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jueves, 26 de enero de 2012

EL POLIZÓN de LAW SPACE (Cuento Corto)



Amigos de Bolsi & Pulp:
Tiempo después de publicar en el blog la novela completa ULTRAMETRÓPOLIS del genial Law Space, hicieron un comentario desde México en el que me decían que en la edición de 1958 de editorial Toray, aparte de la novela venía también un cuento corto llamado EL POLIZÓN y me preguntaban si acaso lo tenía y de ser así, que por favor lo publicará.

Y puesto que el cuento obra en mi poder y la idea de publicarlo me parece muy buena, a continuación les hago entrega de dicho cuento, para que de esa forma, todos tengan completo el libro con al edición de Toray.

OJO amigos, que en la edición de 1979 para la colección GALAXIA 2001 de editorial Andina, no aparece el mencionado cuento "EL POLIZÓN".Bueno amigos, ya basta de palabras. Acá va el cuento completo y espero que lo disfruten.
¡Un abrazo a todos y saludos bolsilibrescos!
Atte: ODISEO....Legendario Guerrero Arcano.


EL POLIZÓN
Law Space


I

O'Neil, el propietario de toda la cadena de periódicos y revistas que acaparaba en el mundo entero la atención de quinientos millones de seres humanos, encendió un nuevo habano; luego, después de lanzar una densa bocanada de humo a la lámpara funcional vecina, se volvió hacia Tlember:
—¿Se imagina usted la tirada, amigo mío?
—Sí, señor; pero también me imagino la cara que pondrá Weber.
—¿Cree que rehusará?
El otro se encogió de hombros.
—Es lo más probable; pero no creo que John lo haga por miedo. Mil veces ha demostrado que no lo tenía. No; estoy convencido de que su negativa estará ligada a la imposibilidad de realizarlo.
O'Neil mordisqueó el habano sin ninguna clase de consideración.
—¿No me ha dicho usted siempre, que «nada hay imposible para Weber»?
—Todo tiene un límite, señor. Ya conoce a los rusos.
—Un poco.
—Pues, por poco que los conozca, se imaginará fácilmente la cantidad de hombres armados que rodearán el cohete, la cantidad de alambradas eléctricas que lo envolverán y la cantidad de balas que pueden acogerse en el cuerpo del loco que intente acercarse a Astrogrado.
O'Neil hizo un gesto vago con una de sus gordezuelas y alhajadas manos, como si desease tirar todas aquellas «cantidades», al igual que un castillo de naipes.
—¿Sabe lo que es un millón de dólares, Tlember?,
—Una fortuna; ya lo sé. Sobre todo, como los que usted ofrece, libres de impuestos.
—¿Y qué dice a eso?
—Que Weber se morderá las uñas al ver que no puede conseguir el convertirse en millonario.
—Eso es mucho decir.
Tlember se encogió de hombros.
—Escuche, señor O'Neil: ¿Cree usted que si la cosa fuese factible iba yo a consentir que Weber ganase un millón de dólares lindos y morondos? Con que hubiese una pequeña posibilidad, por muy diminuta que fuese, sería yo quien me colaría en el cohete que los rusos se disponen a lanzar a la Luna.
El otro sonrió.
—Usted lo hubiese hecho por muchísimo menos dinero, Tlember, si la cosa hubiera resultado más sencilla.
—Es posible... —rezongó el otro.
Luego, saliendo del ensueño en que le habían hundido los dólares y todo lo que con ellos podría hacer, prosiguió:
—Estoy seguro de que nuestro hombre, a pesar de que lleva once años en Rusia y que ha entrado donde nadie se atrevió a meter el pie, se reirá a las barbas del estúpido que le proponga esa locura.
O'Neil rió, ahogándose casi con el humo.
—¿Lo encuentra divertido? —inquirió el otro, con el ceño fruncido.
—¿Divertido? ¡Colosal!
—No veo por qué.
—Sencillo. Usted acaba de calificar, un poco precipitadamente, de estúpido al que comunicará mis deseos a Weber. Lo lamento, Tlember...
El otro entendió perfectamente y poniéndose en pie inquirió:
—¿Cómo? ¿Yo? Porque ha querido decir eso, ¿verdad que sí?
O'Neil asintió con un gesto de cabeza.
—Usted es la única persona que puede convencer a Weber. Él siempre le ha obedecido.
—¡Porque le envié a sitios factibles! ¿Qué imagina que diría si le ordenase volverse cangrejo?
—No exagere, Tlember.
—¿Que exagero? Estoy completamente seguro de que el muchacho me consideraría más cuerdo si le dijese que ha de convertirse en un crustáceo... ¡Pero decirle que ha de viajar «de extranquis» en el cohete ruso... ¡El que exagera esta vez es usted, míster O'Neil!
—Está bien. Yo no me limito a hablar; deseo, ante todo, que ese muchacho me conteste, por intermedio de usted.
Hurgó en sus bolsillos, lanzando una carpetita al otro.
—Ahí tiene el pasaje para el avión Nueva York-Moscú de esta noche. Y un travel-cheque para el Banco americano en la capital soviética. ¡Puede gastar cuanto guste! —Su voz se hizo dura al decir—: Pero regrese con un triunfo, Tlember; será mejor para todos.
Se había levantado y salió de la habitación sin despedirse.
Tlember se quedó allí, sin osar tocar la carpetita, que había quedado sobre la mesa de despacho. Oyó, poco después, el suave zumbido del «Cadillac» de O'Neil que se alejaba, hasta que el silencio volvió a posesionarse de la estancia.
—¡Maldito loco! —exclamó, bruscamente, dando un formidable puñetazo en la mesa.
Y se puso a preparar precipitadamente su equipaje.


