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jueves, 31 de octubre de 2013

FILMOTECA DEL TERROR: BRAINDEAD PELÍCULA COMPLETA

 

Estimados amigos de Bolsi & Pulp, tal como les habíamos anunciado tenemos una terrorífica sorpresa para esta noche de Halloween, y la sorpresa es una nueva entrega de nuestra sección FILMOTECA DEL TERROR, en la que les entregamos ahora mismo y de forma completa, la película BRAINDEAD.

Espero que el film sea del agrado de todos ustedes.

¡UN ABRAZO Y FELIZ NOCHE DE HALLOWEEN!

Atte: ODISEO… Legendario Guerrero Arcano.

 
 
¡Bienvenidos a una nueva película de la sección FILMOTECA DEL TERROR!

Para esta horrenda noche de Halloween, veremos BRAINDEAD un clásico del cine Gore.

Así que… ¡Preparen su bocadillos más sangrientos y a disfrutar!

 

SINOPSIS

Lionel es un joven que vive junto a su sobreprotectora madre, haciendo todo lo que esta le ordena. Lionel se enamora de Paquita, una joven que trabaja en una tienda de la ciudad. Un día, la madre de Lionel le sigue a escondidas a él y a Paquita hasta el zoológico, donde es mordida accidentalmente en el brazo por un mono-rata de Sumatra. El mordisco del animal la va convirtiendo lentamente en un zombi. Lionel está horrorizado, pero de todas formas cuida de ella como lo hacía antes.

El joven trata de llevar una vida normal con su madre, calmándola con tranquilizantes que consigue de un veterinario. Aún cuando su madre asesina a una enfermera y se come al perro de Paquita, Lionel permanece junto a ella, intentando que nadie se de cuenta de esta situación. La madre de Lionel comienza a infectar a más personas (entre ellos a un sacerdote) y Lionel encierra a los zombis en el sótano de su casa. Las criaturas son descubiertas por un tío de Lionel, quien lo chantajea para que le dé el testamento de su madre o informará a las autoridades del suceso. Mientras su tío organiza una fiesta en la casa, Lionel inyecta a los zombis con veneno para deshacerse de ellos. Sin embargo, el veneno resultó ser un estimulante animal, y las criaturas adquieren mayor poder.

Los zombis logran salir del sótano y comienzan a asesinar a los invitados de la fiesta. El clímax de la película muestra a Lionel enfrentándose a las criaturas armado con una cortadora de césped.


 
 
FICHA DEL FILM

AÑO: 1992
DURACIÓN: 104 min.
PAÍS: Nueva Zelanda
DIRECTOR: Peter Jackson
GUIÓN: Stephen Sinclair, Fran Walsh y Peter Jackson
MÚSICA: Peter Dasent
FOTOGRAFÍA: Murray Milne
REPARTO: Timothy Balme, Diana Peñalver, Ian Watkin y Elizabeth Moody
PRODUCCIÓN: Jim Booth y Jamie Selkirk
 
 

HISTORIA


Braindead, titulada Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro en España y Muertos de miedo en Hispanoamérica, es una película del género comedia gore de 1992 dirigida por Peter Jackson. Tuvo un presupuesto de 3 millones de dólares, siguiendo la línea gore de películas como Mal gusto y Meet the Feebles hechas por Jackson. Es considerada como una de las películas más sangrientas de la historia.

Tras finalizar la película Mal gusto (1987), Jackson tenía planeado dirigir una nueva cinta de terror. Sin embargo, debido a problemas de financiamiento decidió hacer Meet the Feebles (1990), una cinta protagonizada por marionetas que mezclaba violencia y sexo. Gracias a la recaudación de aquella cinta, el director pudo concretar Braindead. Jackson era un fanático de las películas que involucraban zombis, siendo influenciado por el trabajo de directores como George A. Romero, Sam Raimi y Stuart Gordon.

El guion fue escrito por Jackson, Stephen Sinclair y Frances Walsh, quienes trabajaron juntos además en Meet the Feebles. Aunque la película está ambientada en los años 1950, las primeras versiones del guion no recogían esta idea. Según Jackson, la decisión fue tomada para hacer más convincente la actitud de Lionel frente a su madre: «Sentimos, con o sin razón, que si era contemporáneo, las audiencias más jóvenes pensarían que él era un completo idiota, pero si la ambientábamos en los 50, sería un poco más comprensible».

La película fue estrenada el 13 de agosto de 1992 en Nueva Zelanda. Fue presentada además en varios festivales de cine, como los de Fantasporto, Munich, Sundance y Toronto. La cinta fue estrenada el 12 de febrero de 1993 en Estados Unidos, bajo el título Dead Alive, y al año siguiente en Argentina y España, como Muertos de miedo y Tu madre se ha comido a mi perro, respectivamente.


 
CENSURA

En algunos países como Australia y Gran Bretaña, la cinta fue mostrada sin cortes. En otros países donde se cortaron algunas partes demasiado violentas como en Alemania, la película llegó a los 94 minutos.

En Estados Unidos una versión fue cortada hasta los 85 minutos, mientras que otra hasta los 97.

A pesar de la alta presencia de gore, algunos críticos de cine han visto en la película diversos tipos de mensajes. Según palabras de los escritores Geoff Mayer y Keith Beattie: «Braindead es una sátira de la reprimida clase media suburbana neozelandesa de los años 50, y un psicodrama de la relación de un hijo con su madre». La sátira a la vida en Nueva Zelanda fue también mencionada por Andrew Jonhston del periódico The New York Times. Según Peter Jackson, la idea de satirizar la sociedad neozelandesa fue propuesta por el guionista Stephen Sinclair.
 

CURIOSIDADES

-Se utilizaron 300 litros de sangre falsa para hacer la escena de la cortadora de césped.

-Al principio de la película se ven a unos investigadores que están en la "Isla Calavera", el mismo nombre de la isla de King Kong, película que dirigiría Peter Jackson años más tarde.

-En 2005, la revista británica Total Film la ubicó en el puesto número 45 de las mejores películas de terror. Dos años más tarde, la revista Time la eligió como una de las 25 mejores películas de terror de la historia.





OPINIÓN PERSONAL


¿Qué cosa podría decir un simple mortal como yo ante una obra maestra del gore? ¡Simplemente que me encanta! Es una de las mejores películas de Zombies que he visto en mi vida y no me aburriré nunca de verla.


TRAILER

Les he traído dos tráiler de BRAINDEAD, el primero es el oficial, donde al comienzo bromean con el espectador, avisando que vienen escenas muy violentas y recomiendan que se tapen el ojo derecho, y así sólo vean las escenas del lado izquierdo de la pantalla. El segundo tráiler, es uno extendido acompañado con música del grupo DEATH. Espero que ambos sean del agrado de todos ustedes.



TRAILER 1
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TRAILER 2
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Bueno amigos, acá les dejo los 11 videos que corresponden a la película completa.
 
¡Otro abrazo más a todos ustedes y que tengan una feliz noche de Halloween!
 

Atte: ODISEO… Legendario Guerrero Arcano.
 
 
 
PARTE 1
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PARTE 2
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PARTE 3
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PARTE 4
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PARTE 5
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PARTE 6
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PARTE 7
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PARTE 8
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PARTE 9
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PARTE 10 
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PARTE 11 Y FINAL
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jueves, 24 de octubre de 2013

SORPRESA PARA HALLOWEEN 2013

 
 





 
 
 
 
 
 
 
¡Así es amigos! Como ya es costumbre en Bolsi & Pulp, para el 31 de octubre próximo le tendremos una sangrienta sorpresa en la noche de Halloween.
 
Pero como se trata de un regalo sorpresa, los tendremos expectantes hasta el 31 de octubre.
Mientras tanto, los invitamos cordialmente a que revisen unos interesantes consejos para que puedan disfrutar de una inolvidable noche de brujas. Para ver dichos consejos, pinchen acá.
Pórtense bien mientras esperan su regalo de la noche de brujas. Un abrazo a todos y saludos bolsilibrescos.


Atte: ODISEO… Legendario Guerrero Arcano.

 

sábado, 19 de octubre de 2013

UN ALIENÍGENA EN EL OESTE

 
 
 
 
Uno de los personajes más populares del cómic europeo fue Tex Willer, un ranger de Texas cuyas emocionantes aventuras encandilaron a millones de lectores durante décadas. Tex fue publicado en España por la editorial Buru Lan, convirtiéndose pronto en uno de los personajes favoritos de los aficionados a los tebeos ambientados en el salvaje Oeste. Su popularidad en nuestro país sólo fue superada por otro gran clásico del western en viñetas, El Teniente Blueberry. Hace poco, mientras hojeaba nostálgicamente algunos tomos de Tex, encontré algo que me sorprendió, algo que no recordaba ni remotamente. En una de sus extraordinarias aventuras, Tex Willer se enfrentó nada más y nada menos que a un ser de otro planeta.
 
Las aventuras de este personaje se presentaban en tomos de 96 páginas, de aparición quincenal. Cada volumen incluía dos historias. La edición había sido diseñada de forma que en cada tomo terminaba la aventura empezada en el anterior y comenzaba otra que concluiría en el siguiente. De este modo se conseguía enganchar al lector con facilidad. Y fue al releer dos de estos volúmenes, los números 9 y 10 de la colección, cuando me tropecé con una curiosa historia de ciencia-ficción ambientada en el Oeste americano de la década de 1880.
 
La historia que nos interesa comienza en el episodio titulado EL VALLE DE LA LUNA, del tomo 9, cuando Tex y su gran amigo Carson se encuentran con un viejo conocido, Ben Rufus. Rufus ha comprado una mina a Tom Fresno por 3000 dólares y un tanto por ciento de los beneficios. Tex sospecha que su amigo ha sido estafado, pero Fresno parece un hombre honrado, de manera que el ranger le pregunta por qué vende tan barata una mina de la que, según él mismo ha dicho, podría extraerse hasta un millón de dólares en oro. Fresno no vacila en reconocer que es el miedo lo que le impulsó a venderla, ya que, según parece, en esa mina pasan cosas muy raras, como si estuviese encantada o algo así. Tex escucha el extraordinario relato de Fresno, tras lo cual decide ayudar a su amigo Rufus. Nuestro héroe, como es natural, no cree en fantasmas ni tonterías así. A pesar de ello, el ranger no puede evitar sentirse impresionado por las extrañas muertes producidas en esa mina, de modo que, poco después, parte hacia el valle de la Luna, lugar en que se encuentra la mina, acompañado de Rufus y Carson. Y así comienza la más sorprendente aventura de Tex Willer. La gente que vive en el valle está aterrorizada por las cosas que pasan en torno a la mina del hombre muerto. La misma noche de su llegada al lugar, nuestros amigos son despertados por un extraño sonido como de campanillas. Un intruso merodea en torno a la cabaña en la que se alojan. Tex, colt en mano, le da el alto, pero el extraño huye en dirección a la mina, introduciéndose en ella. Tex, Rufus y Carson, le persiguen, pero un derrumbamiento les obliga a retroceder.
 
 
El ranger decide entrevistarse con el jefe apache Mano Amarilla. Los indios conocen mejor que nadie el valle de la Luna y los cercanos montes Dragón, y si ocurre algo anormal por esos lugares, ellos deben saberlo. La entrevista con el cabecilla nativo resulta muy provechosa. Mano Amarilla le habla del hijo del Gran Espíritu, que, según él, ha bajado a la Tierra. Nuestro héroe comprueba, con asombro, que el siempre valeroso guerrero apache tiene miedo. Mientras tanto, Rufus y Carson, que están tratando de despejar la entrada a la mina, encuentran en una de las galerías de ésta a un indio moribundo, que sostiene en una mano un pedazo de roca con vetas verdes y plateadas. El indio muere y los hombres blancos comprueban, horrorizados, que la mano en la que sostenía la extraña roca está llagada.
 
Mientras esto ocurre en la mina, Kiwan, hechicero de la tribu de Mano Amarilla, explica a Tex todo lo relacionado con el hijo del Gran Espíritu, que ha conseguido la colaboración de los guerreros ofreciéndoles una fortísima agua de fuego nunca vista antes por los indios. El hechicero tiene una de las curiosas pastillas con las que el ser elabora dicho licor. Disolviendo un trozo de ella en agua, se consigue una bebida más fuerte que el mezcal. Por conseguir esa bebida, los miembros de la tribu de Mano Amarilla trabajan para ese ser, extrayendo extrañas rocas negras, verdes y plateadas de la llamada mina del hombre muerto. Pero los guerreros que trabajan para el hijo del Gran Espíritu van muriendo poco a poco, víctimas de una extraña enfermedad.
 
Los acontecimientos se precipitan cuando Rufus y Carson regresan al poblado minero, y se encuentran con un aterrado y andrajoso buscador de oro que les relata su increíble historia. Él y su socio se disponían a lavar en el torrente los minerales que extrajeron de su mina, cuando apareció el hombre más extraño que habían visto en todos los días de su vida. El minero relata cómo su socio murió fulminado por un rayo de luz que brotó de la mano del extraño. Los mineros organizan inmediatamente un pelotón para salir en busca de ese tipo. Pronto localizan al extraño, que parece merodear por los alrededores buscando sólo él sabe qué, y se entabla un feroz combate, en el que, a pesar de la superioridad de su extraña arma de rayos, el hijo del Gran Espíritu lleva las de perder, sobre todo porque Tex y Mano Amarilla se presentan de improviso en auxilio de Carson, Rufus y los demás, uniendo el fuego de sus winchesters al de las armas de sus compañeros. El ser de otro mundo huye en dirección a la mina, perseguido de cerca por Willer y los demás. Pero el alienígena no está dispuesto a permitir que le cojan vivo y que descubran sus secretos. Una de las galerías de la mina desemboca en el valle de la Luna y por ella huye el ser. Cuando están a punto de alcanzarle, se produce una horrible detonación acompañada de una luz cegadora, y poco después, nuestros amigos descubren las ropas semiquemadas que llevaba el individuo, y en el centro del valle observan un gran círculo de tierra abrasada, del cual salen espirales de humo. Nuestros héroes deducen que el misterioso personaje ha preferido morir, empleando sólo Dios sabe qué clase de explosivo, a que le cogieran vivo. Así concluye esta aventura de Tex. Pero el lector no puede evitar preguntarse si el alienígena, una vez terminada su misión, cualquiera que ésta fuera, no habrá logrado regresar a su mundo empleando alguna nave auxiliar que tuviera dispuesta para tal fin en aquel recóndito rincón del valle.
 
 
Esta fue, sin duda, la aventura más original de las narradas en los álbumes de Tex. No obstante, cabe señalar que las aventuras de este personaje estaban sazonadas frecuentemente con elementos propios de otros géneros. Quizás por eso, aunque me gustaba bastante, Tex no fue nunca uno de mis personajes favoritos. En aquella época no me convencía la mezcla de géneros, así que en lo que a tebeos del Oeste se refiere, prefería a Blueberry o El Pequeño Luchador. Sin embargo, la calidad de los dibujos y los guiones de Tex me sedujeron, y durante algún tiempo adquirí los volúmenes que iban saliendo al mercado.
 
Aunque no es la mejor aventura de este personaje, este curioso relato de un extraterrestre que busca mineral radiactivo en pleno Oeste americano, empleando a los indios como mano de obra semiesclava, tiene cierta gracia. Una historieta para recordar, aunque sólo sea como curiosidad.

jueves, 10 de octubre de 2013

Y LLEGARON LOS AZNAR

 


 
Hacia finales de la década de los setenta viví lo que podríamos llamar mi Edad de Oro de aficionado a la ciencia-ficción. Devoraba las novelas de la colección La conquista del espacio, de la Editorial Buguera, y acababa de asistir maravillado a los estrenos de dos grandes películas del género: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS y ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE. También había podido disfrutar de la emisión por TVE, en glorioso blanco y negro, de Espacio 1999, serie que hizo furor en aquella época. Por mi cumpleaños, en vista de mis aficiones, me regalaron Fundación, la inolvidable obra del Buen Doctor. A mis quince años mal contados estaba convencido, ¡ingenuo de mí! de que ya nada podía sorprenderme, de que conocía lo mejor de la ciencia-ficción.
 
Y entonces llegaron los Aznar de la mano de George H. White .
 
La cosa fue más o menos así. Mi hermano mayor tenía un amigo ovetense que pasaba los fines de semana en Llanes y se quedaba en nuestra casa. Viendo mi afición por la ciencia-ficción me dijo que él también leía bastante, y que el siguiente fin de semana me traería algunas novelas del espacio. En realidad el chaval leía de todo, y aunque la ciencia-ficción no era su género preferido, admitía que ciertas novelas firmadas por un tal G. H. White le habían impresionado.
 
Una semana más tarde se presentó el chaval con un par de cajas de zapatos llenas de bolsilibros. En una de ellas había novelas de Bruguera, de autores que ya conocía. La otra estaba repleta de novelitas de cubiertas amarillas, con unas ilustraciones en las portadas que me recordaron mucho el estilo de los comics de Flash Gordon. El formato de aquellos bolsilibros era más pequeño que los de Bruguera, pero parecían tener bastantes más páginas. El amigo de mi hermano me informó que aquellas novelas eran parte de una saga, y que por tanto convenía leerlas por el orden en que habían sido publicadas. Por desgracia no las tenía todas, sólo aquellas quince que me había traído, y me aseguró que eran realmente fascinantes.
 
VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO, número 10 de la segunda edición de Luchadores del espacio, fue la primera novela de La saga de los Aznar que leí. Fue un sábado por la tarde. Pensaba ver la película de aventuras que daban en TVE 1, pero se desató una tormenta y se fue la luz. De modo que cogí la novelita de G. H. White, arrimé una silla al balcón de mi habitación, me senté y comencé a leer. El viento azotaba la lluvia contra los cristales, pero yo ya no me enteraba de nada, pues me hallaba a bordo de un acorazado de la Armada Sideral Redentora, compartiendo la fabulosa aventura del capitán Bernabé Pocaterra y su valerosa tripulación.


En días posteriores fui devorando las restantes novelas de la saga y me quedé sencillamente anonadado. El universo futurista que describía aquel autor hacía empalidecer incluso al de la mismísima LA GUERRA DE LAS GALAXIAS. En aquellas aparentemente sencillas novelas se describían batallas espaciales entre flotas compuestas por millones de naves, capaces de poner en el espacio en cuestión de minutos docenas de millones de torpedos de cabeza atómica. Aparecían ejércitos de robots, trajes espaciales construidos con un cristal que era inmune incluso a rayos desintegradores, fusiles ametralladores que disparaban ¡balas atómicas! un sistema por el que se podía miniaturizar cualquier cosa inanimada, desde una silla hasta un torpedo autómata, y otras maravillas sin cuento. Pero lo que me dejó literalmente con la boca abierta fue Valera, ese planetillo hueco que los redentores convirtieron en la más fabulosa astronave de la historia de la ciencia-ficción.
 
Ni que decir tiene que tardé muy poco en leerme todas las novelas que me había proporcionado el amigo de mi hermano. Eran sólo quince y salteadas, así que me puse inmediatamente a buscar más novelas de la Saga. El amigo de mi hermano me dijo que no tenía más, pero que podía quedarme con aquellas si quería. ¿Qué si quería? ¡Lo estaba deseando! Le di las gracias y empecé a husmear por todas partes tratando de localizar más obras de G. H. White.
 
Pero entonces comenzó mi calvario. En Llanes no encontré ni una, así que me fui a Oviedo y estuve casi un día entero recorriendo kioscos de prensa. Sólo encontré algunos títulos que ya tenía, pero ninguno nuevo. Un kiosquero me dijo que aquellas novelas se vendían como churros y que me resultaría difícil encontrar alguna porque la colección ya había concluido.


