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viernes, 20 de julio de 2012

EL TAJ-MAJAL: EL AMOR INMORTALIZADO EN MÁRMOL


POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI


A ti, Montse, y a todos aquellos que, pese a todo, siguen creyendo en el amor eterno.

Antonio.

Una impresionante imagen del hermoso mausoleo.


En 1983, trescientos treinta y un años después de finalizada su construcción, la UNESCO (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization / Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) otorgó al mausoleo conocido como el Taj-Mahal el reconocimiento oficial como una de las Maravillas del Mundo Moderno, al tiempo que se le concedía el estatus de Patrimonio Cultural de la Humanidad. De este modo, el imponente y fantástico conjunto funerario erigido por el Gran Mogol Shah-Jahan para honrar la memoria de su esposa y perpetuar su amor por ella, que siempre había sido considerado una de las obras más asombrosas de la historia de la humanidad, recibió el espaldarazo oficial definitivo pasando a ser, por derecho propio, uno de los símbolos artísticos más reconocidos de la India, sino el que más.

La Tierra está llena de monumentos erigidos por los hombres en recuerdo de grandes hechos de armas, para honrar a otros hombres y mujeres ilustres, como muestra de devoción hacia creencias y figuras religiosas o como exaltación de la historia nacional de cada país. Pero en todo el vasto mundo sólo existe un monumento alzado para inmortalizar el amor de un hombre por una mujer, el Taj-Mahal, y eso es lo que convierte a este maravilloso mausoleo en una obra única del arte arquitectónico. Por eso, casi más que su increíble belleza, lo que realmente admiran los miles de visitantes que acuden cada año a Agra es la fuerza del amor que sentía el Gran Mogol por su esposa, que le impelió, tras la muerte de ésta, a testimoniar e inmortalizar sus sentimientos erigiendo un monumento funerario gigantesco e inimitable en recuerdo de su amada.

Impresionante a la luz del Sol, quienes han tenido la suerte de poder admirar esta maravilla insisten en que nada hay más hermoso que el Taj-Mahal en una noche clara cuando, rielante a la luz de la Luna llena, tan sereno y delicado como el mármol de sus muros, semeja flotar en una especie de sueño romántico que ha cautivado la imaginación de millones de personas desde hace más de tres siglos.

Pero, ¿cuál es la verdadera historia de este místico sepulcro consagrado a inmortalizar a la mujer que lo inspiró?

UNA HISTORIA DIGNA DE LAS MIL Y UNA NOCHES

En 1615, cuando aún era Príncipe heredero del trono, Shah-Jahan se casó con una hermosa princesa afgana Arjumand Banu, a quien su joven esposo llamaba Muntaz-Mahal, literalmente Perla del Harén o del Palacio. Aunque no parecen existir pinturas o imágenes que la representen, la tradición oral hindú la describe como una mujer bella, inteligente y muy dulce, que se adueñó enseguida del corazón del Príncipe. Físicamente, ha sido descrita como una muchacha no muy alta y de formas quizá demasiado exuberantes, tal como suelen gustarles a los hombres orientales. Sea como fuere, lo que resulta indudable es que Shah-Jahan cayó rendido a sus pies, convirtiéndola en la Favorita del Harén. Como todos los monarcas de su credo, Shah-Jahan tuvo numerosas esposas, pero cuando Muntaz-Mahal apareció todas las demás, según cuenta la leyenda, dejaron de existir para él. Su matrimonio con la beldad afgana duró catorce años, durante los cuales el emperador apenas se separó de ella más que lo imprescindible. En 1629, Muntaz-Mahal dio a luz un nuevo hijo (el octavo según unas fuentes, el decimocuarto según otras), pero hubo complicaciones durante el parto y apenas la criatura emitió su primer llanto, la todavía joven y bella Favorita falleció. El hecho ocurrió en Burjanpor, capital de la provincia de Decan. Shah-Jahan, abrumado por el dolor, renunció a cualquier placer que la vida pudiera ofrecerle, e incluso se cuenta que en esa renuncia estaban incluidas también sus otras esposas, con las que al parecer no había tenido trato sexual desde su boda con Muntaz, algo bastante inusual en los fieles de una religión que predica la poligamia. El sufrimiento atenazaba de tal modo el corazón de aquel hombre que, decidido a dejar al mundo una prueba de la devoción que sentía por Muntaz-Mahal, determinó que a su postrero y eterno amor se la inmortalizara con un monumento que glorificase su recuerdo como jamás se hubiese glorificado antes la memoria de una mujer.

