llama de los mecheros, y otros emitían un vapor denso, que tenía mucho de apariencia sobrenatural, aunque sólo respondiera a la propia aleación de los productos químicos correspondientes.
En los muros, las dos lámparas de gas brillaban intensamente, prestando su dorada claridad al recinto de altas bóvedas, situado en el subsuelo de la elegante mansión de Saint John's Wood. El único ruido perceptible durante minutos enteros era el del borboteo de los líquidos en ebullición.
Allá, al fondo de la sala, una serie de pequeñas jaulas albergaban a los conejillos de indias, debidamente rotulados e identificados, al servicio de las necesidades experimentales de cada momento. Sobre una mesa de trabajo, eran visibles aún huellas de sangre de una disección reciente, entremezclándose con manchas de ácidos y de reactivos químicos.
Fascinado en su labor, siguiendo con interés los experimentos del profesor Ustinov sobre tejidos animales y fragmentos encefálicos situados bajo su microscopio y sometidos previamente a toda clase de reacciones químicas, Glenn Forbes realizaba allí su más amena y grata tarea, la de investigación científica en busca de nuevos avances médicos sobre el tratamiento de dolencias mentales, daños cerebrales y afecciones neurológicas. El siempre oscuro, hermético y fascinante mundo del cerebro parecía, sin embargo, cerrarse en todo, momento a cuantos intentos realizase el ser humano para penetrar en él y descubrir sus enigmas, acaso el propio misterio de la vida, como el profesor Ustinov sostenía en sus teorías científicas.
Encorvado sobre el microscopio, aplicando al mismo diversas plaquetas de vidrio con fragmentos cerebrales del último animal diseccionado, llevaba el profesor más de dos horas de ininterrumpidas exploraciones y exámenes. Al fin, con un resoplido de disgusto, apartóse del microscopio y meneó la cabeza desalentado. Su gesto era evidentemente hosco en ese momento.
—Nada, doctor —se quejó—. Siempre lo mismo... Hay algo... algo que se cierra, que se obstina en negarse a aparecer. Y llevo años enteros así. A veces he creído tenerlo cerca, casi en mis manos. Y de repente, como si fuese agua, se escurría de entre los dedos, para perderse definitivamente. Sin embargo sé que estoy cerca, muy cerca, que mis trabajos de tantos años no han sido en vano...
—Me gustaría saber a qué se refiere, profesor —dijo Forbes, intrigado—. Sé que estamos buscando algo en el cerebro, pero no acabo de ver claramente el qué...
—El alma, mi querido amigo —dijo bruscamente Ustinov.
—¿El alma? —Glenn le miró, estupefacto—. Supongo que es una broma...
—No no. El alma no es ninguna broma, Forbes. Existe. Es evidente. El ser humano muere. Su cuerpo se reduce entonces a un simple despojo. Con la vida, se va algo más de él. Algo intangible, llámelo como quiera. Espíritu, alma, aliento vital.
—Me sorprende usted, profesor. Creí que los científicos rechazaban la existencia de algo inmaterial. Nunca pensé que se buscara química o biológicamente el alma humana.
—Pues yo lo busco. Desde muy joven, desde que me doctoré casi. Es como una obsesión. Sé que existe, que está en alguna parte. Y quiero aprehenderla, saber qué es, dónde se encuentra...
—Pero profesor, el alma es intangible, invisible, inmaterial... si es que existe.
—¿Qué sabemos nosotros? —rechazó con aspereza el científico—. Sólo lo que nos han dicho de ellas los religiosos. Eso no me vale. Es posible que el alma sea inmaterial, pero está ahí, la tenemos en nosotros cuando vivimos. ¿Adonde va luego, con la muerte? ¿Existe ese otro mundo al que se dice que van los difuntos?
—Ignoraba que fuese usted espiritista —sonrió Glenn.
—¡Espiritista! —la palabra surgió llena de desprecio—. Eso es estúpido, Forbes. Cosa de farsantes y sacacuartos. No, no es eso. Nunca he sido espiritista, cálmese. No estoy loco ni hablo de tonterías. Me refiero a algo llamado alma o espíritu, pero no a ese burdo invento de los que invocan el más allá. Ese «algo» está aún aquí, entre nosotros. Abandona el cuerpo, va a alguna parte... acaso esperando que alguien lo aferré, lo retenga... ¿Se imagina lo que conseguiría quien pudiera aprehender el alma humana, comunicarse con ella de igual a igual, transmitirle nuestro lenguaje y comprender el suyo. Saber qué siente, qué desea... y si esos deseos suyos son posibles en este mundo.
—Un creyente diría que está usted blasfemando, profesor.
—¿Es usted creyente? —le espetó Ustinov clavando en él sus negros ojos.
—No exactamente. Pero tengo mi concepto sobre el alma humana. Creo, como usted, que existe. Pero que no nos está permitido verla, contactar con ella, una vez muerto el ser humano. Ese alma se va. Es de Dios, profesor, no nuestra.
—¡Dios! —clamó Ustinov—. Es sólo un concepto, doctor, no un ente.
—Respeto que usted no crea en Él. Yo, si. Por eso considero que el alma es cosa Suya, no de un laboratorio, por perfecto que sea, ni de un científico por genial que llegue a ser.
—¿Y si le demostrase que está equivocado, amigo mío? —los ojos de Ustinov relucían con un extraño resplandor interno—. ¿Qué diría entonces?
—No sé. Supongo que me rendiría a la evidencia. Pero usted mismo ha confesado que nunca logró nada en ese terreno...
—Se equivoca, Forbes. No dije eso. Sólo dije que se me resiste. Pero sé que estoy cerca. Que estuve cerca en otras ocasiones. Demasiado cerca, incluso. Yo...
Se detuvo. Glenn le miraba fascinado. La sugestión que emanaba de aquel hombre lograba fascinarle, pese a todo, como la música de la flauta seduce al reptil. Quería creerle, incluso. Y temía que casi era capaz de llegar a creer en sus palabras, por irreales que éstas fuesen. Presintió que iba a revelarle algo increíble.
Pero de repente, Ustinov reaccionó. Cuando parecía que iba a hablar, apretó los labios. Se encogió de hombros, esbozó una sonrisa y meneó la cabeza, acabando por musitar unas pocas palabras:
—En fin, no importa. No era nada apenas. No vale la pena mencionarlo. Olvide el asunto, Forbes, se lo ruego. Creo que estaba divagando, a causa de la fatiga. Será mejor que dejemos el trabajo para hoy. Se ha hecho ya muy tarde, y su esposa estará impaciente esperándole. Para ella debe ser muy duro pasar casi todo el día sola en esa casa nueva...
—No, profesor. Lo soporta bien. Es una mujer encantadora y muy decidida.
—Lo celebro, Forbes. Tener una esposa así es toda una suerte. Tal vez por eso yo nunca me decidí a probar fortuna, y por ello sigo soltero —sonrió, dándole una palmada—. Vamos, mi querido amigo, puede irse ya. Hasta mañana.
—Hasta mañana, profesor —Glenn se despojó de su bata, y se puso en su lugar la levita colgada de un perchero. Tomó su sombrero y el macferlán y se encaminó a la salida—. Estaré a las ocho en punto aquí. Es el día de esa trepanación que debe realizar arriba, ¿verdad?
—En efecto. El hijo de los McFerland... Hay que practicar la craneoctomía sin más remedio, o moriría en corto plazo. No falte a esa hora, doctor. Me será usted muy necesario en la intervención.
—Por supuesto que no faltaré —aseguró Glenn, saliendo del laboratorio.
Subió a la planta ata, cruzándose en el camino con Anasha, la enfermera y ama de llaves del profesor. La relación entre ambos era más bien fría, distante. Se limitaron a saludarse con un monosílabo y un movimiento de cabeza. La mujer rozó a Glenn al pasar. Este no pudo evitar un estremecimiento.
Anasha tenía algo inquietante en su persona. Emitía una radiación casi animal, podía pensarse que era la auténtica hembra de la especie. Sensual, con la voluptuosidad a flor de piel, y sin embargo extremadamente gélida en el trato, aquella mujer de origen también extranjero, de inglés fluido pero cadencioso y exótico, producía en Glenn una rara impresión. Estaba seguro de poder odiarla y temerla, al mismo tiempo que desearla con un oscuro anhelo que casi le avergonzaba.
La dejó atrás y cruzó el vestíbulo hacia la puerta ojival de salida. Se paró en seco de repente, golpeándose la frente con la mano.
—¡Torpe de mí! —se dijo—. Ya olvidé abajo el paquete...
Regresó sobre sus pasos. Había comprado antes de entrar al trabajo un pequeño obsequio para Jessie en una tiendecita próxima a la mansión del profesor. Un insignificante detalle, tan sólo un pequeño alfiler para sombrero, con un manojo de violetas tallado en metal policromado. Sabía que le gustaría a Jessie. Y el paquetito se había quedado en el estante, justo bajo el colgador de donde tomara su macferlán, levita y sombrero.
Entró en el laboratorio, disponiéndose a dar una excusa por su regreso. Pero calló en el acto, parándose en seco y retirando con rapidez el paquetito sin ser visto.
Miró, aturdido, hacia el fondo del laboratorio.
Allí estaban Anasha y el profesor, de espaldas a él. Abriendo la puerta situada en la parte trasera del recinto. Una pequeña puerta de recia madera de roble, con un grueso cerrojo y dos cerraduras, siempre herméticamente cerrada. Pero al tiempo que abría esa puerta con un manojo de gruesas llaves, el profesor estaba acariciando a su empleada obscenamente. Ella tenia desabrochada la blusa de encajes negros, bajo su delantal impecable, a la altura del busto. La mano izquierda de Ustinov se hundía en sus abultados pechos mientras jadeaba entrecortadamente, presa de una voluptuosidad que nunca hubiera imaginado en él. Anasha parecía también excitada y se mordía los labios, mirando ardientemente a su patrón. Este sepultaba una y otra vez sus dedos con avidez en los opulentos globos carnosos de la hembra, sin dejar de girar la llave en una de las cerraduras, con agrio chirrido.
—Querida... —le oyó susurrar—. Vas a ser mía otra vez... delante de ella. Como la anterior ocasión...
—Sí, sí... —musitó Anasha, estremecida—. Pronto, Slav, pronto...
Glenn frunció el ceño. Sigilosamente, algo avergonzado por ser testigo de una escena tan poco honesta, se retiró en silencio, sin ser advertido. Los jadeos de ambos se perdieron en la distancia, más allá de la puerta recién abierta.
Su mente estaba llena de confusión mientras llegaba arriba y salía de la casa, a la fría y brumosa noche londinense. La niebla era tan espesa que apenas si eran visibles dos manchas de luz azulada, allá donde se erguían dos farolas de gas callejeras. Los perfiles del parque ni siquiera se distinguían.
—De modo que el profesor no es tan insensible como parece a las pasiones humanas. Ni Anasha tampoco —se dijo, caminando en la niebla con taconeo rápido y seco—. ¿Qué oculta tras esa puerta cerrada? ¿Por qué dijo una frase tan extraña como «ser suya delante de ella»? Delante de ¿quién?
Caminó otros pocos pasos. Sus pensamientos insistieron en otro punto:
—¿Por qué le llamó Slav? Él se llama Yuri Ustinov... ¿Será eso de «Slav» un apodo cariñoso, un diminutivo o algo así? Diablo, ¿y quién soy yo para meterme en los asuntos privados del hombre que me paga un salario? Allá él y sus relaciones con su empleada, qué diablos...
Una sombra emergió de improviso ante él. Pegó un respingo, alarmado, y lanzó una sorda imprecación. La figura humana surgida de la espesa niebla, se erguía ante él, a menos de dos pasos. Pero no era nada ominosa.
—Buenas noches, señor —saludó una voz apacible.
—Oh, buenas noches, agente —ahora sí reconocía con claridad la inconfundible silueta de un policeman, con su habitual casco. Sonrió forzado—. Me asustó usted en un principio, no sé por qué. Soy el doctor Forbes y vivo ahí cerca, en Acacia Road. Vengo de trabajar con mi jefe, el profesor Ustinov.
—Oh, sí, el nuevo doctor de esta zona —asintió el policía, cortés—. Tiene motivos para alarmarse. Vivimos unos tiempos difíciles. Hay merodeadores por todas partes, y más en las noches de niebla... Ya habrá leído lo del crimen de Spitalfields, así como la próxima ejecución en la horca de esa feroz asesina, la bella y cruel Stella Mathieson, que degolló al menos a doce niños... Claro que ésta es una barriada selecta, doctor, no como esas de Spitalfields o Whitechapel, pero aun así, nunca se sabe...
—En efecto, agente, nunca se sabe. Bien, buenas noches. Mi esposa, aun estando en casa, tampoco creo que esté tranquila ella sola, con esas noticias en los diarios.
—Buenas noches, doctor. Si me necesita alguna vez, no dude en llamarme. Soy el agente Patrick Webb y patrullo cada noche esta demarcación!
—Lo tendré en cuenta, agente Webb, y gracias —dijo Glenn despidiéndose y siguiendo su camino en la niebla.

