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jueves, 30 de mayo de 2013

EL PELIGRO LATENTE DE MHURG

 
 
 
 
EL PELIGRO LATENTE DE MHURG, nº 560 de La conquista del Espacio, modesta pero interesante novela de Thorkent, narra la extraordinaria aventura en la que se ve implicada la tripulación del Trade Planet, un carguero estelar que recorre la galaxia al servicio de la compañía Double Transport. La tripulación la forman cuatro humanos, Jack Shafer, Kent Freeman, Claire Seelye, y Rosa Checa, más un nativo de Antares, Oofoor. El humanoide es el más experimentado de los tripulantes, no en vano ha pasado casi toda su vida recorriendo las rutas estelares.
 
A bordo del carguero la convivencia no siempre es fácil, debido principalmente a las constantes disputas de las dos mujeres, provocadas casi siempre por Claire, que mantuvo una relación con Jack en el pasado y no ha asimilado muy bien que éste sea ahora la pareja de Rosa. Kent, por su parte, bebe los vientos por Claire, con lo cual el enfrentamiento entre ambas parejas se adivina inevitable. Oofoor, aunque no parece mostrarse interesado por las discusiones de sus compañeros humanos, siente predilección por Jack, al que le une una sólida amistad. El ser de Antares sabe que el ambiente está muy tenso a bordo, y que en cualquier momento puede ocurrir lo peor. Y lo peor ocurre cuando los sensores detectan una masa metálica en la ruta que recorre la Trade Planet.
 
El cuerpo metálico resulta ser una nave espacial, un enorme vehículo de cinco kilómetros de largo por dos de ancho. Su configuración resulta desconocida incluso para Oofoor, que conoce prácticamente todos lo modelos de naves estelares en servicio. El inmenso ingenio parece ir a la deriva, y Jack Shafer y sus compañeros deciden inspeccionarla, ya que si, como sospechan, se trata de un pecio, su rescate puede hacerles inmensamente ricos.
 
Tras aproximar la Trade Planet al navío desconocido, el grupo se introduce en éste y comienza a explorarlo. Todo parece indicar que la gigantesca nave lleva muerta mucho tiempo. En una cabina encuentran un esqueleto de mujer, lo que les confirma que los tripulantes de tan fabulosa astronave fueron humanos. Poco después, hacen dos importantes hallazgos: una cabina repleta de oro, iridio, palladium y otros metales valiosos, y una bodega llena de relucientes robots, aparentemente desactivados. Oorfoor, tras examinar uno de ellos, afirma que se trata de robots construidos en el planeta Mhurg. Pero el humanoide hace otro descubrimiento, algo que puede representar una seria amenaza para todos los humanos de la galaxia. Oofoor hace partícipe a Jack de lo que ha descubierto. Los robots mhurgos, que han vuelto a funcionar cuando ellos restablecieron la energía en algunos sectores de la gran nave, están programados con una directriz que los convierte en verdaderos asesinos mecánicos. El humanoide, visiblemente nervioso, llega a sugerir que deberían hacer volar esa nave en un millón de pedazos. Pero los reactivados robots no son el único peligro al que deben hacer frente. Kent y Claire, cegados por la codicia, han decidido eliminar al resto de la tripulación del Trade Planet y quedarse ellos dos con la nave mhurga y todo lo que contiene. Valiéndose de la legión de autómatas asesinos, la pareja intenta acabar con Jack, Oofoor y Rosa, pero éstos logran alcanzar una navecilla auxiliar y huir rumbo al planeta Procyon II. La intención de la pareja de humanos es avisar del peligro que representa la nave de Mhurg y sus miles de robots asesinos en manos de dos psicópatas como Kent Freeman y Claire Seelye. Pero el humanoide sabe que no podrán llegar a ese planeta antes que Kent y Claire, ya que la navecilla en que han logrado escapar es un bote salvavidas que sólo puede alcanzar un tercio de la velocidad de la luz, y eso forzando los impulsores al máximo. Mientras viajan hacia Procyon II, nuestros protagonistas se enteran, gracias a una grabación dejada por Elmerga, última superviviente de la tripulación de la nave mhurga, de lo sucedido en el legendario planeta Mhurg y en aquella fabulosa nave estelar.
 
