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jueves, 7 de noviembre de 2013

LA ÚLTIMA COLINA


 
 
 
 
Hoy tengo el honor de reseñar una de las aventuras bélicas más apasionantes que escribió Luis García Lecha bajo su celebérrimo seudónimo de Clark Carrados. LA ÚLTIMA COLINA, número 304 de Relatos de Guerra, la inolvidable colección de Toray, apareció en 1966. En esta ocasión, Lecha fue políticamente incorrecto, ya que la novela está protagonizada por un destacamento japonés, que debe sacrificarse para proteger la retirada del grueso de sus fuerzas, acosadas por el ejército norteamericano en una remota isla del Pacífico.
 
Al mando de los valerosos soldados nipones está el teniente Dashai, un militar curtido en mil combates. Dashai no es el típico oficial fanático, dispuesto a todo para complacer a su emperador. Es un hombre corriente al que la guerra ha convertido en un guerrero eficaz, pero no comparte la visión que del conflicto tienen la mayoría de sus compatriotas. El joven teniente sabe que le han encargado una misión suicida. Personalmente, preferiría abandonar la isla con sus hombres, pero como oficial disciplinado no puede desobedecer una orden. Y así, queda al mando de un grupo de hombres audaces, armados hasta los dientes, con artillería incluida, que están dispuestos a contener a los yanquis durante el mayor tiempo posible. Dashai y los suyos se atrincheran en una colina, en la cima de la cual han colocado un alto mástil en el que ondea la bandera del Sol Naciente, bordada en seda por la esposa del comandante supremo del ejército imperial en la isla. Esa bandera, el símbolo de su patria, será defendida por las tropas de Dashai hasta el fin, convirtiéndose en una verdadera obsesión para los norteamericanos, que intentarán inútilmente derribarla.
 
Un médico y una enfermera enemigos caen en poder de los nipones. Dashai los trata humanitariamente y les pide que, a cambio, atiendan a sus heridos, pues él no cuenta más que con un sanitario. La enfermera, Mary Owrin, de ascendencia hawaiana, no siente especial simpatía por los japoneses, ya que su hermano murió en el USS Arizona durante el ataque a Pearl Harbor. Por su parte, el capitán médico Stone se niega a atender a los heridos del enemigo, lo que obliga a Dashai a tratarle con relativa dureza para convencerle de que cambie de actitud. Mientras tanto, se suceden las embestidas de las fuerzas yanquis, que son rechazadas una y otra vez por los hombres de Dashai, causándoles espantosas bajas. En vano intentan los americanos persuadir a sus enemigos para que se rindan. Los tenaces nipones están dispuestos a resistir hasta el final, hasta el último cartucho y el último hombre, como se les ha ordenado. Los ataques prosiguen, con devastadores efectos para la pequeña fuerza japonesa, cada vez más diezmada, pero resuelta a aguantar hasta el fin. Entre el mayor Smithers, el oficial yanqui que les insta a la rendición, y el teniente Dashai se establece, a pesar de las circunstancias, o precisamente por causa de ellas, una corriente de mutuo respeto y admiración. Ambos simbolizan las mejores virtudes castrenses, aunadas con un profundo sentimiento humanitario. Pero están en guerra y deben cumplir con su deber. Por otra parte, la enfermera americana y el oficial japonés comienzan a sentirse atraídos el uno por el otro, al tiempo que los marines redoblan sus esfuerzos para acabar con la resistencia de ese puñado de valientes. Cuando se acerca el final, cuando Dashai pierde su artillería y a casi todos sus hombres, deja marchar a Mary, que se aleja hacia las líneas americanas con el corazón embargado por el dolor, pues realmente ha llegado a apreciar a aquel oficial enemigo más de lo que quisiera reconocer.
 
Dashai se dispone a hacer frente a la muerte como un samurai, luchando hasta el último aliento. Pero cuando llega el asalto final de los marines, éstos actúan de un modo extraño, como si no quisieran matar a ese valeroso enemigo que tan implacablemente les ha hecho frente. Lo que ocurre es que el mayor Smithers, impresionado por la valentía y nobleza de su enemigo, ha ordenado que nadie dispare contra él, que se le capture con vida. Y así, Dashai terminará la guerra en un campo de prisioneros. Para un soldado fanático, como la mayoría de los integrantes del ejército imperial, esto sería una deshonra y habría optado por el suicido. Pero Dashai, como se ha dicho, no es un fanático. Ha hecho lo que ha podido y al final se resigna a su suerte. Smithers, por su parte, tiene un gesto honorable hacia su enemigo. Cuando los marines se disponen a arriar la bandera japonesa, que increíblemente ha ondeado durante los combates sin que nada pudiera derribarla, el oficial yanqui lo impide, alegando que sólo Dashai se ha ganado el derecho a arriarla y a quedarse con ella. Antes de partir hacia el cautiverio, Dashai y Mary se miran durante unos momentos, en absoluto silencio. Tal vez cuando todo termine, cuando la ominosa guerra haya concluido, puedan reencontrarse no como enemigos, si no como lo que realmente son: un hombre y una mujer.
 
LA ÚLTIMA COLINA tiene todos los ingredientes típicos de los mejores relatos bélicos, sabiamente combinados por el autor en una obra que no da descanso al lector, llevándole de sobresalto en sobresalto hasta su espléndida conclusión. LGL huye de concepciones maniqueas. En esta novela no hay buenos ni malos al uso, si exceptuamos al capitán médico Stone. Los nipones, como protagonistas de la historia, son retratados por el riojano como hombres normales y corrientes que luchan por su país. Igual que los americanos. Luis García Lecha, veterano de guerra, conocía bien el paño, y nunca se dejó influir por la propaganda o los prejuicios. Esta historia es buena prueba de ello. Disfrutemos, pues, de LA ÚLTIMA COLINA, uno de los grandes relatos de guerra surgidos de la fértil imaginación del gran novelista riojano.

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