* * *

Habían transcurrido ya tres semanas desde su primer día de trabajo con el profesor Ustinov.
Sus trabajos habituales, tanto en la ayuda médica en la consulta del neurocirujano, como en el laboratorio, investigando en torno a las peculiares y oscuras teorías del científico en torno a la vida humana, el cerebro y el alma o espíritu del ser viviente y racional, continuaban su curso más o menos regular. Algunas intervenciones espectaculares y extremas, como craneoctomías, exploraciones neurológicas y cirugía del cerebro, habían tenido por admirado ayudante y sorprendido espectador al joven médico, ávido de saber y ansioso por ampliar conocimientos de mano de tan ilustre médico y cirujano como tenía por jefe.
En ninguna otra ocasión había vuelto a sorprender a Ustinov con su asistenta y enfermera Anasha, en escarceos amorosos ocultos. Aparentemente, el trato de ambos seguía siendo serio y respetuoso. De no haber visto Glenn lo que viera con sus propios ojos, hubiese pensado que todo fue producto de una alucinación. Lo cierto es que tampoco volvió a ver abierta aquella puerta del fondo del laboratorio, ni el profesor aludió a lo que pudiera haber tras ella, limitándose a evasivas o silencios cuando Glenn mencionaba aquel hecho con aire casual.
La vida en la casita de Acacia Road también seguía su curso normal y cotidiano, advirtiendo Glenn que su joven esposa se sentía complacida en aquel nuevo hogar, y que sus frecuentes retrasos nocturnos en regresar a casa tras la tarea de laboratorio, que tanto absorbía las horas y dedicación de Yuri Ustinov, no, lograban alterar su ánimo ni provocarle impaciencias o temores. En resumen, todo iba bien entre ellos y en su trabajo. Jessie se sentía contenta por los ahorros que iba haciendo, y nada hacía presagiar tormenta ni sombra alguna en sus vidas.
Hasta que un día...
Un día, Glenn regresó pronto a casa. Encontró la cena ya preparada, y a Jessie vestida como para salir, cosa no habitual en ella a tales horas. Había oscurecido ya, la noche era espesamente brumosa y bastante fría, y su temprana llegada animó más aún a Jessie.
—¡Querido, es maravilloso! —aprobó con entusiasmo—. ¿Ya has vuelto? Sólo son las cinco...
—Lo sé —Forbes frunció el ceño, mirando a su esposa, que dejaba el periódico en el diván, para levantarse a besarle y rodearle con sus brazos afectuosos—. ¿A qué se debe esto? Huelo al asado en la cocina, la mesa está puesta... y tú vestida como para ir al teatro. Y eso, tres horas antes de mi habitual regreso a casa...
—Exactamente. Si hubieras venido a las ocho, sería estupendo. Pero venir a las cinco es maravilloso, querido —sonrió Jessie, con gesto de entusiasmo—. Eso nos permitirá cenar tranquilamente... y salir después.
—¿Salir? ¿Adonde? —preguntó Glenn, sorprendido.
—Adonde tú dijiste: al teatro.
—¿El teatro? ¿Pero cómo se te ocurrió tal cosa?
—Mira por qué, Glenn —le mostró la página de espectáculos del Times—. Esta noche debuta en Londres. Nos ha enviado dos invitaciones a casa.
Y señaló a la mesa. Encima del mantel, un sobre abierto mostraba dentro dos boletos de color azul, con el nombre de la Opera Real.
—«Recital de ópera de Melba Kingsley» —leyó en el diario, enmarcado visiblemente en la cartelera—. Entiendo. Tu antigua compañera de colegio, ¿no?
—Eso es. Te dije que actuaría en Londres. Es esta noche. Ella se acordó de mí y me envió esas invitaciones para ti y para mí. Es una función única, no podemos perdérnosla. Empezará a las nueve en punto. Nos sobra tiempo.
—Las nueve... —Glenn arrugó el ceño y movió la cabeza pesaroso—. Lo siento, Jessie. Debí decírtelo nada más llegar.
No he vuelto tan pronto por capricho o por falta de trabajo. Por el contrario, hay mucho que hacer hoy en el laboratorio y el profesor me ha pedido un favor especial: que trabaje esta noche con él hasta la madrugada.
—¡Hasta la madrugada! —ella le miró, desilusionada—. Oh, Glenn... no puede ser.
—Vaya si lo es. Tengo de tiempo hasta las siete. Justo para estar un rato contigo, cenar y leer el periódico unos momentos. Luego debo volver al laboratorio, hasta las doce o más. No puedo ir contigo al teatro, compréndelo. Sería dejar colgado al profesor, tras haberle prometido acudir a ayudarle esta noche.
—Glenn, tenía que ser precisamente hoy... —se quejó Jessie, desolada.
—Así son a veces las cosas, querida. No siempre se puede hacer lo que uno quiere. De veras lamento haberte estropeado tus planes. Si pudiera hacer algo por arreglarlo todo...
—No, déjalo. Iré yo sola, ¿qué le voy a hacer? —se lamentó Jessie.
—¿Tú sola? —Glenn se alarmó—. Jessie, el teatro está lejos. Y terminará tarde, al menos a las once o más...
—¿Y qué? —los claros ojos ingenuos de su bella y joven esposa le miraron interrogantes—. Puedo alquilar un carruaje e ir al teatro directamente. Volver del mismo modo no creará el menor problema...
—Jessie, ¿has echado una ojeada a páginas que no sean de espectáculos? —comentó más que interrogó Forbes, doblando el diario por su primera plana—. Lee estos dos titulares, por favor.
Ella lo hizo. Las letras eran lo bastante destacadas, aun en el severo y nada sensacionalista "Times", como para ser legibles con facilidad:
ESTA MADRUGADA SERA EJECUTADA EN NEWGATE LA ASESINA DE NIÑOS STELLA MATHIESON.
Y más abajo, otro titular:
EL ASESINO DE SPITALFIELDS SIGUE SUELTO. SE TEMEN NUEVOS ATAQUES CRIMINALES A MUJERES SOLITARIAS.
—¿Qué te parece esto? —demandó su marido gravemente.
—Cielos, Glenn. Esa mujer, Stelle Mathieson, ya no hará daño a nadie. La ahorcarán hoy. Y en cuanto al otro asunto... esto no es Spitalfields. Ni el teatro está allí precisamente.
—No importa. Hay asesinos y merodeadores sueltos por todo Londres. Con la miseria y la hipocresía moralista de nuestro imperio Victoriano, aumentan los delitos por dinero o por sexo. No es conveniente que una mujer vaya sola por la ciudad en plena noche. Y menos una mujer joven, atractiva y distinguida como tu...
—Tonto —rió ella—. De no ser porque estás prohibiéndome ir a esa función, casi te besaría por tus piropos.
—Pues te estoy prohibiendo salir, es cierto. Y lo siento de veras, pero no me sentiría tranquilo sabiendo que andas sola por ahí, la verdad. Escribe unas líneas a tu amiga. Ella comprenderá. Y en otra ocasión te prometo llevarte adonde sea.
—Glenn, ¿de veras me prohibes ir a ese recital?
—Sí. Total y rotundamente —afirmó Glenn, enérgico, mirándola—. Es una medida prudente, aunque pienses lo contrario. Y me duele ponerme terco en eso, créeme.
—Está bien —musitó la joven, bajando la cabeza dócilmente—. Te obedeceré, querido. Tal vez tengas razón, después de todo. No podía saber que tú no ibas a venir.
—Claro. Lo comprendo muy bien. Y me sabe muy mal por ti. Pero me alegra que lo entiendas, cariño.
La situación parecía resuelta por completo, sin haber llegado a ser conflictiva. Pero en realidad no era así. La cabecita de Jessica había calculado rápida y astutamente, como mujer que era. Glenn no iba a volver a casa antes de medianoche, y eso con mucha suerte. De modo que jamás sabría si ella iba o no a ver a Melba Kingsley.
Esa noche, tras ausentarse Glenn para volver al laboratorio, la joven se vistió de nuevo con rapidez, salió de casa y tomó un carruaje de alquiler. Asistió al recital de su antigua compañera de estudios, pese a todo.
Sin saberlo, esa simple desobediencia en un hecho aparentemente trivial, iba a significar en el futuro algo de la mayor gravedad y trascendencia para ambos...

CAPÍTULO V
ARMARIO DE HORRORES

—Te felicito, querida. Has estado maravillosa...
—¿De veras te gustó mi actuación, Jessie? He estado unos días con una afección de laringe y temí que no resultara del todo bien...
—Te aseguro que todo fue magnífico. La gente vibraba, y con razón. Eres un prodigio, querida. Además, creo que eres la cantante de ópera más bella que existe, Melba.
—Mi adorable amiga y compañera de los dorados tiempos de la adolescencia —suspiró Melba Kingsley abrazando a su visitante en el camerino y besando con dulzura sus cabellos dorados y sus suaves mejillas—. Me alegra mucho verte otra vez. Sigues tan delicada, tan bonita, tan encantadora y dulce como siempre, Jessie. Lo único qué siento es no haber conocido a tu esposo. Debe ser un arrogante galán, seguro.
—Lo es —rió Jessie complacida—. Muy guapo y muy inteligente, Melba. Pero tiene mucho trabajo. Es un enamorado de su carrera y aprovecha su trabajo con un gran científico que puede enseñarle mucho. La verdad es que si supiera que estoy ahora aquí contigo, se llevaría un gran disgusto. No quería que viniera sola. Teme por esa gente que anda por ahí asesinando y robando por las calles de la ciudad...
—Y tiene mucha razón. Ha sido un poco imprudente por tu parte venir así, querida. Lo malo es que tampoco puedo acompañarte. Salgo ahora mismo para mi casa en las afueras de Londres, donde tengo una reunión de negocios esta noche con unos empresarios. Pero personalmente me ocuparé de alquilarte un carruaje y enviarte a casa antes de irme yo misma de aquí, te lo aseguro. Y procura que tu marido no se llegue a enterar de que le desobedeciste...
—No, eso no —negó Jessie con un suspiro—. No podría ocultarle algo así a Glenn. Mañana se lo confesaré todo. Espero que me perdone. No quiero que en nuestro matrimonio haya secretos.
—Eres una gran chica —elogió la hermosa cantante—. Si él tampoco tiene secretos contigo, estoy segura de que formaréis una de las parejas más felices del mundo...
Llamaron en ese momento. La cantante se volvió, dejando de arreglarse para salir del teatro tras la función. Invitó, sin levantarse de su asiento ante el tocador:
—Adelante, por favor.
Se abrió la puerta. Un caballero alto, distinguido, de ropas oscuras e impecable elegancia, asomó en el camerino. Traía consigo un gran ramo de flores, que tendió a la cantante con exquisita sonrisa. Sus negros ojos se fijaron momentáneamente en Jessie, e hizo una leve inclinación.
—Disculpe, señorita Kingsley —dijo el recién llegado, volviéndose a la cantante—. Soy uno de sus más rendidos admiradores. He tenido el placer de asistir esta noche a su recital, y créame que me siento extasiado. Su voz, su estilo... Es usted única. ¿Me permitirá ofrecerle este ramo de flores en prueba de mi admiración más sincera?
—Por supuesto, caballero, y muchas gracias —sonrió la artista, halagada—. Es el más hermoso que he recibido esta noche, se lo aseguro.
—Es muy amable, señorita Kingsley. ¿Sería mucho pedir rogarle que me acompañara esta misma noche a una cena especial en el mejor restaurante de Mayfair?
—Sintiéndolo mucho, sí —dijo Melba con gesto mohíno—. Tengo una inaplazable cita de negocios con empresarios. Mi amiga lo sabe. Incluso debo renunciar al placer de su compañía. Pero si mañana me visita en mi casa de Watford, le prometo pensarlo y tratar de hallar un corto espacio libre en mi apretada jornada, señor...
—Kosic —dijo rápidamente el hombre—. Slav Kosic, señorita Kingsley. Soy servio, ¿comprende? Pero nacionalizado inglés, por supuesto...
—Bien, señor Kosic, lo dicho: mañana en mi casa de Watford, a las tres de la tarde. Y gracias por sus flores...
—Siempre a sus pies. Seré puntual. A las tres —se inclinó, besó la mano de ella gentilmente e hizo una inclinación hacia Jessie, saliendo del camerino con aire altivo. Tras su salida, el caballero de ojos negros y cabello canoso, de largas y cuidadas patillas plateadas, dejó el aroma tenue de un perfume varonil penetrante. Melba sonrió, haciendo un gesto significativo a su amiga—. Hay que cuidar a los admiradores, querida. Ellos son lo mejor de nuestro público, y dependemos en gran parte de ellos. Ahora espérame, te lo ruego. Te dejaré en ese carruaje, rumbo a tu casa, y me sentiré mucho mejor, créeme.
Así fue. Minutos más tarde, Jessie Forbes regresaba en un coche de punto a su hogar de Saint John's Wood, despedida por su amiga Melba a la puerta del teatro. El carruaje rodaba por las calles empedradas, a través de la espesa niebla, y Jessie se preguntaba inquieta si Glenn habría regresado ya a casa.
Por fortuna, no era así. Glenn regresó a las doce y media dadas, cuando Jessie ya estaba en la cama, conciliando el sueño. Se despertó vagamente, pero optó por no decirle nada a su esposo de su aventura nocturna. Lo haría al otro día, se dijo dejándose vencer por el sueño.
De haberse incorporado para hablar con Glenn, se hubiera sorprendido mucho al ver el rostro de Glenn. Este estaba pálido, desencajado, con los ojos enrojecidos y las pupilas dilatadas. Tenía el aspecto de un hombre que hubiera visto la muerte cara a cara. O tal vez el mismísimo diablo.
Y en cierto modo, así había sido.

