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sábado, 9 de agosto de 2014

EN MEMORIA DE NEIL ARMSTRONG




POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI



El pasado lunes 21 de julio se cumplieron cuarenta y cinco años de la que, a día de hoy, sigue siendo la mayor gesta de la humanidad en el campo de la exploración: la llegada del hombre a la Luna. A lo largo de este casi medio siglo, y en vista de que, tras la euforia inicial, las misiones de la NASA se han circunscrito al espacio orbital, han sido muchos los que han tratado de restarle algo de importancia al hecho de desembarcar en Selene, alegando, principalmente desde las naciones hispanas, que el descubrimiento de América por Cristóbal Colón tuvo un impacto histórico infinitamente mayor. Dejando aparte que ambos eventos no son comparables, la hazaña del Apolo XI es relativamente reciente, por lo que quizá no es posible valorarla aún en toda su importancia. A pesar de ello, quien suscribe está convencido de que, a la larga, la primera misión tripulada a la superficie de nuestro satélite tendrá una importancia capital en la historia de la humanidad, muy superior a la que tuvo el también épico viaje de Colón hace cinco siglos. Las dificultades a las que hubo de hacer frente la NASA para poner un hombre en la Luna fueron mucho mayores que las que enfrentó el genovés para llevar a cabo su proyecto. Todavía hoy asombra que, con la tecnología existente en los años sesenta, el hombre fuera capaz de llevar a buen término una aventura así. Y aunque es cierto que las motivaciones de tal empresa fueron principalmente políticas y de prestigio nacional, eso no resta ni un ápice de gloria a cuantos, de un modo u otro, contribuyeron al éxito de la misión Apolo XI. Desde Armstrong, Aldrin y Collins, hasta el último empleado de cualquiera de las compañías subcontratadas por la Agencia Espacial Norteamericana, todas y cada una de las personas involucradas en el proyecto comparten un poco de esa gloria, pues fue un trabajo en equipo realizado por lo mejor del país. El desembarco en la Luna fue un logro de muchos, y todos ellos son dignos de admiración y respeto, fuera cual fuese la función que desempeñaran en la empresa.

 
La mayor gloria le corresponde, no obstante, al primer hombre en dejar la huella de su bota en la Luna, y ése sería Neil Armstrong (5/8/1930-25/8/2012). Ingeniero aeronáutico, piloto de combate en Corea, operando desde el portaaviones USS Essex,  y uno de los mejores pilotos de pruebas después de esa guerra, Armstrong había nacido para volar. De hecho,  aunque parezca mentira, obtuvo antes la licencia para pilotar aeroplanos que el permiso de conducir. Su extraordinaria labor en el Centro de Investigaciones Lewis y en el Comité Consultivo Nacional (NACA), pero sobre todo su pericia a los mandos de cualquier aeronave, le abrieron las puertas de la base Edwards, sin duda el lugar donde se probaban los diseños más avanzados en el campo de la aeronáutica. Allí tuvo oportunidad de volar en más de doscientos modelos distintos de aviones, además de pilotar nada menos que el X-15, un aparato supersónico revolucionario, cuyo fuselaje había sido desarrollado basándose en la bala de ametralladora. Su increíble experiencia y su brillantez académica le llevarían a la NASA, cuyas pruebas de admisión superó con altísimas puntuaciones en 1962. Tan sólo cuatro años más tarde llevó a cabo su primera misión espacial como comandante de la nave Gemini 8, y tras varias misiones exitosas todas ellas, a pesar de algunos problemas y accidentes, llegaría aquel inolvidable 21 de julio de 1969, cuando Armstrong cumplió el sueño del malogrado presidente Kennedy.

 
Desde entonces mucho se ha dicho y escrito sobre el tema, de modo que no seré yo quien insista sobre un asunto que ha sido tratado en profundidad por plumas más acreditadas que la mía. Pero permítaseme rendir un sincero homenaje, en fecha tan señalada, a Neil Armstrong, un hombre que jamás se dejó dominar por la grandeza de lo que había hecho. Armtrong es el mayor héroe americano del siglo XX, y posiblemente de la historia. Sin embargo, él nunca se consideraría a sí mismo como tal. Para él, ser el primero en pisar la Luna, con ser importante, no era lo principal. El trabajo bien hecho era su meta, más allá de la supuesta gloria que éste entrañara, y así veía la odisea del Apolo XI. Fue el primero en pisar la superficie de Selene, en una aventura que pudo muy bien acabar en tragedia, pero nunca se vio como un héroe, por más que el resto del mundo se empeñara en tratarlo como tal. Consideraba que había cumplido con su trabajo y punto, y estaba seguro de que cualquier otro, en su lugar, habría hecho lo mismo. La expedición lunar fue el colofón a su extraordinaria carrera como piloto y eso era todo.

 
Tras volver de la Luna Armstrong, Aldrin y Collins fueron agasajados en todo el mundo, pero al astronauta de Ohio no le gustaba nada la expectación que levantaba su presencia allí donde iba. Se sometía al baño de multitudes de buena gana, pero sin ningún entusiasmo, sólo porque era lo que se esperaba de él, pero lo que más deseaba era volver a trabajar. Tras una gira mundial estuvo durante aproximadamente un año como vice-administrador en la NASA,  luego ejerció la docencia en la Universidad de Cincinnati, y posteriormente fue directivo de un par de empresas tecnológicas relacionadas con la aviación.

 
El eco del Apolo XI nunca se extinguió, pero Armstrong, de carácter un tanto introvertido, eludía el tema como algo pasado y en contadas ocasiones se avendría a hablar de ello. Esquivo con los medios, era un hombre sencillo que, pese a su enorme talento y a la trascendencia histórica de su persona, quería llevar una vida discreta. Esto, paradójicamente, engrandeció más si cabe su aureola de héroe, pues él, el hombre que había realizado el más fantástico sueño de la humanidad, mostraba una conmovedora humildad, como si, en cierto modo, le restase importancia a su hazaña. En un mundo donde actorcillos de medio pelo, cantantes estúpidos, deportistas estultos y políticos tiñalpas se pavonean ridículamente,  empeñados en que admiremos sus patéticos logros, la serena y ponderada actitud de alguien como Armstrong, cuya hazaña tardará en ser superada y cuyo nombre figura inscrito con letras de oro en las páginas de la historia, se nos antoja algo casi irreal. Pero es muy real. Neil Armstrong era un verdadero héroe, que abrió un sendero por el que no hemos hecho más que adentrarnos tímidamente, pero que en siglos venideros ofrecerá magníficas expectativas al género humano. Más allá de la política y las interesadas razones de estado, las figuras de Gagarin, Leonov, Shepard, Glenn y otros evocan el espíritu aventurero y explorador del hombre, que nos conducirá a las estrellas y aún más allá. Y entre esos nombres señeros de la astronáutica brillará más que ninguno, como un faro que guiará nuestros pasos hacia la conquista del espacio, el de Neil Armstrong, el más grande héroe americano de todos los tiempos.
 
Antonio Quintana
Agosto de 2014

1 comentario:

José A. García dijo...

El más grande héroe NORTE-americano, en todo caso. Y creo que deberíamos de rever el concepto de héroe para ciertos casos...

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J.