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lunes, 18 de noviembre de 2013

LUIS GARCÍA LECHA Y EL LER DE LA NASA

 
 POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI
 
 
En contra de lo que muchos escépticos piensan, existe una estrecha relación entre la ciencia y la literatura de ciencia-ficción. El ya fallecido Arthur C Clarke afirmó en cierta ocasión que los autores de ciencia-ficción fueron quienes proporcionaron las ideas generales de toda la tecnología que se desarrolló en el siglo XX, excepto los microchips. Clarke sabía lo que decía, ya que él mismo ejerció de profeta tecnológico. En 1948 publicó un artículo de prospectiva científica, en el que explicaba cómo podrían colocarse en órbitas geoestacionarias satélites artificiales para emplearlos como transmisores de comunicaciones. Su predicción se cumplió nueve años más tarde, cuando la URSS puso en órbita el Spunik-1, primer satélite artificial de la historia. Clarke se arrepintió durante el resto de su vida de no haber patentado el concepto cuando su artículo vio la luz. Se habría hecho de oro. Tres años más tarde, en 1951, el gran autor británico tuvo otro atisbo de videncia tecnológica. En su obra PRELUDIO AL ESPACIO describió, con asombrosa precisión, una nave espacial reutilizable, capaz de aterrizar como un avión convencional. Para más inri, predijo que un vehículo semejante podría estar operativo en 1978. Dos décadas después, la NASA dio vía libre al proyecto Space Shuttle, su ambicioso programa de transbordadores espaciales que se asemejaban muchísimo al aparato imaginado por Clarke.
 
Los ejemplos de escritores que esbozaron ideas y conceptos científicos que acabaron haciéndose realidad son numerosos. En VIAJE A LA LUNA, de Cyrano de Bergerac, se describe un cohete por etapas, que se van quemando sucesivamente hasta situar en órbita la cápsula tripulada. Por increíble que parezca, el gran ingeniero espacial Werner von Braun, un auténtico fanático de la ciencia-ficción, admitió que se había basado en esta historia para diseñar los cohetes del programa espacial americano. Curiosamente, en este mismo relato el escritor francés describe la gravedad medio siglo antes que Isaac Newton y la radio doscientos años antes que Marconi.
 
 
En VIAJES DE GULLIVER, publicada en 1726, Jonathan Swift explica cómo los liliputienses tienen que realizar un cálculo matemático para alimentar al gigantesco extranjero, logrando establecer, de forma inequívocamente racional, que la cantidad de alimento que requiere un animal es siempre proporcional a tres cuartos del peso de su cuerpo. Swift presentó una buena ley, ciertamente; pero, como dijo Frederik Pohl: ¡No se describió hasta 1932! Sin embargo, lo más sorprendente de la inmortal obra de Swift es la increíblemente precisa descripción de los dos satélites de Marte, Fobos y Deimos, ¡ciento cincuenta años antes de que fueran descubiertos por Asaph Hall!
 
En el campo de la energía atómica, los autores de ciencia-ficción dieron la impresión de ir siempre un paso por delante de los científicos. En 1933 el mismísimo Einstein afirmó que la energía atómica carecía de valor práctico, ya que siempre habría que aportar a la reacción más energía de la que pudiera producir ésta. Por esas mismas calendas, maestros indiscutibles del género, como Robert A Heinlein o Lester del Rey, describían en sus relatos el empleo de la energía nuclear como arma devastadora y también como fuente de energía, al tiempo que sopesaban los riesgos que conllevaría su empleo. En 1941, Heinlein publicó SOLUCIÓN INSATISFACTORIA, obra en la que presentaba un proyecto para construir un arma nuclear, describía con gran verismo sus aterradores efectos, predecía que semejante artefacto pondría el punto final a la guerra y, lo más asombroso de todo, anticipaba la situación de equilibrio del terror nuclear entre dos superpotencias. Tres años más tarde, en 1944, Cleve Cartmill publicó un relato sazonado con numerosos detalles técnicos reales de la bomba atómica, lo que indujo al gobierno norteamericano a creer que, de alguna manera, se habían filtrado datos secretos del Proyecto Manhattan, de modo que el FBI sometió al escritor a una discreta pero férrea vigilancia. Los hombres de Hoover acabaron por descubrir que Cartmill había basado su relato en artículos científicos de revistas especializadas publicados antes de la guerra. 
 


Como puede verse, la literatura de ciencia-ficción nos ha ofrecido, a lo largo de su dilatada historia, asombrosas predicciones que han terminado por convertirse en realidad. Pero no han sido sólo los grandes del género los que han acertado con algunas de sus ideas. Luis García Lecha, maestro de la literatura de evasión y el autor más prolífico de la ciencia-ficción española, imaginó hace treinta años un vehículo todoterreno similar al Lunar Electric Rover que la NASA presentó en sociedad aprovechando el desfile conmemorativo de la toma de posesión del presidente Barak Obama.
 