* * *

Inicialmente, la noche ya había ofrecido a Glenn Forbes su primera sorpresa justo cuando llegó a la residencia del profesor Ustinov, a eso de las ocho. Contra lo previsto, fue Anasha quien le recibió, informándole de algo imprevisto:
—El profesor ha tenido que salir urgentemente a causa de la visita de un colega suyo, extranjero también. Tardará en volver. Ha dicho que puede usted trabajar solo mientras tanto, llegue él cuando llegue. Le ha dejado preparado material, muestras e instrucciones en el laboratorio.
—Muy bien —dijo Glenn, algo contrariado, diciéndose que de haber sabido aquello, pudo haber acompañado a su esposa a ver a su amiga Melba en el concierto—. Gracias por todo, señorita.
—No necesita llamarme siempre así —sonrió la pelirroja con una sonrisa burlona asomando a sus carnosos labios—. Soy Anasha para quienes me tratan cada día. Y usted es una de esas persona, doctor Forbes.
—Gracias, Anasha. Lo tendré en cuenta —prometió Glenn, encaminándose al laboratorio, todavía molesto por la ausencia de su patrón.
Entró en el laboratorio, que tenía ya encendidas las luces de gas. Se despojó de su levita y macferlán, enfundándose la bata verde, manchada de ácidos y sustancias químicas, iniciando su tarea tras leer los apuntes dejados por Ustinov en una hoja de papel.
Cosa de una hora más tarde, aparecía Anasha en el recinto. Traía consigo una bandeja con algo cubierto por una tapa de plata. Le sonrió con una simpatía poco frecuente en la misteriosa mujer de melena color caoba.
—Tómese un respiro, doctor —le pidió suavemente, con su peculiar inglés meloso y vagamente extranjerizado—. Le traigo algo para hacerle más llevadera la velada.
—Es muy amable, Anasha —aceptó Glenn, extrañado—. Puede dejarlo ahí, se lo ruego. Ahora estoy ocupado en algo importante.
Y siguió analizando unos tejidos a través del microscopio, y haciendo apuntes en un libro. Noto un contactó en su espalda. Se irguió, sorprendido. Era ella. Anasha estaba tras él. Había dejado la bandeja entre un mechero de Bunsen y una retorta mediada de misterioso líquido verdoso y burbujeante. Le rozaba ahora el hombro con sus erguidos y macizos pechos. Notó su calor y dureza a través del tejido de su vestido oscuro, muy ceñido al torso femenino.
—Disculpe —se excusó—. No sabia que estaba aquí, Anasha...
—¿De verdad no se va a permitir un leve descanso, doctor? —le tentó ella, con su mejor sonrisa—. Le preparé lo mejor de la cocina...
—He cenado bien, pero algo pronto. Le agradezco el detalle. Sí, tengo algo de apetito. ¿Quiere compartir conmigo el tentenpié?
—Con mil amores —asintió ella, risueña, con un destello vivo en lo más profundo de sus verdes ojos jaspeados. Se sentó junto a él, en un taburete y alzó la tapa de plata maciza. En una bandeja de igual metal aparecieron fiambres con gelatina y canapés de salmón ahumado. Junto a todo ello, una jarra de cerveza y café.
—Es una cena completa —rió Glenn, ofreciendo el café a la joven—. Yo tomaré la cerveza, Anasha. El alcohol no me afecta cuando trabajo.
Comieron y bebieron en silencio. El reloj de pared del laboratorio marcaba ya las diez cuando terminaron. Ella suspiró, tapando la bandeja medio vacía y sonrió a Forbes.
—¿Se encuentra mejor, doctor? —preguntó con rara dulzura.
—Sí, gracias —asintió él—. Repito que ha sido usted muy amable conmigo, Anasha. Había llegado a pensar que no simpatizaba conmigo.
—No haga caso de mi actitud. Acostumbro a ser bastante seria. Y algo distante. Pero usted me cae bien, doctor. Muy bien. Aunque joven; no es ningún alocado ni presuntuoso. Y tendría motivos para serlo, créame. Es guapo, alto, arrogante, inteligente y eficaz... Debe tener mucho éxito con las mujeres.
—La verdad es que nunca lo comprobé —rió Glenn—. Estuve demasiado tiempo ocupado con mis estudios y prácticas, Anasha. Puede llamarme Glenn, se lo ruego.
—Gracias... Glenn —le miró, muy fija—. ¿Va a seguir trabajando?
—Sí. Se supone que es lo que el profesor esperaba de mí esta noche.
—Él tardará aún. Tenía bastantes cosas que hacer.
—Aun así, trabajaré como si estuviera aquí —y se inclinó de nuevo para mirar por el microscopio.
—Doctor... Digo... Glenn.
Anasha otra vez. Le llamaba. Sin dejar de mirar, respondió distraído:
—Sí...
—Glenn... Míreme.
La miró, algo contrariado. Y se llevó un sobresalto.
Anasha estaba erguida ante él. Sonreía algo desafiante.
Se había abierto la prenda superior de su vestido. Totalmente. Botón a botón. Y el resultado estaba a la vista. Dos soberbias, espectaculares formas carnosas emergían agresivas. Sus pechos eran grandes, macizos y jóvenes. Sintió una oleada de sangre en sus venas. Le palpitaron las sienes y se aceleraron los latidos de su corazón.
—¿Qué... qué está haciendo? —jadeó.
—Ya lo ve —sonrió ella—. Glenn, hay tiempo aún. Soy suya. Poséame, se lo ruego. Ansío que lo haga.
Respiraba sibilante, entrecortada, los labios entreabiertos, los ojos lúbricamente entornados y febriles. Palpitaban sus senos desnudos de roja aureola incitante. Caminó hacia él, voluptuosa. Era la tentación hecha mujer. Diabólicamente hermosa y diabólicamente turbadora y deseable.
—Anasha, esto es absurdo... —musitó Glenn, sudoroso.
—¿Absurdo? ¿Por qué? Soy mujer, usted hombre... —ella rió, procaz—. Vamos, ¿a qué espera? Tómeme, estoy esperando...
Él no se movió. Ella sí. Llegó junto a él. Le rodeó con sus brazos, sepultó su cabeza entre ambos senos obligándole a inclinarla y hundirla en la carne esponjosa y cálida. El deseo y la tentación hacia vibrar a Glerin. Pero su mente luchaba por mantenerse fría y rechazar esa invitación sensual.
—Lo siento, Anasha —reunió fuerzas y se apartó bruscamente, retirándola de sí con un leve pero firme empujón—. Soy casado. Y respeto a mi mujer. La amo. No deseo traicionarla con nadie, ni siquiera con usted, pese a sus atractivos.
Ella le miró, enrojeciendo vivamente. Se cubrió los senos con ambas manos. Eran pálidas y crispadas, como dos garras heladas protegiendo el fuego de sus pechos enhiestos y ansiosos.
—Me... me has despreciado —susurró, trémula.
—Ya dije que lo siento —se pasó una mano por la frente. Temblaba y transpiraba—. Me cuesta trabajo. Pero debo hacerlo. No sería honesto por mi parte. Sólo llevo dos meses escasos casado con una mujer a la que amo. Entiéndalo, Anasha...
Ella no dijo nada. Erguida, fría, abotonó su vestido cubriendo la majestuosa arrogancia de su busto desnudo. Recogió la bandeja. Sus ojos centelleaban.
—Buenas noches, doctor —remarcó el tratamiento con voz helada. Y abandono el laboratorio sin pronunciar una sola palabra más, sin Volverse un solo instante.
Instintivamente, Glenn supo que había perdido una amante ardorosa. Y había ganado un enemigo mortal. Anasha no le perdonaría jamás la humillación sufrida.
Siguió su tarea, procurando olvidar el incidente.
Ignoraba el tiempo transcurrido cuando apartó sus ojos, del microscopio y dejó de seleccionar pruebas y apuntar en el libro de trabajo. Se paseó por el laboratorio, con las manos hundidas en los bolsillos de su bata y la mente perdida en divagaciones de las que no faltaban los recuerdos de la tensa situación vivida con Anasha.
Y de repente, lo vio.
Pestañeo, estupefacto. Se asombró de no haberlo advertido hasta ahora.
Sin duda habían estado allí toda la noche. A su alcance. Y sin él saberlo.
Las llaves.
Era el mismo llavero que viera aquella noche en manos del profesor. Asomaba de su bata, colgada de un perchero. Reconoció el llavero en forma de óvalo de hierro.
Se acercó, paso a paso, tras comprobar que estaba sólo. Alargó la mano. Temblaba. Como si fuese a robar algo, a cometer un delito. Tenía ante sí la bata colgada. Y las llaves a la vista. El laboratorio aparecía silencioso, desierto a excepción de su persona y de los callados conejillos de indias en sus jaulas. Tocó el frío metal.
Tembló de nuevo. No debía hacerlo, pensó. Además, el reloj señalaba en el muro las doce menos veinte. El profesor podía regresar en cualquier momento y...
Respiró hondo. Apretó los dedos. Extrajo las llaves. Estas emitieron un sordo tintineo ronco. Temió que fuera oído en toda la casa. Pero sólo él lo había captado.
Las sacó del bolsillo. Eran tres. Sólo tres. Dos oscuras y una dorada. Miró la puerta de las dos cerraduras y el cerrojo. La tentación era demasiado fuerte. Más aún que la que significaban los pechos desnudos de Anasha, invitándole a la concupiscencia.
No supo resistir tanto ésta de ahora como la que encarnaba la servidora del profesor. La curiosidad morbosa podía más que el simple deseo carnal, tal vez porqué de éste le preservaba el amor a Jessie, y del otro no había nada que pudiera protegerle.
Momentos más tarde, llegaba ante la puerta de maciza madera claveteada y reforzada. Introdujo una llave en una cerradura. No encajaba. Probó la segunda. Esta sí. La hizo girar. Lentamente. Con cautela. Sin apenas ruido. Chirrió un poco, y nada más. La extrajo. Probó en la otra con una de las dos llaves. Acertó a la primera. Eran las dos llaves oscuras las válidas para aquellas cerraduras. Las franqueó sin problema.
Se detuvo, enjugándose el sudor de la frente. Miró el pesado cerrojo. Dejó las llaves a un lado. Probó a mover aquel fuerte pestillo de hierro. Cedió con facilidad. Estaba bien engrasado.
Ya. La puerta estaba dispuesta a ceder. Bastaría empujarla. Y lo hizo.
La abrió. La oscuridad interior de la cámara situada detrás, le trajo una vaharada fría y algo húmeda. Glenn avanzó decidido. Tomó fósforos de su bolsillo. Prendió uno. Ya no pensaba en retroceder, tal vez porqué había ido demasiado lejos.
La llama débil alumbró una cámara alargada, de muros de piedra. Vio un mechero de gas en el muro. Lo encendió y elevó la llama. Todo se iluminó. Resultaba un recinto fantasmal, inquietante. Su sombra se recortó enorme hasta el techo, casi sobrecogiéndole.
Avanzó unos pasos sobre el suelo de losas de piedra. Vio un pesado armario al fondo. Era el único mueble de la estancia, junto con dos mesas de mármol, semejantes a las que podían encontrarse en el depósito de cadáveres. El armario era ancho, muy ancho, con cuatro puertas de madera oscura, y alto hasta casi rozar la bóveda del techo. Todo lo demás eran muros desnudos y fríos.
Tuvo miedo sin saber por qué. Aprensión de lo desconocido, de lo oculto.
Paso a paso, llegó al armario. Las dos mesas desnudas quedaron atrás, con su tersa superficie de color blanquecino. Alargó la mano, tirando del pomo de la puerta central. El mueble resistió. Y vio otra cerradura.
De inmediato ató cabos. Usó la llave dorada. Y resultó.
El armario también estaba abierto. Tiró de la hoja de madera hacia si. La luz de gas alumbró el interior.
Un ronco grito de horror escapó de la garganta de Glenn Forbes cuando se encaró con el contenido del siniestro armario. No era para menos.
Sobre el fondo del armario, extendido y rígido, dentro de una envoltura de tela translúcida, blancuzca, parecida a gasa, se hallaba un cuerpo humano desnudo.
El cuerpo de una mujer, de céreo color, de senos lívidos... ¡y sin cabeza!
El cuello era un horrendo muflón de sangre seca, limpiamente cortado. Aquel cadáver tenía un brillo grasiento, como si una sustancia lo conservara, embadurnando sus rígidas carnes color cera. No despedía el menor olor a putrefacción, eso era obvio.
Pero aquel hallazgo macabro, con ser espantoso, no era lo peor de aquel armario de los horrores. Lo peor de todo estaba allá arriba, colgando ante él casi a la altura de su propio rostro. Espeluznante y atroz en su alucinante realidad...
Una cabeza de mujer colgaba en un estante, separada del tronco. Era una cabeza separada limpiamente de su tronco correspondiente. De cabello muy negro, al revés que el vello del pubis del cadáver femenino descabezado, que era de un rubio muy claro, como el vello de su piel. De grandes ojos oscuros, dilatados y vidriosos, de boca carnosa, tez broncínea, algo agitanada...
La cabeza de la desconocida parecía contemplarle desde la dimensión de oscuridad, frío y silencio del más allá, desde el interior de una bolsa del mismo tejido translúcido, casi transparente, que envolvía el cadáver de abajo, y embadurnada con la misma lustrosa sustancia grasienta.
—Dios mío, no... —jadeó Glenn roncamente, demudado—. ¿Qué significa esto?
En ese momento, una mano cayó sobre su hombro pesadamente, y una nueva sombra humana se recortó, alargada y gigantesca, sobre el muro y la bóveda de la tétrica cámara.