Durante los años siguientes seguí buscando infructuosamente. Parecía que aquellas novelas que tanto ansiaba poseer me esquivaban intencionadamente. No conseguí ninguna ni en librerías de viejo ni en los puestos de libros que ponían en verano. Había escrito a la Editorial Valenciana solicitándoles varios títulos. En este caso había que pagar las novelas en sellos de correos sin usar, así que mande los sellos correspondientes al precio de los diez títulos que solicitaba. La editorial se portó muy bien. Sólo les quedaba un ejemplar de GUERRA DE AUTÓMATAS en el almacén, y como no estaba en buen estado no me lo cobraron. Reparé la novelita con un poco de cinta adhesiva y escribí a Pascual Enguídanos, cuya dirección me había proporcionado la editorial. El bueno de don Pascual me respondió a vuelta de correo. Según me dijo, la editorial le había entregado diez ejemplares de cada título, pero había ido regalándoselos a familiares, amigos y lectores que se los habían pedido, por lo que no podía mandarme todos los que le pedía so pena de quedarse sin ninguno. No obstante, me envió seis números que recibí con inmensa alegría.
 
Esto fue hacia 1981. A pesar de mis esfuerzos, no volví a encontrar otra obra de la saga hasta las navidades de 1984. Fue en Zaragoza, donde estaba cumpliendo la mili. En una librería de lance localicé EL ENIGMA DE LOS HOMBRES PLANTA, por la que tuve que pagar doscientas cincuenta pesetas de entonces. Supongo que el librero adivinó por mi expresión lo mucho que me interesaba aquella modesta novela y aprovechó la coyuntura. Pero no me importó. También conseguí a buen precio JONES, EL HOMBRE ESTELAR, de Robert A. Heinlein.
   
Y ahí se acabó la racha. No volví a ver otra novela de La saga de los Aznar hasta que Silente las reeditó. Por fin, tras largos años de espera, la Saga completa estaba a mi alcance. Pocas veces he disfrutado tanto como con la lectura de la insuperable novela-río creada por G. H. White . Sin embargo, a pesar de la indudable calidad de la edición de Silente, aquellas modestas novelas de cubiertas amarillas, portadas fascinantes y evocadoras y papel corrientísimo son muy queridas para mi. Junto con las de A. Thorkent simbolizan la mejor época de mi vida como aficionado a la ciencia-ficción, aquella en la que, gracias a los humildes pero dignos autores de novelas populares, descubrí el género literario más fascinante.
 
Pascual Enguídanos nos dejó en marzo del 2006. Pero su alter ego, George H. White, ha alcanzado la inmortalidad a través de su insuperable obra. Vaya desde aquí mi emocionado recuerdo para un hombre que elevó la novela popular de ciencia-ficción a un nivel que ningún otro autor, español o extranjero, podrá superar jamás.

sábado, 5 de octubre de 2013

CERO ABSOLUTO de CURTIS GARLAND (NOVELA COMPLETA)

                                       
 
 
Estimados amigos de Bolsi & Pulp: Como recordarán, CERO ABSOLUTO del inmortal Curtis Garland, fue la novela que ganó nuestra tercera encuesta de repechaje. Esta es una novela policial y de espionaje, perteneciente a la colección “F.B.I. Selecciones Policiacas” de la editorial EASA, apareció con el número 1051 y fue publicada en 1971.

 
¡Disfrútenla y larga vida a los bolsilibros!


Atentamente: ODISEO…Legendario Guerrero Arcano.
 
 

CERO ABSOLUTO


CURTIS GARLAND


 


 


PRIMERA PARTE


CAPÍTULO I
PELO ROJO, PELO DORADO



 

—¡No, no es posible! ¡Brian Kervin en persona...!
—Oh, no... No es posible... Sheena Dirk en persona...
Sí era posible. Ambos eran ellos mismos: Sheena Dirk, con su roja cabellera flamígera, con su cuerpo mareante, con sus curvas turbadoras.
Sí, era posible. Él era él mismo: Brian Kervin, el arrogante americano que tenía gustos refinados, sonrisa cínica, corazón limpio y versátil para el amor, y una boca carnosa y sensual, que sabía besar a las mujeres de un modo único.
Era posible, y el caprichoso azar les unía de nuevo... Hacía tiempo que Brian no veía a Sheena, ni ella a él. Desde unas cortas y maravillosas vacaciones en Acapulco, México.
Ahora, en Miami Beach, el reencuentro. A Brian no le satisfizo. No en ese momento.
A ella, evidentemente, sí le satisfacía. Se arrojó en brazos de Kervin, sin importarle que todo el hotel, en su amplio vestíbulo, se mostrara pendiente de ellos. Brian sintió su boca sellada por unos labios gordezuelos y muy rojos, que recordaba muy bien todavía. Aquellas formas agresivas, se estrujaron contra él, empotrándole materialmente contra una columna:
Cuando se despegó de él, Brian estaba sin aliento.
—Bueno, casi me descompones —dijo Kervin, enmendando el nudo de su corbata torcida, y barriendo de los labios, con su pañuelo, una buena dosis de rouge con sabor a fresa.
—¿Descomponerte a tí? —ella golpeó con fuerza sus brazos—. Al poderoso atleta, al musculoso Brian Kervin.
—Los años pasan, querida —rió Kervin, jadeante—. Uno ya no es tan joven como hace dos años... ¿O hace tres?
—Eres un bribón y un sinvergüenza. Sabes perfectamente que hace solamente dos años... y ya ni siquiera te acuerdas de tu enamorada Sheena.
—Cielos. Claro que te recuerdo.
—Además de pillo, embustero —le reprochó ella, hundiéndole un dedo en el abdomen. Sintió cosquillas y rió, mientras ella subía la mano y acariciaba su mejilla y el lóbulo de su oreja, musitando palabras dulces, ronroneantes—: Eres maravilloso, mi Brian. Realmente único y maravilloso... ¡Cómo te he recordado todo este tiempo!
—Bueno, vamos de aquí —la tomó por un brazo—. Hablaremos fuera. ¿Vives también en este hotel?
—Sí, cariño. Habitación seiscientos veinte. Sexto piso. Me horroriza la altura, pero esa horrible gente de recepción no pudieron buscarme otro mejor más abajo. Dicen que ha venido mucho turista hoy. ¿Eres tu uno de ellos?
—Llevo aquí solamente una hora —sonrió Brian—. Iba a hacer unas visitas ahora, Sheena. Lo único que puedo hacer por ti, es ofrecerte mi habitación, y trasladarme a la tuya.
—En modo alguno —rechazó ella, airada—. Me trasladare a la tuya, sí... pero sin que tú tengas . que abandonarla. Como en los viejos tiempos, ¿no, amorcito?
Brian suspiró. Sabía de antemano que tenía que ser así. Lo supo cuando vio a Sheena Dirk.
—Está bien —convino— Pero... ahora, déjame hacer esas visitas.
—¿Es confidencial?
—Sí.
—¿Con... chicas?
—Cielos, no —rió Kervin—. Todo es asunto de hombres. Palabra.
—Bien. Confío en ti. ¿Por qué no confías tú en mí y me dices de una vez a qué te dedicas? Siempre guardaste el secreto sobre todo eso...
—Algún día te lo diré —prometió tocando su naricilla— Ahora, ve al bar del hotel. Espérame allí. Estaré de vuelta en poco tiempo, y cenaremos juntos. ¿Conforme, Sheena?
—Conforme... sí, además de cenar vamos a bailar por ahí.
—Trato hecho. Siempre sacas de mí lo que quieres, diablillo...
—Sabes muy bien que nunca es demasiado lo que me das... y aún así me tienes loca por ti, Brian.
Y volvió a besarle con todos sus ímpetus, que eran muchos.

* * *

Shell County.
El condado de Shell. Un hombre como Selwyn Shell podía permitirse esos lujos. No era ciertamente un condado, pero lo parecía por su extensión. Enormes extensiones ajardinadas, bosques y onduladas lomas frente al mar, zonas de playas y de piscinas, acuarios y residencias, aparecían cercadas por la verja de la propiedad de Shell, el multimillonario. Más de dos mil acres de terreno estaban sin duda acotados privadamente por el magnate. Como una entrada o acceso a todo ello, estaba la residencia Shell con jardín, el estanque, y un edificio alargado, de aluminio y cristal, a la derecha, destinado a acuario que se podía visitar, según su rótulo, todos los días festivos, de diez a doce de la mañana.
Ahora no era un día festivo, ni era de mañana. Tampoco tenía Brian interés en visitar peces o reptiles acuáticos. Quería ver al dueño de todo aquello. A Selwyn Shell, el hombre que había sido amigo y compañero del profesor Salter. Hubiera sido también su mecerías, de haberlo necesitado realmente Salter. Pero el sabio especializado en Cibernética, no necesitaba ayudas económicas. No fue nunca tan fabulosamente rico como Salter, pero tampoco precisado de dinero, con su fortuna personal. Ahora era diferente. Ahora, Salter, si pertenecía al consejo de la Ciencia, era obvio que, junto con sus compañeros, precisaría mucho dinero. Cantidades que solamente un coloso de las finanzas como Shell podía proporcionarlas...
Estaba cayendo la tarde cuando Brian se detuvo ante la verja que conducía a la amplia y rica vivienda de Selwyn Shell. Allá en las playas, el mar tenía un azul más intenso, las gaviotas chillaban aturdidamente en los arrecifes de Surfside, y las arenas empezaban a quedarse desiertas de bañistas.
Cuando se disponía a pulsar el llamador de la entrada de hierro pulcramente pintado de verde esmeralda, un motor roncó en la alameda. Giró la cabeza. Por encima del hombro, descubrió el vehículo que se aproximaba al edificio.
Era un automóvil largo, negro, posiblemente de los que se alquilaban por horas, sin chófer. Rápidamente, Brian reaccionó, a la espera de los acontecimientos. En vez de intentar la llamada, hizo como que se detenía por otras razones, se inclinó, fingió anudar el cordón de uno de sus zapatos, y luego continuó adelante con total indiferencia, como si fuese un simple transeúnte, nada interesado en la vasta propiedad de Shell.
A sus espaldas, el motor dejó de roncar. Suavemente, le aplicaron los frenos. Chascó una portezuela al abrirse. Brian no se detuvo en su camino, pero extrajo del bolsillo superior de su liviana americana gris, unas gafas de sol. La situó ante sus ojos en el ángulo adecuado.
Eran unas gafas que solamente tenían su centro como visual con vidrios oscuros normales. En derredor de ese punto visual, dos cercos de espejo permitían a quien las llevara, ver ante sí y a sus espaldas.
Se las aplicó parsimoniosamente. A los lados de los vidrios, sus ojos pudieron captar con nitidez cuánto sucedía ante si y a sus espaldas.
Justamente ante la puerta de Shell County se había detenido el automóvil. De él descendió en primer lugar un hombre, sin duda sentado al volante hasta ese momento.
Sombrero claro, de verano, muy encasquetado. Gafas oscuras, un pañuelo al cuello, cuyo nudo, acaso intencionadamente, subía tanto sobre su garganta, que casi le cubría su mentón y parte de la boca, pese a lo cual no parecía molestarle en absoluto.
Portaba un maletín color marrón, y parecía tener mucha prisa. Se volvió, apremiando a alguien para que saliera del coche. Ése alguien lo hizo, tras mirar el hombre a uno y otro lado de la alameda.
Salió el segundo ocupante del coche. Brian casi se detuvo, sorprendido y admirado, Tuvo que apelar a toda su voluntad para seguir adelante, sin detenerse, aunque con el paso muy lento; para no alejarse demasiado de la escena.
Había surgido una mujer del compartimento posterior.
Una mujer increíblemente rubia. De un cabello como puro oro de veinticuatro kilates. De un dorado blando, cálido, sin tonos cobrizos de mezcla. Rubio y desmadejado, como si hubieran hilado realmente el oro más puro del mundo.
Además de ser una rubia sorprendente, como una walkiria insólita surgida de las remotas brumas del Norte, era una mujer hermosa y arrogante. Estatura media, realzada por los tacones de unos zapatos irisados, ropas veraniegas y ligeras, que eran como velos de vapor en torno a unas formas macizas y firmes, vibrantes de puro hechas. Senos airosos, caderas rotundas, nalgas respingonas. Ojos de jaspe cambiante, que escudriñaron un lado y otro de la calle, boca roja, muy carnosa, que le recordó los besos succionantes de la pelirroja Sheena Dirk.
La walkiria y el embozado pequeño y enjuto, se detuvieron ante la verja de Shell. Ellos sí pulsaron el llamador. De un modo curioso, pensó Brian. Dos golpes secos, dos prolongados, dos más también secos, y tres prolongados. Todo un código de llamadas; sin duda.
Dentro, nadie respondió de momento. El pequeño individuo iba a llamar de nuevo con impaciencia, cuando algo chascó, movido por control remoto, y la gran hoja metálica del portón empezó a abrirse.
Ellos se miraron. Un postrer rayo de sol, antes de hundirse el astro diurno iras las posesiones verdes y amplias de Shell, rozó el oro hilado de la muchacha, y arrancó destellos insólitos. También tocó la faz del pequeño hombrecillo. Brian pestañeó.
Era amarillo.
Un oriental. Podía ser chino. O japonés. Tenía la piel olivácea.
Aquello podía tomar forma ahora, o convertirse en un endiablado, rompecabezas. Brian se detuvo de modo definitivo. Ya no estaba ninguno de los visitantes en la calle. Habían penetrado en la residencia, y la puerta se cerraba tras ellos, accionada también a distancia. Shell County quedó cerrado de nuevo.
Brian Kervin reflexionó con rapidez. No podía llamar ahora, esperando ser recibido.
Shell no recibiría a nadie, en tanto tuviese como visitas a aquellos dos personajes.
Resolvió actuar a su modo. Estudió la alta verja que rodeaba el recinto. En su parte alta, ofrecía dos cables casi unidos a su enrejado. Tocó el metal. No ofrecía nada especial. Pero escalarlo podía resultar muy peligroso. Shell tenía dentro de sus propiedades cosas de mucho valor, empezando por ejemplares de la fauna marina pagados a peso de oro para sus acuarios, y no desearía correr riesgos con los merodeadores.
Existía un modo de comprobarlo, y lo comprobó. Se agachó y tomó una ruedecilla, con la que tomó puntería minuciosamente. Luego, la disparó con mano certera.
Dio de lleno en los alambres. Rebotó la piedrecilla, emitiendo un chispazo azul. Brian sonrió. Era como él imaginaba, falta tensión en los cables.
Avanzó un trecho más, y luego comprobó que nadie circulaba por la alameda. Se inclinó. En sus manos, apareció una especie de bisturí o afilado cuchillo de extraño mango circular, muy pesado. Lo tomó, acercándolo a la verja de hierro. Pulsó el botón rojo del mango del cuchillo.
Este zumbó, empezando a rozar con su punta el hierro de la verja. Se hundió en él como manteca, y serró en tres segundos un barrote de la valla metálica. Repitió la operación en dos más. Cuando tres barrotes hubieran quedado limpiamente serrados por aquel filo eléctrico, el hueco sería lo bastante amplio.
Apartó esos tres barrotes limpiamente desprendidos, y cruzó tranquilamente el hueco, penetrando en Shell County. No encontró obstáculo alguno, sin embargo, pese a que puso en funcionamiento de nuevo aquel extraño cuchillo eléctrico, en cuyo mango, al presionar otro botón de color azul situado junto al rojo, no hizo funcionar el filo, y sí en cambio una luz-piloto en su mango. Esa luz no parpadeó ni un solo momento en su recorrido: lo hubiera hecho, sin embargo, de haber hallado a su paso una instalación eléctrica de cualquier tipo, que entrañara peligro para Kervin por su voltaje.
Así alcanzó la parte posterior del edificio. Allí, los jardines aparecían más frondosos, y existía un edificio trasero, un anexo destinado sin duda a garaje y a almacenar todas esas cosas que nunca se sabe dónde alojar cuando estorban.
Estudió la fachada, con su hiedra y sus piedras imitando una vieja casa inglesa, calculando la mejor forma de asomarse al interior, de penetrar en el edificio de alguna forma relativamente cautelosa y segura.
Brian sabía que si era descubierto, cualquier miembro del Consejo de la Ciencia no tendría vacilaciones en eliminarle. Laboraban por la paz, pero si su propósito se veía dificultado por alguien, considerarían con esa fría resolución de las mentes científicas, que una criatura humana era poca cosa para sentir escrúpulos en eliminarla, si dificultaba el objetivo propuesto. Ya habían demostrado eso mismo en el intento de lanzamiento nuclear de Campo Estrellado, con la muerte de todos sus ocupantes. No vacilaron en sacrificar a todos ellos.
Y no se podía olvidar tampoco que el arma utilizada entonces, era realmente terrible y no existía defensa para ella: helio líquido. Aire licuado a doscientos setenta y tres grados centígrados por debajo de cero. En suma, el Cero Absoluto...
No sentía el menor deseo de experimentar sobre su propia carne los efectos pavorosos de la alucinante arma glacial, manejada sólo Dios sabía como.
Brian Kervin extrajo unos guantes de su bolsillo. Eran livianos, ligerísimos, como los que utilizan los cirujanos en el quirófano. También parecían ser de una materia plástica o goma, muy similar a los de tal uso. Pero una vez aplicados a las manos se descubría en ellos adherencias formadas por placas como ventosas. Se inclinó. Sus zapatos eran perfectamente normales en apariencia. Pero ya no lo fueron cuando accionó cada uno de los tacones. Estos pudieron separarse, y deslizaron de su superficie una placa de goma, dejando al descubierto su interior, otras placas-ventosas sobre un tacón inferior de goma más blanda y elástica, de gran fuerza adhesiva. Ambos tacones ofrecían igual peculiaridad, lo mismo que la puntera de sus suelas, al despojarlas de lo que parecía simplemente un parche de material.
Se movió sigilosa, elásticamente, como un felino. Y cuando empezó a reptar sobre piedras y enredaderas, fue como un enorme arácnido de seguro paso, moviéndose, adherido al muro, hasta alcanzar una ventana abierta de la planta superior, por la que penetró resueltamente, sin la menor vacilación.
Se encontró en un corredor desierto. Miró hacia abajo, por el hueco de la amplia escalera de estilo colonial. Creyó oír voces cercanas. Se mantuvo quieto, pegado a la pared. Despojóse de uno de sus guantes, y esgrimió una automática plana, de calibré 38, a la que aplicó el tubo largo y cilíndrico de un poderoso silenciador.
Las voces resultaron ser ciertas. Y cercanas. Ahora pudo escuchar palabras sueltas:
—De veras lamento esta demora del señor Shell, señor Kwang. El aseguró que estaría aquí en breve tiempo.
Un silencio. La voz tensa de una mujer de tono culto, educado, expresándose en un inglés suave, correcto, aunque de levísimo acento extranjero, sonó ahora con tono desconfiado.
—Es extraño, señor ¿Zimball, dijo llamarse?
—Eso es. Zimball, Willard Zimball...
—Pues digo que es extraño. Selwyn Sehll tenía que esperarnos. Sabe lo justo de nuestro tiempo, lo especial de nuestra situación, aquí en la tierra...
—De veras lo deploro, señorita Laht. Esta es la situación. Puede creerme, porque gozo de la total confianza del señor Shell. Y eso, ustedes mismos lo habrán comprobado fácilmente. Conozco todos los detalles, las contraseñas, los códigos...
Zimball... El nombre le era familiar a Brian. Arrugó el ceño. De repente, se iluminó una luz roja, allá en el fondo de su cerebro.
¡Zimball! ¡Willard Zimball! Un asesino. Una bestia feroz de los bajos fondos. Traficante de toda clase de materias delictivas. Drogas, mujeres... y secretos militares. Espía, ladrón, asesino, corruptor... Zimball, .. hombre de confianza de Shell. Imposible. Allí había gato encerrado.
Se movió ligeramente hacia la escalera. Las personas que estaban abajo, seguramente en el vestíbulo. Vio una puerta abierta. Una biblioteca posiblemente, a juzgar por su aspecto. En el umbral de esta estancia hablaban los tres. El hombre amarillo, la muchacha del pelo de oro... y Zimball.
Recordó mecánicamente la fotografía de Zimball, vista una vez en un expediente por venta de secretos bélicos rusos a la CIA norteamericana. Zimball traicionó en esa vez a Moscú. Otras veces lo hizo con Washington. Era de esa clase de gentes.
—De todos modos, nos ausentaremos —suspiró Kwang— Y volveremos más tarde, en cuanto el propio señor Shell nos avise oportunamente, sin lugar a dudas. Eso habrá de ser hoy mismo, esta misma noche. Antes del amanecer, partiremos hacia nuestro refugio.
—Por favor, no hagan eso —suplicó Zimball— Quédense aquí, esperen a que él regrese. Acomódense en esa biblioteca, y en cuánto el señor Shell regrese..
—No —cortó Kwang, rotundo con esa fría seguridad, cortés pero inquebrantable, de los oriéntales— No podemos esperar. Adiós, señor Zimball.
—Se lo suplico. No puede demorarse más de cinco o diez minutos...
—Nosotros no podemos correr más riesgos. Cada minuto los hace aumentar considerablemente ¿Vamos Iliana?
—Si, profesor. Vamos ya. Sería arriesgado dar cualquier paso en falso...
Se movieron hacia la salida. En ese momento, algo sucedió en Zimball. Se operó un cambio en su rostro, que Brian descubrió muy bien desde su atalaya. Los ojos brillaron, crueles. Se crisparon los labios con ferocidad. Gritó Roncamente:
—¡Mata, Rhonda! ¡MATA!
Abajo antes de que Kwang o Iliana pudieran hacer absolutamente nada por impedirlo, la muerte hizo acto de presencia tras el grito salvaje y desgarrador de Zimball.
Ling Kwang profesor en Química, una de las mayores notabilidades científicas de la nueva China Popular, cayó como fulminado por un rayo, con un grito ronco y angustioso.
Brian descubrió en sus espaldas, asomando como un objeto atávico e incongruente, un raro penacho de plumas rígidas, vibrátiles, aceradas. Lo que ese penacho llevaba en su punta, se había hincado en la espalda de Kwang. Ni una gota de sangre. Pero el rostro de Kwang, en el suelo tenía el color de la púrpura, y los ojos, horriblemente desorbitados.
Iliana gritó agudamente, al descubrir lo sucedido, y corrió hacia las salidas, apresuradamente.
—¡MATA! —aulló Zimball— ¡Mata otra vez!
Brian no vaciló. En cuánto Zimball abrió la boca e Iliana echó a correr, él se puso en acción. Saltó vertiginosamente por el hueco de la escalera, en una zambullida fantástica, que llevó su cuerpo, virtualmente en vuelo, hacia el lugar donde yacía Kwang y del que Iliana se alejaba desesperadamente.
Cayó con toda su fuerza, como proyectado por una catapulta gigantesca, sobre el cuerpo elástico y ligero, en movimiento precipitado, de Iliana Laht; la muchacha de los cabellos de oro.
Iliana gritó más agudamente, creyendo llegado su fin, al rodar por el suelo bajo el impacto formidable de Kervin. Ambos cuerpos voltearon, y en ese momento zumbó una vibración aguda en el aire, y un cuerpo metálico, rígido, rematado por un penacho vibrátil de aparentes plumas de acero voló al encuentro de ellos, desde las manos enguantadas de negro de una figura de pesadilla surgida en otra puerta del vestíbulo.
Una mujer hermosa de figura, sin duda. Pero ataviada totalmente de negro, y con una especie de negras gafas de motorista sobre su rostro que disimulaban sus facciones auténticas.
Una mujer de cuyas manos surgían los dardos mortales. Una mujer a quién Zimball ordenó ahora, furioso y sorprendido ante la presencia del desconocido:
—¡MATA, Rhonda! "Matadora" termina tu obra...