II

Tlember atravesó el frío y nebuloso espacio que se extendía desde la pista hasta la aduana; esperó pacientemente a que el gendarme ruso pasase revista a sus pijamas y sus trajes y salió después, llevando las dos maletas hasta donde le esperaba su amigo Weber.
John era un muchacho alto, delgado, espigado y con ojos azules. Su cabellera rubia, desordenada y revuelta como siempre, asomaba por los rebordes de su flexible gris, con el que se cubría la cabeza.
—¡Aquí, Tlember! —gritó jovialmente desde el otro lado de la barrera.
Se estrecharon calurosamente las manos y el joven tomó una de las maletas del redactor jefe. A la salida tomaron un taxi.
—Le he reservado habitación en un hotel de segunda —dijo, cuando estuvieron acomodados en el vehículo—. No hubo nada a hacer para lograr otra cosa: los chinos que han llegado para la Conferencia lo han cogido todo...
—No importa; sólo estaré una semana en Moscú.
Weber se reclinó en el asiento y encendió un cigarrillo.
—¡Vaya, vaya! Cuando leí su telegrama, no quería dar crédito a mis ojos. «Algo importante debe de pasar —me dije— cuando mister Tlember se desplaza personalmente para visitar a la oveja negra de sus cronistas».
Se volvió hacia el otro que, distraídamente, miraba por la ventanilla del coche.
—¿Hace siempre tanto frío aquí? —inquirió Tlember.
—Eso depende; pero yo ya me he acostumbrado. Lo malo fueron los cuatro primeros años.
Se miraron sonriendo, como dos personas que están deseando decirse cosas importantes, no habiendo llegado aún el momento.
—¿Qué tal te va por aquí, muchacho?
Weber sonrió más francamente.
—¡De primera! Ya se pasó la época de las «novatadas». Nos conocemos demasiado los miembros de la información y censura y yo. Saben que cuando me lo propongo, de nada les sirven sus artimañas.
—Ya lo sé. Mister O'Neil está verdaderamente satisfecho de tu trabajo.
—Me alegra oírlo.
Tlember pensó si se alegraría al oír lo que aún tenía que decirle; pero el taxi, al detenerse en aquel preciso instante, cortó sus meditaciones.
El hotel no estaba nada mal, ni tampoco demasiado alejado del centro de la ciudad. La calle era tranquila y la habitación lo suficientemente limpia para satisfacer el carácter exigente de Tlember.
—¿Estás también hospedado en este hotel?
Tlember ignoraba las verdaderas señas del otro, ya que su dirección oficial era un Apartado de Correos.
—No, yo ya pasé el sarampión —dijo el otro, riéndose—. Conseguí un coquetón apartamento de dos piezas en la orilla derecha del río. Un barrio de burócratas, donde no suele haber discursos ni manifestaciones.
—¿Algún amor ruso?
La pregunta sorprendió a Weber.
—Sí —contestó tras una larga pausa—. Pero nada importante; al menos por el momento.
—¿Se llama?
—Katia.
—Lindo nombre.