CAPÍTULO VI
EN POS DEL ALMA

El embajador Bosnek abrió el telegrama, leyéndolo con rapidez. Lo dejó sobre la mesa y se volvió a su esposa e hija.
—Es la confirmación —dijo—. El presidente visitará Inglaterra de modo oficial dentro de seis días. Tenemos que preparar rápidamente los detalles de la recepción en la Embajada.
—Sí, querido —asintió Eva Bosnek, su esposa, con gesto de complacencia—. Ya tenía muchas cosas adelantadas, por si esto sucedía antes de lo previsto, como así ha ocurrido. Espero que el señor presidente se encuentre a gusto entre nosotros.
—Haremos lo imposible porque así sea. Además, nuestra relación con Inglaterra es muy necesaria en estos momentos de agitación política en toda Europa, y con los problemas del Imperio Británico con sus colonias en la actualidad, presionando la política de buenas relaciones del Gobierno de Su Majestad. Haremos que todo discurra agradablemente para nuestro presidente y, sobre todo, para sus anfitriones, los miembros del Gobierno del señor Salisbury.
—Para Katia va a ser un hermoso pretexto —sonrió la señora Bosnek—. Le servirá para dar un gran realce a su puesta de largo la recepción de gala ofrecida en honor a nuestro presidente, Zoltan Dekovitch.
—En efecto —asintió el embajador, sonriendo también—. Olvidaba ese detalle, querida. Katia va a sentirse muy feliz por tal coincidencia, no hay duda. Con lo que está deseando ser toda una mujercita y frecuentar la alta sociedad londinense desde que llegamos hace dos años a Londres, en mi calidad de embajador de Vrolavia en Gran Bretaña...
—Supongo que este tiempo no te habrá hecho arrepentir de tu decisión de abandonar la cartera de Interior en Brandislava y volver a la carrera diplomática, Laszlo.
—Sabes que no, Eva —suspiró el embajador, levantándose y dando unos paseos por la carrera diplomática, Laszlo.
—Sabes que no, Eva —suspiró el embajador, levantándose y dando unos paseos por la estancia. Se detuvo ante el ventanal, a contemplar el curso del Támesis ante la fachada de la Embajada de Vrolavia en Londres—. Sobre todo después de aquel desdichado caso Kosic... Aún me siento culpable de que tal vil asesino pudiera escapar con vida de nuestro país. Sólo Dios sabe dónde se hallará ahora, en la mayor impunidad ese enloquecido monstruo de maldad y de perversión...
—¿Todavía piensas en él? —murmuró tristemente su esposa, acercámdose a él.
—¿Cómo no pensar? La ejecución ejemplar de su amante y cómplice en tan horrendos crímenes, la hermosa Ilonka Czek, no bastó para borrar tanta ignominia. Su muerte en el cadalso era poca cosa para dejar hecha justicia en un cúmulo tal de horrores, de muertes insensatas, de sacrificios humanos, de atroces experimentos con personas vivas, en busca del descubrimiento científico de ese loco criminal... El peor de los dos, el cerebro de tanta maldad, pudo evadirse de mi red de policías y agentes. El doctor Slav Kosic, el monstruo de Brandislava, huyó para no ser hallado jamás. Y de eso hace ya cinco largos años, Eva querida. No, no he podido olvidarlo. Me sentí fracasado. Por eso abandoné mi cargo de ministro y pedí volver a la diplomacia. Y aun ahora, a veces, sueño con ese monstruo.
—No será por la amenaza que recibimos aquel día, meses más tarde... —recordó ella con repentino gesto de temor e inquietud.
—¿La amenaza? Oh, no, no —rechazó distraídamente el embajador Bosnek—. Ni siquiera podemos estar seguros de que aquella amenaza fuese realmente obra de ese demente astuto y endiabladamente inteligente y culto que es Kosic.
—Pero era una amenaza terrible, digna de su perversidad... —recordó la dama con un escalofrío.
—Claro que lo era —su esposo la rodeó el talle amorosa y protectoramente, con una leve sonrisa, acariciando luego el canoso cabello de su mujer—. En eso sí parecía cosa suya. Recuerdo que nos amenazaba con una venganza horrenda, obra de los espíritus que él desencadenaría, del alma de los muertos, con Ilonka Czek rediviva e implacable a la cabeza... Pero eso son sólo locuras, divagaciones de una mente enferma, querida Eva. Aun siendo él mismo quien la escribió, nunca podría vengarse del modo que sueña su cerebro corrompido y loco. Olvidemos ahora a Kosic, por favor, y pensemos más en Su Excelencia, ¿quieres?
—Oh, perdona —ella respiró hondo, apartando de sí sus sombríos pensamientos—. Tienes toda la razón, querido. Iré a hablar con Katia. Y dispondré los detalles de la recepción a toda prisa. Seis días no es mucho tiempo para extender invitaciones, ultimar aspectos de la fiesta y todo eso.
—Y Katia te vendrá con sus complicaciones para el vestido de su puesta de largo —sonrió su marido suavemente.
—Como si lo viera —rió ella, más animada, corriendo a la puerta del despacho—. Te veré luego, cariño. Voy a estar muy ocupada estos días, seguro.
Eva salió, dejando solo al embajador Bosnek, que se sentó de huevo ante su mesa, releyó el telegrama del Gobierno de Su Excelencia el presidente de Vrolavia, Zoltan Denkovitch, y comenzó a escribir presuroso una serie de documentos oficiales al respecto.

* * *

—Dios mío, Glenn, ¿qué significa todo ese horror?
Forbes, tardó en responder. Golpeó el huevo cocido de su desayuno con aire ausente, se limpió los labios con la servilleta y finalmente miró a Jessie. Esta advirtió las profundas ojeras en torno a la mirada cansada y algo sombría de su marido, así como huellas evidentes de un sueño que había sido poco reparador. Fuera, brillaba un tibio sol brumoso, y los cristales del living reflejaban su luz dorada y tenue.
—Aún me siento aturdido, cariño —confesó roncamente—. Fue algo atroz encararse a todo eso, lo admito. Y las explicaciones del profesor, después de sorprenderme allí contemplando sus... sus restos humanos, no han terminado de convencerme demasiado. No sé si estoy realmente ante un genio... o ante un loco, querida.
—Y por si todo eso fuera poco, voy y te disgusto con mi traviesa desobediencia de anoche —se quejó ella—. Juro que será la última, cariño...
—Olvídalo. Confío en que otra vez no me desobedezcas. Lo hice por ti, no por contrariarte, lo sabes. Pero eso ha pasado ya. No tiene importancia, al lado de lo que me tocó vivir a mí anoche, puesto que tú, cuando menos, no tuviste problemas ni corriste riesgo alguno, de lo cual me alegro.
—Glenn..., ¿qué te contó exactamente el profesor al sorprenderte en ese lugar?
El joven médico miró a su esposa pensativo. Luego, habló con lentitud:
—La suya es una historia algo confusa, turbia. Habló de viejas prácticas en medicina que todos conocemos bien, con la disección de cadáveres y todo eso. En Europa la practican, al parecer, con menos riesgos que en Inglaterra. Aquí las leyes son más severas. El ejemplo de Burke y Hare es bien concreto (1). Pero el profesor afirma no recurrir a ladrones de tumbas para sus experimentos clandestinos sobre cuerpos humanos, sino simplemente a cadáveres extraviados de la Morgue y cosas así. De ese modo ha conseguido cuerpos para experimentar con una cierta frecuencia. También algunos otros cedidos a estudiantes de Medicina para prácticas, pasaron a él por medios inconfesables, siempre pagando buenas sumas por cada cadáver.
(1) Famosos ladrones de cadáveres ingleses, que fueron muertos el uno por linchamiento popular y el otro ejecutado en la horca por su macabro negocio. (N del A.)
—Dios mío —los azules ojos de Jessie reflejaron por un momento el horror. Miró a su esposo y se movió inquieta en el asiento, retirando de sí un plato donde aparecían las doradas hojas del bacon frito, con evidente pérdida de su apetito—. ¿Y qué pretende con esas horribles experiencias?
—Según él, algo que nadie intentó jamás: recuperar el alma de los muertos.
—¿Qué? —la joven se echó hacia atrás, aterrada, dilatando mucho sus atónitas pupilas—. Dios mío, eso es un disparate, una locura...
—Se lo dije así. Otras veces me ha hablado de esas extrañas teorías. Casi se puso furioso. Creo que se dominó con un gran esfuerzo de voluntad. Y me explico que ni la religión ni la medicina han aclarado nada respecto al alma humana. Él está seguro de que en alguna parte física de nuestro cuerpo, casi con toda probabilidad el cerebro, por ser la zona más compleja y desconocida del ser humano, se halla ese ánima que convierte a un simple cuerpo viviente en una criatura dotada de inteligencia, sensibilidad y emociones complejas, así como el amor a las artes y posiblemente una segunda existencia en forma inmaterial, más allá del cuerpo o envoltura abandonado al morir.
—Creo en el alma y en su evasión de nuestro cuerpo cuando llega la muerte, pero ¿cómo pensar en aprehenderla mediante la ciencia? Es un sacrilegio, Glenn.
—Se lo he dicho. Él se burla de esos principios de fe o de creencias. Dice que el convertir en tabú un tema es la peor forma de resolverlo. Desea llegar a una conclusión definitiva. Y es más: cree haberlo conseguido.
—¿Es posible?
—No lo sé, querida. No conozco el avance real de sus experimentos. Oculta algo muy celosamente, lo sé. Puede ser una teoría sin sentido... o una realidad. A veces ese hombre me da miedo, lo confieso. Si llegas a ver sus despojos humanos en aquel armario... Es como una pesadilla difícil de olvidar. Pero están allí. Y afirmó estar a punto de llevar a cabo la gran experiencia: dotar a esos restos humanos de nueva vida... e insuflarles un alma.
—Glenn, me asustan tus palabras. ¿Crees que eso es legal? ¿No podrían enviaros a ambos al patíbulo si descubriera la ley esas experiencias horribles?
—Es posible. Estoy aturdido, confuso. Pero rechazar sus ideas y oponerse a ellas significa perder este trabajo. Si realmente no está relacionado con ladrones de cementerios y expoliadores de tumbas, lo máximo que podría suceder es que le quitaran el título y le expulsaran del país. Pero si hay algo feo en la obtención de esos cuerpos... la cosa cambiaría de forma tremenda incluso para mí. Tengo que pensarlo, Jessie. Y darle mi respuesta definitiva. Tal vez mañana noche sea el momento más adecuado para ello, en un ambiente que no sea el del laboratorio y el trabajo cotidiano.
—¿Mañana noche por qué? —se extrañó la joven, mirándole con fijeza.
—Nos ha invitado. A los dos, Jessie. A ti y a mí.
—¿Invitarnos a qué? —desconfió su esposa.
—A cenar con él. Desea conocerte. Y charla conmigo de cosas relacionadas con nuestro trabajo, de un modo informal y amistoso, sin mediar la tarea por medio. Le he dicho que aceptaba. No podía hacer otra cosa. Pero si no deseas ir...
—No me gustará demasiado pisar una casa entre cuyos muros se guardan restos humanos, Glenn —se estremeció Jessie—. Pero tampoco deseo dejar en mal lugar a mi esposo. Iré a cenar contigo y con el profesor. Sólo que no creo tener un vestido adecuado para un acto así, aunque sea intimo.
—Eso tiene fácil arreglo. Acércate hoy o mañana al centro y compra algo. Es necesario que tengas un vestido adecuado para ocasiones así. Recuerda que en mi próximo día libre quisiera llevarte al teatro, como te prometí —acabó con una sonrisa que pretendía ser intrascendente y amable.
—Está bien, querido. Gastaré algo más de lo previsto en un vestido decente, aunque ello merme un poco nuestros ahorros —ella también sonrió, algo forzada—. Aunque ello vaya en detrimento de mi plan de ahorros. Pero no podrás llevarme a ver a Melba de nuevo. Va a descansar unos días y luego actuará en el extranjero.
—Es igual. Londres es muy grande. Hay toda clase de teatros: comedia, drama, ópera, ballet... Elegirás tú misma el programa ese día, ¿conforme?
—Sí, cariño. Gracias por perdonarme mi imprudencia de anoche. Te confieso que tuve cierto temor al pisar las calles con niebla. Por cierto, el agente de servicio en nuestra zona fue muy amable. Me ayudó a tomar un carruaje con toda cortesía.
—Oh, sí, Patrick Webb —sonrió Glenn distraído—. Parece un buen chico.
Se quedó pensativo, con el rostro ensombrecido y unas arrugas surcando su frente. Jessie rodeó la mesa, puso sus brazos en torno al cuello de su esposo y le besó en los labios musitando:
—¿Qué te ocurre ahora, querido? ¿En qué piensas?
—En muchas cosas —suspiró el médico—. Sigo recordando aquella cabeza, aquel cuerpo mutilado... ¿Sabes una cosa? Se conservaba perfectamente, pero hubiera jurado que llevaba algún tiempo sin vida. Una sustancia grasienta los envolvía... Creo que el profesor ha descubierto un medio de conservar los cadáveres, sin embalsamar, que los mantiene intactos por algún tiempo. Ese hombre es genial, no hay duda. Pero a veces me inquieta profundamente. Y no sé por qué...
Ella le besó de nuevo sin comentar nada. Se retiró a la cocina con los platos del desayuno. Glenn se dispuso a ir al trabajo, incorporándose con un leve desperezo. Sus ojos se fijaron en el diario, doblado sobre la mesa. Ni tiempo había tenido de echarle una ojeada.
En su primera página había grandes titulares para una noticia ya prevista:
ANOCHE FUE EJECUTADA EN NEWGATE LA ASESINA DE NIÑOS STELLA MATHIESON
Pero debajo, un segundo titular le causó escalofrío, sin saber la razón. Era una información de última hora, recuadrada. Su titular, aunque pequeño, resultaba espeluznante:
EL CUERPO DE STELLA MATHIESON, ROBADO DE LA MORGUE EN LA MADRUGADA. EL CONSERJE DEL DEPOSITO DE CADÁVERES, ASESINADO POR UN DESCONOCIDO
No pudo evitar una convulsión que sacudió su cuerpo, produciéndole un frío sutil y punzante que le llegó hasta la nuca, erizando sus rebeldes cabellos castaños.
—Dios mío... —musitó.
Y guardó con rapidez el diario en un bolsillo, antes de salir de casa, despidiéndose de Jessica en la puerta, con el beso de costumbre.