CAPÍTULO II
"LA MATADORA"

Rhonda Arlene disparó el dardo. Brian Kervin había tenido tiempo de moverse ligeramente en el suelo, siempre protegiendo con su cuerpo a la rubia Iliana Laht.
Ese movimiento le bastó. Descubrió a "La Matadora". Y descubrió el dardo, en el momento de ser disparado por los dedos habilísimos, fuertes y poderosos de la extraña ejecutora de ropas negras,
Hizo lo único que le era dado hacer, para que la muerte púrpura que había hecho presa en Ling Kwang, el científico chino, no cayera también sobre él o sobre Iliana, como una maldición del infierno.
Protegiendo con su propio cuerpo a Iliana, medrosa y sorprendida por la sucesión de acontecimientos, lanzó su pistola automática contra el dardo que salía de la mano de la "Matadora".
Fue un lanzamiento en el que puso toda su precisión y tino, desesperadamente interesado por dar en el blanco con el tiempo suficiente para desviar, al menos, la mortal trayectoria.
Lo logró. Cuando el arma de fuego chocó en el aire con la punta de acero del dardo vibrante, se sintió un roce, un arañazo áspero, y ambas armas cayeron juntas.
Había desviado definitivamente a la muerte. Pero se había quedado inerme ante "La Matadora" y ante Zimball, una peligrosísima pareja de asesinos.
—¡Alarma! —aulló Zimball, buscando un arma deseperadamente, entre sus ropas— ¡Alarma todos!
Y al tiempo que seguía buscando el arma, pulsó su reloj de pulsera con frenesí, y de éste partió un sonido silbante, muy agudo, que debió llegar a todos los rincones de la casa. Se percibieron pasos en algún punto del edificio. Pasos precipitados, de más de tres o cuatro personas, a juicio de Kervin.
"La Matadora" había terminado sin duda su provisión de raros dardos de muerte. Pero tenía recursos sobrados para matar a la gente. Ahora, Kervin observó, en tanto se movía para huir de allí con Iliana, que sus dedos hurgaban en su ancho cinturón negro de cuero, para extraer finalmente lo que parecía un tubo doblado, un cilindro con forma de boomerang que empuñó firmemente, apuntándolos a ellos dos.
Para entonces, ya Brian se había incorporado por completo y, tirando con fuerza de Iliana, que estaba a medio incorporar, se lanzó sobre la puerta, la abrió, y saltó al exterior, rodando ambos por los escalones de acceso del porche, hasta dar con sus cuerpos en el césped del exterior.
Por encima de sus cabezas, pasó una especie de bola de fuego, que arrastró consigo la puerta de entrada, convertida en madera negra y carbonizada. Se perdió, como un meteoro, en el aire azul oscuro del anochecer, allá en el jardín.
—¡Vamos al acuario! —jadeó Kervin— No tenemos tiempo para alcanzar la verja sin que ellos nos acierten con sus armas..
—¿Y qué haremos en el acuario? —jadeó Iliana— Será un callejón sin salida...
—Sólo espero que esté bien provisto como me imagino. —masculla Kervin— Si es así posiblemente haya un medio de entretener a esos asesinos.
Alcanzaron la edificación de aluminio y vidrio. Fue fácil cargar contra la entrada, desgarrando su pestillo, y penetrando en el corredor destinado a las especies del acuario de Shell. Tras ellos, sonaron dos taponazos. Dos disparos con silenciador. Y voces. Varias voces viriles. Zimball había encontrado su arma. Y sus hombres habían acudido a su llamada de alarma.
El acuario podía ser un cepo mortal. O un medio de huir a la muerte. Habitualmente, un acuario habilitado para visitantes, tiene dos puertas: la entrada y la salida. Si era así, podían aún salvarse. Pero hacía falta, de todos modos, que hubiera lo que él imaginaba.
Lo había. Lo descubrió allí, en uno de los recintos encristalados, tras varios acuarios destinados a peces tropicales y especies raras. Un gran recinto de grueso vidrio, en cuyo interior, pululaban sobre un estanque artificial hasta tres saurios respetables, no lejos de unas serpientes pitón de gran grosor y longitud.
Extrajo su cuchillo eléctrico. Lo aplicó al vidrio y lo pulsó. Zumbó el mecanismo. Rápidamente, la hoja de vidrio se abrió como si fuese papel. Lo cortó con mayor rapidez que la verja de metal. Brian trazó rápido una especie de puerta no muy alta y, terminó el corte. El vidrio cayó por su propio peso, pulverizándose y dejando el hueco.
Los caimanes, con ojos malignos, le veían hacer curiosamente. Las serpientes empezaban a reptar molestas por la intrusión...
—¡Ya! —masculló Brian, oyendo llegar el rumor de pasos a la entrada del acuario— ¡Vamos a toda prisa!
Corrieron a la salida posterior del recinto. Un luminoso indicaba: "EXIT". Le obedecieron al pie de la letra, alcanzando la puerta en cuestión. Estaba cerrada, pero era tan ligera como la otra. Cedió a otro impacto de la humanidad musculosa de Brian. Salieron del acuario, por su parte posterior.
Tras ellos, sonaban gritos. Gritos de terror. Alguien voceó:
—Cuidado. ¡Los caimanes! ¡Los ha liberado! ¡Vienen sobre nosotros!
Otra voz aterrorizada aumentó el pánico:
—¡Las serpientes! Nos cierran el paso.
Alcanzaron la verja sin haber sido todavía avistados por el enemigo, aunque éste una vez se deshiciera de los animales en libertad, batirían el terreno minuciosamente. Y también las proximidades de Shell County.
Al salir de la alameda, Brian se encaminó directamente sin soltar a Iliana, hasta el automóvil que utilizara Kwang para llegar a su cita con Shell. Poco después el vehículo se alejaba con ellos, a considerable velocidad.
La marcha en silencio duró algunos minutos. Se internaron en las luces y el bullicio nocturno de Miami Beach.
Brian no se volvió hacia ella cuando preguntó:
—¿Cuál es su nombre completo, Iliana?
—Laht. Iliana Laht.
—¿Sueca?
—No. Finlandesa.
—¿Qué pinta usted en todo esto?
Apretó ella los labios. No respondió. Brian la miró de reojo, sin dejar de conducir.
—¿Es científica? —insistió Kervin.
—No-negó ella-No lo soy.
—¿Qué es, entonces? ¿Cual es su profesión?
Vaciló antes de responderle:
—Estenógrafa, contable y todo eso.
—¿Secretaria del Consejo de la Ciencia?
—Bien, es secretaria de los científicos —admitió, sin esperar que ella afirmase.
—Yo no soy nada ni soy nadie —replicó indecisa, mirándole con frialdad— Le debo la vida, al parecer. Le doy las gracias, señor. Pero eso es todo.
—Mi nombre es Kervin. Brian Kervin —viró, metiéndose por una amplia avenida franqueada de palmeras— No pretendo que me pague ninguna deuda. Sencillamente quiero saber lo que está ocurriendo.
—No sé nada —repitió como una cantinela.
—Usted ha venido, a Miami con el profesor Kwang, el sabio de la China Roja —recitó Brian— Venían a ver a Shell, el millonario. Pero se encontraron en su lugar con dos asesinos dispuestos a todo. Ellos quieren algo, es evidente. Sabían sus nombres y todo lo demás. Eso quiere decir que tienen consigo a Shell, y le han sacado todos los datos con algún procedimiento como la tortura o una droga.
—No lo sé. Usted lo dice todo.
—Alguien ha de decirlo, preciosa. Sigamos con la historia. Ahora han tenido que matar a Kwang, y se disponían también a matarla a usted. Eso quiere decir que, puestos en el dilema, no dudan en eliminar incluso a quienes les son necesarios. Ustedes le eran necesarios a Zimball. No sé para qué. Posiblemente para llegar hasta los demás. ¿No se les ha ocurrido pensar a ninguno lo que sería el Consejo de la Ciencia, con todos sus medios, en manos de una pandilla de criminales con ambiciones?
Ella continuaba muda. Si se le había ocurrido, distaba mucho de admitirlo. Brian suspiró resignado. No podía esperar gran cosa de ella.
—Avisaré ahora a la policía de Miami —avisó Brian— O tal vez al FBI no lo sé aún. Lo cierto es que vamos a poner todo eso en claro. Y usted tendrá que ayudarnos, señorita Laht, le guste o no.
—Sigo sin saber de qué me habla.
—Seguro. Tampoco sabe quién era Ling Kwang ni lo que vino a hacer aquí, ¿no es cierto?
—No lo sé. Era su secretaria. Creo que huía de los comunistas, o algo así.
—Es una mentira ridícula —rechazó Brian— Kwang forma parte de los sabios agrupados en favor de la paz. Están equivocados, pero nadie va a convencerles de eso fácilmente. Y lo que es peor, les amenaza un peligro. Citando un tipo como Zimball se mete en esto, es que hay mucho a ganar. Y tiene medios de llegar a su objetivo, es evidente. ¿Sabe cómo llaman a Zimball en el hampa internacional. Le llaman Tzar. Es la forma de denominar a un emperador del crimen. Zimball, Zar del delito. Ese es Tzar. Y ya vio al angelito de la muchacha que le acompañaba. Mata con la misma facilidad con que usted u otra chica se pintaría las uñas.
Toda su verborrea fue inútil, y Brian lo sabía. Si Iliana estaba agrupada con los sabios, no hablaría. Mantendría su lealtad a ellos, su silencio, pensando que con ello hacía un gran favor al mundo a la paz y todo eso.
—Imagínese un consejo de la ciencia presidido por Tzar y "La Matadora" —gruñó Brian, con una risita irónica— ¿Cree que entonces utilizarían para la paz el Cero Absoluto y todas esas lindezas?
Otro estremecimiento de Iliana. Evidentemente, le sorprendían sus conocimientos del asunto. Brian estaba dejando ver intencionadamente sus cartas. Necesitaba de forma desesperada una ayuda, una cooperación para llegar a alguna parte en aquel laberinto sin salidas, y la finlandesa podía serlo mejor que nadie. Pero iba a ser difícil. Muy difícil.
—¿Quien es usted exactamente? —preguntó ella de súbito, rompiendo su mutismo.
—Menos mal —suspiró Kervin— Creí que había perdido la lengua en cualquier momento...
—No sea gracioso. ¿Cuál es su nombre?
—Brian Kervin.
—¿Qué hace usted metido en todo esto?
—Poco más o menos, lo que hace usted. Pero con distinto punto de vista.
—¿Qué fue a buscar a Sehll County?
—El hilo para llegar al ovillo. Estuve a punto de cogerlo, pero se me fue de entre los dedos. Ahora me queda usted.
—Yo no soy ningún hilo. Ni le llevaré a ovillo alguno.
—Es lo que usted dice. Posiblemente Shell aseguró lo mismo cuando fue aprehendido por Tzar. Y habló. Habló por los codos. Yo puedo hacer igual con usted.
—¿Va a torturarme?
—No dije que torturasen a Shell. No hace falta. Hay métodos mas seguros.
—Sí, el suero de la verdad... —Iliana se encogió de hombros, sardónica— No logrará nada conmigo.
—Lo imaginaba —Brian la miró, ceñudo— Ustedes, los componentes del Consejo y sus directos servidores, están inmunizados contra las drogas de ese tipo. Era lo lógico, en gentes que tan bien dominan la ciencia. ¿Y contra la tortura, jovencita?
—Está la muerte —aseguró ella con frialdad.
—Ya. Pueden administrársela en cualquier momento —la estudió, preocupado— Acaso una ampolla en los dientes, en el paladar, o un roce con sus uñas envenenadas... No sé, cualquier cosa, señorita Laht. ¿Va a suicidarse ahora, para no revelarme la verdad?
—No lo sé aún. Parece que la situación no es todavía tan desesperada.
—Cierto. Sería incapaz de torturarla, créame. No cometa la tontería de matarse.
Brian detuvo el coche de Kwang junto al aparcamiento repleto del Florida Park. Suspiró, cerrando el motor.
—Hemos llegado, preciosa.
—¿Adonde? —desconfió ella.
—A mi hotel. Entrará conmigo.
—No.
—Claro que lo hará. Viva o muerta, pero lo hará. Me espera una pelirroja muy atractiva, de modo que no piense en mí como un seductor villano. Cenará conmigo y con esa pelirroja, le guste o no. Luego, veremos lo que hago con usted, según lo que mis amigos de la policía digan, respecto a Shell County adonde enviarán un batallón si hace falta. Aunque me temo que todo sea ya inútil, porqué Tzar y "La Matadora" habrán desaparecido de la escena.
Tiró de Iliana, que trató levemente de resistirse. Luego, avanzó hacia el interior del hotel. Se detuvo lo preciso para meterse en una cabina telefónica, llevando consigo a Iliana, a quien estrujó entre el teléfono y su cuerpo, en tanto hablaba con el Departamento de Policía de Miami Beach, el famoso y prestigiado Departamento Tallahassee 7000.
—¿Teniente Benson? —habló Brian— Aquí Kervin, muchacho. Sí, el mismo Kervin de siempre. Claro, yo también me alegro. No, no te llamo para batirnos en una partida de bolos. Te necesito profesionalmente. Lo siento, por supuesto... Se trata de Shell County. Algo gordo. Mataron a un oriental. Posiblemente también a Shell el millonario, eso no puedo saberlo. Se trata de Tzar. Sí. Willard Zimball. Y una chica enlutada. La llamó Rhonda. Y "Matadora"...
—Rhonda Arlene —masculló la voz del teniente Clark Benson, de Tallahassee 7000, el Distrito policial de Miami Beach— Infiernos, sí, Rhonda, "La Matadora Negra". Es una especie de témpano con unas piernas de locura y unos senos que... Bueno, Brian, mucho cuidado con la pájara. No sabemos cuál es su rostro. Sólo su nombre de batalla: Rhonda Arlene, "La Matadora". Se educó en el Sindicato del Crimen. Liquida a cuántos le ordenen. No tiene alma ni corazón. Sólo cerebro. Y maldad.
—Me alegra saber todo eso. Me cuidaré. Ve a Shell County en seguida. Cuidado por si andan caimanes o serpientes en libertad. Ya te contaré. Te espero en el Florida Park. Me alojo en él. Suerte, amigo.
Colgó. Salió de la cabina, siempre llevando consigo a Iliana Laht. La rubia finlandesa le miró fijamente.
—¿Por qué no me ha nombrado a mí? —preguntó.
—No es tiempo aún. Vale más reservarla para mí. Esperemos lo que encuentra Benson. Después de todo, no se puede andar diciendo por teléfono cuánto uno sabe. Es arriesgado...
—No espere que, en agradecimiento, vaya a confiarle cuánto sé, Kervin.
—No espero nada de usted —rechazó Brian, encongiéndose de hombros— Pero de todos modos llegaré hasta el fin, esté segura de ello.
Y tiró de ella, moviéndose hacia el interior del suntuoso hotel.

* * *

Brian se detuvo ante la puerta de la habitación. Miró a uno y otro lado del corredor. Luego, tuvo una sonrisa burlona, al contemplar a Iliana Laht.
—Lo siento, pero tendrá que compartir mi habitación —dijo.
Ella no pestañeó. Se encogí b de hombros.
—Soy su prisionera. Usted manda —se limitó a responder.
—Podría haberla entregado al teniente Benson, pero la considero más segura junto a mí. No desconfío de que termine confiando en mí y me revele lo que deseo.
—Hace mal. No voy a hablar nada.
—Soy paciente, como un oriental. Entre. De todos modos, le prometo respeto absoluto. Dormirá usted en mi cama, y yo en el sofá de la salita contigua. Guardaré la llave de la salita, eso por supuesto.
—Supongo que me resultará inútil seducirle —sonrió Iliana.
—Por completo —asintió Brian— No arriesgue tanto, porque perderá. Y no ganará absolutamente nada a cambio.
Entraron. Cerró Brian con doble vuelta. Guardó la llave en su bolsillo. Iliana sin preocuparse por todo ello, avanzó por la habitación, contemplando todo como una recién casada que entrase en su cámara nupcial,
—Supongamos que me gusta jugar fuerte —comentó ella— Y que me arriesgo.
Al tiempo que decía eso, desabotonó lentamente su pullover. Luego, bruscamente, tiró de él. Cayó a sus pies. Brian se quedó sin aliento. Debajo había poca cosa más. Corpiño. Y nada más.
—Espere —avisó Brian— No se precipite. Sepa lo que va a hacer.
—Lo sé —sonrió ella, desafiante, erguida en medio de la sala. Y tiró de su falda violentamente. También cayó a sus pies, como en un streap sin ensayos, pleno de sensualidad, y cosa curiosa, de ingenua gracia— Es mi baza, Brian. Voy a probar fortuna. Valdrá la pena, después de todo...
Estaba como en un bañador de dos piezas. Corpiño y slip. Nada más. Una figura deliciosa, arrogante, mórbida, turbadora, terriblemente femenina.
—Bien, rubia Iliana —suspiró Brian— Tú lo has querido.
Y tiró violentamente del nudo de su corbata, avanzando hacia ella.