Ustad-Isa, el mejor arquitecto del país, fue llamado de inmediato a la Corte Imperial. El Gran Mogol le encomendó el diseño y construcción del mausoleo para Muntaz-Mahal, con instrucciones de no reparar en el coste a la hora de realizar en el mismo cuantos primores le sugiriese su ingenio artístico. Aún hoy se desconocen los detalles de la construcción de esta maravilla, si bien el explorador francés Francois Tavernier contaba que el coste de los andamios necesarios para alzarlo fue casi tan elevado como el de la obra misma, ya que al no haber bosques en las cercanías fue necesario transportar la madera precisa desde grandes distancias, lo que encareció sensiblemente su precio. Shah-Jahan no escatimó ni una sola moneda, destinando al proyecto buena parte del Tesoro Real. Así mismo, encargó que se contratase a los mejores artistas que se pudieran pagar con dinero, obteniendo la colaboración, entre otros, del prestigioso joyero francés Austin de Burdeos, que se ocupó de adornar los muros de mármol blanco con la delicada labor de pietra dura, y la de un italiano conocido como El Verroneo, artista del que se dice que diseñó buena parte de la ornamentación de la tumba.

Otra perspectiva de la tumba de Muntaz-Mahal.


El costo total de semejante obra nunca se conoció, pero la lógica nos dice que debió de ser astronómico incluso para la época. Los trabajos se prolongaron durante casi veinte años. Se considera que media Asia aportó los mejores materiales para tan magno proyecto, ya que Shah-Jahan, al que ninguno de ellos le parecía ni demasiado bello ni demasiado caro para su sueño, buscó por todas partes los más finos mármoles y las piedras más ricas.

El Emperador llegó a obsesionarse tanto con el Taj-Mahal que prácticamente no pensaba en otra cosa, con lo cual fue relegando los asuntos de Estado a un segundo plano, provocando con ello que los enemigos de su Imperio se envalentonaran, comenzando a rondar sus fronteras, amenazadores. Para cuando concluyeron las obras, en 1652, el melancólico Shah-Jahan pasaba la mayor parte de su tiempo cerca de su amada, que descansaba ya en el lugar de honor, justo bajo el centro de la gran cúpula, en un impresionante sarcófago de mármol, sobre el cual el romántico e inconsolable Emperador había hecho grabar, junto al nombre de su esposa, noventa y nueve palabras de amor.

A los pocos años de la inauguración del Taj-Mahal se produjo una revuelta armada contra Shah-Jahan, uno de cuyos cabecillas era su hijo Aurangzeb. La leyenda relata que dicha insurrección fue propiciada por el abandono en que el Emperador tenía los asuntos de gobierno, que tras la muerte de su amada parecían haber dejado de interesarle, y también por el derroche de recursos económicos que había supuesto la financiación del mausoleo. Posiblemente hubo otros muchos motivos detrás de aquella rebelión, pero el caso es que los insurgentes se hicieron con el poder, con Aurangzeb a la cabeza como nuevo Emperador, y Shah-Jahan fue encarcelado.