CAPÍTULO VII
UNA DESAPARICIÓN Y UNA VELADA

Jessica Forbes bajó del carruaje en la calle principal de Watford. La pequeña localidad situada a escasa distancia de Londres aparecía apacible y en calma a aquellas horas de la mañana. El tren de cercanías la había dejado en su apartada estación poco antes, en aquella soleada y casi primaveral mañana londinense.
Ni siquiera sabia por qué había ido a Watford aquel mismo día en que, por la noche, había de asistir a la invitación para cenar del profesor Ustinov. Pero aprovechando su viaje al centro de Londres para comprar un vestido nuevo, había tenido la tentación de visitar a su amiga Melba Kingsley en su casa de Watford. Mientras preguntaba a un empleado de un pub por sus señas, y el hombre se las facilitaba sin demora, se preguntaba a sí misma la absurda razón que la había movido a hacer tal desplazamiento a las afueras de la capital para ver de nuevo a su amiga.
Llegó ante, el cottage propiedad de la famosa cantante. Era, como esperaba, una casita rústica, encantadora y sencilla, rodeada por césped y jardincillos. Llamó a la puerta y esperó. Una doncella con cofia y delantal la abrió.
—Buenos días —saludó Jessica—. ¿La señorita Kingsley? Soy amiga suya.
—Lo siento. La señorita Kingsley salió anoche y no ha regresado. Dejó una nota que he encontrado esta mañana en su habitación, diciéndome que permanecerá unas fechas en Londres con unos amigos.
—¿De veras? —se decepcionó la joven—. Qué desilusión. Esperaba verla hoy. Es raro, pero no me dijo que fuera a volver a Londres cuando la vi anteanoche en el teatro. Estaba deseando descansar en esta casa varios días.
—A mí también me sorprendió, señorita. Yo llevo muy poco tiempo a su servicio y no conozco bien sus costumbres, pero parecía tan ansiosa de volver aquí y descansar, que he sido la primera extrañada en leer su nota. Pero pase, por favor, no se quede ahí. Le dejaré ver su mensaje, por si usted, que la conoce bien, lo entiende mejor.
Pasó Jessica al vestíbulo y de allí a un saloncito mitad living, mitad biblioteca, donde se veía un atril con música, un piano y numerosas partituras de ópera en las estanterías. Lo contempló todo, distraída, mientras la doncella se ausentaba unos instantes, regresando con una nota en papel beige, doblada. La tendió a Jessica.
—La señora salió anoche con un caballero muy distinguido que vino a recogerla —explicó—. Y ya no ha vuelto. Al ir a llamarla, lo advertí y vi la nota, depositada sobre la bandeja de la repisa del hogar. Me extrañó porque ella al salir no me dijo nada sobre esa posible ausencia prolongada.
Jessica asintió. Recordaba vagamente al caballero. Unos ojos negros, cabellos canosos, patillas largas y bien cuidadas, alta estatura, magnetismo personal y exquisitos modales, con un acento inglés vagamente extranjero. Un servio llamado Kosic o algo parecido...
Desplegó la nota, con femenina curiosidad. Enarcó las cejas. La nota era muy breve, escrita con pulcra letra femenina:
«Estaré ausente unos días. No te inquietes por mí. Voy con unos amigos a Londres. Si preguntan por mí, informa en ese sentido. Ignoro cuándo volveré. Cuida de todo, especialmente de la casa.»
—No es muy explícita —comentó Jessie, con el ceño fruncido, releyendo aquella nota sin saber por qué le causaba extrañeza y cierta perplejidad.
—No, señorita, no mucho —sonrió la doncella—. Además, eso de que «cuide de todo» no encaja mucho con lo que habíamos hablado por la mañana, la verdad.
—¿Sí? —Jessie la miró, curiosa—. ¿De qué hablaron, puedo saberlo?
—Claro. Se refería a mi. Le pedí permiso para ir unos días fuera, con mis parientes de Nottingham. Ella me lo concedió, diciendo que podía pasarse sin mí un par o tres de días sin problemas. Y de repente, se va y me pide que cuide de todo, sin confirmarme su permiso. ¿Cómo puedo cuidar de todo, en especial de la casa, si debo ausentarme?
—Sí es raro. Tal vez lo olvidó —comentó Jessica.
—Es raro. La señora tiene muy buena memoria siempre.
—Eso es cierto —rió suavemente Jessica—. La recuerdo del colegio. Era el memorión de todas nosotras. Y también la que tenía peor letra, eso sí... Cielos, no lo entiendo...
Su último comentario había surgido espontáneo. La doncella la miró, extrañada.
—¿Le ocurre algo, señorita? —indagó.
—Sí. Esta nota... —la volvió a mirar con atención—. Ya decía que algo me sorprendía en ella. Es su letra. Melba no ha podido cambiar tanto de escritura. Es pulida, limpia, precisa. Ella nunca escribió así. ¿Tiene alguna otra nota de la señora a mano?
—Pues no, la verdad. A menos que... —hizo un gesto vivo—. Espere. La he visto a veces escribir en un cuaderno de apuntes que tiene en su alcoba. Claro que puede ser confidencial, y a mí no me gusta meter la nariz en los asuntos de la señora...
—Escuche, puede ser importante —la apremió Jessica, repentinamente inquieta—. No vamos a curiosear nada, ni siquiera leer nada de lo que escribió. Sólo hay que ver su letra actual, nada más. ¿Le parece que veamos ese cuaderno?
—Sí, señorita, sígame, por favor —invitó decidida la doncella.
Subieron a la planta superior, donde Melba tenía su dormitorio. Entraron en él resueltamente. La doncella abrió el cajón de la mesita y extrajo de él un cuaderno de tapas de cartón amarillas, que tendió a Jessica.
La joven lo abrió, pasando varias hojas, todas ellas escritas] Eran simples apuntes personales, una especie de agenda puesta al día con las actividades de Melba. Llegó a su última página. Tenía dos anotaciones hechas:
«Esta noche debo salir con el caballero de Londres, el servio de las flores.»
«Recordar que el día 25 debo actuar en la gala diplomática oficial de la Embajada de Vrolavia, en homenaje al presidente de ese país.»
Era todo. Pero el contenido de las dos notas le importó poco a Jessica. Era la letra, la escritura de Melba lo que le fascinaba en ese momento. La letra irregular, torpe a veces, desordenada y brusca, que ella recordaba en su amiga. Muy lejos de aquella otra letra femenina pero cuidadosa y pulcra de la nota dejada a la doncella.
Alzó la cabeza. Cerró el cuaderno, miró gravemente a la muchacha y manifestó con voz tensa:
—Lo que me temía. Esa nota... no la escribió su señora. No es la letra de Melba Kingsley. Me temo que algo le ocurre y sería conveniente llamar a la policía.

* * *

La señorita Stoneweather frunció el ceño cuando acudió a abrir.
—¿Usted otra vez? —preguntó malhumorada—. Váyase.
Ya le dije que hay cosas que no me gustan. Aquella mujer decapitada que se posesionó de mí... no me gustó, la verdad. Era cosa del diablo, estoy segura.
La hermosa y elegante pelirroja sonrió, depositando en la mano de la espiritista, con rápido ademán, un billete de veinte guineas.
La señorita Stoneweather se quedó de una pieza. Miró asombrada aquel billete de tan elevado valor, que tal vez jamás había tenido antes en sus manos, y luego contempló recelosa a su visitante.
—¿A qué viene esto? —preguntó—. ¿Qué quiere ahora?
—No tema, no voy a pedirle que vuelva a llamar al espíritu de mi amiga —la calmó Anasha—. Sólo deseo que acuda esta noche a una dirección. Unos buenos amigos la desean a usted para una sesión muy especial. Como verá, son gente generosa y de buena posición.
—Sí, de eso me doy cuenta —manoseó el billete, antes de guardarlo en su mugrienta ropa—. ¿Seguro que no se trata otra vez de... de aquella horrible criatura decapitada cuyo espíritu parecía sumido en el tormento y en el odio?
—Segurísimo —sonrió la pelirroja—. Aquello fue solamente una prueba. Lamento que le resultara desagradable, pero era preciso probar su capacidad de convocatoria. Ahora sé que es usted la mejor en su clase, señorita Stoneweather. Por eso estoy aquí para contratar sus servicios por una noche en favor de mis amigos.
—Está bien, creeré su palabra. Pero en cuanto me pidan algo raro como lo que usted solicitó ese día, me largaré con viento fresco, y santas pascuas, ¿está claro?
—Por supuesto —rió Anasha—. No tiene nada que temer, créame. Esta es la dirección. La esperan esta noche a las once en punto. No falte. Debe ser muy puntual. Si todo sale bien, como esperamos de usted, es seguro que la premiarán generosamente con otro buen puñado de guineas.
—Por ese dinero invocaría al mismísimo Satanás... pero nunca a aquella mujer sin cabeza —masculló la espiritista moviendo la cabeza con gesto de temor—. Descuide. Estaré puntualmente a las once, señorita Anasha.
—Veo que recuerda bien mi nombre —sonrió la pelirroja, despidiéndose—. Recuerde también su cita de hoy. Hasta otro día, amiga mía.
Se alejó. La señorita Stoneweather la vio subir a un simón que partió con rapidez. Regresó al interior de la casa, rebuscando en sus ropas y volviendo a manosear con placer el billete crujiente. Luego masculló, con una risita hueca:
—Claro que recuerdo bien... También recuerdo el nombre de aquella mujer que se presentó y habló por mi boca... Ilonka. Ilonka Czek... Y sólo hablaba de una persona... Slav. Quería descansar. Pero había odio en su alma... Odio intenso, feroz. Y maldad. Mucha maldad... Sybil Stoneweather recuerda eso. Sybil Stoneweather nunca olvida nada...