* * *

Iliana se incorporó suavemente. Muy suavemente. Despacio, muy despacio. Con todo el sigilo posible.
Su cuerpo rosado, en la oscuridad, era como un felino de carne, elástico y sin producir un roce siquiera. Se deslizó a la alfombra, entre sábanas colgantes. En el lecho, quedó Brian sólo. Dormido, inerte.
Iliana sonrió. Avanzó descalza por la habitación. Alcanzó la americana de Brian. Hundió su mano en ella. Encontró la llave. Volvióse a mirar a Brian. Dormía aún. Sonrió de nuevo, ya en marcha hacia la puerta. De pasada, tomó sus ropas. Ya en la salida, se vistió rápidamente, sin ruido. Luego, puso la llave en la cerradura. La hizo girar.
Dos veces. Después suspiró hondo. Se movió hacia el corredor...
—Vamos, vamos, ¿a dónde pretendes ir? —rió a sus espaldas la voz de Brian.
Ella, furiosa, se revolvió, mirando con ira a Kervin, que reía, sentado en el lecho, contemplándola lleno de ironía.
—¡Oh, maldito! —se exaltó— ¡Estabas despierto!
—Claro. Te dejé hacer, simplemente. Si tratas de huir, pierdes el tiempo. Soy más rápido que tú. Te alcanzaré antes de llegar al ascensor, y tú lo sabes..
—Bien —suspiró ella, abatida. Dejó caer sus brazos. Venciste, lo confieso.
Inició el regreso al interior de la habitación. La puerta quedaba abierta. Y, de repente, sucedió lo peor.
Unas figuras surgieron repentinamente en el hueco. Brazos rápidos, decididos, se adentraron en la habitación y aferraron a Iliana. Ella gritó. Brian saltó velozmente del lecho, en pijama, corriendo hacia sus ropas.
—¡Vamos, llevadla! —ordenó una áspera voz de mujer, allá fuera.
Arrastraron a Iliana al corredor. Una mano cayó sobre su boca, ahogando todo grito. Brian estiró sus dedos hacia el arma de repuesto que llevaba siempre consigo en todo viaje.
En el umbral apareció la siniestra silueta negra, elástica y felina. El rostro velado por las oscuras gafas grandes. La mano enguantada, armada de un ingenio de muerte.
"La Matadora"
Empuñaba un arma extraña, una más de su interminable arsenal de ingenios mortíferos. Tenía una forma similar a la de una pistola de pintor. Pero cuando oprimió su disparador, el arma no vomitó pintura, sino algo luminescente, de rara fosforescencia, de un tono lívido, violáceo.
Aquel fuego alcanzó el pijama de Brian, su torso semidesnudo. Se prendió el tejido violentamente, en una llamarada púrpura. Gritó roncamente Brian, con ojos desorbitados y manoteó desesperadamente en el aire.
Las aterradas pupilas de Iliana Laht, vieron como última imagen la del hombre con quien había jugado fuerte, esperando ganar o perderlo todo, una forma humana que se abatía envuelta en humo, en el centelleo purpúreo, que sin la menor duda, y ante la ronca carcajada de la diabólica mujer enlutada, significaba su muerte definitiva.
En el corredor del hotel, Tzar y tres de sus hombres, conducían a viva fuerza a Iliana hacia el ascensor. Dentro de este yacía el cadáver del ascensorista.
—¿Lo hiciste, Rhonda? —preguntó Zimball.
Ella se volvió triunfal, cerrado la puerta de golpe.
—Lo hice —asintió— Brian Kervin ha muerto. Nadie soporta sobre su cuerpo una descarga de veinte mil voltios concentrados... Y menos, descalzo sobre el piso, sin apenas prenda alguna de ropa sobre la piel...
Tzar rió entre dientes, jubiloso por la noticia, Iliana sintió ganas de llorar, y a, no sabía si por sí misma o por Brian.
Luego, recordó el recurso de los momentos extremos. Esto era una emergencia y debía actuar conforme a lo previsto. Cualquier cosa era mejor que entregarse en manos de enemigos como Tzar y "La Matadora". Incluso morir...
Movió sus mandíbulas un momento. No pudo hacer más. Súbitamente, la mano abierta de Tzar fue a su encuentro. La golpeó exactamente en la nuca, y la derribó en el ascensor, inconsciente, como un fardo..
—Revisa su boca —pidió a "La Matadora" fríamente— Debía llevar veneno...
Rhonda Arlene se inclinó sobre Iliana. Abrió sus labios y dientes, introdujo, los dedos en la boca. Dedos rápidos, diestros en la búsqueda. Apenas le bastaron cuatro o cinco segundos. Luego, lanzó un suspiro.
—Aquí está —dijo; y apareció en su mano una arrugada cápsula que contenía un líquido rosado. La mostró ante los ojos de Tzar— Estaba entre su lengua y sus dientes inferiores, adherida con una goma especial... Le hubiera bastado morder una vez. Debe ser muy activo.
—De modo que elegía la muerte. Eso quiere decir que sabe lo bastante para sernos útil —comentó Tzar, triunfal— La droga de la verdad no creo que surta efecto, pero la utilizaremos en ella. Después si ello fracasa, vendrá la hora de las torturas. ¿Crees conocer medios persuasivos suficientes para que desate su lengua la bella finlandesa?
Déjamelo a mí, Tzar —respondió con frialdad Rhonda— Hablará, te lo aseguro...

CAPÍTULO III
PLÁSTICO PESADO

Aquello podía ser el Paraíso. O el Infierno. Pero en ningún sitio era lógico hallarse de nuevo con Sheena Dirk. De modo que, después de todo, debía de ser el mundo y la vida.
—Que me ahorquen si lo entiendo —masculló en principio, sin apelar al tópico de preguntar dónde se hallaba o qué había sucedido— ¿Tú aquí, Sheena?
—Debí dejarte morir a solas, maldito idiota —rezongó ella— Sería tu justo castigo por confiar en las rubias seductoras...
Eso le hizo recordar ya algo. Rubias seductoras... Iliana Laht. Y Sheena, la pelirroja candente.
Se incorporó, y soltó un gemido de dolor, volviendo a tenderse cuan largo era. Una voz familiar le aconsejó:
—Será mejor que no hagas tonterías aún. Tienes el cuerpo como si hubieras pasado el desierto de Gobi desnudo y sin protección. Te abrasaron, amigo.
Era Benson. El teniente Benson, de Tallahassee 7000, Distrito policial de Miami Beach. Lo vio aparecer con aire pensativo y ceñudo, en su campo visual.
—Malditos... —gruñó Brian cerrando los ojos— ¿Y la chica, Benson?
—¿Tu amiga rubia? Ni siquiera sabía que tuvieras una. Nos lo dijo la señorita Dirk. ¿Quién era ella?
—Merezco una paliza por imbécil —rezongó Brian— Ella era Iliana Laht. Secretaria general del Consejo de la Ciencia, o algo así.
—¿Hablas en chino, Brian?
—Ahora que mencionas el chino... ¿Apareció Kwang?
—¿Ling Kwang, el científico chino? Claro. Muerto como mi abuela Tula —Benson soltó una retahíla de juramentos— ¿Qué mil diablos de lío es éste, Brian?
—Te lo contaré a solas —rió Brian— No apto para menores pelirrojas.
—Te odio, Brian —se enfureció Sheena— Después que velo tus sueños, olvidando ofensas anteriores... ahora me apartas de todo esto.
—Vale más así. Ya viste lo ocurrido. Es un asunto feo, preciosa.
Los dos hombres se miraron, Benson suspiró, meneando la cabeza con aire de reproche Kervin preguntó algo que le quemaba la mente:
—¿Qué pasó realmente, amigo mío?
—No tengo la menor idea, por todos los diablos —se enfadó Benson— Sheena Dirk vino a algo, y te encontró así. Nos avisó. Yo vine personalmente. Estabas tan caliente y chamuscado como si hubieras metido tu cuerpo en un horno, pero vivías. Un técnico del Departamento dijo que, al menos, te habían metido veinte mil voltios en el cuerpo. Me pregunté como podía un tipo soportar eso, y el técnico me habló de lo que llevabas bajo el pijama. Algo así como unas placas antitérmicas y refractarias, que absorbían cualquier energía, reduciéndola a un mínimo... ¿Eso es cierto, Brian?
—Si, lo es —rió Kervin— Acostumbro a usarlas en mis pijamas, incluso cuando hay una chica conmigo. No se notan apenas.
—Sois unos endiablados magos, Brian, en vuestra división. ¿Sabías que corrías peligro?
—Sí. La rubia era la secretaria de Kwang y de otros científicos. Quería sacarle la verdad. Ella se evadió, porque intervinieron fuerzas ajenas a todo esto. Tzar me localizó, maldito sea y su "Matadora"
—Ya te veo. Te pasaste de listo, Brian. Ni siquiera me hablaste de tu rubia.
—No era necesario por el momento.
—¿Ya ahora?
—Ahora, al diablo con todo eso. Si la tienen en su poder y no ha logrado suicidarse oportunamente... hablará. Tzar puede hacer hablar a cualquiera, si se lo propone. Y no precisamente con drogas derivadas del pentothal sódico...
—¿Tortura?
—Y de la más refinada. Aprendió los métodos de la NKVD.
—Buena escuela —torció Benson el gesto— ¿Qué vamos a hacer?
—No sé. ¿Dices que hallaste muerto a Kwang?
—Como si le hubieran metido una tonelada de cianuro en el cuerpo.
—Sí, vi eso. ¿Dónde lo hallaste?
—En una granja abandonada de las cercanías de Miami Beach. Lo mismo que el cuerpo de Selwyn Shell.
—¿Muerto también? —Brian se puso rígido.
—Del todo, Brian. Le habían inyectado veneno en las venas. Fue un hallazgo casual el de esa granja, por una de mis patrullas especiales. Alguien dijo que sus ocupantes, muy numerosos habían levantado el vuelo. Era una granja avícola... pero no encontramos ni un sólo pollo. Debía ser el refugio provisional de Tzar.
—Me gustaría verlo. ¿Cómo supiste que el chino muerto era Ling Kwang?
—Tu amigo Cranston, del FBI de Miami, me informó. El hecho fue confirmado por el doctor McMeal, del Departamento de Química del Estado de Florida: Kwang era una notabilidad, al parecer.
—Lo era, sí. Y aún quedan seis sabios más. Posiblemente peligran todos a estas horas.
—¿Eso que quiere decir, Brian?
—Eso quiere decir que Tzar ha jugado su baza y ha ganado. Si Iliana los revela la forma en que llegó a Miami Beach, y el emplazamiento de los científicos unidos con esa ridícula idea de la paz mundial, la hecatombe estará muy cerca de producirse, Benson. Y estoy seguro de que la pobre chica hablará, le guste o no.
—Oh, por todos los diablos... ¿No hay un medio de advertirles a ésos sabios de lo que sucede?
—Sí, lo hay. Supongo que escucharán algunas emisoras desde su cuartel general. Probaremos repetidamente para ver si llega a ellos la noticia, informando de la muerte y la captura de Iliana Laht. No sé si nos creerán o no, pero eso les pondrá sobre aviso. Dios quiera que surta efecto, Benson.
—¿Hay otro medio de intentarlo?
—No, no lo creo. Ni siquiera sabemos frecuencia o longitud de onda utilizada por los científicos. Pero supongo que mantienen un directo contacto con el mundo, para conocer la marcha de los acontecimientos. Eso puede salvarles a ellos... y en cierto modo a nosotros. Las armas de la dulce "Matadora" y de Tzar, son juegos de niños, comparados con los recursos del Consejo de la Ciencia. Solamente un arma suya, el Aire Líquido, puede acabar con todos nosotros en un instante...
—Diablo, ¿y a qué estamos esperando? —rezongó Benson, saliendo apresuradamente de la habitación sin más preámbulos.

* * *

El submarino de bolsillo hendía las aguas suave, calladamente. Se sumergió, una vez fuera de las costas, y sus silentes motores especiales, aislados contra el radar y el sonar por una capa magnética de condiciones desconocidas aún para los países, le impulsaron en una dirección sur-sudoeste, hacia el Caribe,
A bordo viajaban tres personas solamente. Tres. No eran dos como al ir hacia Florida. No eran cuatro, como podían haber tenido cabida en el diminuto sumergible. Eran tres. De ellas, solamente una hizo el viaje anterior: Iliana Laht.
Las otras dos personas eran una copia aparentemente exacta de la propia Iliana Laht y del difunto Ling Kwang. Un chino y una rubia nórdica. Eran los compañeros de Iliana.
El chino, podía pasar en cierto modo, por Ling Kwang, si no se estudiaba a fondo su aspecto. Ella, no se parecía físicamente a Iliana, pero era rubia y era hermosa.
Se miraron entre sí los dos duplicados de Kwang y su secretaria. Luego, miraron a la inconsciente Iliana, tendida en un asiento posterior del submarino.
—¿Resultará? —preguntó ella.
—Tiene que resultar —afirmó él— Tenemos absolutamente todos sus códigos, su carta secreta de navegación, sus rutas, la posición del islote, sus accesos, la entrada submarina. Y de momento podemos engañarles, hasta dominar la situación.
—Es una aventura arriesgada. Esa gente no es precisamente torpe. Son científicos, sabios astutos y despiadados...
—Nosotros también somos despiadados. Y sabemos la clase de enemigo que tenemos, Rhonda. Todo lo contrario de ellos, que ignoran la clase de adversario que se les viene encima... Resultará bien, no lo dudes. Muerto Kervin, desaparecido el auténtico. Kwang, y dominada Iliana, no hay nada ni nadie que nos pueda vencer. Estamos en el camino del triunfo. Una vez en ese islote, no podrán resistirse. Hay ya varios helicópteros que siguen nuestro rumbo, con hombres leales y dispuestos a todo. Llegarán simultáneamente al islote, y nos ayudarán al ataque decisivo.
Tzar había hablado. Resultaba extraño oír su voz, bajo aquella especie de máscara de carne que era su rostro oriental de ahora. No necesitaba recurrir a procedimientos de maquillaje o caracterización, sino al más directo y eficaz de inyectarse el compuesto plástico que hacía moldeable su rostro durante un corto espacio de tiempo, para darle la forma requerida y pigmentarle de acuerdo con su raza. Cuando quisiera, otra inyección le permitiría recuperar su aspecto normal, al descomponerse la leve superficie plástica que cubría su epidermis, haciéndola maleable al tacto.
Ante él, Rhonda Arlene, "La Matadora", solamente había cambiado su cabello negro-azul por la dorada melena que recordaba vagamente a Iliana. La primera impresión al salir del submarino, ya en el cuartel general del Consejo de la Ciencia, sería forzosamente engañosa para los demás. Y les permitiría reforzar su posición, en espera de la llegada de su gente, por vía aérea, siguiendo al submarino de bolsillo en su navegación.
Tzar había aplicado, al descubrir la naturaleza anti-sonar y anti-radar del sumergible, un mecanismo especial de detección al casco del submarino. Detección por radio, que solamente captaría quien sintonizase una determinada longitud y frecuencia de onda desde el aire. Esa longitud y frecuencia, era la de las escuchas de su organización. De ese modo, la navegación podía ser fielmente seguida desde el aire, tan sólo por sus leales.
—¿Y qué haremos con ella ahora? —preguntó roncamente "La Matadora"— Será un estorbo para entrar en el islote sin despertar sospechas en principio.
—Por supuesto, Rhonda. Vamos a deshacernos ahora de ella. En realidad, no nos hace ninguna falta, una vez nos confesó la verdad. Pero no era conveniente dejar más víctimas en Miami Beach. El cuerpo de Iliana Laht se quedará para siempre en el mar.
—¿En qué forma? Si la arrojamos ahora, emergerá su cadáver... Y no tenemos lastre alguno a bordo.
—Desde luego que no. Pero esos científicos son endiabladamente listos. ¿No has descubierto sus cápsulas plásticas?
—¿Sus... qué? —se sorprendió "La Matadora".
—Cápsulas de tipo plástico —Tzar situó el piloto automático en posición de funcionamiento, y se incorporó de su asiento ante los mandos del submarino de bolsillo. Inclinóse ante un compartimento lateral, y descorrió su puerta, mostrando el interior Míralas... Son bolsas de una rara materia plastificada que se mantiene sumergida, dado su enorme peso. Puede mantener a una persona bajo el agua durante largo tiempo, porque dentro tiene unas cápsulas generadoras de oxígeno, concentrado en elevada proporción. Pero si introducimos en ella a Iliana, sin conocimiento, y cerrada esa válvula de oxígeno, tendremos que morirá necesariamente y se perderá en el fondo del océano, sin emerger jamás, dentro de esa cápsula hermética y pesada.
—Muy hábil. Pero, ¿cual es, exactamente, la utilidad real de esas cápsulas?
—Salvavidas para los ocupantes de este submarino. Imagina que hay una avería a bordo y hemos de abandonarlo con urgencia. Bien; utilizamos una cápsula plástica cada uno, con la válvula del generador de oxígeno abierta. Y nos mantenemos en el agua durante un buen número de horas. Nuestro propio anhídrido carbónico, al actuar en una especie de tejido hecho a semejanza del sistema de fotosíntesis de las plantas, se transforma de nuevo en aire respirable, y así se mantiene casi indefinidamente la capacidad de sobrevivir dentro de esa cápsula, hasta ser hallado. Se puede emerger, si uno lo desea, desprendiendo desde el interior y por una acción repetida en un botón plástico, los lastres de densidad que mantienen sumergida la cápsula. Es un ingeniosísimo método para salvar vidas en alta mar, ciertamente. Cada cápsula tiene sus instrucciones en seis idiomas, en una placa de celofán anexa: ruso, inglés, alemán, chino, japonés y checo.
—Los idiomas de los siete sabios.
—Exactamente. Ese sistema de vida, puede serlo ahora de muerte. Envolveremos a Iliana Laht en una de las cápsulas... y la enviaremos al fondo del mar para siempre. Nadie va a encontrarla jamás. Esa muerte no podrá sernos achacada nunca, Rhonda.