Tlember se había puesto a deshacer sus maletas y el otro permanecía en pie, fumando su largo cigarrillo ruso.
Hasta que no pudo más.
—Bueno, Tlember; usted gana. ¿A qué ha venido?
El otro, que estaba inclinado sobre el lecho, donde había colocado sus maletas, no se volvió; pero el estremecimiento que le recorrió la espalda no pasó desapercibido al joven.
—¿Es tan difícil? —inquirió.
El otro se volvió y lo miró fijamente.
—¿Por qué dices eso, John?
El joven se encogió de hombros.
—Intuición que tiene uno. Ya sabe que cuando un tipo empieza a dar vueltas alrededor de un asunto es que la cosa no es sencilla ni mucho menos; pero no importa, adelante, señor...
—Está bien, Weber; me alegra que hayas sido tú el que me haya dado el empujón; pero, antes de decirte el encargo de O'Neil, deseo hacerte una o dos preguntas.
—¡Preparado! Aquí, en Rusia, no he hecho otra cosa durante estos años: contestar preguntas.
—¿Qué sabes del cohete ruso que va a ir a la Luna?
—Bastantes cosas.
—¿Es cierto que lo van a lanzar?
—Sí.
—¿Tripulado?
—¡Naturalmente! A ellos les importa un comino lo que digan todas las sociedades humanófilas del Globo; en realidad, hay cinco millones de voluntarios...
—¿Va con ese «voluntario» algún periodista ruso?
—No. El cohete, en realidad, es un experimento y la prensa no ha tenido acceso a él. Todos los trabajos son dirigidos por el profesor Zunov y naturalmente, se desarrollan dentro del mayor secreto.
Tlember tragó saliva.
—Bueno, chico; creo que ha llegado la hora de decirte lo que se intenta de ti: O'Neil quiere que vayas a la Luna.
—¿Hay algún otro cohete americano?
—No; nuestro director desea que te cueles en el ruso.
—¿Y le ha dejado pasear por las calles de Nueva York, conducir su coche, besar a su esposa, hablar con sus amigos?
—¿Qué quieres decir?
—¡Que debía haberle dejado, con una doble camisa de fuerza, bien vigilado por media docena de loqueros, armados con metralletas Thompson!
Tlember se excusó con un gesto, encogiéndose ligeramente de hombros.
—Yo ya se lo dije, John; te lo aseguro.
—Es imposible. Además, aunque fuese factible, creo que mister O'Neil exagera. ¿O cree que me paga demasiado para lo que hago?
—No se trata de eso, muchacho. La información, en caso de que la lograses, está bien pagada.
Los ojos del periodista aumentaron su brillo. Preguntó:
—¿Como cuánto?
—Un millón de dólares.
Weber se dejó caer, sentándose en el lecho de su jefe. Una extraña sonrisa le daba un aspecto nada tranquilizador. Se hubiese dicho que se divertía de lo lindo, riéndose en su interior de cosas que el otro no podía ni sospechar.
—Ha dicho un millón, ¿verdad?
—Eso he dicho, John.
Hubo un corto silencio; después, mientras Tlember mordisqueaba nerviosamente su cigarrillo, la voz del otro sonó, tranquila y serena:
—Acepto.