* * *

Llegaron a las ocho en punto a la casa de Saint John's Wood. El camino entre su casa y la mansión del profesor era breve, incluso con una noche tan llena de espesa niebla y de húmedo frío como aquella. Por el camino, sólo habían visto a un ser viviente desafiando la inclemente noche: el agente de servicio Webb, que les saludó cordialmente, antes de perderse en la niebla.
Glenn Forbes y su esposa iban impecablemente ataviados para la cena del profesor. De etiqueta el joven médico, y con su flamante vestido nuevo, color salmón, la bella esposa. Formaban una pareja juvenil, elegante y encantadora.
Anasha les abrió la puerta. También ella vestía un sobrio y distinguido traje negro, muy cerrado en cuello y mangas y ceñido a su espléndida figura. Saludó con fría cortesía a Jessica, y ella la miró, pensativa, con ojos interesados.
—Pasen al salón, por favor —rogó Anasha—. El profesor llegará de inmediato.
Pasaron al amplio comedor, dispuesto ya para la cena. Había cuatro cubiertos en la bien servida mesa. Era evidente que Anasha también formaba parte de los comensales, aunque fuese ella quien sirviera la cena en su momento, ya que no había otro servicio en la casa.
—No me dijiste que la empleada del profesor fuese tan atractiva —musitó Jessie en voz baja, una vez se quedaron solos.
—No se me ocurrió —sonrió Glenn, irónico—. ¿Celosa tal vez?
—No, no —rió ella—. Sólo femenina, querido. Las mujeres siempre nos fijamos en esas cosas. ¿Siempre es tan poco afectuosa esa dama?
—Poco más o menos. Nunca la he visto más asequible —mintió Glenn, algo incómodo.
Anasha les sirvió el aperitivo. El profesor estaba en sus habitaciones y bajaría de inmediato, les dijo con breves palabras, disculpándose luego. La joven pareja esperó unos minutos. Regresó Anasha poco después, sirviéndose un oporto.
Finalmente se oyeron pasos en el exterior de la sala. Miraron todos hacia la puerta. El profesor Ustinov hizo su aparición en, el umbral. Su porte era majestuoso y arrogante, con su alta figura vestida impecablemente de etiqueta. La luz de gas realzaba el plateado de sus cabellos y el negro intenso de sus pupilas.
—Doctor Forbes, perdón por mi tardanza —se disculpó con amable sonrisa—. Me entretuvo demasiado el trabajo esta tarde... Señora Forbes, es un placer conocerla...
Se volvió a ella. Glenn presentó:
—Profesor, mi esposa Jessica. Amistosamente, todos la llamamos Jessie.
Los ojos de Ustinov y de Jessica se encontraron. Se miraron el uno al otro. La joven se demudó, atónita.
Él se mantuvo sereno, tranquilo, como si nada sucediera. Pero sus pupilas centellearon al clavarse en la joven esposa de su ayudante.
—Es un placer, señora Forbes —murmuró, besando la mano de Jessica.
Ella se estremeció. Había reconocido perfectamente al admirador del ramo de flores en el camerino de Melba Kingsley.
Y ella había reconocido a ella de inmediato como la amiga de la cantante, de eso no había duda. Pero no hizo la menor acción demostrativa de ello.
La cena transcurrió por cauces cordiales y normales.
Nadie hubiera dicho, oyendo la charla trivial de los comensales, que había una cierta tensión latente entre dos de las personas sentadas a aquella mesa. Varias veces, durante la cena, Jessica había dirigido ojeadas de interés y perplejidad al anfitrión. Y en algunas de ellas, se había estremecido levemente, al topar con la mirada del profesor fija también en ella con sutil e irónica expresión de complicidad.
Tal vez, pensaba Jessica, el profesor era un hombre de doble vida, un severo investigador en casa, y un mujeriego libertino en otros ambientes. Pero ¿por qué usaba otro nombre, de resonancias eslavas? ¿Y por qué Melba había desaparecido, dejando una falsa nota que ella jamás escribió, precisamente la noche en que salió con él?
Todo eso daba vueltas a su cabeza y la hacía hablar distraída, algo mecánica. Incluso su esposo se dio cuenta de ello, pero la miró extrañado, sin hacer comentario alguno.
Anasha se mantuvo tan poco sociable como siempre —con excepción, claro, de aquella escena sorprendente en el laboratorio, pensaba Glenn—, interviniendo muy poco en la charla.
Finalmente, aunque durante toda la noche no se mencionaron asuntos profesionales, ésta derivó ya a los postres a la cuestión médica y científica, a causa de un repentino comentario del profesor:
—Por cierto, mi querido doctor Forbes, que lamentaré mucho estropearle en parte la velada, pero... han surgido ciertas urgencias que le explicaré, y me sería imprescindible para un experimento vital que usted pudiera quedarse aquí esta noche y ayudarme en un trabajo especial. Procuraré entretenerle el menor tiempo posible, palabra.
Glenn y su mujer se miraron vivamente, con cierta contrariedad.
—Bueno, lo cierto es que no habíamos pensado en nada así —objetó Glenn—. Y ahora, estando mi esposa aquí...
—Lo sé, lo sé —interrumpió suavemente Ustinov alzando un brazo—. Eso tiene arreglo, mi querido amigo. Ella puede quedarse aquí a descansar, si lo desea, o bien usted, yo mismo o la señorita Anasha, pueden llevarla previamente a casa para que no vaya sola por las calles. ¿Qué le parece la idea, señora Forbes?
Jessica miró al profesor. Lo hizo con cierto aire de desafío, pero no captó en él reacción alguna. Era como si nunca la hubiera visto.
—Nunca me ha gustado quedarme en casa ajena, profesor —replicó, algo seca—. Por otro lado, tampoco querría volver sola a casa. Mi esposo me reprendió por haberle desobedecido la otra noche, yendo sola a ver a una buena amiga mía, cantante de ópera, llamada Melba Kingsley. ¿Le gusta a usted la música, profesor? En tal caso, debe conocerla bien...
Los ojos negros de Ustinov chispearon maliciosos y astutos. Una sonrisa vaga iluminó sus delgados labios e hizo un encogimiento de hombros.
—Adoro la música. Y conozco a la señorita Kingsley, en efecto —dijo con ironía—. En cuanto a lo que usted sugiera, ya dije que no permitiremos que vuelva sola.
—Yo la acompañaré, profesor —terció Anasha serenamente—. Soy lo bastante fuerte para no temer a nadie, querida señora Forbes. Seré una buena escolta para usted, no lo dude. Sé usar las armas de fuego y siempre llevo una conmigo cuando salgo de noche sola. Conmigo nada tiene que temer. ¿De acuerdo, doctor Forbes?
Glenn la miró. Había un cierto sarcasmo agresivo en la pelirroja. Glenn sonrió.
—Si Jessie está de acuerdo, por mí no hay problema —manifestó—. Pero repito que lamento esta circunstancia, profesor.
—Yo más que usted, mi querido doctor —confesó Ustinov con aparente pesar—. Le repito a mi vez que le dejaré ir lo antes posible. Y tendré muy en cuenta este gran favor que me hace. Estoy pensando, a la vista de sus aptitudes y rendimiento en el trabajo en elevarle el salario de inmediato a una suma más acorde con sus méritos... digamos unas doscientas cincuenta guineas al año.
—Eso es demasiado, profesor —objetó Glenn—. No creo merecer...
—Lo merece todo, amigo mío. Sin su colaboración, estaría perdido —aseguró el profesor, poniendo sonriente una mano en su hombro—. No se hable más. Mañana mismo me abonaré la diferencia. Está decidido.
Jessica hubiera querido sentirse feliz por tan buena noticia económica. Pero lo que días antes hubiera significado para ella motivo de júbilo, ahora la dejó fría. Seguía pensando en el profesor, que dijo ser un servio llamado Kosic, en la desaparecida Melba Kingsley, que la policía de Watford buscaba con escaso entusiasmo, dado que según el contable local, las cantantes de ópera acostumbraban a obrar de un modo algo histérico y poco razonable, siendo dadas a excéntricas desapariciones temporales sin ninguna trascendencia.
De repente, el profesor hizo una pregunta suave y directa:
—Señora Forbes, ¿qué piensa de los experimentos que hago en colaboración con su esposo? ¿Le ha hablado él de ellos en alguna ocasión?
—Mi marido no tiene secretos para mí, profesor —¿era imaginación suya, o Anasha, aquella pelirroja tan atractiva, había hecho un gesto de sarcasmo al oírla?—, y me ha contado algo de sus teorías sobre el alma y el ser humano, si.
—¿Y... qué piensa usted? —insistió Ustinov, sutil en su ironía.
—Lo peor, lamento decirlo —se mostró ella tajante—. Creo que es una completa locura y una profanación indigna pensar en tales cosas.
—¡Jessie! —se sobresaltó Glenn, mirándola asombrado.
—Déjela, doctor, por favor —rogó suavemente Ustinov—. La señora está exponiendo con encomiable sinceridad su personal opinión, y esa franqueza la ensalza. Señora Forbes, ¿por qué cree que es una locura y una profanación?
—Porque el alma es sólo patrimonio de Dios. Y ningún hombre puede pretender semejarse a Él por los caminos de la ciencia ni por ningún otro.
—Ese es un criterio algo trasnochado, ¿no cree? Producto de nuestra educación cristiana, sin duda. Yo tengo pruebas de que el alma desea volver a poseer un cuerpo en el cual vivir, volver a ser alguien físicamente. No se conforman con flotar o vagar en un limbo inconcreto, señora Forbes, me consta. Y si alguien les diese otro cuerpo para alojarse en él... creo que muchas almas evadidas de la envoltura carnal que fue suya, serían realmente felices al gozar de una segunda oportunidad.
—Eso es repugnante, profesor. Aunque fuera posible, ¿por qué obligar a un espíritu, alma p como queramos llamarle, a regresar entre los vivos y encerrarse en otra forma física que Dios no le otorgó jamás?
—Creo que nunca se pondrían de acuerdo —terció desesperadamente Glenn—. El profesor es la ciencia fría y material, y tú hablas del alma espiritual y religiosamente, Jessie.
—Es que el alma no puedo entenderla de otro modo, Glenn —replicó ella—. Que yo sepa, no es un producto de laboratorio.
—Pero puede llegar a serlo, no 1o dude, señora Forbes —aseveró con fría calma el profesor.
Ella le desafió con una mirada singularmente centelleante. Y sostuvo:
—Estoy segura de que se equivoca y eso nunca será así, profesor, por mucho que se esfuerce. Dios se lo impedirá. Y Dios siempre será más que usted. Mucho más, no le quepa duda.
Por un momento, pareció que al fin el científico se sentía molesto y herido por la contundencia de Jessica Forbes, pero si fue así se dominó magníficamente y, con exquisita cortesía, sonrió, inclinó la cabeza, y se limitó a replicar:
—Lamento no estar de acuerdo con usted, señora. Pero respeto su criterio y le ruego perdone si logré irritarla con este tema. No hablemos más de él, se lo ruego.
La charla derivó hacia temas más intrascendentes y menos conflictivos, hasta que, mirando su reloj de oro, el profesor se puso en pie justamente a las once menos cuarto.
—Bien, mis queridos amigos, me temo que la velada debe terminar. De ese modo, doctor, será más temprano su regreso a casa. Anasha, acompaña a la señora Forbes a su hogar, por favor.
La pelirroja asintió, tomando por un brazo afectuosamente a Jessica.
—Vamos, querida, y dejemos a los hombres con su trabajo —invitó, amable, casi con cariño—. Seguro que le devolverán a su esposo lo antes posible.
—En eso confío —dijo con frialdad Jessica, iniciando la salida—. No me gusta quedarme sola por la noche, pero casarse con un médico tiene esos inconvenientes.
Pensó para sí, mientras besaba a su esposo, despidiéndose de él:
«Cuando estemos en casa le contaré lo del profesor y Melba. Y le preguntaré si es cierto que mis sospechas sobre Anasha son ciertas, y ha intentado algo con mi marido.»
Glenn, por su parte, también tenía sus propios pensamientos al ver salir a su esposa del comedor, en compañía de la extraña enfermera y ama de llaves de Ustinov.
«Cuando vuelva a casa le diré a Jessie que ha estado inconveniente, casi grosera con el profesor. Y qué se ha comportado de un modo raro esta noche, como si estuviera incómoda aquí. También le contaré lo de Anasha para que no haya equívocos en ese aspecto.»
Pero Glenn Forbes no iba a ver de nuevo a su esposa en las condiciones normales que él creía. Es más, Jessica ni siquiera llegó esa noche a su casa. Ni llegó a salir tan sólo de la mansión del profesor Ustinov, una vez fuera del comedor.
Sólo que eso no podía ni imaginarlo el joven médico, cuando se encaminaba con su patrón al laboratorio subterráneo en aquella inesperada velada de trabajo no anunciada previamente.