* * *

El teniente Benson contempló perplejo a Brian Kervin. Luego, sacudió la cabeza, con evidente desconcierto.
—¿Puede estar seguro de eso, Kervin? —inquirió, aún incrédulo.
—Totalmente, Benson —asintió Brian— Ya la tengo localizada...
—¿Dónde?
—En alta mar.
—¿Cómo?
—Está en alta mar. Y, lo que es peor, viaja sumergida.
—¿Un submarino?
—Eso parece, sí.
—Confieso que no lo entiendo. ¿Cómo puede estar tan seguro?
—Las señales son débiles pero precisas. Juntando las coordenadas sobre este mapa graduado, nos da un punto exacto casi. Aquí —plantó su dedo sobre un punto en el azul amplio del Mar Caribe— Puede estar en un radio de diez millas en redondo, pero no más lejos.
Benson y Sheena Dirk cambiaron una mirada de estupor. Luego volvieron a contemplar a Brian, que tomaba rápidos apuntes en una hoja de papel, trazando cálculos vertiginosos.
Contempló de nuevo el oscilógrafo plano que retenía en su mano izquierda. En un ángulo, una diminuta pantalla aparecía surcada por ondas verdosas. En otro, el oscilógrafo propiamente dicho, movía una aguja fluorescente sobre cifras igualmente luminosas.
—Me gustaría saber el secreto de ese ingenio, Kervin —comentó Benson, perplejo.
—Es simple —rió Brian, aunque su ceño fruncido parecía alejar toda idea de auténtica hilaridad— Iliana Laht lleva un sistema de detección que este aparato capta a distancia con enorme sensibilidad.
—Sí, es simple. Pero, ¿cómo pudo ponerle a Iliana el detector?
—No fue difícil., —miró Brian de soslayo de Sheena, y pareció levemente azotado— Aproveché un momento oportuno, teniente.
—Ya —Benson, también contagiado de su embarazo, cambió rápidamente de tema, ante la mirada cáustica de Sheena, dirigida a Brian y a él— ¿No lo sabe ella misma?
—No. Ni siquiera lo advirtió. Es una placa ultrasensible, que emite radiaciones de determinada intensidad y frecuencia. La lleva adherida en la nuca —hizo Brian un gesto evasivo— Bueno justamente bajo su larga melena. Ni ella ni nadie la verán fácilmente. Es de color carne y altamente adhesiva y plana.
—Ella debía estar muy emocionada para no notar cuando la adheriste, Brian —comentó Sheena con sarcasmo.
Kervin no dijo nada. Se limitó a seguir explicando a Benson:
—Temía que en cualquier momento pudiera escapar o ser raptada. Si eso sucedía, quería tener oportunidad de seguir su rastro. Y parece qué ha llegado ése momento.
—¿Vas a seguirla?
—¿Lo dudas? —rió Kervin— Tengo qué dar con ella, antes de que le suceda algo irreparable. Y es posible que me esté mostrando el camino hacia el Consejo de la Ciencia.
Brian subió a la ligera avioneta azul que le aguardaba junto a la oficina del aeropuerto privado, en las cercanías de Miami. Llevaba consigo un mapa y las líneas coordenadas trazadas por él. Era el único ocupante de la nave particular.
—¿De veras no necesitará ayuda, Kervin? —preguntó gravemente Benson, al pie de la avioneta que estaba a punto de partir-Yo sí podría escoltarle dónde fuese.
—No gracias —rechazó Brian— Si no puedo manejar yo sólo este asunto, será mejor que vaya pensando en mi retiro... Hasta pronto, amigo Benson.
Agitó su mano y cerró la portezuela de la avioneta. Esta se halló bien pronto en las alturas, perdiéndose en el mismo azul que parecía formar parte de su fuselaje.
Sheena Dirk suspiró, viéndole distanciarse acaso para siempre. Miró a Benson con cierto rencor.
—No debió dejarle partir —señaló, irritada— Es muy peligroso...
—El peligro es su oficio, señorita Dirk —sonrió tristemente Benson— Nadie puede discutir con Brian Kervin cuando está cumpliendo una misión.
—¿Una misión? —Sheena pestañeó— ¿Acaso él es... agente secreto O algo así?
—¿No lo sabía aún? Agente especial del FBI. División de Seguridad Nacional —Benson vio como la avioneta se perdía en el azul. Terminó, con aire cansado— Es su tarea, y quiere hacerla sólo. Ninguno tenemos derecho a mezclarnos en sus asuntos si él no lo quiere.

* * *

El lanzatorpedos zumbó rabiosamente.
Un cuerpo surgió, disparado, al azul profundo y oscuro del mar. Se perdió, al final de una turbulenta estela de espuma y burbujas. Pero no era un torpedo. No era un proyectil vulgar.
Era una rígida, extraña, pesada envoltura de plástico, con unas cápsulas interiores de color gris plomo. Una especie de cilindro flotante pero denso, en cuyo interior, como suspendida en una alucinante hibernación, se veía un cuerpo inerte, rígido, de mujer.
Una mujer de dorados cabellos, como una fantástica walkiria en un paisaje de leyenda inverosímil. Una víctima de un hechizo asombroso de los brujos del siglo XX. Una hermosa muchacha, enviada a la muerte en un envoltorio transparente, cristalino plástico pesado.
Lo bastante pesado, para paulatinamente, irse hundiendo, a medida que se perdía, flotando en las profundidades del Caribe.
Mientras tanto, un diminuto submarino de singular apariencia, se perdía en la distancia, tras haber soltado aquel humano lastre, como una remesa inexorable hacia la muerte en el fondo de los mares...
Ese era el destino aterrador de Iliana Laht, sentenciada por Tzar y "La Matadora" a una muerte ignorada totalmente por el mundo.

SEGUNDA PARTE
FRÍO TOTAL

CAPÍTULO I
ATAÚD CRISTALINO

Nadia Benkova depositó el mensaje sobre su pupitre.
—No me gusta eso —declaró fríamente— No me gusta en absoluto señores.
Siguió un silencio. Los otros cinco miembros de la Asamblea cambiaron miradas de perplejidad.
—Profesora Benkova, ¿cuál es su criterio personal al respecto? —indagó el actual presidente del Consejo de la Ciencia, Ivan Fedorov.
—Creo que este mensaje podría ser cierto —manifestó ella, rotunda.
—Si así fuese... el mensaje enviado por Ling Kwang desde el Sub-1, sería apócrifo —replicó con vivacidad Donald Prince.
—Sí, podría serlo.
—Ha dado todos los códigos y ha enviado la misiva de la forma habitual —rechazó Shiro Onaka— No parece lógico lo que usted sustenta, profesora.
—No tengo nada sólido en que basarme. Simplemente, me parece extraño que las emisoras de radio de los Estados Unidos, especialmente, las de onda corta, hayan difundido este mensaje.
—Sencillamente, es una trampa para desorientarnos y hacernos dar algún paso en falso. —opinó Gunther Von Kleven— Usted, profesora Benkova obra de buena fe al dar crédito a ese texto radiado por los norteamericanos, pero sería mala cosa que desconfiáramos de nuestros propios camaradas, e hiciéramos volar por control remoto el Sub-1 con la señorita Laht y el profesor Kwang a bordo.
—Podemos someter la cuestión a votación —señaló Fedorov— Si ustedes deciden que, para mayor seguridad de la base, debernos volar el Sub-1 yo acataré su deseo. Pero corremos el riesgo de eliminar no sólo a Kwang y a Iliana Laht, sino también un fondo de cien millones a cobrar en cualquier banco internacional.
—Estoy de acuerdo con la Presidencia —señaló enérgicamente Bertrand Salter, el eminente norteamericano— Y también con Von Kleven. No podemos votar con seguridad, condenando al sumergible y a sus ocupantes, sin saber siquiera si ese mensaje es apócrifo o verdadero.
—Yo preguntaría a esta Asamblea cuál es la forma que tenemos de confirmar a ciencia cierta la veracidad o falsedad del mensaje captado— replicó vivamente Nadia Benkova— Sé supone que los científicos, debemos dejarnos guiar solamente por el cerebro, y no por simples deducciones o teorías sin base.
—Usted, profesora, es quien sustenta teorías sin fundamento... al menos por ahora —objetó duramente Donald Prince, el británico experto en Química— Resulta difícil creer ese texto. ¿Quiere leerlo de nuevo, por favor?
—Muy gustosamente, sí —convino la científica checa.
Tomó el escrito mecanografiado en papel amarillo. Lo leyó, con calma:
"NOSOTROS, LA OFICINA FEDERAL DE INVESTIGACIÓN DE WASHINGTON D.C. INFORMAMOS ABIERTA Y DIRECTAMENTE AL CONSEJO DE LA CIENCIA SOBRE DETERMINADAS NOTICIAS QUE CONVIENE QUE SEPAN SUS SEIS MIEMBROS SUPERVIVIENTES:
A) QUE SUS ENVIADOS A MIAMI BEACH, EL PROFESOR LING KWANG Y SU AUXILIAR, LA SECRETARIA FINLANDESA ILIANA LAHT, FUERON VICTIMAS DE UNA EMBOSCADA EN LA QUE FUE MUERTO SELWYN SHELL, FINANCIERO DE LOS MIEMBROS DE ESE CONSEJO. KWANG HALLO LA MUERTE, E ILIANA FUE RAPTADA CON FINES IGNORADOS.
B) QUE ES MUY POSIBLE QUE SU MEDIO DE TRANSPORTE ESTE EN ESTOS MOMENTOS MANEJADO POR PERSONAS AJENAS AL CONSEJO CUYOS MOTIVOS PUEDEN SER SINIESTROS, Y CONDUCIRÍAN AL FIN DEL CONSEJO Y A UN CAOS MUNDIAL.
C) QUE EL CADÁVER DE LING KWANG ESTA EN LA MORGUE DE MIAMI BEACH COMO PRUEBA EVIDENTE DE NUESTRAS AFIRMACIONES, Y QUE LA POLICIA DE TALLAHASSEE 7000 ESTARÁ DISPUESTA A PROBARLO EN TODO MOMENTO, ASÍ COMO EL HALLAZGO DEL CUERPO DE SELWYN SHELL, MUERTO VIOLENTAMENTE TRAS SER SOMETIDO AL SUERO DE LA VERDAD.
D) QUE A LA VISTA DE TODO ELLO, ESE CONSEJO DEBE RECAPACITAR SERIAMENTE Y DECIDIR AL RESPECTO, PARA EVITAR UNA POSIBLE INVASIÓN DE SU REFUGIO, CON LO QUE ARMAS COMO EL "CERO ABSOLUTO" PROVOCADO POR SU "HELIO LIQUIDO", ESTARÍAN EN MANOS DE ORGANIZACIONES SUPERCRIMINALES, PARA SER UTILIZADAS EN SU BENEFICIO, O VENDIDAS AL MEJOR POSTOR INTERNACIONAL.
TODO LO CUAL LO AFIRMA ESTE DEPARTAMENTO FEDERAL, CON LA GARANTÍA DE SU PALABRA Y DE CUANTAS PRUEBAS SEAN PRECISAS AL RESPECTO.
NO ESTAMOS DE ACUERDO CON ESE CONSEJO NI ACEPTAMOS SUS PROCEDIMIENTOS, PERO SERIA MIL VECES PEOR PERMITIR QUE OTRAS PERSONAS MENOS ESCRUPULOSAS DOMINARAN SUS CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS, ESPECIALMENTE EN ARMAS DESTRUCTORAS.
FIRMADO:
JOHN EDGAR HOOVER, DIRECTOR DEL FBI WASHINGTON D.C. USA."
La duda era intensa. Casi se podía palpar en el ambiente. Pero la propia doctora parecía darse cuenta de su falsa postura ante los escépticos sabios del Consejo. Se dejó caer en su asiento, sin añadir palabra.
—El mensaje es ridículo —afirmó lentamente Donald Prince, el científico británico— No tiene base alguna profesora Benkova.
—Habla de pruebas en poder de la policía —objetó Shiro Onaka, indeciso.
—Por Dios, profesor Onaka, no somos niños —se irritó Von Kleven— Las pruebas sería preciso ir a verlas a Miami Beach. Lo cual sería una perfecta trampa para cualquiera de nosotros que fuese lo suficientemente estúpido como para confiar en la palabra de unos policías americanos:
—Creo que Von Kleven tiene gran razón en ese punto —aseveró Fedorov, el actual presidente— No olviden que, precisamente los grandes capitalistas norteamericanos, las fortunas sólidas y macizas de ese país, son las que apoyaban con más ardor la guerra que nosotros terminamos con el arma glacial, e incluso su capital más preciado se alinea descaradamente junto al Gobierno que, en Campo Estrellado, quiso enviar un proyectil nuclear contra unos pueblos subdesarrollados, que siguieron equivocadamente la ruta de una guerra ante un enemigo demasiado poderoso en el terreno económico.
El argumento de Ivan Fedorov era contundente. Todos los presentes sabían muy bien que aquello era cierto. Y eso minaba la fuerza moral norteamericana, de cara a los argumentos expuestos en el mensaje.
—No creo que el FBI se haga cómplice de maniobras de tipo económico, a escala mundial —señaló roncamente Nadia Benkova— Ellos no forman parte del capital de Wall Street.
—Se dejarán pagar por los financieros —manifestó despectivamente Donald Prince-
—Rechazo esa sugerencia —saltó Bertrand Salter— Soy americano, y encuentro atinado lo que hicimos en Campo Estrellado, porque ello garantizaba la paz, y estrangulaba una posible guerra nuclear a gran escala. No todos nos alineamos con los grandes capitalistas de Wall Street, profesor Prince. En cambio, creo que su muy británica City y sus magnates, también se alineaban junto a los hombres de Campo Estrellado, en esa guerra local de tan graves posibilidades...
—Orden, por favor —mandó enérgicamente Ivan Fedorov— No lograremos nada echándonos encima los montones de basura mutuamente. De toda esta discusión, aceptamos las siguientes premisas: Primeramente hay un mensaje del FBI cuya legitimidad y veracidad, están en tela de juicio. Segundo, el Sub-1 está de regreso a la isla, y al parecer todo marcha bien a bordo, y sus ocupantes conocen el código normalmente, sin que exista motivo de recelo alguno. Tercero, estamos cometiendo un error muy serio al mezclar políticas e intereses económicos ájenos en nuestras discusiones, sin llegar a un fin práctico. Finalmente, propongo un debate de urgencia y una votación. Rotundamente, el dilema es éste: no tenemos forma alguna de probar la falsedad del mensaje federal norteamericano, o del código emitido por el Sub-1 de modo que aceptar un hecho u otro, entraña el peligro de un error imperdonable. Sugiero pues una solución ambigua.
—¿Qué solución, profesor Fedorov? —se interesó secamente Shiro Onaka, el gran biólogo japonés.
—Sencillamente, rechazar el mensaje americano en tanto no tengamos pruebas rotundas de su veracidad. Y por otro lado, mantener prevenciones con respecto al Sub-1 ya sus ocupantes, recibiéndoles con precauciones de emergencia, por si no fuesen realmente Kwang e Iliana. Esta es mi proposición y como presidente actual de la Asamblea propongo que se someta a votación definitiva.
Tras una pausa contemplativa, hubo varios asentimientos mutuos. Se hizo portavoz de todos ellos la profesora Benkova:
—Aceptado, señor Presidente. Votemos esa moción. Pero sin olvidar qué, a bordo el Sub-1, desgraciada o afortunadamente, viajan tres cápsulas de Aire Líquido, en condiciones de ser situadas en cualquier momento en el límite de Cero Absoluto, para su utilización como arma congeladora. Y que, por el momento, no existe en el mundo contraarma alguna para neutralizar los efectos del Aire Líquido. Ni siquiera en nuestro orgulloso refugio de la ciencia...

* * *

Sorprendido, Brian Kervin clavó sus ojos en la pantalla electrónica de su detector. Escudriñó la superficie marina, a los pies de su vertiginosa avioneta. Y redujo la velocidad, con un pestañeo de perplejidad en sus ojos.
—No lo entiendo... —masculló entre dientes— Esa onda proviene siempre del mismo punto...
Miró atrás. El mar era un enorme espejo azul, levemente rizado por un oleaje suave, cadencioso como la música de aquellos trópicos. En la distancia, las islas de Jamaica eran como manchas de verdor mezclándose con la bruma neblinosa del calor y la humedad tropicales.
Hizo dar dos giros lentos a su avioneta, sin desviar su mirada del detector. Todo siguió igual. La señal no sufría alteraciones. Procedía de un mismo punto. No se movía en dirección alguna...
Un sudor frío empapó su frente. Inclinó la cabeza sobre los mandos. La idea le resultó insoportable. Pero obsesiva también.
Algo ocurría allá abajo. Algo había sufrido alteraciones. El submarino no se debía mover. Al menos no se movía ella, Iliana Laht. Era ella quien llevaba el detector consigo. Cabía la posibilidad de que hubiera sido descubierto y arrojado fuera del submarino.
Pero también cabía otra posibilidad más horrible: que Iliana misma, hubiese sido arrojada fuera de aquella nave sumergida, cualquiera que fuese ésta. La vida de ella podía detenerse. Pero no las baterías del ultrasensible emisor de ondas especiales.
Brian tomó una repentina resolución. Picó con su avioneta sobre el mar. Descendió rápidamente hacia la superficie azul. La señal se hizo más intensa. Voló en espiral, y en el momento en que la intensidad llegó a su punto casi máximo, aseguró los mandos de a bordo para no perder la localización de aquel punto.
Rápidamente, ajustóse su cascó de goma y gafas, tras situar el piloto automático de la avioneta, en un vuelo circular constante. Se puso en pie. Sus ropas fueron rápidamente arrojadas al suelo. Su figura estaba ya vestida totalmente en goma azul. De una maleta que llevaba consigo, extrajo dos tubos angostos, cilíndricos. Dos tubos de una especial carga de oxígeno concentrados a alta presión. Los aseguró a su tubo de respiración. Ya disponía de aire respirable para casi treinta minutos. Y sin; embargo, su equipo de inmersión era enormemente ligero y manejable. Sin lastre alguno.
Le daba pena perder la avioneta. Pero ésta se perdería de cualquier modo. Su Gobierno pagaría la correspondiente indemnización. Eran gastos inevitables en misiones cómo aquella.
Se lanzó al mar, tras asegurarse su paracaídas. La avioneta, con el piloto automático en funcionamiento, y dirigida al punto más lejano posible al de su caída, se perdió en la distancia, mientras el cuerpo de Brian Kervin descendía en lenta flotación hacia el mar, abierta la enorme comba de seda de su paracaídas color gris-azul, casi confuso con el del cielo y el mar...
Flotó en el mar, mientras muy lejos, estallaba el mar en espuma y fuego, al reventar contra él la avioneta salida del aeropuerto privado de Miami Beach...
Brian sabía que podía haber cometido en ese momento un error tremendo... o haber dado un gran paso en su camino hacia ninguna parte. Hacia el oculto refugio de los científicos unidos por la paz del mundo. O por su desastre final...
Su cuerpo duró poco tiempo en la superficie. Justamente él que tardó él mismo en deshacerse de su paracaídas y de Sus flotadores de goma especiales, hinchables automáticamente al contacto con el agua.
Luego, el azul cuerpo de Brian Kervin, se hundió en las aguas, directo hacia las profundidades, como un fantástico tritón.
El detector, que iba consigo en aquel salto, quedaba flotando arriba, en la superficie Y su señal, violeta casi, le señalaba algo concreto: estaba justamente encima del origen de las ondas emitidas.
Encima del submarino del Consejo de la Ciencia. O encima de Iliana Laht. O encima de su cadáver.