III

A Tlember se le abrieron desmesuradamente los ojos, como si una alucinación imposible acabase de aparecer ante él.
—No; no he debido de oír bien. Luego, sin dejar de mirar al otro, que sonreía tranquilo dijo:
—Escucha, John, muchacho: yo siempre te he apreciado y sigo queriéndote. Puedes estar seguro de que la charla que tuve con el patrón no fue nada agradable y que lo de la camisa de fuerza se me ocurrió nada más empezó a hablar. O'Neil no puede echarnos ni a ti ni a mí. El público te conoce demasiado y la competencia también. Cualquier cadena de periódicos te daría doscientos mil pavos de prima porque te fueses con ellos... ¡No hagas locuras!
—No son locuras, Tlember. Katia me servirá mucho.
—¿Katia? ¿Tu novia?
—Si. DA LA CASUALIDAD QUE SU APELLIDO ES ZUNOV.
El otro tardó mucho en contestar; todo el tiempo que le costó cerrar la boca, que se le había abierto desmesuradamente.
—¿La hija del profesor que se encarga del cohete?
—La misma.
—Pero... ¿cómo lo hiciste?
—Verá usted: deseaba sacar unas fotos de la partida del cacharro; algo verdaderamente sensacional, en exclusiva... La única manera era poder acercarse a la pista de lanzamiento. Por eso, muy despacito, busqué la forma de lograrlo.
Sonrió, encendiendo un nuevo cigarrillo.
—Katia estudia en la Escuela Tecnológica de Moscú. No fue muy difícil encontrarla, hablarle y pasear con ella por los jardines de la ciudad. Dos semanas bastaron para que ella estuviera completamente segura de mi amor. Sin embargo, como en las películas de estos temas, ella no veía otro obstáculo a nuestro amor que el que yo no fuese comunista.
—No vas a decirme que te alistaste en el Partido, ¿verdad?
—No, todavía no.
—¿Cómo? ¿Has olvidado la depuración que se hace en Norteamérica? ¿Quieres perder tu puesto?
—Despacio, amigo mío; despacio. Si yo me decidiese a militar en el Partido, sería con el único objeto de obtener las fotos. Y, naturalmente, yo hubiese hablado antes con nuestro embajador, explicándole detalladamente el asunto. Seguro que hubiese aceptado, saliendo después mi fiador, ante cualquier estúpida investigación.
—No olvidas nada —se admiró Tlember.
—Ahora —prosiguió John— las cosas han cambiado. Ya no interesan, por lo visto, las fotografías, sino mi viaje en ese cohete y toda la estupenda información con que puedo volver.
—¿Está prevista... la vuelta?
—Naturalmente. La verdad es que el cohete no llegará hasta posarse en la Luna.
—¿Cómo?
—Girará alrededor de nuestro satélite durante cierto tiempo; luego, más tarde, volverá. De todas formas, es el primer viaje interplanetario del hombre.
—¡Será una información fantástica!
—No lo dude.
Tlember estaba pensando en algo desagradable porque frunció el entrecejo.
—¿Algo marcha mal? —inquirió el joven.
—Estaba pensando en la vuelta. Aunque logres ir en el cohete, te detendrán en cuanto bajes de él.
—No se preocupe de eso. Conozco perfectamente, gracias a Katia, todo lo que el dichoso cohete hará al regreso. Debido a la aceleración de la vuelta, se verá obligado a girar, como un satélite artificial, alrededor de la Tierra. Todas las vueltas están matemáticamente fijadas y por eso sé que pasará, tres veces, sobre el territorio de los Estados Unidos.
—¿Y qué?
—Prepararé un dispositivo, con un pequeño paracaídas, que pueda lanzar en un momento determinado. Así, ustedes poseerán la información aunque yo sea detenido. Por otra parte, los rusos no pueden hacer otra cosa que expulsarme de su país; además, ustedes meterán toda la carne en el asador para que lo hagan cuanto antes. No quiero estar mucho tiempo esperando mi hermoso millón de dólares.
Tlember no daba crédito a lo que oía.
Estaba maravillado —y asustado— de la forma tranquila en que John veía el futuro, como algo que, forzosamente, debía ocurrir así.
—Haré que te preparen un dispositivo minúsculo, con el paracaídas, donde puedas meter toda la información gráfica y tus artículos.
—O. K.
Luego, consultando el reloj dijo:
—Debo irme, señor; Katia me espera.