Mhurg había sido un mundo feliz, cuyos habitantes vivían rodeados de comodidades y sin ninguna preocupación. Dedicados sólo a la buena vida, los mhurgos descuidaron las cosas más importantes, y muy pronto tuvieron que enfrentarse a un terrible problema. Habían dejado la producción de alimentos a cargo de los robots, y éstos, siguiendo su programación, cultivaron las tierras de labor año tras año, década tras década, sin dejarlas reposar, hasta que se agotaron. La población había aumentado desmesuradamente, y no había suficientes alimentos para todos. La situación se hizo insostenible, y un grupo de mhurgos decidió construir una gran nave que les permitiera huir de aquel caos. Pero parte del gobierno mhurgo sostenía que el planeta todavía podía salvarse, a condición de que se suprimiese el exceso de población, reduciendo ésta a unos niveles tolerables para el ecosistema del planeta. Los científicos mhurgos, desesperados, idearon un plan que era, a un tiempo, sencillo, eficaz y brutal. Según ellos, era preciso esterilizar a la mayor parte de los hombres o mujeres, para evitar que la población aumentase. Hecho esto, se procedería a reacondicionar el planeta, sin cometer el error de volver a dejar la producción de alimentos en manos de los torpes autómatas.
 
El problema era que en Mhurg se había impuesto la filosofía de la total libertad del individuo, por lo que sus habitantes se negaron en redondo a permitir que sobre ellos se llevasen a cabo prácticas de control de natalidad. Ante tal estado de cosas, el gobierno mhurgo lanzó en secreto al espacio la nave estelar recién construida, en la cual viajaban varios centenares de personas, miembros todos ellos de las castas dirigente y científica. Arribaron a un lejano planeta, y allí diseñaron un robot muy especial, casi perfecto, pero con una peculiaridad que lo diferenciaba notablemente de cualquier otro construido hasta entonces: las barreras cibernéticas que impedían a un robot hacer daño a sus creadores habían sido eliminadas.
 
Este nuevo modelo de robot no admitía órdenes y sólo tenía un programa básico insertado en su cerebro positrónico: esterilizar a toda la población masculina de Mhurg. Para tal fin, los robots fueron dotados de medios para anestesiar a sus víctimas (llamémoslas así) y practicarles, en apenas unos minutos, una perfecta vasectomía. Esterilizados todos los hombres, no nacerían niños durante largos años y la población se reduciría rápidamente. Pasado el tiempo, y restablecido el equilibrio demográfico, las mujeres serían fecundadas nuevamente con los bancos de semen liofilizado conservados previamente. Llegados a este punto, los robots esterilizadores serían desactivados y desarmados para siempre.
 
Pero los tripulantes de la gran nave llevaban consigo los mismos males que habían provocado el caos en su mundo de origen. Comenzaron a nacer niños en la nave y pronto la población de esta pequeña ciudad espacial se duplicó. Mientras el gran navío emprendía el regreso a Mhurg, los comandantes mhurgos decidieron que debía llevarse a cabo a bordo el experimento que, más tarde, se desarrollaría a escala planetaria. Era el momento oportuno para ello, dado que la nave ya no podía admitir más gente a bordo, y aún tardarían años en regresar a Mhurg.
 
Los robots fueron activados y los mhurgos comprobaron, con satisfacción, que funcionaban perfectamente. Los hombres de la tripulación se dejaron operar por los androides y todo fue como una seda, sin problemas de ninguna clase. Pero la nave cruzó las proximidades de un extraño sol, cuyas radiaciones afectaron a los cerebros positrónicos de los robots, volviéndoles literalmente locos. Su programación fue alterada, convirtiéndose en verdaderos asesinos cibernéticos. Cuando atrapaban a un hombre, ya no utilizaban anestesia para operarle, y la delicada y perfecta intervención de vasectomía se transformó en una brutal castración. Hombre que era atrapado por los autómatas, hombre que moría desangrado en medio de una espantosa agonía. Incluso los que ya habían sido esterilizados fueron asesinados por los enloquecidos robots. En apenas una semana, todos los miembros masculinos de la tripulación de la nave fueron asesinados. Sin hombres sobre los que aplicar las directrices de su programación, los robots se quedaron estáticos. Entre las mujeres cundió el desaliento, y para acabar de complicar las cosas, la nave se averió, comenzando a vagar sin rumbo, impulsada sólo por la inercia. Al principio, las mujeres, dirigidas por Elmerga, pensaron en reparar la nave y emprender el regreso a Mhurg. Pero la perspectiva de llevar a su mundo tal horror les hizo reconsiderarlo, y decidieron seguir vagando por el espacio hasta que la última de ellas hubiera muerto. Elmerga fue la última en morir y dejó aquel mensaje grabado, para advertir a quien encontrara la nave en el futuro del espantoso peligro que ésta encerraba. La desdichada Elmerga murió sin saber que su civilización se había extinguido, víctima de su propia inconsciencia. El planeta Mhurg acabó colapsándose por el exceso de población, el hambre y las enfermedades se cebaron en los miles de millones de mhurgos, que terminaron pereciendo ante la pasividad y la cibernética indiferencia de los millones de robots que habían sido creados para servirlos.
 