Ciertamente, el LER representa un hito en el diseño de vehículos para la exploración espacial. Propulsado por motores eléctricos, alimentados por un juego de baterías Ión-Litio de nueva generación, el LER tiene unas prestaciones asombrosas. El prototipo presentado en la toma de posesión presidencial tiene una autonomía de 240 kilómetros a una velocidad media de entre 10 y 20 km/h. No parece gran cosa, pero si se compara con el primitivo jeep lunar de las misiones Apollo, que circulaba a 8 o 10 km/h, con una autonomía máxima de 15 kilómetros, representa un considerable salto adelante en la creación de vehículos de superficie para la exploración espacial. Equipado con un sistema de tracción total, que permite que todas las ruedas reciban simultáneamente la potencia del motor, puede circular por casi cualquier terreno, salvar pequeñas rocas y remontar elevaciones de hasta 40 grados. Con las dimensiones aproximadas de una furgoneta Ford Transit, dispone de cabina presurizada, dotada de dos literas, una cocina, un inodoro y un lavamanos. El vehículo lleva integrados, en su parte posterior, dos trajes de vacío, en los cuales pueden embutirse los astronautas desde el mismo interior del todoterreno. Así mismo, este asombroso coche lunar cuenta con una pequeña cámara estanca, que permite a los astronautas acceder a su interior sin tener que despresurizar la cabina. Por si fuera poco, el habitáculo presurizado puede desmontarse si es necesario, para convertir el LER en una eficaz plataforma de transporte. Como si fuera una furgoneta clásica, vamos.
 

 
Lo sorprendente de todo esto es que, como he dicho un párrafo más arriba, LGL describiera en muchos de sus bolsilibros de ciencia-ficción un artilugio semejante. El novelista riojano no da un nombre concreto a esta clase de vehículo, limitándose a denominarlo, simplemente, coche. Eso sí; las prestaciones del vehículo ideado por Lecha son superiores a las del modelo de la NASA. Las máquinas ideadas por Carrados / Parrish son tan grandes como autocaravanas, dotados de enormes ruedas-balón (cuatro, seis u ocho según los casos) y propulsados por energía eléctrica, bien generada por una micropila nuclear, bien proporcionada por baterías de recarga solar. En los primeros párrafos de EL VIAJERO QUE LLEGÓ DEL INFINITO, nº 700 de La conquista del Espacio, Lecha nos describe el interior de uno de estos vehículos, equipado con calefacción, radio de largo alcance, dos literas, un pequeño aseo, despensa, cocina y depósito de agua potable para los viajes largos. En ¡VIVA MARTE! nº 429 de La conquista del Espacio, las prestaciones del automóvil son incluso superiores, ya que el novelista habla de cuatro literas y reserva de agua y víveres para seis meses nada menos. En general, estos antecesores del LER aparecen en casi todas las novelas que Lecha ambientó en Marte, caso de los títulos ya citados y también de LUCHAR POR MARTE, nº 289 de La conquista del Espacio y Los no-humanos, nº 235 de Héroes del Espacio. En el universo futurista imaginado por Lecha, estos vehículos son bastante caros, por lo que existen versiones más modestas, sin habitáculo presurizado, tal como nos cuenta en UNA CASA EN MARTE, nº 424 de La conquista del Espacio, obra en la que aparece un todoterreno sobre orugas, movido por electricidad, pero desprovisto de cabina estanca, por lo que el conductor y los pasajeros deben viajar vistiendo sus trajes de vacío, igual que Eugene Cernan en el primitivo Rover Lunar.
 
Llama la atención que un escritor de lo que se ha dado en llamar novelas baratas fuera capaz de imaginar, hace tres décadas, un vehículo tan singular. Entre el fantástico LER de la NASA y los cachivaches de Carrados hay bastantes diferencias, ciertamente; pero la idea básica es la misma. No creo que los diseñadores del Lunar Electric Rover hayan leído al novelista riojano, pero si lo hubieran hecho, se habrían quedado boquiabiertos. Si a Arthur C Clarke puede considerársele el padre de los satélites artificiales y, quizás, también de las lanzaderas espaciales, Luis García Lecha podría muy bien ser considerado el padre teórico del LER.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

2010, ODISEA 2

 
 
 
 
El mayor problema de 2010: ODISEA DOS es que se trata de la continuación de una obra maestra sin paliativos como es 2001: UNA ODISEA EN EL ESPACIO. Cuando un libro o una película alcanzan la categoría de mito, siempre hay quien pretende filmar o escribir una secuela. A veces sale bien, como por ejemplo en la saga del doctor Quatermass o en Star Wars. Pero cuando la obra madre es realmente insuperable, cuando sus valores están más allá del mero éxito de público y crítica, cuando se convierte en una verdadera obra de arte, las continuaciones sólo sirven para recalcar más aún la genialidad del original. Esto es lo que ocurre con esta novela. Intenta ser una digna continuación de 2001 pero no logra en ningún momento zafarse de la sombra de su ilustre predecesora.
 