* * *

Allí estaba.
Brian sufrió una convulsión en las torvas profundidades oscuras, casi negras. Creyó hallarse ante un ataúd de vidrio, extraño e inverosímil, flotando en la luminiscencia de aguas sombrías, peces casi abisales y algas espectrales. Su luz, la luz del foco rectilíneo y abierto de un faro especial y amarillo, hendió esos azules profundos espesos, casi insondables. Centelleó, reflejado por el blando plástico de la envoltura mortífera de aquella cápsula cilíndrica, flotante en los fondos marinos con un ser humano a bordo, en alucinante hibernación, como sosteniéndose a flote entre la eternidad y la nada, entre el ser y el no ser.
Era ella, la rubia Iliana...
La figura azul de Kervin reptó en el azul casi gemelo del mar viscoso, eludiendo el abrazo, el contacto de algas pegajosas, de peñascos cubiertos de verdor gomoso, de extrañas criaturas marinas, fauna huidiza o audaz según los casos, y en todo momento perpleja por la presencia del invasor de fantástico aspecto y movimientos bruscos.
Cayó Brian, vertiginoso como una centella marina de especie ignorada, encima de la plástica envoltura del increíble ataúd. En su mano enguantada de buceador, destelló la luz amarilla al rebotar en el acero afilado de un ancho cuchillo.
Y el cuchillo se hincó en aquella materia plástica, hendiéndola y rasgándola cómo si fuese simple papel. El cuerpo, rápidamente, flotó hacia arriba y subió, subió, volteando, entre leves burbujas. Aterrado, Kervin descubrió la palidez de su semblante, la aparente carencia de vida de aquel cuerpo.
Sin prestar atención a la bolsa plástica desgarrada, que se hundía en las profundidades, como si estuviera hecha de puro plomo, Brian tomó consigo a Iliana Laht. Arrancó la goma respiratoria de su boca, tras tomar fuerte aliento de oxígeno. La aplicó a los labios y nariz de ella, en tanto forcejeaba con piernas y pies, remontándose otra vez a la superficie. Cuando sintió terminado el aire de sus pulmones, volvió a respirar aire de su tubo, para en seguida aplicarlo de nuevo a la boca de la rubia figura inerte que flotaba en sus brazos, y así en forma constante; sucesiva mientras las dos formas humanas subían con la mayor rapidez posible hacia la superficie.
Finalmente, Kervin marina, entre un remolino de espuma. Anhelante, Kervin se inclinó sobre ella, estudiando sus reacciones.
Iliana y Laht continuaba pálida, inmersa en su inconsciencia, como muerta. Pero al rasgar violentamente sus ropas, tocando su seno, Kervin comprobó con júbilo que ella respiraba, aunque muy lentamente.
Vivía.
Vivía. La había salvado, acaso en el último instante, en el trance decisivo entre la vida y la muerte.
—Gracias a Dios... —jadeó Kervin, agotado, dejándose mecer por el oleaje de alta mar— Ha salido de las profundidades mismas de la Muerte... Y nunca mejor empleada esa imagen...
Contempló el rostro terso, mojado, hermoso y rubio. Besó su cabello, su boca yerta, sus mejillas frías y húmedas. Sintió una grande, una profunda compasión por Iliana Laht, la dulce apasionada finlandesa de los cabellos de oro.
Luego, se preguntó qué podía haber sucedido en el fondo del mar, por qué ella viajaba en aquel ataúd de cristal hacia la muerte, y hacia dónde había partido ahora el submarino, definitivamente perdido al expulsar de su interior a la prisionera, de quien evidentemente, habían obtenido toda la información precisa. Las huellas de tormento en su cuerpo, así lo daban a entender.
Eran dos cuerpos perdidos en alta mar. Dos seres a merced del Caribe, del silencio total, casi eterno, de la ausencia absoluta de seres vivos en derredor...
Y eso, con la ausencia absoluta de recursos para él y para Iliana, solamente podía significar una cosa, en las presentes circunstancias: la muerte definitiva para ambos.
A no ser que un milagro llegara a suceder. Un milagro casi imposible, a juicio de Brian Kervin, Agente Especial M-31 de la Oficina Federal de Investigación.

CAPÍTULO II
NEGATIVO 273

Gravemente, Ivan Fedorov se volvió a los demás.
—Las frases del Código han sido correctamente pronunciadas —señaló— Son ellos. No hay la menor duda.
—Eso no prueba nada. Si Kwang e Iliana Lath fueron interrogados a fondo con algún procedimiento, pudieron revelarlo todo. Absolutamente todo...
Resulta difícil de creer, dándose el caso de que Iliana y Kwang llevasen consigo cápsulas venenosas para suicidarse, en caso de emergencia. No hay nadie que pueda haber previsto eso e impedido el suicidio. No hay tiempo material de ello...
—Quienquiera que hubiese podido aniquilar a Shell, Iliana y Kwang, será lo bastante listo para eso y mucho más —rechazó la profesora Benkova, encarándose con Donald Prince desabridamente.
—Eso suena a razonable —convino Onaka— Pero no creo que sea el caso.
—De cualquier modo, si los que salgan del Sub-1 no son Iliana y el profesor Kwang... automáticamente serán aniquilados por nuestro "Negativo 273" —anunció el profesor Von Kleven— Toda la caverna está sometida ahora a la pulverización por helio líquido, señores...
Esa noticia, no por sabida tranquilizó menos a los presentes. Incluso Nadia respiró hondo, aunque se advertía en su gesto un cierto poso de recelo, de duda, de incertidumbre que hubiera deseado ver allanadas definitivamente.
—Cuidado —avisó Bertrand Salter, que se ocupaba de los controles electrónicos del ascenso a la isla rocosa— El Sub-1 entra ya en zona neutra...
La "Zona Neutra" era la propiamente dicha que afectaba a la corriente submarina del islote. Eso quería decir, en otras palabras, que el Sub-1 entraría en la balsa de agua en menos de un minuto.
Se tensaron los nervios en la cabina de observación. La mano de Von Kleven, instintivamente se posó sobre un botón rojo, en cuya superficie circular se leía nítidamente: NEGATIVO 273.
Era el control del Frío Absoluto. Del helio líquido y mortal.
—Precaución —advirtió la voz tensa de Fedorov— No debe existir precipitación alguna...
Afirmó en silencio Von Kleven. El científico alemán, en cierto modo padre del sistema de congelación absoluta, como arma útil y mortífera, era el más indicado para saber cuándo y cómo debía utilizar el tremendo recurso del Aire Líquido sobre los ocupantes del Sub-1.
Transcurrieron los segundos. Y después, lentamente, se agitaron las aguas embalsadas bajo la bóveda de piedra. Emergió del agua la forma ovoide de dura materia plástica resistente a las presiones marinas.
—Ya lo tenemos ahí,—señaló innecesariamente Shiro Onaka.
—Sí... —musitó Nadia Benkova— ¿Qué va a ocurrir ahora?
Nadie se atrevió a vaticinar. Pero la escotilla del Sub-1 se empezó a abrir, allá en la gran cámara natural de roca, y los servidores del Consejo de la Ciencia, mudos y solícitos, acudieron a atender a los recién llegados...
El dedo índice de Von Kleven, estaba muy cerca del botón de disparo. En cualquier momento se podía precipitar la acción de muerte del Negativo 273, el frío asesino, sobre los llegados al islote secretó del Caribe...
—Ahí aparecen... —silabeó con voz sorda Donald Prince— Vean...
Todos miraron. Todos vieron a las dos personas que aparecían en la escotilla, agitando parcamente su mano en un saludo sin emociones.
Un suspiro general de alivio escapó de todos los presentes. La larga melena rubia, el rostro oriental...
—Son ellos —confirmó con alivio Fedorov— Kwang y la señorita Laht...
El dedo de Van Kleven se apartó del botón rojo luminoso. Las figuras familiares de los dos personajes, terminaron de emerger... Todo parecía normal. Absoluta, totalmente normal...
De súbito Nadia Benkova dio la voz de alarma:
—¡Cuidado! —chilló— El profesor Kwang ES MAS ALTO AHORA ¡No es el auténtico Ling Kwang! ...
Tardaron unos segundos en darse cuenta del alcance de las palabras de la profesora checoslovaca. Para entonces ya era tarde.

* * *

Brian Kervin sacudió la cabeza, con desaliento. Lo había sospechado en un principio. Esto no era más que la confirmación.
—Tenía que ser así, Iliana... —comentó ceñudo— Otra cosa hubiera sido demasiado hermosa...
Iliana Laht le miró sin rencores, dándose exacta cuenta del desaliento que invadía a Brian por momentos, en aquella reducida cabina voladora.
—Ellos nos salvaron, Brian —musitó— De otro modo, hubiéramos muerto allá abajo, en el mar...
—Por supuesto, Iliana —suspiró él— ¿Y dónde moriremos ahora? Me gustaría saber eso...
Iliana no comentó nada. Miró el arma de largo cañón que les cubría a ambos, desde la mano firme del copiloto del gran helicóptero de transporte. Mientras tanto, el conductor de la nave helicoidal, ni siquiera volvía la cabeza hacia ellos, conduciendo diestramente su vehículo aéreo en una dirección bien definida, sobre el azul ilimitado del Caribe.
—Y tenían que ser ellos... Gente de Tzar —se quejó Iliana tras un silencio— ¿Es que no hay remedio para esto, Brian?
—Al parecer, ninguno —aceptó Kervin con un gesto filosófico.
—Me alegra que lo entiendan así —rió el hombre del arma— Tzar tendrá sumo gusto en elegir por si mismo la suerte que les corresponda. Para mí sería mucho más fácil liquidarles a ambos aquí mismo, pero no sé si, dadas las circunstancias, el patrón disfrutará más tomando decisiones al respecto. Después de todo, a estas horas ya debe dominar el refugio de los científicos y habrá reducido a ese puñado de locos a la impotencia más grande que jamás pudieron ellos soñar en su soberbia de hombres dominadores del mundo.
Eso en el fondo, encerraba una gran verdad, a juicio de Kervin. Tristemente, admitió que las cosas habían ido a parar justamente a dónde él temía, ya dónde la torpeza de los sabios engreídos les había conducido inexorablemente. Ahí terminaría su labor en pro de la paz mundial. En un caos sin nombre. En una amenaza para todos los seres vivientes del orbe.
—Dios mío, Brian... —tembló Iliana, acurrucándose contra él, aterrorizada— ¿Qué va a ser de nosotros ahora? ¿Qué va a ser de todos?

* * *

El Aire Líquido había brotado.
Ya estaba el Frío Absoluto, el Cero Total en el aire.
Aire congelado. Helio Líquido que lo helaba todo, solidificándolo, salvo a sí mismo, el noble gas que jamás se hacía sólido, pero que se licuaba a 273 grados centígrados —459 de la escala de Fahrenheit— cayendo como una lluvia de muerte sobre cualquier forma de vida orgánica...
Pero el Aire Líquido había surgido de otro punto distinto al imaginado. Justamente del interior del Sub-1...
La atmósfera interior de la caverna, se heló vertiginosamente. Los cuerpos de los servidores del Consejo de la Ciencia, agrupados en la orilla del agua embalsada, para recibir a los recién llegados, cayeron pesadamente al suelo, rebotando en la roca, como si fuesen formas de goma dura, elástica, vibrante.
Vegetación verde, fangosa, de las orillas del agua, se tornaron rígidas, cristalinas quebradizas. Y el agua, en torno al Sub-1, se heló de forma repentina, en un fenómeno insólito y asombroso...*
SOLAMENTE LOS FALSOS KWANG E ILIANA LAHT CONTINUARON CON VIDA, INMUNES AL FRIÓ ABSOLUTO DESENCADENADO.
Arriba, en la cabina de los científicos, un grito terrible de Von Kleven reveló lo espantoso de la situación a todos los demás:
—¡No logro pulsar el botón! ¡No brota Aire Líquido! ¡Ellos han disparado antes sus cápsulas, y ahora el frío BLOQUEA NUESTRO PROPIO SISTEMA DE LANZAMIENTO! ...
Todos se dieron cuenta de la terrible posibilidad de aquel hecho. Todos se contemplaron, repentinamente lívidos, sobresaltados, acongojados...
—Profesor Von Kleven, debía haber previsto esa posibilidad...—acusó roncamente Shiro Onaka:
—No... no lo entiendo... —jadeó Von Kleven— Es como si hubieran podido averiguar incluso dónde se hallan los surtidores de Aire Líquido, y los hubieran alcanzado de lleno con las cargas del Sub-1...
—Pero entonces... si congelan la caverna... ELLOS DOS TAMBIÉN VAN A MORIR HELADOS —señaló con tono triunfal Ivan Fedorov.
—Cierto... —se estremeció Von Kleven, repentinamente aliviado— Cierto, sí... NO HAY DEFENSA contra el Cero Absoluto, profesor Fedorov...
Todos volvieron sus ojos al visor de grueso cristal hermético, esperando ver caer, con sus cuerpos endurecidos y rebotables, a los falsos Kwang e Iliana. En esos momentos, la temperatura exterior, en la caverna del submarino, era justamente de doscientos setenta y tres grados centígrados bajo cero, con muy escasas décimas más.
Lógicamente, Tzar y "La Matadora" tenían que estar muertos también.
Pero no lo estaban.
Vivían. Vivían y sonreían triunfalmente, mirando hacia el visor desde el cual les contemplaban seis científicos. Se movieron, entre hielo, agujas de oxígeno solidificado que caían del propio aire endurecido hasta la congelación total de todos los gases —excepto el helio— y también entre cuerpos sin vida, los de los servidores leales al Consejo de la Ciencia.
—No... no puedo entenderlo —jadeó Donald Prince— Se supone que NADIE puede combatir el frío absoluto.
—Pues ellos lo están haciendo —señaló Nadia Benkova sombríamente.
—Cielos, no parece posible —arguyó Onaka— Y sin embargo, lo estamos viendo con nuestros propios ojos.
—Eh, observen, ahora que esos dos personajes, sean quienes sean, están más cerca de nuestra visual— indicó ásperamente Bertrand Salter— Llevan algo encima... Como un plástico que envuelve sus cuerpos, sus cabezas, sus manos...
—Es cierto. Es como una envoltura en forma de cuerpo humano, con una flexible escafandra para la cabeza, y guantes para las manos... —asintió excitado Fedorov— Se empaña ligeramente en su exterior. Pero obviamente, el frío, pese a su intensidad TOTAL, no penetra a través de esa materia.
—Usted trabajaba en algo así, ¿no es cierto, profesor Prince? —recordó Shiro Onaka.
Donald Prince asintió, ceñudo, con una expresión de ira en los ojos.
Era un tejido artificial, un productor químico-textil hermético al frío y refractario al fuego. Creía tener muy cerca la solución, pero fracasé. Evidentemente, alguien ha llegado más lejos de lo que yo pude hacerlo. Y, lo que es peor, ese alguien ha puesto su hallazgo al servicio del Mal...
—¡Esperen! —señaló Von Kleven-Esa gente hace señas. Parece que quieren hablar con nosotros: Conecten los micrófonos de comunicación..:
Salter accionó el sistema, y llegó el crujido de los hielos en la caverna, nítidamente, hasta los oídos de ellos.
—Pueden hablar —comenzó diciendo fríamente Ivan Fedorov— ¿Quiénes Son ustedes, qué desean, y qué significa todo esto?
Una voz viril llegó hasta ellos:
—Mi nombre es Willard Zimball. Me conocen más como Tzar. Emperador del Hampa Internacional. Me acompaña mi compañera Rhonda Arlene, "La Matadora Negra". Ustedes saben que hemos vencido. Nuestro Aire Líquido bloquea con hielo sus conductos, defensivos. No pueden hacer nada por impedirnos dominar la situación. E incluso su islote por completo.
—Eso es mentira —rechazó fríamente Fedorov— Tenemos mil recursos más.
—Todos conocidos ya por mí —rió Tzar— Y neutralizados debidamente. En estos momentos, una escuadrilla de mis mejores hombres, expertos en toda clase de luchas y métodos, sobrevuela el islote. Una onda paralizadora de mecanismos magnéticos y electrónicos ha cegado sus sistemas de control y detección en el exterior de la isla, y les aísla a ustedes en su refugio subterráneo, en el que están bloqueados virtualmente. Conozco también el emplazamiento de sus provisiones de oxígeno de emergencia, y la situación de los inyectores de aire respirable del exterior. Todo ello se bloquea igualmente en estos momentos, y su carga de oxígeno de reserva será destruida mediante explosivos. Podrán comprobar fácilmente todo eso en los controles que aún funcionan dentro de su cabina. Y sabrán que, en menos de una hora, todos ustedes perecerán asfixiados, por falta de aire respirable, a menos que SE RINDAN INCONDICIONALMENTE A MI.
—No podemos creer sus palabras —rechazó Donald Prince— Hemos perdido una escaramuza, pero aún nos quedan muchos recursos. Usted miente al asegurar que nuestra situación es desesperada.
—No miento, caballeros —rió Tzar— Escuchen una prueba...
Tembló todo el subsuelo de la isla. Se resquebrajó violentamente el vidrio de la laguna, y el submarino osciló entre crujidos. El estruendo fue rebotando de peñasco en peñasco, y toda la cabina de los sabios vibró, sacudida por la formidable explosión.
—¡El depósito de oxígeno! —aulló Bertrand Salter, consultando los computadores electrónicos— Ha sido alcanzado desde el aire...
—Y los controles de inyección de aire están a cero —avisó Onaka, sombrío— Ellos tienen razón. Nos han vencido..
—Entonces... entonces no hay otra solución —se angustió Fedorov, comprobando también por sí mismo, en las pantallas, que el radar, el sonar y los sistemas detectores de la isla, así como las armas antiaéreas o marinas, estaban paralizadas por algo, por algún rayo u onda paralizadora— TENEMOS QUE RENDIRNOS A UNOS CRIMINALES...
—Exacto, señores —sonó triunfante la voz de Tzar— Tienen que rendirse a unos criminales que ahora podrán aterrorizar al mundo entero. Pero les cabe el honor de haber sido vencidos por unos criminales nada vulgares. Por gente que, como ustedes, mismos, ha manejado la ciencia para vencer a la ciencia. Y en eso, nosotros fuimos los más astutos. Y los más fuertes...
Los seis se miraron en silencio. Era aterrador. Pero todos ellos reconocían su fracaso. Lo que se había creado para la paz del mundo, ahora estaría en poder del Crimen.
—Me pregunto qué es lo que va a suceder a partir de ahora en el mundo... —suspiró Nadia Benkova, con acento desesperado.
Y aunque alguien hubiera podido decírselo, todos sintieron demasiado horror ante esa posibilidad, para despegar siquiera los labios...
—Está bien —habló Fedorov fríamente, juntó al micrófono—. Nos rendimos...

* * *

Las primeras noticias del desastre llegaron a Moscú, Washington y Londres, a través del teléfono rojo. Luego, los teletipos de urgencia confirmaron la noticia. Y la Prensa tuvo que ser informada, porque todos esperaban lo que tenía que suceder, justamente a las veinticuatro horas de la recepción del mensaje.
Y lo que había de suceder, había sucedido ya. El "acto de fuerza" estaba hecho. El poder terrorífico e ilimitado de Tzar, dominador del Consejo de la Ciencia, se ponía de manifiesto en toda su alucinante virulencia.
El texto difundido por el teléfono rojo, fue necesariamente breve. Y aún así, encerraba un atroz dramatismo:
"HACE ESCASOS MINUTOS, EL BUQUE INSIGNIA DE LA FLOTA SOVIÉTICA, EL "BÁLTICO" HA QUEDADO INUTILIZADO TOTALMENTE POR CONGELACIÓN TOTAL DE SUS MECANISMOS LUBRICANTES Y COMBUSTIBLES. LAS BAJAS A BORDO ALCANZAN LA CIFRA TOTAL DE DOS MIL SEISCIENTOS MUERTOS, LA TOTALIDAD DE LA DOTACIÓN. NO HAY SUPERVIVIENTES. AL PARECER, EL ARMA UTILIZADA FUE EL "AIRE LIQUIDO" CON UNA TEMPERATURA BAJO CERO DE 273 GRADOS CENTÍGRADOS. EN LA CUBIERTA DEL NAVIO. EL BUQUE HA SIDO LOCALIZADO POR VARIAS UNIDADES DE LA FLOTA SOVIÉTICA, Y SE INTENTARÁ REMOLCARLO A PUERTO, CONVERTIDO EN UN SILENCIOSO Y HORRIBLE CEMENTERIO FLOTANTE"
Apenas veinte minutos más tarde, el teléfono Rojo funcionaba por segunda vez, ahora sentido inverso, de Washington a Moscú. Y la noticia aterradora era como un eco alucinante de la anterior:
"HALLÁNDOSE EN LABORES DE FUMIGACIÓN CINCO AVIONETAS DEL SERVICIO FORESTAL DE LOS ESTADOS UNIDOS EN LA ZONA DE BOSQUES DE OREGON, EXACTAMENTE ENTRE MONTE HOOD Y LAS MONTAÑAS AZULES, DESCARGÓ UNA INESPERADA MASA HELADA QUE CONGELÓ MOTORES Y COMBUSTIBLE, HACIENDO ESTRELLAR A LAS AVIONETAS EN TIERRA, AL PARECER, LOS CUERPOS DE SUS PILOTOS ESTÁN ENDURECIDOS Y REBOTAN COMO GOMA. SUS REACCIONES SON LAS DE PERSONAS MUERTAS POR ACCIÓN DEL AIRE LIQUIDO. AL MISMO TIEMPO, MILES DE HECTÁREAS DEL ESTADO DE OREGON, DONDE TUVO LUGAR EL INCIDENTE, APARECEN ANIQUILADAS POR EL FRÍO, Y LOS ARBOLES OFRECEN SUS TRONCOS ACORCHADOS, SIN VIDA SUS RAICES PETRIFICADAS Y SUS RAMAS Y SUS ARBUSTOS CONVERTIDOS EN SIMPLE MATERIA VIDRIOSA, QUE SE QUIEBRA AL SIMPLE CONTACTO. ENTRE PERSONAL DE BOSQUES, POBLACIONES Y NÚCLEOS HABITADOS DE LA MONTAÑA, SE CIFRA SUPERFICIALMENTE EL NÚMERO DE VICTIMAS EN UNOS MIL QUINIENTOS SIN POSIBILIDAD DE QUE EXISTAN SUPERVIVIENTES."
Moscú confirmó la recepción de la noticia, y directamente desde el Kremlin, fue solicitada a la Casa Blanca una reunión de alto nivel en cualquier lugar del mundo, y en el término de breves horas. Una reunión que ni siquiera la Prensa debería conocer de antemano.
Washington contestó con una sola palabra por el Teletipo Rojo: "CONFORME".