IV

Pasearon por las calles, penetrando después en el parque. John le había llevado una monumental caja de bombones, que ella llevaba ahora en el brazo.
—Lo he pensado bien, Katia —dijo él, bruscamente.
Ella le miró, parpadeando.
—¿A qué te refieres, John?
—A lo de mi ingreso en el Partido.
—¿Cómo? ¿Te has decidido?
—Sí.
Katia se acurrucó contra él, poniendo su mejilla contra la del hombre.
—¡Qué feliz soy! —musitó.
Él esperó a que ella gozase plenamente del efecto que le habían producido sus palabras; luego, con voz comedida dijo:
—Katia...
—¿Qué quieres, amor mío?
—Necesito liberarme de las cadenas que me tienen atado a mi país. Y, además, quisiera conseguir cierta suma de dinero, que vamos a necesitar en cuanto nos casemos.
—¿Te preocupas tanto por el dinero?
—Sí. Quiero que vivas como lo mereces. Además, con ese dinero podré realizar el sueño de mi vida. ¡Pondré una Agencia de Información en Alemania Oriental! Viviremos en la zona Este de Berlín, en una casita que mandaré hacer allí.
—¡Ya verás qué felices somos!
Ella tampoco deseaba quedarse en Moscú. Hacía muchísimo tiempo que ardía en deseos de conocer el Occidente. Y su viaje a Berlín, siguiendo los hermosos proyectos de John, podría ser muy bien la primera etapa de lo que Katia había querido siempre.
Hablaron de ello, hasta que Weber se dio cuenta de que tenía ganada la partida.
—Con el dinero que saque de la información en el cohete —le dijo—, podremos ser la pareja más feliz del mundo.
—Yo te llevaré hasta donde puedas fotografiarlo.
—No es eso, querida. Tengo que hacer unas fotos de SU INTERIOR.
Ella se asustó.
—¿Has perdido la razón, John?
Pero el joven sabía mucho del arte de hacer ver las cosas de color de rosa. Sus caricias y sus besos fueron, hay que decir la verdad, poderosas palancas que movieron los obstáculos que ella iba colocando. Poco después, Katia se declaró vencida.
—¡Eres tremendo! —dijo, separando sus labios de los del joven.
—¡Y tú la más bonita de todas las rusas!
—¿Sólo... de las rusas?
—¡Y de todas las mujeres del mundo!
Ella sonrió, íntimamente halagada.
—Siempre te sales con la tuya, John...


V

Tlember miró al joven que estaba embutido en aquel chaquetón de cuero. La emoción se pintaba en los rasgos del redactor jefe, que no podía soportar la angustia que se había ido acumulando, durante aquellos días, hasta llegar a algo verdaderamente inconcebible.
John encendió un cigarrillo y con su tono divertido, que puso los pelos de punta al otro exclamó:
—¡Se esta acercando la hora «H», Tlember!
—¿Sigues decidido, muchacho?
—¿Por qué no? Daré un pequeño disgusto a Katia; pero ya se le pasará.
—¿No podrán detenerte ahora, cuando intentes penetrar en el cohete?
—No. Ya sabe usted que he estado tres veces en el campo, con la muchacha y he podido estudiar detalladamente todos los detalles. Penetraré en el cohete un poco antes de que lo haga el tipo que va a pilotarlo.
—¿Sabes quién es?
Weber movió negativamente la cabeza.
—Eso sí que es un secreto en toda regla, amigo mío. ¡Ni el mismo profesor lo sabe! No es extraño en este país de misterio.
—¿Y si te descubriese en el camino?
—¿Qué quiere usted decir?
—Puede ir armado.
John sonrió, sacando de su cazadora de cuero una «Luger» brillante.
—¿Me cree tonto, Tlember? Si ese amigo mío, que viajará conmigo a través del espacio, se pone un poco tonto...
—¿Estás loco, muchacho? ¡Tú no sabrías hacer regresar el cohete!
—Ni él tampoco.
—¿Cómo?
—Claro. Ya le dije a usted que todo estaba matemáticamente calculado. El cohete volverá, por sí mismo, después de girar alrededor de la Luna.
—¡No sé cómo puedes estar tan tranquilo!
—¿Que por qué estoy tranquilo? ¡Porque estoy completamente seguro de que todo saldrá bien! Mire usted, señor Tlember: ya sabe que me he metido en muchos jaleos y que he salido siempre bien.
—¡Te deseo mucha suerte, muchacho!
Le acompañó, en el coche, hasta donde le fue posible; luego, sin poder evitar la emoción, lo abrazó calurosamente. Después, cuando el vehículo de Weber se alejaba, no siendo ya más que un punto rojo —el del farol posterior— en medio de la negrura de la noche, lanzó un suspiro.
—¡Ni por diez millones haría yo lo que ese loco va a intentar!