El depuesto Gran Mogol aceptó con sorprendente mansedumbre su destino, y lo único que pidió fue que le permitiesen vivir lo que le restase de existencia lo más cerca posible del lugar donde reposaban los restos mortales de su querida Muntaz-Mahal. Por orden de Aurangzeb, se construyó un modesto pabellón al otro lado del río Jumna, muy cerca del Taj-Mahal, y allí viviría durante siete años el destronado y prisionero Shah-Jahan. Durante todos y cada uno de esos 2.555 días visitó el sepulcro de su esposa, permaneciendo largas horas en el mismo meditando y orando. Cuando murió, su cuerpo fue depositado junto al de su bien amada, pues ni siquiera entonces osaron sus enemigos vulnerar la hermosa leyenda de amor tejida en torno al Taj-Mahal y su artífice, que si bien como Emperador no gozaba ya de mucha estima entre sus antiguos súbditos, se había convertido en un mito viviente para todos aquellos que creían en la fuerza del amor verdadero.


UNA JOYA ARQUITECTÓNICA ÚNICA

Leyendas románticas aparte, el Taj-Mahal es, sin ninguna duda, el más bello ejemplo de la arquitectura Mogol, que se caracteriza por la asombrosa y perfecta combinación de elementos de las arquitecturas persa, india, turca y árabe, predominando sobre todo ésta última, ya que en principio fue concebido como una mezquita que habría de ser más alta que cualesquiera de las existentes hasta entonces. De sección poligonal, con una gran cúpula bulbosa y cuatro minaretes en los ángulos de la plataforma que le sirve de base, se diferencia bastante de las edificaciones árabes clásicas por el uso masivo del mármol, única materia empleada en su construcción. La nitidez casi irreal de su blancura se anima con el caprichoso juego de los maravillosos arabescos en azul, dorado y rojo, y en la nívea superficie de sus muros destacan incrustaciones de policromos ramajes y complicados dibujos de vegetación realizados con mármoles de las más variadas tonalidades. Las inscripciones árabes que bordean los arcos de herradura de puertas y ventanas semejan haber sido pintadas con tinta china, habiendo sido realizadas, en realidad, con mármol intensamente negro, admirablemente incrustado en el otro, de un blanco algodonoso. Según se cuenta, el mausoleo tenía originalmente unas grandes puertas de madera forradas con láminas de plata pura, que desaparecieron durante el saqueo de Agra por las tropas de Suraj-Mall, viejo enemigo de la dinastía a la que pertenecía Shah-Jahan.
Detalle de los elaborados arabescos.


La capilla de la tumba está situada justo bajo la cúpula, a través de la cual llega al interior la luz del Sol, cernida por las celosías de piedra, envolviendo en una suave y dulce penumbra el sepulcro del Gran Mogol y su adorada cónyuge. Sobre la tumba de los enamorados arde constantemente una lámpara de aceite, decorada con adornos idénticos a los de la labor pétrea de la verja. Esta lámpara no forma parte del conjunto original del Taj-Mahal; es un regalo, una ofrenda que innumerables admiradores del monumento costearon en su día como homenaje al amor de Shah-Jahan y Muntaz-Mahal.

La tumba de Shah-Jahan, aún siendo de mayor tamaño como corresponde a un Emperador, está situada a un lado de la de Muntaz-Mahal. El propio Gran Mogol lo estableció así. Aunque deseaba reposar para toda la eternidad junto a la mujer de su vida, dejó siempre bien claro que aquel mausoleo irrepetible había sido levantado exclusivamente para honrarla a ella, y su sepulcro debía ser el único que ocupase el lugar de honor en el centro del monumento. De todas formas, y siguiendo la costumbre oriental, los cadáveres de Shah-Jahan y Muntaz-Mahal no descansan hoy dentro de estos artísticos sarcófagos, sino en la cripta interior, donde no obstante lo sepulcros conservan la misma posición: el de ella en el centro, y el de él a un lado, como queriendo simbolizar que Muntaz-Mahal había sido siempre el centro de la vida de Shah-Jahan.

La sepultura principal está circundada por una de las obras de arte más increíbles del Taj-Mahal: las balaustradas o paredes de mármol vaciado más maravillosas de Asia, y quizá del mundo entero. Numerosos artistas occidentales que han visitado esta obra sin igual coinciden en afirmar que ni el hierro, ni el bronce, ni ninguna de las otras materias maleables conocidas y empleadas por el hombre podría prestarse a un trabajo más prodigioso que el de este mármol blanco incrustado de piedras preciosas, que ofrece a la vista una labor que nada tiene que envidiar a las de las artísticas verjas de muchas catedrales europeas.
Puerta principal.