* * *

—Lamentaré muy de veras que deje de existir, M-31... Pero me veo obligado a ello. Con vida, usted sería un elemento siempre peligroso, aquí encerrado.
—Veo difícil que significara peligro alguno para ustedes. Pero ciertamente, no deseo en modo alguno conservar la vida, para asistir impotente a infamias como las que están realizando.
Tzar rió ante las palabras de Brian, y le miró fijamente. Luego, sus ojos fueron a los científicos que, alineados junto a M-31 y su compañera actual de cautiverio, la rubia Iliana Laht, esperaban la decisión de los invasores del islote con respecto a sus personas.
—Ustedes también estorban, en cierto modo —señaló Tzar, dirigiéndose a los cautivos de la ciencia— Ya se habrán dado cuenta de que, aunque no soy personalmente científico, poseo toda clase de recursos para combatir a su propia ciencia y hacerla mi mejor aliada. Ustedes pensaron siempre que sólo un delincuente vulgar podía atacarles, lo cual significaría que tal clase de delincuente sería aniquilado con facilidad. Nunca pensaron que el delincuente en cuestión sería tan listo como ustedes, y dispondría de ayudas científicas muy estimables. Tanto, que incluso su temible Aire Líquido no significaría nada para mí ni para mis planes de dominio total.
—Al menos, aunque equivocados, nos movía una causa noble y honesta —sentenció con voz apagada Shiro Onaka— Ahora, nuevos Hiroshimas se extenderán por el mundo. No importará que el fin sea termonuclear o helado. El hecho es que será el fin., como lo ha sido de ese buque de la Armada soviética, o de esa zona forestal de los Estados Unidos, elegidos por usted como blancos...
—Esos blancos significantes, suponen para nosotros una buena ayuda financiera: quinientos millones de oro, que pronto estarán aquí, para iniciar el más grande imperio jamás conocido: ¡el imperio de Tzar y de la Ciencia!
M-31 suspiró, apretando los labios. Sus ojos se encontraron con Iliana, que inclinó la cabeza, amargada. Luego la mirada de Kervin se detuvo en unos ojos profundos centelleantes y serios que se fijaban en él obstinadamente.
Eran también ojos de mujer. Los ojos de Nadia Benkova, la científica checa. Otro de los prisioneros en la hilera cautiva de Tzar...
—M-31 no sé quién es usted, ni nunca nos vimos antes de ahora —habló ella lentamente— Imagino qué vino aquí para librarnos de este horror. Yo siempre presentí que algo malo podía suceder. Debimos destruir el Sub-1 cuando aún era tiempo. Ahora ya es tarde para cualquier decisión. Demasiado tarde para todo... Sólo lamento que usted haya corrido este riesgo por culpa nuestra.
—Oh, profesora Benkova, no se sienta demasiado apenada por la suerte del apuesto M-31 —la carcajada de Tzar sonó malévola, insidiosa— No me sorprende que usted, como mujer, se sienta sensible en alto grado ante el atractivo viril de nuestro viejo amigo Kervin. Tiene fama de tremendo conquistador. Ahí tiene a la rubia finlandesa, la secretaria de ustedes... Cuando la raptamos, era la concubina complaciente del, bello Kervin. Enternecedor, ¿verdad, profesora Benkova? Y más enternecedor aún, resulta el hecho de que Brian sobreviviese a una muerte cierta, para ir desesperadamente al rescate de la hermosa Iliana Laht, salvándola de la muerte en las profundidades del mar, dentro de uno de sus hermosos ataúdes de plástico...
Iliana suspiró, entornando los ojos. Miró arropadamente a Brian, separado de ella por la extensión reducida de aquellas esposas magnéticas que, como culebras de plano acero, se ceñían a sus muñecas, ligándolas a una larga barra de metal azul, en la larga cámara de cautiverio del recinto isleño. Estaba medida la distancia entre unos y otros, de modo que ninguno pudiera aproximarse a otro hasta el punto de rozarle con los dedos.
—Supongo que no podemos esperar ninguno la menor clemencia de su parte, Tzar —habló Kervin con voz ronca— ¿Qué nos ha preparado su maldad sin límites?
—Mi querido Kervin, usted menosprecia mi sensibilidad —se quejó sardónicamente el asesino— Yo admiro a quien, como usted sobrevive tan inverosímilmente a todos los riesgos. De veras me gustaría tenerlo a mi lado, colaborando conmigo. Pero imagino que eso sería esperar demasiado.
—Y bien cierto —aceptó Kervin, glacial— Nunca encontrará en mí semejante cooperación, y usted lo sabe.
—Si lo sé —meneó la cabeza, con aire de pesar— Lo sé Kervin... Por eso tengo que hacerlo..
—Hacer... ¿qué? —se aterrorizó Iliana, abriendo enormemente los ojos.
—Matar a Brian Kervin, señorita Laht —suspiró Tzar— Estando él vivo, yo no estaría jamás seguro. Le temo demasiado. Es algo... instintivo, podríamos decir. Prefiero saberle muerto. Eso me hará respirar tranquilo, créame. En cuánto a ustedes, van a ser ahora trasladados a diversas cámaras de cautividad. Cuando precise la ayuda de uno u otro de ustedes, les solicitaré. Quien se niegue a cooperar, será ejecutado en el acto por mi especialista en tales procedimientos, la señorita Rhonda Arlene.
Tzar se volvió, al sonar la puerta de la cámara de cautiverio. Contempló la presencia hermética de la enlutada dama. Ya había vuelto a teñir de negro intenso sus cabellos, lo mismo que el rostro de Tzar, plastificado momentáneamente por la inyección de materia moldeable, había perdido ya su falsa apariencia oriental, tras la llegada del Sub-1 a la base secreta de los científicos.
—Rhonda, llegas oportunamente —dijo a "La Matadora"— Vamos a dividir a los cautivos en grupos. Tú tienes trabajo.
—Sí Tzar —los ojos de ella brillaron, tras las gafas de vidrio oscuro que velaban eternamente su rostro a ojos de cualquiera, como el mejor antifaz— ¿Debo ejecutar a todos?
—Cielos, no —rió Willard Zimball— Todavía no, Rhonda. Solamente a uno. Pero esta vez no quiero fallos. No puede ni debe haberlos.
—Entiendo —directamente, lo siniestros ojos de la hembra criminal, se fijaron en Brian Kervin— ¿Es él?
—Sí, querida. Es él. Tuyo es. Llévalo contigo. Te pertenece. Cuando salga de la cámara donde te encierres con M-31... él deberá ser simplemente un cadáver. ¿Enterada, Rhonda?
—Es tarea de niños. No sé cómo pudo sobrevivir a mi anterior intento. Pero lo único cierto es que esta vez no sobrevivirá en modo alguno. Esta vez, está sentenciado definitivamente a muerte. Sin escapatoria.
Tzar asintió. Iliana sollozó, ocultando el rostro contra su pecho. Nadia Benkova estudió a Kervin en silencio, sin expresar emoción alguna, lo mismo que los científicos restantes.
Luego, M-31, bajo la amenaza de las armas empuñadas por los hombres de la organización de Tzar, fue liberado de la barra metálica, pero no sin que la cinta magnética, como una culebra viva de metal, se ciñese ahora a sus dos muñecas, aterrándolas fuertemente. Así esposado caminó, empujado por los cañones de las armas enemigas, hasta reunirse con "La Matadora", que le contempló glacialmente, igual que un matarife examinaría al cordero que debe sacrificar en el matadero momentos después.

CAPÍTULO III
UN CADÁVER LLAMADO KERVIN

La avioneta sobrevoló dos veces más las aguas turbulentas de los arrecifes. Un viejo faro semiderruido asomaba entre peñascos, en una lengua rocosa saliente, que era batida como un rompeolas, por ambos lados. Aparentemente, aquel trozo de roca perdida en el Caribe, que ni siquiera llegaba a ser una isla propiamente dicha, estaba habitada tan sólo por gaviotas y otras aves marinas.
—Creo que es todo lo que podemos hacer aquí, señora —señaló preocupadamente el piloto— Por más vueltas que demos, ese islote no cambiará su apariencia. Y nosotros, en cambio, no tendremos combustible de reserva para llegar a ninguna parte. Si regresamos ahora, podremos repostar en Isla Caimán, Jamaica, y continuar de retorno a Miami Beach...
—Sí, lo entiendo muy bien —ella sacudió la cabeza, pesarosa— Pero estoy segura de que esa gente se perdió definitivamente por aquí. Y no hay huella de avión alguno, ni tampoco de los helicópteros en esa u otras islas de los alrededores.
—A mí también me pareció que sucedía así, pero usted misma puede ver el islote. Ahí no hay avioneta que pueda aterrizar. Y ningún helicóptero se ve en superficie rugosa y áspera... Decididamente, señora, debimos equivocarnos.
—No es posible., —se mordió el labio desesperadamente, agitando su cabeza de rojos cabellos. Luego Sheena Dirk se expresó con mal humor, pero también obstinación— Vimos desde distancia respetable el rescate de aquel helicóptero de Brian y de aquella chica rubia... ¿Lo recuerda? Cuando buscábamos los rastros de la avioneta de mi amigo Kervin, abatida en el mar poco antes..
—Sí, lo recuerdo, señora —afirmó el piloto de alquiler— Y recuerdo que seguimos, siempre a distancia, conforme a sus instrucciones, a esos helicópteros formando escuadrilla. Pero hemos llegado al paraje donde todos ellos se perdieron de vista... Y no hay nada ni nadie. En absoluto, señora.
—Sin embargo, tienen que estar en alguna parte... —Sheena estrujó sus manos entre sí, nerviosamente — ¿Dónde Dios mío, dónde?
—Estoy de acuerdo con usted en que en algún lugar tuvieron que posarse, para desaparecer así. Sin embargo, no veo portaaviones ni lugar alguno para que se pose un helicóptero. De modo que se los habrá tragado el mar, o habrá sucedido lo que sea, pero nosotros no podemos esclarecerlo quedándonos aquí, y sí en cambio podemos perderlo todo.
—Está bien —suspiró . Sheena Dirk, desalentada— Volvamos... y que Dios proteja a Brian en lo sucesivo.
La avioneta inició su regreso, tras la pasada a muy baja altura sobre el islote. Su morro apuntó en la dirección nor-nordeste. Hacia los Estados Unidos, pero pasando forzosamente por las islas de Jamaica, donde debería repostar para continuar viaje hasta Florida.
Era un viaje de regreso que no iba a resultar tan sencillo, no sólo realizar, sino ni tan siquiera iniciar.
Un viaje que se quebró justamente al empezar...
—¡Mire! —gritó de pronto el piloto, ronca su voz— ¡Los helicópteros otra vez!
Sheena atónita los vio. Era cierto. Contó hasta tres helicópteros. Tres naves ligeras, diestras, de tracción helicoidal, que rodearon la avioneta con celeridad, subiendo vertiginosas desde tierra. Desde el islote...
Ahora, Sheena pudo descubrir, en la superficie rocosa de éste, la amplia abertura que, como una fantástica escotilla, se abría en medio del promontorio isleño, mostrando una oscura boca hacia las profundidades. El punto de salida de los helicópteros. Y, evidentemente también el punto de entrada anterior, cuando su súbita desaparición.
—¡La isla! —susurró Sheena— Es la guarida enemiga..
—Me temo que esto se pone feo, señora —habló nerviosamente el piloto— Giró la cabeza hacia su arrendadora, y la faz del empleado brillaba con el sudor. Esos helicópteros no tienen matriculación legal, y además van armados con ametralladoras especiales. Pueden derribarnos en cuánto lo deseen.
—Utilice la radio —le apremió ella— Pida auxilio a la Marina, a las autoridades británicas de Jamaica si es preciso...
—La radio... —manipuló en ella el piloto, obteniendo por todo resultado una serie de zumbidos y de parásitos estridentes. Sacudió la cabeza, contrariado— No funciona. Algún procedimiento de ellos crea un campo magnético que las ondas de radio no logran pasar.
—Antes comunicó usted con Kingston, para confirmar la posición de la avioneta —le recordó Sheena— ¿No puede intentarlo de nuevo?
—Entonces nadie bloqueaba la comunicación. Ahora es evidente que sí... No podemos hacer nada. De cualquier manera, nadie llegaría a tiempo de auxiliarnos, si ellos tratan de abatirnos. Estamos bajo los cañones de sus ametralladoras...
Fueron cosa de cinco o seis segundos de horrible congoja, esperando lo peor. Al final, la radio emitió algo más que interferencias y ruidos estridentes. Una voz brotó, metálica y fría, por el sistema de transmisión de la avioneta de alquiler:
—No les ocurrirá nada si obedecen instrucciones al pie de la letra. ¿Tienen paraca idas a bordo.
—Sí —respondió el piloto, tragando saliva—. Los dos paracaídas de reglamento...
—Pónganselos ustedes. Luego, arrójense con ellos al islote. No intenten nada en absoluto, o tendremos que pulverizar la avioneta y aniquilarles a ustedes. Antes de lanzarse al vacío, sitúe el piloto automático de modo que cuando su avioneta haya de caer al mar, lo haga a alguna distancia de la costa. ¿Entendieron bien?
—Entendimos perfectamente, sí.
—Queda bien entendido que no deberán llevar consigo arma alguna. Ni tampoco tomarán decisión de ninguna especie sin nuestro consentimiento. En todo instante estarán sometidos a la acción de nuestras armas. Y será mejor para ustedes que obedezcan en todo. Es su única forma de conservar la vida.
—Conforme —asintió el piloto— No haremos nada en absoluto que ustedes no nos autoricen previamente a hacer. Nos arrojaremos a tierra en seguida...
El mensaje llegó de madrugada a la Basé:
"NACIONES UNIDAS ACEPTAN ULTIMÁTUM, NO UTILICEN MAS EL AIRE LIQUIDO. ENTREGAREMOS LOS QUINIENTOS MILLONES ORO. INDIQUEN LUGAR Y FECHA CONVENIDA Y DEMÁS INSTRUCCIONES.
SECRETARIO GENERAL DE LA ONU. NEW YORK CITY, USA"
Rápidamente Tzar notificó la buena nueva a todos los prisioneros, comunicándoles el texto del mensaje.
Iliana Laht había sido provisionalmente alojada con la profesora Benkova, aunque al día siguiente iba a ser trasladada a otro alojamiento, según palabras de Tzar.
Cuando escucharon el texto del mensaje, ambas mujeres se miraron con desaliento. Iliana tenía lágrimas en sus ojos nórdicos y límpidos.
—Pobre mundo nuestro... —gimió apagadamente— Es el fin...
—Sí, Iliana —asintió la profesora checa— Eso no será sino el principio de algo peor. El mundo ha cedido en la primera amenaza, y es como en el chantaje personal. Luego será otra suma, otra exigencia, otra, otra... Y por fin, Tzar será el amo del mundo.
En esos momentos, los altavoces de las celdas emitieron su soniquete habitual, frío y metálico tan duro y despiadado como los seres que ahora dominaban al secreto refugio de los científicos derrotados:
—Señores, habla Tzar. Me es grato informales que, en estos precisos momentos, mi ejecutora personal, "La Matadora Negra" ha cumplido con su tarea, limpia y adecuadamente. Todos cuántos lo quieran de entre ustedes, podrán venir a la sala central, a contemplar el cadáver de M-31...
Iliana estalló en un sollozo desgarrador, Nadia Benkova la tomó en sus brazos y la confortó sin palabras, mientras el llanto estremecía convulsamente el cuerpo de la joven rubia.

* * *

Aquel había sido Brian Kervin.
Brian Kervin, M-31. Agente especial de la Oficina Federal de Investigación de Washington, D.C, División de Seguridad Nacional.
Ahora, era solamente un cadáver.
Ni una sola herida, ni una huella de violencia en su cuerpo. Tzar puso su mano en el corazón de Brian. Sonrió satisfecho, dirigiéndose a los presentes.
—Muerto señores. El hombre que había de salvarles de mi poder, ha muerto. Eso quiere decir que nadie, absolutamente nadie, va a hacerme daño alguno. Soy el más fuerte. El vencedor, señores... Incluso una dama que siguió lealmente a Kervin con la necia idea de ayudarle, ha caído en mi poder hace poco tiempo. Ella va a entrar también aquí, para ver a su amigo M-31, en el reino de los muertos, que de allí jamás se vuelve ya...
Hizo un gesto a sus hombres. Estos se dirigieron a una puerta inmediata. La abrieron. Apareció una mujer pelirroja. Iliana con estupor, la identificó:
—¡Sheena Dirk!
Sheena también la vio a ella en seguida. Luego, con un centelleo de cólera en sus ojos, giró la mirada hacia la mesa extendida en el centro de la sala, bajo una cruda luz como de quirófano; Descubrió el cuerpo lívido, extendido sobre la mesa. Un grito agudo y terrible escapó de sus labios:
—¡Brian! ¡BRIAN! ¡Oh, no!
Se precipitó sobre el cadáver y la dejaron. Nadie le puso inconvenientes a que cayera junto a él, y le abrazara con fuerza, estallando en vivo llanto.
—Oh, no, Brian, no... No puedes haber muerto... Mi Brian, mi amor...
Pero él no respondió. Él no se movía.
Estaba muerto. Y los muertos no responden. Los muertos no se mueven. Los muertos no vuelven nunca con los vivos...
Allá, en el fondo de la sala, una risita cruel escapó como un silbido siniestro, feroz. Los ojos de Onaka, de Salter, de Prince, de Iliana, de la Benkova, de todos los presentes, buscaron quien reía ante la muerte.
Y encontraron la negra, erguida, implacable figura hermosa de una mujer vestida de negro, ceñidas las ropas a sus formas espléndidas, a sus muslos magníficos, a sus caderas rotundas, a sus senos enhiestos y agresivos.
La figura hermosa y cruel, lasciva y maligna, de Rhonda Arlene, "La Matadora Negra". La asesina de Brian Kervin, M-31...