VI

—Katia, amor mío...
Ella se estrechó contra él, mientras avanzaban por uno de los oscuros pasillos laterales que rodeaban a la base de lanzamiento.
Faltaba una hora para que el cohete fuese lanzado y la parte central de la base estaba repleta de personalidades científicas que rodeaban al profesor. Desde donde estaban Katia y el joven podían ver todo lo que acontecía allí.
John lo había calculado todo con minuciosidad. Existía una pequeña compuerta, en el lado opuesto del cohete, por la que se podía penetrar sin ser visto.
—Vendrás en seguida, ¿verdad, John?
Apenas le contestó.
Una emoción creciente se estaba apoderando de él; ahora, ya junto al cohete, la importancia del viaje que se disponía a hacer le envenenaba la sangre.
¡EL PRIMER HOMBRE QUE HABÍA IDO A LA LUNA!
No había dicho nada a Tlember, pero sus íntimos proyectos eran muy distintos a los que había manifestado a su redactor jefe.
«Si hay un paracaídas grande en el cohete —había pensado—, lograré lo que deseo: lanzarme cuando llegue a la Tierra y haya perdido velocidad. No me importa caer en cualquier parte del Globo, excepto en Rusia. Y cuando el cohete aterrice, no encontrarán los rusos más que un cadáver, con la cabeza llena de plomo..., ¡el del hombre que van a enviar al espacio!»
Así, si pudiese llevar a cabo sus proyectos, sería el ÚNICO hombre que habría llegado hasta la Luna.
Y además del millón de dólares que O'Neil le daría -quizá le sacase más-, ganaría muchísimo más al publicar un libro supersensacional.
Era posible que, si mataba al piloto del cohete, no lo dejase en el interior, sino que lo lanzaría al espacio. Así, los rusos no podrían pensar en lo que realmente había ocurrido. Lo tomarían como un accidente inexplicable.
Fue en aquel momento cuando Katia le apretó él brazo con fuerza.
—¿Qué ocurre, pequeña? —inquirió él en voz baja.
—¡Mira! ¡Es el Ejército!
En efecto, un grupo de generales había rodeado a los sabios, empezando una discusión que, desde donde estaban los jóvenes, parecía acalorada. Casi en seguida, un pequeño «jeep» descargó unas cajas que fueron introducidas en el cohete, por un grupo de soldados que permaneció dentro un buen rato.
—¿Qué están haciendo? —inquirió John.
—No lo sé. Papá parece muy enfadado.
Pero John encontró, a su parecer, la respuesta a todo aquel misterio.
—¡Debía habérmelo imaginado! —exclamó con una sonrisa—. El Ejército se ha hecho cargo, en el último instante, de la dirección del experimento. Así el éxito será para ellos...
—¡Canallas! —dijo ella.
El profesor había sido arrastrado fuera, así como los demás sabios. En aquel momento, un hombre en uniforme se despedía de los generales, con fuertes apretones de manos.
«Ése será mi compañero», pensó John.
Y volviéndose a la muchacha:
—No te preocupes, cariño; en seguida estaré de vuelta.
La había cogido por los hombros y la miraba fijamente.
—No sabes cuánto lo lamento, Katia...
Su, puño derecho salió disparado, chocando con la barbilla de la joven, que se desplomó como herida por un rayo, en los brazos de él.
John la besó en los labios, dejándola cuidadosamente en el suelo.
—No sabía que iba a vengar a tu padre, Katia —dijo en voz alta—. Algún día me agradecerás lo que hoy he hecho.
Y se dirigió hacia el cohete.