CAPÍTULO VIII
CADÁVERES Y ALMAS

La primera sorpresa para Glenn Forbes fue cuando el profesor abrió la puerta de la cámara situada al fondo del laboratorio y le invitó con tono cortés:
—Vamos, doctor. Saquemos a los cuerpos de ahí dentro. Tengo alguno más para trabajar esta noche. Al fin vamos a ocuparnos de la labor directa sobre los cadáveres.
—¿Qué? —murmuró Glenn, sorprendido y aterrado.
—El gran momento llegó —sonrió el profesor fríamente—. Esperaba madurar más mi trabajo, pero una circunstancia imprevista me hace apresurar las cosas más de lo debido. Sin embargo, espero que ello resulte pese a todo. Y que su esposa deba admitir mañana su error cuando usted le cuente lo ocurrido hoy aquí.
—¿Qué quiere decir, profesor?
—Que vamos a dar un alma a un cuerpo humano muerto —explicó el científico con gravedad—. Es, tal vez, el momento supremo de la ciencia de todos los tiempos. No sólo devolver la vida a un difunto, sino además dotarle de, un alma que no es la suya...
—Dios mío, no es posible —tartamudeó Glenn, horrorizado—. ¿Habla en serio?
—Por supuesto, querido doctor. Yo siempre hablo en serio —sus ojos brillaron como brasas—. Adelante, no perdamos tiempo. No quisiera que su esposa me maldijese por enviarle a su casa demasiado tarde esta noche.
Tambaleante, penetró en la cámara cerrada en pos del profesor. Para sorpresa suya, cuando se abrió el armario, pudo ver no sólo la horrible cabeza de mujer colgando del estante, así como el cuerpo decapitado, sino un cuerpo más, con la cabeza envuelta en una caperuza, desnudo e igualmente femenino. El cadáver de una mujer corpulenta, de formas rotundas y poderosa musculatura. El traslado de aquellos cuerpos a las mesas de mármol se hizo en medio de un silencio sobrecogedor. Ustinov aumentó la luz de los mecheros de gas y trajo otras luces, llenando de claridad la cámara. Aquel resplandor prestó a los cadáveres un aspecto aún más estremecedor.
—Como ve, logro conservar los cuerpos tal y como estaban al perder la vida —explicó pacientemente Ustinov, poniéndose su bata y calzando unos guantes de goma—. Es una sustancia de mi creación que mantiene frescos los tejidos e impide la putrefacción al filtrarse por los poros. Estos cadáveres están como en el momento de morir, con sólo una necrosis inicial, la que se produce a las dos o tres horas de su fallecimiento.
—Necrosis que, sin embargo, afecta irreversiblemente al cerebro —opinó Glenn—. Las células cerebrales estarán forzosamente muertas.
—Así es. Pero no importa demasiado. El alma de otro ser ocupará el vacío dejado por la actividad cerebral, y dotará de vida y voluntad al cuerpo elegido. Un procedimiento científico, permitirá a la parte que queda sana del cerebro actuar de un modo determinado, algo mecánico, pero suficiente para obedecer impulsos de otro cerebro que lo dirija.
—Dios mío, profesor. ¿Sugiere usted que convertiría a esos seres muertos en una especie de autómatas regidos por otra mente... la de usted acaso?
—Eso es —rió suavemente Ustinov—. Veo que es usted muy listo, doctor,
—No colaboraré en esa monstruosidad. Usted no quiere investigar nada, sólo desea crear monstruos vivientes. ¿Para qué les serviría un alma, si serían como muñecos movidos por otra voluntad ajena?
—Precisamente para satisfacer a esa voluntad, mi querido amigo —rió burlón el científico—. Ahora ya no puede volverse atrás, doctor. Vamos a trabajar en esto, le guste o no.
—¿Y si me niego, profesor? Estoy dispuesto a ello, renunciando a mi trabajo con usted ahora mismo. —Glenn se acercó, señalando el cuerpo decapitado que yacía a la luz, sobre una de las losas—. Vea eso. Conozco ese cadáver, profesor.
—¿De veras? —Ustinov arqueó las cejas. Sus negras pupilas fulguraban—. ¿Qué tontería está diciendo? No tiene cabeza. No puede reconocerlo...
—Eso me confirma su identidad. Pero tiene algo que bastaría para su identificación, profesor —puso un dedo sobre el seno izquierdo del cadáver descabezado—. Vea ese lunar en forma de trébol. Lo he visto antes de ahora. Asistiendo de bronquitis tuberculosa a una pobre ramera en Spitalfields. Se llamaba Hazel Dodds y murió decapitada a manos de un asesino con aspecto de caballero. Su cadáver se lo llevó el asesino, dejando la cabeza en el lugar del crimen.
—El mundo es un pañuelo, doctor Forbes usted conoce a una prostituta que yo tengo aquí... su esposa conoce a Melba Kingsley, y me ve aquella noche en el teatro llevándole un ramo de flores...
—¿Qué ha dicho? —se sobresaltó Glenn.
—Ahora ya lo sabe. Ella me reconoció esta noche. Se preguntará por qué soy yo el profesor Ustinov y el ciudadano servio Slav Kosic a la vez...
—Slav... —repitió Glenn, confuso—. Anasha le llamó así...
—Veo que espía a los demás muy inteligentemente, doctor —silabeó Ustinov amenazador—. Bien. Pero todo su espíritu observador aún no ha descubierto algo. Vea esto, amigo mío. Tal vez sea la gota que colme el vaso de su paciencia, pero debe verlo antes de iniciar su trabajo...
Fue al armario y abrió la última de las puertas, aún cerrada. Glenn lanzó un grito de horror.
—¡Dios mío, no! —aulló—. Esa mujer... ¡la conozco!
—Así es —afirmó calmoso el profesor, mostrando con gesto satisfecho el cuerpo rígido, puesto en pie y envuelto en aquella sustancia grasienta, lívido y sin vida alguna. Otra mujer desnuda, rubia, hermosa, opulenta, cuya fotografía era célebre en toda Inglaterra—. Esta es... o era en vida... la cantante Melba Kingsley, gran amiga de su esposa, doctor Forbes. Volverá a vivir dentro de unos días, poseída por el alma de una mujer llamada Ilonka Czek, cuya cabeza ve usted ahí... ¡para vengarse de quienes le causaron a ella la muerte y a mí la más tenaz y vil persecución y la destrucción del mejor laboratorio de todos los tiempos en un país llamado Vrolavia!
Glenn retrocedió, lívido, tambaleante, mirando con pavor e incredulidad a su jefe.
—Mi esposa tenía razón... Está usted loco... ¡rematadamente loco, profesor! —jadeó—. Usted asesinó a Hazel Dodds, ha asesinado a Melba Kingsley... Y ese cuerpo de mujer fornida... es el de Stella Mathieson, la asesina de niños ajusticiada anoche. ¡Usted robó su cadáver de la Morgue, asesinando al conserje nocturno!
—Así es, amigo mío —rió con ironía Ustinov—. Como asesiné a otro empleado del depósito de cadáveres de Brandislava, capital de Vrolavia, mi país natal, para llevarme la cabeza de Ilonka, mi amante y mejor colaboradora que jamás tuve... ¡Ese fue el principio de la venganza! Su alma llegará esta noche aquí y tendrá un cuerpo en donde alojarse cuando yo lo disponga. Pero antes, doctor, otras mujeres serán experimento previo para llegar a la culminación perfecta de mi obra suprema. Otras almas llamadas previamente, acudirán aquí y entrarán en posesión del cuerpo de la prostituta, del cuerpo de la asesina de niños... Cuando el éxito esté asegurado, Ilonka penetrará en Melba Kingsley. Y Melba, con el alma de Ilonka Czek dentro de sí, irá a cierta fiesta diplomática y asesinará despiadadamente a varias personas: la familia Bosnek, el presidente Denkovitch... ¿Quién sospechará que Melba Kingsley, la famosa cantante, va a ese concierto para matar al hombre que envió a Ilonka al cadalso y a mí al exilio cuando era ministro, exterminar a sus seres queridos, y acabar con el presidente que firmó la sentencia de muerte y negó el indulto?
—Profesor, es usted un asesino, un loco, un maníaco Heno de ideas mesiánicas y salvajes... —acusó Glenn, aterrado—. Me voy de aquí. No puedo soportar esto un minuto más. Márchese de aquí, profesor. Váyase de esta casa antes de que llegue la policía... No puedo ocultar sus crímenes, sus infamias demenciales más tiempo...
El profesor Ustinov soltó una carcajada. Era la risa de un loco, sí, pero también la de un hombre engreído, soberbio y dueño de sí y de la situación.
—No, doctor Forbes. Usted jamás saldrá vivo de aquí. Asistirá al gran milagro de la llegada de las almas y su penetración en los cuerpos elegidos... Pero también asistirá, más tarde, a un nuevo experimento, en el que otro alma elegida por mí, se posesionará del cuerpo de su esposa Jessie. Porque ella, como usted, está en mi poder ahora y ya nunca saldrá con vida de entre estas paredes... salvo con un alma ajena en su cadáver.
—¡Miserable! —rugió Guerin, precipitándose hacia el profesor con repentina furia—. ¿Qué ha hecho con mi esposa? ¿Dónde está Jessie? ¡Suéltela ahora mismo o le mato!
—No está en condiciones de amenazar, querido amigo —se mofó Ustinov—. Anasha, acaba con él.
Glenn se volvió, intuyendo el peligro. Ya era tarde.
La hermosa pelirroja estaba tras él, y algo caía sobre su cráneo con violencia.
Sintió un terrible impacto en su cabeza, que pareció estallarle en pedazos, el suelo vino velozmente a su encuentro, todo lo dio vueltas y notó un choque sordo en el rostro. Luego, todo se oscureció y las tinieblas le envolvieron, dejando de sentir por completo.

