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lunes, 12 de abril de 2010

EL CAMINO SIN FIN


POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI


Descubrir El camino sin fin fue una agradable sorpresa para este irreductible fan de LGL, porque esta novela, nº 30 de Espacio, el mundo futuro, es una de las más logradas historias de ciencia ficción surgidas de la portentosa imaginación del novelista riojano. El argumento tiene todo lo que podía esperar un lector de CF de la época, e incluso más, porque nos hallamos ante una de las aventuras siderales más completas narrada por el gran Carrados.

Rino González, antiguo oficial astrogador, deambula por el Madrid del futuro sin rumbo fijo y sin un centésimo de garant en el bolsillo. La prometedora carrera de Rino se fue al traste cuando, mientras servía como primer navegante a bordo de la Nova Andrómeda, cometió un error de cálculo que provocó que la nave se perdiera en el espacio desconocido durante varios meses, por lo que fue apartado del servicio e inhabilitado para ejercer cualquier puesto en la tripulación de cualquier nave. Sin embargo, la suerte le sonríe, porque se encuentra repentinamente con un antiguo amigo, L´yder, un habitante del planeta Carina VII. Puesto que su amigo terrestre no tiene trabajo ni medios de vida, el carinio le propone que se marche con él a su mundo de origen, a lo que nuestro héroe accede de inmediato; más que nada, porque, al ser un viejo lobo del espacio, empieza a hartarse de tener los pies sobre un planeta y ansía volver a pisar la cubierta de una astronave, aunque sólo sea como pasajero.

Así pues, los dos amigos se disponen a embarcan en la Vega II, una fabulosa nave de carga y pasaje que está a punto de zarpar rumbo a Carina VII. Ya en la base orbital, y mientras aguardan el momento de subir a bordo, deciden tomar una copa en un bar. Al rato, una hermosa mujer, elegantemente vestida y acompañada por un impresionante mastín, atraviesa la sala de espera y se dirige a la nave extragaláctica. Rino apenas tiene tiempo de impresionarse por tan hermosa visión, porque en ese instante se le acerca un hombre que se dirige a él llamándole capitán González. El individuo, que se presenta como Héctor Zaldívar, ofrece al español una pequeña fortuna por comandar su nave privada en una expedición estelar. Rino rechaza la oferta, en parte porque legalmente no puede aceptarla, ya que carece del título de capitán y de la patente de navegante, y en parte porque no se fía de ese sujeto. Zaldívar insiste, y al no lograr el asentimiento de Rino, comienza a lanzarle veladas insinuaciones que provocan una reacción violenta del joven. Una vez solventado el incidente, nuestros amigos embarcan en la poderosa astronave, que está presta a partir.

Mientras tanto, la bella mujer del mastín, Patricia (Pat) Frederik, se entrevista con el capitán Ramírez, al mando de la Vega II, presentándose como cuarto navegante, en sustitución del oficial Sheridan, que ha muerto asesinado en extrañas circunstancias. A Ramírez no le hace ninguna gracia tener un oficial femenino a bordo, pero no le queda otro remedio que transigir con ello.

La nave zarpa y durante algún tiempo todo se desarrolla normalmente. Pero unos días más tarde, se produce un horrible incidente a bordo. La Vega II transporta un cargamento de animales salvajes de la Tierra, destinados a un zoo que se está construyendo en la capital de Carina VII. Las fieras desatan el terror a bordo de la astronave, provocando un auténtico baño de sangre entre pasajeros y tripulantes. La dotación de la nave hace frente a la terrible amenaza con armas de fuego, pero ni siquiera la valerosa intervención de Rino y su fiel amigo L´yder, que consiguen abatir a varias de las fieras, logra evitar la horrorosa matanza, en la que pierden la vida una docena de personas mientras otras muchas resultan gravemente heridas. Pero lo peor viene después, cuando Rino comprueba que las bestias fueron liberadas intencionadamente por alguien. ¿Quién o quiénes han sido capaces de hacer semejante cosa?, se preguntan González y su amigo carinio.