VII

El lugar que había elegido no era, precisamente, cómodo. Situado en la popa, no lejos de los propulsores atómicos, tuvo que padecer lo indecible, a causa de la formidable aceleración inicial.
Perdió el conocimiento media docena de veces. Al surgir de aquella especie de horrenda agonía, maldecía el momento en que había subido al cohete y echaba pestes sobre O'Neil y hasta sobre Tlember.
Aquello le pareció que duraba una inacabable eternidad.
Luego, más tarde, la normalidad volvió a él, haciendo que olvidase todo lo malo que había pasado.
«Ese cerdo —se dijo— debe de ir sentado en un sillón antigravitatorio y no ha sentido nada. Cuando regresemos, seré yo el que vaya sentado; aunque a él no le hará efecto alguno la aceleración...»
Permaneció escondido hasta que el hambre, siete horas mas tarde, y la incomodidad le decidieron a salir. Sacó la pistola, la montó y abrió la diminuta puerta de su encierro.
La pequeña cámara daba directamente al almacén de víveres y John se sirvió a su gusto, recuperando rápidamente la energía y el buen humor. Subió después por una escalerilla metálica, asomando la cabeza justo para ver la espalda del piloto.
Éste se había quitado el abrigo y John se percató, por los dorados galones de sus hombreras, que se trataba de un comandante de aviación.
Sonrió.
Luego, lentamente, avanzando milímetro a milímetro, fue emergiendo hasta que, al ponerse de pie en la plancha metálica de la cabina, llamó la atención al otro, que se volvió rápidamente.
Como susto, fue morrocotudo.
La piel del ruso cambió en pocos segundos en una gama de media docena de colores; después, lanzando un profundo suspiro, recobró la normalidad.
—¿Quién eres? —inquirió, ya completamente recobrado.
John avanzó unos pasos, sin dejar de apuntar al otro con la pistola.
—¿Qué importa quién pueda ser yo? Aunque, después de todo, puedo decírtelo: me llamo John Weber, corresponsal de la prensa americana en Moscú.
—¡Perro yanqui!
—Comprendo tu cólera, «tovaricht» comandante; pero, a pesar de todo, creo que debes estar contento de tener alguien con quien hablar. Un viaje así, completamente solo, debe de ser muy aburrido,
—¿Qué intentas hacer?
—Ya que estamos en el camino de una buena amistad, puedo explicarte mi misión en este cohete. Los americanos, eso ya lo sabes, son unos fanáticos de las buenas noticias; devoran los periódicos que son capaces de proporcionarles una buena y original información. Yo estoy aquí, amigo mío, para contarles el primer viaje del hombre a la Luna.
El otro sonrió; pero no dijo nada.
—Creo, amiguito —prosiguió diciendo el americano—, que durante el viaje debemos portamos bien. De nada serviría pelearnos, ya que no nos conduciría a parte alguna.
El otro le miraba, sin dejar de sonreír.
—Supongo que habrás pensado en dormir —dijo—. El viaje durará tres días.
—¿Lo dices porque puedes aprovecharte de mí y desarmarme o matarme mientras duermo?
El ruso se encogió de hombros.
—No te preocupes —dijo John—. Te ataré cuando sienta que el cansancio me domina...
Acababa de ver la pistola que el otro llevaba y ordenó con voz fría:
—¡Levanta las manos! ¡Rápido!
El eslavo obedeció.
Cuando John, después de registrarle, sintió el peso de la pistola del soviético en su bolsillo, experimentó una rara seguridad.
—Bueno, amiguito; esto me parece mucho mejor. Aunque, a decir verdad, no puedo explicarme por qué llevabas armas.
—Un militar no puede ir sin ellas —repuso secamente el otro.
Luego se volvió, atendiendo a la marcha de los aparatos. Desde detrás, sentado en el reborde de una especie de cilindro, John le observaba curiosamente, aunque no se explicaba el motivo de todos aquellos manejos, ya que había comprendido que el cohete no necesitaba la intervención humana.
De repente, todas sus sospechas se hicieron palpables.
¡AQUEL INDIVIDUO DEBÍA DE ESTAR MODIFICANDO LA TRAYECTORIA DEL COHETE!
Fue tal su cólera que, sin poderlo evitar, se abalanzó sobre el piloto, propinándole un formidable golpe en la cabeza, con la culata de la pistola.
—¡Perro! —escupió—. ¡Ya no me harás más cosas raras!
Lo ató sólidamente, y lo arrastró hasta el almacén de víveres donde lo dejó. Luego, ya libre, encendió un cigarrillo y se sentó en el cómodo sillón, sintiéndose como nuevo.
—¡Qué bien se está aquí! —dijo en voz alta.