Jack y sus amigos escucharon la grabación de Elmerga sobrecogidos por el espanto ante la terrible suerte corrida por la civilización mhurga. Ahora, esa misma suerte podrían llegar a correrla los habitantes de Procyon II. ¿Lograrían ellos impedirlo?
 
Cuando, por fin, llegan a Procyon II, descubren que los robots mhurgos ya están allí. En el astropuerto principal del planeta se aprecian signos de combates, y hay muchos muertos esparcidos por doquier. Pero también hacen otro descubrimiento más horrible aún: los robots ya no atacan sólo a los hombres, si no también a las mujeres.
 
Mientras Oofoor y Rosa se dirigen a la cercana ciudad de Laskae, en busca de algún superviviente, Jack se queda en el astropuerto, en las oficinas de la compañía propietaria del Trade Planet. Poco después, comienzan a llegar camiones repletos de robots mhurgos, que rodean el edificio. A pesar de estar bien armado, Jack teme que su suerte esté echada. De pronto, escucha el zumbido de un videófono. Es Claire, que desea parlamentar con él. El joven accede y la perversa mujer entra en el edificio. Claire pone a Jack al tanto de lo ocurrido desde que éste y sus amigos huyeron de la nave mhurga. Según la mujer, los robots asaltaron el puente de mando y despedazaron a Kent. Ella, por su parte, descubrió un extraño brazalete electrónico en el cadáver de Elmerga. Aquel brazalete resultó ser un dispositivo de control de los robots, construido por la propia Elmerga poco antes de morir. Con dicho artefacto, Claire pudo dominar a los robots a su antojo, y así, cuando arribaron a Procyon II, programó a los autómatas para que atacaran también a las mujeres. Claire, enloquecida por su desmedida ambición, sueña con utilizar su ejército de robots asesinos y casi indestructibles para crear un Imperio Galáctico, conquistando la Tierra y sus colonias. Pero también aspira a recuperar lo que ella cree que siempre fue suyo: el amor de Jack. Propone a éste que se una a ella en su locura, pero Jack, aprovechando una momentánea distracción de aquella demente, la deja sin sentido de un puñetazo. Intenta arrebatarle el brazalete, pero está muy ajustado al brazo. Por un momento, pasa por la mente de Jack la idea de cortarle el brazo a esa arpía, pero ya los robots se han puesto en movimiento hacia él, y no le queda más remedio que huir de allí. Mas tarde, ya en Laskae, ciudad cercana al astropuerto, se reúne con Rosa, Oofoor y lo que queda de la milicia de dicha ciudad, que trata de hacer frente como puede a la horda de engendros mecánicos. Juntos, preparan un plan para intentar derrotar al ejército de autómatas y a su deleznable líder humana. La energía que alimenta a los robots asesinos procede de la nave mhurga, que Claire hizo descender a cierta distancia de Laskae. Jack cree que, destruyendo la nave, los androides, faltos de suministro energético, quedaran inmovilizados como estatuas.
 
Un comando, dirigido por Jack, logra apoderarse de la nave mhurga tras violentos enfrentamientos con las hordas robóticas. Claire y un grupo de sus servidores cibernéticos persiguen al comando al interior de la nave, pero Jack y los suyos logran introducirse en el puente de mando y aislarse en el mismo. Nuestros héroes hacen despegar la gran nave, lanzándola al espacio exterior. Cuando se encuentran a prudencial distancia de Procyon II, activan el sistema de autodestrucción, preparado siglos atrás por Elmerga y sus desgraciadas compañeras. Y mientras el módulo que alberga el puente de mando se separa del resto de la estructura, alejándose de regreso a Procyon II, la gran nave se desintegra, llevándose con ella a la pérfida Claire Seelye.
 
Y así concluye EL PELIGRO LATENTE DE MHURG, otra de las sencillas pero efectivas Spaces Operas surgida de la fecundísima imaginación de A Thorkent. No es, evidentemente, una gran novela de ciencia-ficción. Ni siquiera es de las mejores de Ángel Torres Quesada. Pero cumple a las mil maravillas el cometido para el que fue escrita: entretener. Obra modesta y sin ambiciones, lectura perfecta para todo aquel que sólo desee evadirse durante un par de horas de las preocupaciones cotidianas.


TÍTULO: EL PELIGRO LATENTE DE MHURG
AUTOR: A. THORKENT (Ángel Torres Quesada).
COLECCIÓN: LA CONQUISTA DEL ESPACIO (Nº 560)

CUBIERTA: ANTONIO BERNAL
EDITORIAL: BRUGUERA
AÑO DE PUBLICACIÓN: 1981.
PÁGINAS: 96.

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