2010 es una novela correcta, casi me atrevería a afirmar que buena, pero sólo eso: una novela más surgida al calor de uno de los grandes clásicos de la literatura de ciencia-ficción. Lo mejor de 2010 es que su autor es el mismo de la obra original, y eso ya es de por sí una garantía de calidad literaria, no en vano la prosa de Clarke es de las más brillantes del género.
 
La novela narra la extraordinaria aventura de la nave soviética Leonov, a bordo de la cual viaja una tripulación mixta, rusa y norteamericana. Su misión no es otra que viajar hasta el sistema joviano y contactar con la nave americana Descubrimiento, abordarla y averiguar qué fue lo que ocurrió para que se perdiera todo contacto con ella, y, si es posible, reactivar sus sistemas de propulsión y enviarla de vuelta a la madre Tierra. La tripulación de la Leonov también debe intentar localizar el extraño artefacto alienígena (el archifamoso monolito negro) e investigarlo en la máxima extensión posible empleando sensores remotos. Mientras la Leonov inicia su peligrosa travesía, en la vieja madre Tierra se agudizan las tensiones internacionales y se presiente en el horizonte la amenaza de la guerra.
 
El argumento, como puede verse, es bastante interesante, y hasta hay un pequeño guiño al lector. Eso de que los Yankis, siempre tan pagados de sí mismos, se vean obligados a realizar una misión conjunta con los rusos (¡en una astronave soviética!) parece casi una broma, y representa una auténtica cura de humildad para los hijos del Tío Sam. Porque, aunque están ensamblando en órbita su propia nave, la Descubrimiento II, los norteamericanos son conscientes de que no podrán terminarla antes de que los soviets se les adelanten, llegando a Júpiter con su Leonov, por lo que nos les queda más remedio que tragarse su orgullo por una vez y colaborar con sus viejos rivales. Respecto a la cosmonave, Clarke la bautizó con este nombre en honor al general Alexei Leonov, uno de los más grandes cosmonautas de la historia. Precisamente el libro está dedicado a Leonov y al Premio Nobel Andrei Sajarov, dos de las personalidades más admirables que dio al mundo la extinta URSS. Clarke nos describe la nave, a través de los ojos de Heywood Floyd, como un artefacto bastante feo, muy alejado de la estética de los maravillosos vehículos espaciales que vimos en la inmortal película de Kubrick. Su tamaño es muy reducido, apenas cincuenta metros de eslora, y no dispone de sección de rotación, por lo que los tripulantes se encuentran en todo momento en gravedad cero. La Leonov de la versión cinematográfica, dirigida por Peter Hyams en 1984, era mucho más aparente, con su gran sección rotatoria y su espectacular diseño, muy similar al de las naves de la Alianza Terrestre vistas en Babylon 5.
 
2010: Odisea Dos es una novela discreta, pero su argumento es lo bastante absorbente y misterioso para atraer la atención del lector, aunque resulte algo lenta en algunos pasajes. Lo mejor de las novelas de Clarke es su credibilidad. Pocos autores poseen su bagaje científico, y eso se nota en cada página, casi en cada frase que escribe. Una novela de Clarke es una ficción futurista, pero los adelantos tecnológicos que describe son perfectamente realizables en un futuro más o menos próximo. La corrección científica de que hace gala en sus obras es digna de admiración y muy instructiva. La descripción del viaje espacial, el retrato de la vida a bordo de la Leonov y la información que nos proporciona sobre el sistema joviano tienen un aire inequívocamente didáctico y contribuyen a hacer la lectura mucho más interesante. Pero a pesar de todo esto, 2010: ODISEA DOS no puede distanciarse en ningún momento de su condición de secuela forzada, de obra de encargo realizada con fines estrictamente comerciales.
 
¿Necesitaba 2001 una continuación? Probablemente no. Pero permítaseme terminar con una reflexión personal sobre el tema de las secuelas. Siempre he sido partidario de las continuaciones, aunque reconozco que en algunos casos muy específicos están de más. Y este es uno de ellos. Con 2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO ocurre como con LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ: es una obra tan perfecta, tan mítica, que no necesita para nada una continuación, por mucho que todo parezca quedar en el aire al final. No obstante, esta obrita de Clarke, sin ser nada del otro mundo, puede agradar a quien sienta interés por saber qué pasó tras la sin par 2001. Pero que nadie se llame a engaño. 2010 parece ofrecer mucho, pero al final se queda en un poco más que nada. Como continuación de su gloriosa predecesora resulta francamente decepcionante.
 
 
Título original: 2010: Odyssey Two
Autor: Arthur C. Clark
Edición original: 1982
Editorial: Ediciones B
Colección: Edición especial para Pryca
Traducción: Domingo Santos
Edición: Mayo de 1997