* * *

El despertar fue aún más amargo que el inicio de su forzado y agrio sueño, repleto de atroces pesadillas pobladas de cadáveres, voces de almas en pena y sombras infernales en dantesca mescolanza.
Se vio fuertemente atado, juntó a su propia esposa. Cuando menos, le alegró verla aún con vida, mirándole con ojos patéticos y asustados. Fuertes mordazas taponaban sus bocas. Y más allá, a través de una abertura, las luces de la cámara secreta de Ustinov, les mostraba un espectáculo de auténtico aquelarre, en el que la ciencia y la magia, la biología, la química y la medicina, se confundían con la alquimia del diablo, en un conjunto satánico y espeluznante.
De un aparato, corrientes eléctricas brotaron en forma de arcos voltaicos parecidos a los rayos hendiendo un negro cielo tormentoso. Esas corrientes lívidas, cegadoras, caían sobre cuerpos tendidos en las losas de mármol, y una mujer de edad avanzada y cabellos blancos, sentada en un sillón de recia madera, aparecía sujeta al mismo con argollas de metal, mientras invocaba con los ojos cerrados a espíritus del más allá.
De su boca convulsa, babeante, surgían voces diversas, gritos atormentados, risas o llantos, en un auténtico delirio de reencarnaciones extrasensoriales. Glenn y Jessie se miraron en su forzado silencio con tremendo horror.
—¡Sigue, sigue, maldita! —rugía un profesor enloquecido, frenético, lívido y descompuesto, agitando sus brazos en alto, alumbrado por el centelleo de los relámpagos eléctricos de sus mecanismos infernales—. ¡Sigue, Sybil Stoneweather, maldita vieja, sigue llamando a esos espíritus y controla los que me interesan para el gran experimento! ¡Necesito el alma de Hazel Dodds para trasplantarla al cuerpo de Stella Mathieson, la asesina! ¡Y el alma de la Mathieson para su trasplante posterior al cuerpo de Jessie Forbes!
El pavor, la angustia, la exasperación, asomaron a los ojos de ambos jóvenes cautivos. La impotencia, la rabia y el odio brillaban también en las pupilas dilatadas de Glenn, que en vano forcejeó con sus ligaduras.
Lo que sugerían las palabras del científico era demencial, aterrador. ¡Iba a asesinar a Jessie, insuflándola luego el alma maligna de Stella Mathieson, la matrona ejecutada por el múltiple asesinato de numerosos niños!
Luego, la voz áspera y convulsa del científico resonó con nueva energía, inclinándose exigente sobre la espiritista también cautiva:
—¡Sigue, sigue, maldita mujer! ¡Quiero, sobre todo, el alma de Ilonka Czek! ¡La quiero a ella aquí, ahora mismo! ¡Ese alma, en cuanto llegue, debe materializarse en mi aparato e ir al cuerpo de Melba Kingsley! ¡Pronto, pronto, no perdamos más tiempo!
Anasha, fría y maligna, asistía a la extraña sesión con su hermético rostro convertido en una bella pero siniestra máscara de complacencia.
Momentos más tarde, ella, lo mismo que los dos prisioneros tras la mampara que les servía de atalaya, fue testigo de la terrorífica concreción de la experiencia de su amo.
El horror supremo se hizo presente. Sybil Stoneweather emitió un ronco alarido por su boca, con una voz prestada que le era ajena:
—¡Noooo! ¡No, Slav! ¡No deseo volver! ¡No quiero venganza! ¡No quiero seguir odiando, porque eso me impide tener paz! ¡Slav, por caridad, déjame ir! ¡No me obligues!
—¡Lonka! —rugió el profesor con voz potente, autoritaria, poderosa, que invadió como un clamor demoníaco todo el lúgubre recinto—. ¡Ilonka, yo te ordeno, yo te exijo que vengas, que te quedes aquí conmigo! ¡Ilonka, debes vengarte! ¡Debes de volver a nuestros enemigos el mal que te hicieron!
—No, Slav, no... —casi sollozó la amarga voz que brotaba de los labios convulsos de la espiritista—. Yo no deseo venganza... Tú eres quien la quieres... Sólo quiero descansar, olvidar... dejar de odiar y de sufrir...
—¡Te lo exijo, Ilonka! ¡No puedes desobedecer a quien siempre te mandó! ¡Ven aquí y cumple tu misión vengadora! —aulló Slav Kosic—. ¡Materialízate! ¡Ya!
Hizo un gesto a Anasha cuando la espiritista iba a hablar de nuevo con la voz de Ilonka Czek. Y algo se materializó realmente en el aire.
Algo luminoso, que prendió en el arco voltaico de la máquina, chisporroteó en el aire, cegadoramente... y se disparó como una centella, hiriendo el cuerpo inerte de la cantante Melba Kingsley, tendido desnudo sobre una de las losas.
Fue escalofriante. Un hálito de horror supremo conmovió a Glenn y a Jessie, espantados testigos del prodigio sobrenatural.
El cadáver de Melba Kingsley se agitó como sacudido por una fuerza vital nueva y terrible. Sus ojos... ¡se abrieron!
Anasha gritó roncamente, señalando al cadáver en movimiento.
—¡Slav, lo has logrado! —chilló, frenética—. ¡Mira eso! ¡Ilonka ha penetrado en Melba! ¡Su alma existe y ha llegado, ha penetrado en su cuerpo!
En el armario colgaba la cabeza de Ilonka, que se agitó con extraño soplo por un momento, como si el alma atormentada hecha realidad allí mismo, dudara entre su vieja envoltura y la actual...
—No, Ilonka... —jadeó Kosic al percatarse de ello—. Tu cabeza, no. No serviría de nada. Sólo está ahí como recuerdo. Como un señuelo para atraerte aquí... Ahora posees un cuerpo nuevo, joven, vital, poderoso... e incluso bello. Actúa. Trabaja con él. Finge ser quien fue la que te presta su cuerpo... ¡Y véngate! Véngate en Laszlo Bosnek, en su esposa e hija, en el presidente Denkovitch, que llegará en breve a Londres y para quien tú cantarás como Melba Kingsley...
—Mi cerebro... —habló la voz de Melba, para horror de Jessie, abriendo la cantante sus labios—. Mi cerebro, Slav... No funciona bien. Hay partes muertas... No puedo pensar, no puedo hacer ciertos movimientos...
—No importa, querida —demudado, frenético, feliz en su gran triunfo, Kosic fue hasta la rediviva Melba, en cuyo interior se alojaba el alma de Ilonka—. Renuncia a eso de momento. Di que te sientes algo enferma... Pero ve a cantar esa noche a la Embajada. Ve allí... ¡Y mata a todos!
—Sí... —la desnuda Melba se incorporó, caminando por la sala como un muñeco mecánico, rígida y envarada, moviendo con dificultad sus miembros—. Sí, puedo moverme... Tengo un cuerpo... tengo una vida por delante... ¡Puedo vivir, ser yo otra vez! Slav, haré lo que me pides... Me vengaré... ¡Nos vengaremos!
«Dios mío», pensó Glenn Forbes. «Ha logrado qué un alma que sólo quería descanso y paz, al verse de nuevo en un cuerpo humano, recupere su maldad, su odio y su perversión. Ese hombre es el mismo diablo... ¡Dios tiene que destruirlo, el Mal no puede triunfar! Sería espantoso que sus atroces teorías se hicieran diabólica realidad. Y esto es sólo el principio... Luego irá la Mathieson, una asesina brutal... ¡Y mi pobre Jessie!»
Forcejeó en vano con sus férreas ligaduras. Jessica le miraba con pavor, comprendiendo la magnitud espeluznante de lo que veía, y el tremendo significado de todo ello en relación con su propia existencia.
Y Glenn no podía hacer nada, absolutamente nada por ella, por salvarla, por luchar contra aquel espantoso destino que era mil veces peor que la propia muerte...

CAPÍTULO IX
EL FIN DEL EXPERIMENTO

En su asiento, abatida, convulsa, sacudida por espasmos, la boca espumeante, Sybil Stoneweather parecía por completo agotada tras la prueba a que fue sometida. Al fondo, el sistema de electrodos emitía sus arcos voltaicos para materializar el poder de los espíritus invocados a tan delirante sesión.
En el frenesí triunfal de su increíble éxito, ni el profesor ni Anasha pensaron en apagar momentáneamente la máquina biomecánica creada por el profesor —el doctor Slav Kosic en realidad—, para sus siniestros fines.
Y eso fue el desastre para ellos.
Porque la mujer sujeta al sillón continuaba, pese a su apariencia exhausta, con sus invocaciones febriles al más allá. Y de aquel otro mundo, tan cercano ahora pese a su fría y remota distancia, llegaban los espíritus, las almas llamadas previamente por el enloquecido Slav.
Así, de repente, la cabeza de Ilonka se agitó. Un destello eléctrico la había herido, partiendo de la máquina. Otro destello fulguró, atravesando la estancia para ir a estallar sobre el cuerpo decapitado de Hazel Dodds.
Y un tercero, centelleante, brutal, restalló sobre las carnes macizas y hercúleas de Stella Mathieson, la asesina ajusticiada en Newgate, sacudiendo su corpachón, que se irguió en la mesa, mientras sus ojos crueles se abrían, clavándose con fijeza maligna en los que la rodeaban.
En su asiento, la infortunada Sybil Stoneweather emitió un berrido prolongado, su boca se contrajo, desorbitó los ojos, repentinamente abiertos, y se desplomó hacia atrás, con la mirada vidriosa. Estaba muerta. El esfuerzo terrible, unido a la presencia de unas fuerzas desencadenadas, habían acabado con su existencia.
Lo que siguió fue tan espantoso como demencial. Era como si todos se hubieran vuelto locos, en un aquelarre de odios y de absurdos, en una orgía de rabia y de confusión. De repente, se comprobó que ni el aturdido Slav ni su fiel Anasha eran capaces de controlar la situación.
La poderosa Stella Mathieson, sin duda poseída de nuevo por su propia alma errante, se abalanzó con un alarido furioso sobre la máquina eléctrica, y sus manazas golpearon y destrozaron los delicados mecanismos.
Las chispas brotaron a centenares, estallaron dentro los circuitos, y el arco voltaico reventó en una súbita llamarada y un estampido. Alcanzó el armario y algunos útiles del profesor, y todo comenzó a arder violentamente, mientras el aparato creador de energía para los espíritus seguía con sus estallidos y chispazos.
El profesor, con un aullido, trató de evitarlo, y se cruzó en el camino de la asesina. Esta se volvió a él con ojos relampagueantes, gritó de júbilo y alzó sus enormes manos.
Cuando aferró a Slav entre ellas, el flaco cuerpo del científico se agitó en el aire como un pelele. Anasha trató de correr hacia él, para librarle de la férrea tenaza de los dedos asesinos de la resucitada. Pero alguien se interpuso en su camino.
El cadáver descabezado de Hazel Dodds, la infeliz ramera asesinada, se precipitó sobre ella. Glenn estuvo seguro, con un escalofrío de horror, que el alma de la propia víctima había regresado también a su propio cuerpo incompleto. Y ahora quería venganza. O justicia, simplemente.
Anasha chilló despavorida cuando el cuerpo mutilado cayó sobre ella y aquellas manos, desde el tronco sin cabeza, la rodeaban en un abrazo frenético, rodando ambas estrechamente unidas entre las llamas que envolvían los escasos muebles del recinto, y el chisporroteo amenazador de la máquina destruida.
Stella Mathieson alcanzó su objetivo, pese a que Melba, con el alma de Ilonka dentro, trató de evitarlo. Sus dedos rompieron las vértebras cervicales de Slav. Cuando lo soltó, el vengativo y enloquecido científico cayó con el cuello roto, como un pelele. Melba, o más bien Ilonka, se precipitó furiosa, con un alarido inhumano, sobre la mujer que había asesinado a su antiguo amante.
—¡Asesina! —rugía—. ¡Has matado a Slav! ¡Debes morir, perra!
Las dos mujeres se enzarzaron en una terrorífica, delirante pelea. Eran dos hembras de poderosa contextura, y su lucha alcanzó niveles de una ferocidad animal. Se golpeaban, arañaban y mordían, se desgarraban brutalmente la una a la otra.
Y, mientras, el fuego las rodeaba, se extendía al laboratorio inmediato, comenzando a reventar probetas y retortas, mientras el peligro de una explosión por el gas comenzaba a ser algo más que una amenaza.
El forcejeo de Glenn y de Jessie era, sin embargo, inútil. Aquella pelea entre cuerpos y almas era una especie de aquelarre dantesco, de increíble y febril combate entre fieras enloquecidas. Cuerpos desnudos en furiosa batalla. Anasha que ardía viva, sus ropas envueltas en llamas, mientras chillaba desesperada, sin poder escapar al fuego por culpa de la férrea presión de un cadáver viviente sin cabeza...
Y la cabeza suelta de Ilonka, gesticulando exasperada en su sitio, colgando entre balanceos siniestros, acaso ocupada ahora por el alma de la infortunada espiritista recién fallecida.
Todo tenia un aire demencial y espantoso que escapaba a toda lógica y toda razón. Y ellos dos, inevitablemente, iban a perecer junto a todos aquellos seres de pesadilla...
No hablan llegado a escuchar los disparos y los ruidos allá arriba. Pero cuando el agente Peter Webb apareció en la entrada del recinto en llamas, revólver en mano, seguido por otros dos colegas igualmente armados, Glenn y Jessie recobraron la esperanza, aunque mucho se temían que; medio ocultos por aquella mampara, ni siquiera llegaran a ser vistos por el grupo de policías.
Sin embargo, la descabezada Hazel Dodds se volvió en ese punto, señalando con su brazo extendido, ante el horror sin límites del policía, hacia el lugar donde ellos estaban. Una voz que no se sabía de dónde brotaba, porque ella carecía de rostro y de boca para hablar, gritó al agente:
—¡Allí! ¡Los Forbes! ¡Sálvenles, van a morir cuando esto estalle!
Dominando su pavor e incredulidad, el policía miró hacia la mampara. Vislumbró entre el humo y el fuego las siluetas de ambos. Corrió hacia ellos, dando órdenes a sus hombres.
Llegaron hasta ellos, sin intervenir en la rabiosa pugna de las mujeres muertas, en medio del fuego crepitante. Cortaron ligaduras y mordazas. Les ayudaron a salir del recinto. Webb habló, tratando de regresar cuando cruzaban el laboratorio:
—Esas mujeres... hay que sacarlas de ahí... aunque una no tiene cabeza y no entiendo nada...
—No, por favor, agente —le retuvo Glenn—. Salgamos de aquí. El gas reventará de un momento a otro. No se preocupe de esas desdichadas. Su vida sería un infierno si salieran de ahí... Es mejor que perezcan, créame. Ni siquiera son ya de este mundo. Sólo son el resultado de una horrible experiencia científica que espero que jamás se vuelva a realizar...
Realmente la situación era desesperada. Webb asintió, comprobando que el gas iba a inflamarse fatalmente en breve. Les llevó a la carrera hacia la salida, con sus compañeros, mientras explicaba:
—Menos mal que vigilaba cerca, al no verles regresar a su casa, doctor. Vi las llamas, olí a quemado por unas rendijas a ras del suelo, junto a un hueco enrejado. Y llamé a mis compañeros, corriendo hacia el interior. Me alegra haberles salvado. Y espero que me expliquen lo que sucedió allá dentro...
—No iba a creerlo, agente —suspiró Glenn, parándose demudado al otro lado de la calle—. Ni usted ni nadie lo creería jamás...
El edificio se conmovió al empezar las explosiones de gas. Las campanas de los bomberos sonaron en la distancia. Jessie, temblorosa, se abrazó a su esposo.
—Fue Dios, estoy segura —musitó entre estremecimientos—. Fue Dios, Glenn... Él no podía permitir ese horror... No cabe otra explicación.
Glenn asintió, la mirada fija en la casa que estallaba y se hundía, con todos sus horrores dentro, desapareciendo para siempre.
—Tal vez tengas razón, querida —susurró—. Ahora, todo está destruido ya... y esas pobres almas volverán al lugar de donde nunca debieron salir. Y ya no habrá odio en ellas, sino paz, el deseo de gozar de un eterno descanso... Creo que aquella pobre chica de Spitalfields, Hazel... nos salvó a los dos. Su alma, claro...
Abrazó con fuerza a Jessie contra sí, y emprendió el regreso a aquel hogar que esperaba también abandonar muy pronto para siempre.

F I N

2 comentarios:

José A. García dijo...

Gracias!

Este libro nunca lo había visto en formato papel.

Saludos!

J.

ODISEO dijo...

De nada amigo!!

Espero que disfrutes de la lectura.

Atte: Odiseo...Legendario Guerrero Arcano.