VIII

Una hora más tarde abandonó el sillón y descendió a la cámara de víveres, comprobando que el ruso había recuperado el conocimiento.
—Voy a matarte, camarada —anunció fríamente.
En los labios del otro había la misma sonrisa despectiva de siempre.
—Si me matas—dijo con voz segura—, no podrás hacer regresar el cohete a la Tierra.
—¡No digas tonterías! Katia me explicó perfectamente que el cohete funcionaba automáticamente, con un cerebro electrónico.
La sonrisa del otro se acentuó, al decir:
—¡Qué estúpido eres! Lo del cerebro electrónico era simplemente propaganda para que los occidentales nos admirasen. ¡Mátame si quieres, imbécil, que no lograrás volver jamás a la Tierra!
John se mordió los labios.
Las cosas no empezaban a salirle del todo bien; pero, a pesar de las manifestaciones del ruso, tendría tiempo para matarle cuando se acercasen a la Tierra, de regreso ya a la base soviética.
Le volvió la espalda y volvió a la cabina, sentándose de nuevo.
Estaba cansado.
Habían sido demasiadas emociones juntas y, por otra. parte, no pudo dormir la noche que precedió a la aventura. Por eso se quedó profundamente dormido.
Al despertarse, tres horas más tarde, respiraba fatigosamente, todavía presa de la tremenda pesadilla que había pasado. Había soñado que el cohete se posaba en la Luna y que los selenitas, dotados de tentáculos como los pulpos, le habían capturado, rodeándole con aquellos musculosos brazos, hasta casi hacerle morir por asfixia.
Abrió los ojos.
El ruso estaba ante él, sonriéndole.
¡Y ÉL ESTABA SÓLIDAMENTE ATADO AL SILLÓN!
—Logré desatarme fácilmente —dijo el otro—. Ahora todo ha cambiado, señor Weber.
—¿Piensa matarme?
—¡Nunca, mi querido amigo! Quiero, antes de tomar una decisión definitiva, explicarle algunas cosas. Porque deseo que sufra, como ningún otro ser ha sufrido jamás.
»Moscú deseaba que todo el mundo supiese que habíamos llegado a la Luna. Por eso, en el último instante, el Ejército se apoderó del cohete. Ese cilindro de ahí al lado está cargado de magnesio: ocho toneladas que sustituyeron la carga atómica que hubiese permitido regresar al cohete...
—Pero... —John estaba muerto de terror y no podía hablar.
—Sí —prosiguió el otro—. Necesitábamos que el mundo entero conociese y OBSERVASE nuestra llegada a la Luna. Y Moscú designó a un voluntario, yo, para que dirigiese el cohete contra el satélite. ¡Imagínese! La explosión, acompañada de la del magnesio, producirá una llamarada visible, no solamente desde todos los observatorios de la Tierra, sino desde muchos puntos, sin necesidad de anteojo alguno.
—¿Y usted... admite ese inútil y monstruoso sacrificio de su vida, esa muerte horrible?
—No. Lo temí cuando usted me ató; pero ahora —añadió, sacando una ampolla del bolsillo— voy a morir como deseaba. Una buena dosis de cianuro, que tomaré ahora mismo... y se acabó. Sin embargo, usted, por el contrario, pasará unas horas horribles, viendo acercarse la muerte, sin poder hacer nada por evitarlo. ¡Buena suerte, «tovaricht»!
Se introdujo la ampolla en la boca, se oyó un «clic» y momentos después se desplomaba sin vida, al lado de John.
A medida que el tiempo pasaba, la Luna era ya perfectamente visible, como un tremendo disco blanco que ocupaba todo el horizonte, LOS CABELLOS DE WEBER SE TORNARON BLANCOS, como si la lechosa luz del satélite hubiese teñido, con su luz mortuoria, el cráneo del americano.
Luego, más tarde, cuando el cohete se precipitaba locamente hacia el satélite, cuyo suelo repleto de cráteres era ya visible, le pareció a John que el ruso, a su lado, se carcajeaba.
Y hasta estuvo seguro de oír la voz del soviético, que gritaba, sin cesar:
—¡UN MILLÓN DE DÓLARES, JOHN WEBER! ¡UN MILLÓN DE DÓLARES!

FIN

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