La situación se complica por momentos. Kersinag, uno de los astrogadores, ha muerto devorado por las fieras, y sus tres compañeros, entre los que se encuentra Pat, se niegan a realizar turnos extra y exigen al capitán Ramírez que busque un sustituto. El ultimátum de sus oficiales coloca a Ramírez en una delicada situación, pues sabe que si no sustituye a Kersinag, y pretende obligar a los demás a hacer más horas de las reglamentarias, puede tener graves problemas si por casualidad se encuentran con una nave de la policía sideral. Atrapado entre la espada y la pared, el capitán trata de sobornar a Rino González para que acepte ejercer de astrogador oficioso, pero éste se niega, alegando que no puede hacerlo precisamente porque fue expulsado del servicio. De nada sirven las súplicas de Ramírez. Nuestro héroe no da el brazo a torcer. Pero antes de abandonar el camarote del capitán, le hace partícipe de sus sospechas sobre lo ocurrido con las jaulas de las fieras. Tras dejar al perplejo y casi aterrorizado capitán, Rino, guiado por un presentimiento, decide acercarse por la sala de navegación, donde, para su satisfacción, se encuentra de servicio Pat Frederik, con la que entabla animada conversación, estableciéndose entre ellos el inicio de una buena amistad. Luego, González regresa a su cabina, y allí, sobre su cama, encuentra un pequeño paquete que contiene 250.000 garants en billetes de 1000 acompañados de la siguiente nota: Creo que esto será suficiente para decidirle a tomar el puesto del infortunado Kersinag. O, ¿quiere más todavía? En un principio, Rino piensa que esto puede ser cosa del capitán Ramírez, pero luego desecha esa posibilidad. Pero si no se trata de Ramírez, ¿quién puede ser? se pregunta nuestro héroe.

Esa noche Rino González apenas puede conciliar el sueño meditando en todo lo ocurrido. Pero cuando por fin logra dormirse, es despertado por una horrísona explosión que hace vibrar la estructura de la nave. Poco después comprueba, al igual que el resto de los aterrados pasajeros y tripulantes, que La Bola, la gran esfera de vidrio donde se proyectan los mapas estelares, elemento indispensable para calcular los saltos hiperespaciales que permiten a la nave salvar en cuestión de horas centenares e incluso miles de años luz, ha sido destruida. Por si fuera poco, el primer astrogador, Pitt Cadahan, a perecido en la explosión, con los cual sólo quedan dos navegantes, José Villa y Pat Frederik. La situación es desesperada y Rino decide ayudar, a pesar de que Ramírez no sea santo de su devoción. González acumula más experiencia profesional que Pat y Villa juntos, por lo que al capitán no le queda más remedio que pedirle su opinión. Rino no oculta la gravedad de la situación. Sin La Bola y su banco de cartas estelares no pueden calcular exactamente su posición en el espacio. Pueden navegar a la estima, pero sin los instrumentos de La Bola, resultará dificilísimo, casi imposible, calcular el momento exacto en que deben saltar al espacio normal de Carina VII. Un error de medio minuto podría llevarlos a miles de millones de km de distancia de su punto de destino, haciéndoles perderse en el espacio profundo. Pero aún hay algo peor. Rino teme que se produzca un motín cuando los pasajeros conozcan la magnitud de los problemas que debe afrontar la Vega II.

Nuestro héroe tiene la certeza de que todo lo que ocurre ha sido provocado intencionadamente por alguien, una persona a la que ha visto no hace mucho entre el pasaje de la nave: Héctor Zaldívar. Pero apenas tiene tiempo de pensar en ello de momento, porque, acompañado por Pat, que se le ha hecho casi inseparable, descubre que el emisor de la señal automática de socorro de la nave ha sido destruido, y el guardia de seguridad que lo custodiaba, asesinado. Estos hechos provocan una curiosa reacción de Ramírez, que traspasa el mando efectivo de la nave a Rino, quedándose él como capitán, pero sólo nominalmente.

Rino, cuyas sospechas sobre Zaldívar aumentan por momentos, decide detenerlo para interrogarlo, y a tal fin se dirige a la cabina del sudamericano, acompañado por Pat. Zaldívar no opone resistencia, pero uno de sus esbirros trata de tirotear a Rino y este se ve obligado a matarle en defensa propia. Los restantes hombres de Zaldívar tratan de impedir el arresto de su jefe, pero éste les ordena que no hagan nada, lo que deja no poco perplejo a González, que hasta entonces estaba casi seguro de que Héctor era el responsable de sucedido a bordo. Mas los acontecimientos se precipitan de nuevo con el asesinato del capitán Ramírez y el estallido de un motín, que obliga a Rino, L´yder, Pat, Villa, Zaldívar y otros a unir sus fuerzas para tratar de salvar la astronave y llegar a Carina VII. La aventura no ha hecho más que empezar, ya que el valeroso Rino González y sus amigos habrán de soslayar todavía numerosos peligros antes de que concluya la azarosa travesía de la Vega II.

Este es, a grandes rasgos, el argumento de El camino sin fin, extraordinaria aventura de CF cuya lectura apasionará, sin duda, a todo buen aficionado al género. Una novela repleta de acción trepidante, intriga y sentido de la maravilla. Un relato característico de los bolsilibros de los años 50/60, la verdadera Edad de Oro de la CF española.

Y para los puristas, una pequeña pifia de esta novela. El mastín propiedad de Pat aparece como Antares al principio de la novela, pero al final de la misma, cuando el animal tiene un destacado protagonismo en la resolución de la trama, se le llama Sirio. Ignoro si el error fue de Lecha o de la Editorial Toray, pero he creído necesario consignarlo aquí.

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