Siendo el Taj-Mahal una obra asombrosa y única, el entorno creado para arroparlo no desmerece en absoluto del lujo y refinamiento artístico del mausoleo. Los muros del parque son de asperón rojo, lo mismo que las altas cúpulas incrustadas de alabastro que se alzan sobre las puertas exteriores, en los cuatro ángulos del amplio recinto. Las avenidas bordeadas de palmeras y cipreses, los pasos umbrosos y los estanques están trazados a cordel, con severas pero elegantes líneas rectas. En torno al monumento existe una especie de ciudad desierta de edificios rojos, que es en realidad un conjunto de tumbas secundarias, en las que duermen el sueño eterno una legión de mogoles de alto rango que, en su día, suplicaron ser sepultados lo más cerca posible de su romántico Emperador. Hay también varias mezquitas, construidas para las brigadas de trabajadores que levantaron el monumento, y hospederías que, en otro tiempo, proporcionaron alojamiento a los peregrinos llegados de los más remotos rincones de Asia y del mundo para admirar el sepulcro de la muy bella y amada Emperatriz.

Se accede a los jardines del monumento por una puerta gigantesca que semeja en sí misma un edificio de color rojo, decorado con arabescos de las más variadas tintas. Aparece enseguida ante los ojos del visitante un jardín rectangular de gran longitud, con avenidas y senderos pavimentados de rico mármol. El centro del jardín lo ocupa un arroyo artificial, que extiende su recta lámina plateada entre sus marmóreas riberas hasta la escalinata principal que da acceso a la meseta sobre la que se alza el mausoleo. El Taj-Mahal se refleja invertido sobre las aguas del arroyo con cristalina nitidez, y cuando, ocasionalmente, la brisa hace ondular ligeramente la superficie de este espejo acuático, la imagen de la fabulosa obra de Shah-Jahan semeja temblar en el fondo, con la nacarada luminosidad de una boca femenina que sonríe. Existen también, a ambos lados del arroyo principal, una serie de arroyuelos orlados igualmente de mármol, que discurren rumorosos entre delicados macizos de flores y arboledas de laureles, arrayanes y álamos.


LA VERDADERA SINGULARIDAD DEL TAJ-MAHAL

La palabra escrita apenas puede dar una idea aproximada de la belleza y esplendor del Taj-Mahal. Pero por espléndido y vistoso que sea, en realidad fue concebido sólo como un símbolo del amor de un hombre por una mujer, y ahí reside su verdadera grandeza. Indudablemente, ninguna otra mujer podrá aspirar jamás a semejante muestra de amor.

Pero la principal singularidad del Taj-Mahal reside en el hombre que lo erigió. En su tiempo fue una obra políticamente incorrecta, que sin duda levantó ampollas entre buena parte de la población, de mayoría musulmana,que a buen seguro no vería con buenos ojos semejante despilfarro para honrar a una mujer. Que Shah-Jahan, discípulo de una Fe que considera a las mujeres seres repugnantes y sin alma, cuya única función es la de alumbrar hijos y estar siempre supeditadas en todo al hombre, el Rey indiscutible de la Creación, pusiera tanto celo y determinación en construirlo, confirma la intensidad de los sentimientos que le inspiraba su joven esposa. Esto es realmente lo que convirtió la historia de amor entre el Gran Mogol Shah-Jahan y Arjumand Banu, Muntaz-Mahal, en una de las más hermosas leyendas de la Historia. Porque, como escribió cierto viajero británico, emocionado ante la sublime belleza del Taj-Mahal: Mientras en el mundo existan hombres y mujeres que amen sinceramente y sin reservas, se celebrarán peregrinaciones al sosegado jardín besado por el río Jumna, para deshojar flores en honor de Muntaz-Mahal por haber amado y haberlo sido tanto.

Vista del acceso principal al recinto sagrado.

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