TERCERA PARTE
SOLUCIÓN

CAPÍTULO I
ORO MUNDIAL

La respuesta acababa de llegar:
"INFORMADOS LUGAR Y FECHA ENTREGA QUINIENTOS MILLONES DOLARES ORO RESERVAS NORTEAMERICANAS, RUSA Y BRITÁNICA. ACEPTAMOS CONDICIONES PREVIAS. NO SE ESCOLTARÁ ESE DINERO, UNA VEZ DEPOSITADO EN EL LUGAR SEÑALADO, ESPERAMOS SU CONFIRMACIÓN RECEPCIÓN CANTIDAD PEDIDA Y PROMESA DE QUE NO HABRÁ NUEVOS CHANTAJES.
SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS. NEW YORK CITY, USA."
—Esos imbéciles... —rió Tzar entre dientes— ¡Piden promesas! Como si valieran algo realmente, cuando nosotros somos los más fuertes... Contestad. Enviad este mensaje de confirmación:
"CONFIRMADO MENSAJE.
ESPERAMOS CUMPLIMIENTOS INSTRUCCIONES. CUALQUIER ERROR O TRUCO MOTIVARÍA ACCIÓN AIRE LIQUIDO. PROMETEMOS ESA ÚNICA DEMANDA FONDOS ORO NACIONALES UNIDAS Y MIEMBROS. SALUDOS:
TZAR."
—Usted no cumplirá esa palabra —habló duramente el profesor Fedorov, presente en la recepción y envío de mensajes— Usted planea premeditadamente faltar a su promesa en un futuro próximo.
—Claro está, profesor —aceptó irónico— ¿Espera que yo pierda esta gran oportunidad de hacerme el hombre más rico del mundo, a la vez que el más poderoso y temido? Es el sueño de toda la Humanidad desde tiempo inmemorial. Y muy pocos llegaron tan lejos como yo. Creo que resulta humano que me aproveche de mi gran ocasión y sirva ello de venganza a tantos y tantos seres débiles, sin fuerza, que fueron simples juguetes en manos de las naciones y sus Gobiernos. No les gusta el papel, porque ahora ellos son los débiles, los vencidos. Pero pienso llevar eso hasta el fin.
—El fin... —suspiró Fedorov meneando la cabeza— Eso será lo que ocurra Tzar: el fin. Su propio fin. Cuánto más alto se quiera subir él batacazo que rompa su crisma será mucho más estrepitoso.
No dijo nada más Fedorov. Cansadamente, se alejó de Tzar y de sus hombres, para encaminarse a su celda de confinamiento. Ahora estaban sometidos a un régimen de libertad vigilada, con sus esposas magnéticas en torno a las muñecas. Eran perfectamente incapaces de intentar nada, y Tzar lo sabía. Por ello les concedía el dudoso privilegio de no estar confinados en sus alojamientos todo el día. Pero el cautiverio era el mismo.
Tzar se volvió ahora a sus hombres. Hizo una señal, y se abrió la puerta. Entraron dos de sus hombres, llevando consigo una mesa rodante, sobre la cual brillaba la envoltura plástica con Brian Kervin en su interior, rígido y sin aliento.
—Situado en la lanza-torpedos —ordenó Tzar— será proyectado al fondo del mar, de donde nunca más regresará. Ese es el funeral que Tzar dedica a su viejo conocido M-31... ¡Buen viaje al infierno, Brian Kervin!
La figura yacente de Kervin, con su funda plástica, fue situada en el interior de uno de los tubos lanza-torpedos del sistema de defensas de la isla secreta. Momentos después un gesto de Tzar bastaba para marcar el momento del lanzamiento.
Dispararon el lanza-torpedos. Hubo un zumbido, una sorda zambullida lejana... Y Brian Kervin fue enviado a su lecho de muerte, en el fondo de los mares. Tranquila, fría desde el acceso de las cámaras de controles, "La Matadora" había asistido a toda la operación, sin revelar curiosidad alguna o interés en su rostro medio cubierto por las gafas oscuras de motorista.

* * *

—¿Se percibe algo ahora?
—Una señal muy fuerte, señor. Y bastante cercana. No creo que provenga de la isla... sino de algún punto más próximo a nuestra actual situación:
El submarino nuclear seguía avanzando. Su capitán inclinóse sobre los controles electrónicos y percibió la señal, con un temblor fosforescente en la pantalla detectora.
—Sí, eso está cerca —comentó— Vamos en su dirección, teniente.
—A la orden, señor.
Se volvió, ordenando variar el rumbo del submarino. Este avanzó majestuoso por las profundidades. La señal ganó en intensidad.
—Se mueve —indicó el teniente— Esa señal se mueve en dirección nor-nordeste. Muy despacio, pero se mueve..
—Sígala, sin perderla de vista —indicó el capitán, ceñudo— Podría ser una trampa, pero no lo creo. Ellos no pueden imaginar que el mensaje de la señora Dirk, emitido poco antes de interrumpirse la comunicación con su avioneta, fue captado por nuestros escuchas, y enviado al FBI, que nos ha dado ya las instrucciones precisas. Sabemos que a Kervin y a Iliana Laht los capturaron unos helicópteros sin nacionalidad definida, y que la avioneta se encontró con un islote y un viejo faro derruido, donde se perdía todo rastro. Esa es nuestra pista, y esa es la que vamos a seguir hasta el fin. Ya está alertada la flota así como las fuerzas aeronavales de todos los países del Caribe, y también de Gran Bretaña, con sus unidades surtas en Kingston. Espero que ahora, el Aire Líquido no nos afecte. Si a algún lugar no es fácil que ellos puedan enviar esas cápsulas o lo que sean, es al fondo del mar. Y aunque lo hagan, nuestro cinturón magnético defensivo detectará su proximidad y, posiblemente, lo rechace.
—¡La señal, señor! —avisó el teniente— ¡No dista más de diez o doce millas de nuestra posición actual!
—Bien —el capitán gravemente, dio la orden—: Reduzcan velocidad y aproxímense al origen de esas radiaciones. ¿Han dado su frecuencia e intensidad a Washington?
—Emitimos esos datos hace veinte minutos. No hubo respuesta aun, señor...
—De todos modos, hagan lo que he dicho. Si el objeto motivo de la señal, es de sospechosa apariencia, lo destruiremos.
—Sí, señor...
En ese momento, entró en la cámara el radiotelegrafista de a bordo. Tendió un papel al capitán, que lo tomó con rapidez.
Era mensaje urgente de Washington:
"DATOS REFERENTES FRECUENCIA E INTENSIDAD ONDA DETECTADA CORRESPONDEN A PLANES ESPECIALES QUE POSEEN NUESTROS AGENTES. ESPECIALMENTE LA SEÑALADA, DEBE PERTENECER A UN MICRO-EMISOR DE ONDAS QUE NUESTRO AGENTE ESPECIAL M-31 LLEVA CONSIGO EN MISIONES TRASCENDENTALES".
—M-31... —habló el capitán pensativo—. De alguna forma, él o su placa están ahí cerca. Teniente, disponga todo para un posible salvamento. Saldrán cuatro buceadores para localizar el objeto o la persona, y conducirla a bordo, tras comprobar que no encierra peligro el hacerlo.
—Conforme señor.
La actividad se precipitó a bordo. Cuatro hombres se ajustaron rápidamente los trajes de goma de inmersión, tomaron sus máscaras y depósitos de oxígeno, y salieron del submarino. Para entonces, la señal era ya muy fuerte, e indicaba una vecindad inmediata.
—Espero que no hayamos caído en alguna trampa de muerte —suspiró el capitán del submarino nuclear norteamericano— El Mando confía en que nuestras unidades, utilizando las campanas aislantes magnéticas, no sean detectadas por los mecanismos de esos sabios, y pueda ser rodeada la isla de los científicos... para destruirla después con cargas termonucleares. Si todo sale bien, el chantaje internacional que pretende apoderarse de las reservas de oro mundiales, fracasará definitivamente.
—Pero si sale mal, señor... será el desastre final para todos nosotros, —le recordó el teniente.
—De sobra lo sé, amigo mío —fue el cansado comentario del comandante de la nave nuclear— De sobra lo sé.;.
La espera se hizo tensa, angustiosa. Había un silencio total en el submarino, en tanto que sus buceadores expertos se abrían paso en el exterior, en el mundo oscuro, silente y azul de las profundidades. Hacia el objeto p la persona cuyas ondas detectaran las pantallas ultrasensibles del submarino atómico.
Finalmente; la radio recibió un mensaje emitido desde el exterior por uno de los buceadores:
—Lo hallamos, señor. Todo está bien y no ofrece peligro. Lo llevamos con nosotros a bordo.
—Conforme —respondió él teniente— Pero ¿Qué es ello, muchachos? ¿Qué encontraron ustedes exactamente?
—Un hombre. Un hombre en una cápsula plástica muy especial... Parece ser el agente secreto norteamericano...
—Dios sea loado. Tráiganlo en seguida a bordo.
—Sí, señor, es lo que estamos haciendo. Sólo que no corre grandes prisas, después de todo. Está muerto; señor.

* * *

El capitán médico McDougall, de la dotación del "Tritón", levantó la cabeza, perplejo. Se encontró con la mirada del capitán.
—¿Y bien, doctor? —indagó Wayne— ¿Qué sucede exactamente?
—Sucede algo extraño, señor. Este hombre sufre al parecer, los efectos de tres productos químicos en su cuerpo.
—¿TRES? —se sorprendió Wayne.
—Eso dije. Primero, los efectos de un veneno terrible, el más poderoso que jamás se ha aplicado a ser viviente alguno, y cuya más mínima dosis provocaría el fin de una docena de hombres. Es un veneno de tipo vegetal, por las apariencias, y fue ingerido a través de la boca por M-31...
—Ese es un producto. ¿Y los otros dos, doctor?
—El segundo, es sin duda un antídoto contra toda clase de venenos, aunque quizás no es bastante fuerte para contrarrestar la acción de ese superveneno utilizado en este caso.
—Dios mío... ¿Y el tercero?
—Muerte aparente. Una droga que causa la rigidez total de músculos y nervios, y que paraliza en apariencia la circulación y los latidos cardíacos. Pero sólo en apariencia. La vida sigue como en una hibernación, y debidamente tratado, o cuando el efecto de la droga pasa, el que se aplicó el tratamiento recupera su vitalidad normal.
—Pero usted dijo que M-31 recibió un veneno superior a lo tolerable o a lo que el antídoto y la muerte aparente han causado en su organismo una especie de barrera química en la que se ha estrellado, neutralizado, el poderosísimo veneno.
—Entonces... entonces eso quiere decir que ese hombre... —señaló el cadáver de Brian Kervin— Que ese hombre., vive.
—Sí —sonrió lentamente el doctor McDougall— Es como un milagro... pero VIVE. M-31 aún vive...

CAPÍTULO II
LABIOS MORTALES

Ella había cerrado herméticamente el acceso a la habitación desnuda y fría en donde iba a cumplir las ordenes de Tzar: ejecución inmediata del reo. Brian Kervin tenía que morir. Y ella, "La Matadora", era quien debía llevar a cabo la tarea. Hubo un silencio tenso, erizado de hostilidades mutuas.
Brian esperaba la muerte. Y ella, parecía esperar sus súplicas. O sus lamentos. El no dijo nada. Fue ella, quien habló primero rompiendo ésa muda tensión: Brian Kervin, ¿qué clase de muerte prefieres? Brian sonrió. Todavía le quedaba humor para ello. Su respuesta fue seca:
—No tengo preferencias. Cualquier muerte es buena. O mala, según se mire.
—¿Deseas realmente morir?
—Es una pregunta estúpida. Voy a morir, y lo sé. Tu trabajo es matar. Mata entonces. Es ridículo prolongar esta escena.
Lentamente, Rhonda Arlene hizo algo insólito en ella: se despojó de sus gafas de motorista, provistas de anchos y curvos vidrios color oscuro. Por vez primera, Kervin pudo descubrir su óvalo hermoso, fiero, de una belleza salvaje y sensual, bajo aquella especie de eterno antifaz de "La Matadora".
Ojos relampagueantes, oscuros y crueles, pero también rasgados y hermosos, nariz recta, boca carnosa, lasciva, piel tersa, expresión glacial.
—Kervin soy una mujer hermosa —dijo ella.
—Sí, ya veo —ponderó él— Hermosa y malvada, Rhonda Arlene.
—Soy malvada porque forma parte de mi oficio. Soy cruel con quienes odio. Yo no te odio, Brian Kervin.
—Pero tienes que matarme. ¿Varía las cosas eso de alguna forma?
—Sí, Brian. Puede variarlas mucho. Me dijeron siempre que te gustan las mujeres. De un modo violento, incorregible. Es tu punto flaco. Pero también tu arma. Tienes poder de seducción. Sabes que puedes enamorar a cualquier mujer, y usas eso en tu favor. Pero, también ellas pueden utilizarte a ti, si son más fuertes que tú.
—Naturalmente —sonrió Brian— Es un duelo de simple poder.
—Yo soy más fuerte que tú.
—No lo dudo. Ni siquiera eres capaz de amar. Y de ser amada. Ardo De modo que eres la más fuerte. Como lo es una máquina.
—Te equivocas conmigo. Soy capaz de amar. Y de ser amada. Ardo en deseos de posesión. Y de ser poseída. Me gustas tú. Me atraes tú, Brian Kervin...
M-31 pestañeó. Era una situación insólita. Su verdugo y él. Y ella confesaba amarle. Le deseaba por lo menos. Eso ya era algo. Pero totalmente inesperado para él.
—Creo que no tiene objeto hablar de todo eso —comentó Kervin— ¿No vas a ejecutar la orden dada?
—Pero prefiero esperar aún.
—Esperar, ¿a qué?
—A ver si me amas, Brian Kervin.
La mano estilizada, fría y lenta de Rhonda Arlene, manejaba una cremallera, para ir haciendo el más fantástico y delirante streap-tease jamás imaginado.
—¿Estás hablando totalmente en serio? —se asombró Kervin.
—¿Tú que crees? —rió ella, melosa. Y su pullover negro, elástico resbaló sobre su epidermis desnuda, cayendo a los pies.
—No sé que pensar —Brian contempló las formas de la hembra magnífica y cruel, tratando de adaptar su mente a aquel instante decisivo e inesperado— Eres mi verdugo, mi ejecutora. ¿Tratas acaso de endulzar mis últimos momentos con una pantomima?
—No,. Kervin —susurró ella, lasciva. Apoyó las manos en las caderas, en su ajustado pantalón adhesivo, que empezó a resbalar lentamente muslos abajo— Te ofrezco una elección única: mi amor, mis deseos, mi ser... a cambio de la vida o la muerte. Recházame y serás ejecutado. Acéptame como soy: sella el convenio con mi posesión, y serás el amo de todo. Al salir de aquí, yo ejecutaré al Tzar, y tú pasarás a mandar en esta isla de locos. Serás mi cómplice leal. Llegaremos lejos. Muy lejos, Brian. Hasta el limite, hasta el infinito...
Era una proposición desesperada. Brian tendió sus manos ligadas, inermes. Sonrió al hablar:
—¿Debo elegir... siendo todavía un prisionero? Será humillante Rhonda...
Ella sonrió. Presionó un resorte de su cinturón. La banda metálica, magnética, de las muñecas de Brian, perdió su fuerza adhesiva y cayó, desenroscándose de sus manos.
—Ya eres libre, Kervin. Libre en esta habitación. Sólo conmigo. Responde. ¿Qué eliges? ¿La muerte... o mi cuerpo y mi alma, Brian?
—Al parecer... —Kervin frotó pensativo sus dientes, chascó la lengua, y luego también rascó la nariz, como indeciso— Al parecer, sólo hay un medio de sobrevivir. Y es muy dulce, por lo que veo... Sí, Rhonda.
Le envolvió el aroma del cuerpo femenino, lujurioso y prieto. Le rodearon sus brazos lascivos. Trató Brian de besar la boca carnosa, roja, húmeda y entreabierta. Ella lo eludió, rápida, con una sonrisa burlona y una luz de deseo en los ojos.
—No, Brian, no... Aún no. Mis labios después. Después, Brian... Cuando todo termine...
Eludía el beso, el contacto de sus bocas. Prefería el roce de sus cuerpos, de sus deseos violentos y tempestuosos...
Brian respetó ese deseo. Brian aceptó dócilmente los apetitos de aquella mujer..

* * *

—Ahora sí, Brian, amor mío... Bésame... Bésame... Mis labios esperan los tuyos...
Y los besó, Brian Kervin besó la boca que acababa de susurrarle ardientes frases de amor y de rendición carnal. Sintió el fuego de aquella humedad jugosa y carnal, estrujando sus propios labios.
Después, inesperadamente, Rhonda Arlene se echó a reír. Se tiró atrás, jubilosa, extrañamente divertida.
—Brian Kervin... Él orgulloso M-31, el hombre arrebatador que enloquece a las mujeres y hace de ellas sus muñecos... ¡Ha sido mío! ¡Ha sido vencido por mi seducción y ahora es él mi pelele!
—No te comprendo. —habló despacio— ¿Quieres humillarme acaso?
—Kervin eres un maldito estúpido, un pobre necio, tan débil como todos los hombres que he conocido y he dominado a mi antojo. —Le acusó ella virulenta. Su figura arrogante se erguía desafiante ante él— Caíste en la trampa como un tonto cualquiera... y ni siquiera sospechaste la clase de muerte que yo te administraría... ¡Una dulce forma de morir, a fin de cuentas, también significa MORIR!
—Morir... No te entiendo, Rhonda..; Me jurabas amor, deseos promesas.:.
—¡Imbécil! —soltó ella una carcajada delirante, demoníaca— ¿Y creíste todo eso? ¿Esperas que yo iba a suponerte capaz de renunciar a todo, a tu honor y tu Patria, a tus principios y conciencia, para unirte a mí de por vida, en una empresa criminal sin escrúpulos? Sí, Kervin. Seguro que esperabas manejarme a tu antojo. Seguro que confiabas en que te hiciera el gran favor de eliminar a Tzar por mí misma, dejando el poder en tus manos, para que tú, limpiamente, me condujeras después a las autoridades internacionales, y todo quedara arreglado a tu gusto. Fácil, ¿no? Demasiado fácil. Y yo te ofrecía todas las ventajas... Caíste en la trampa, imbécil... Además de humillarte, además de llegar a ser tuya por completo, además de gozar viéndote presa en mi atractivo de hembra, gozo ahora doblemente... ¿Recuerdas lo que te dije antes? Mis labios, no. Un beso, no... Sólo al final. Después de nuestro amor... ¡Un beso, Kervin! ¿No lo entiendes? ¿No sabes lo que guardaban mis labios para ti?
—VENENO —jadeó Brian; retrocediendo, tocándose rápido la boca— Veneno, Rhonda...
—Sí, amor. Veneno mortal. Veneno implacable. El más fuerte de todos los venenos. Sólo existe un antídoto, y yo lo llevo como base de mi rouge labial y adherido a mi boca para protección de tus emanaciones o roces... Veneno, Kervin. Veneno que va a terminar contigo. Hermosa manera de matar, ¿no es cierto? Dulce apacible, cálida, apasionada... Eres feliz como una mujer, qué también goza humillando tu orgullo de hombre dominador... Y luego mueres. MUERES, Kervin. Estás muriendo ya.
Brian la miró con ojos dilatados. Estiró sus brazos, engarfió las manos en el aire, trató de avanzar hacia ella, vengador.
No llegó lejos. Solamente dos pasos, y vaciló. Otro paso, y cayó de rodillas, con un sonido ronco en su garganta. Finalmente, espumearon sus labios y rodó de bruces. Se quedó inmóvil, tras un espasmo violento.
—De modo que esa fue la ejecución de M-31... —el almirante Roger Wayne exhaló un suspiro, enjugándose el sudor de su frente— Diablo de "Matadora" Además de ser una mujer feroz, es terriblemente astuta, cerebral, despiadada en sus métodos:
Brian Kervin asintió despacio, con un gesto de cansancio en su rostro todavía pálido, demudado. Los ojos opacos miraron al capitán del submarino nuclear "Tritón" y al doctor McDougall, indistintamente.
—Ella gusta de buscar métodos originales de asesinar a sus víctimas. Goza con su labor. Es una asesina por naturaleza, y su satisfacción al matar es inmensa. Tanto, que se siente feliz de ver morir a alguien. Pero más aún, si la forma de hacerlo le proporciona satisfacción personal, un orgullo como el que debió experimentar cuando me vio caer en sus brazos primero, y a sus pies después, vencido por las dos armas que mejor manejaría siempre cualquier mujer, desde Lucrecia Borgia hasta nuestros días: el veneno y el deseo.
—Pero usted, sin embargo, se libró de algo al menos: el veneno... —sonrió el doctor McDougall, inclinándose hacia Kervin.
—En realidad, creo que era de lo único que quería librarme —rió. Brian— No podía estar seguro de nada, pero si de alguna clase de muerte podía salvarme, era solamente del veneno, dados mis recursos en aquel momento. Lo intenté, esperando que todo saldría como yo esperaba, y que mis cálculos sobre la satánica maldad de esa lasciva mujer no eran erróneos. Por ellos acepté el juego. Además era una forma de saberse humillada, cuando se entere de que, después de todo, sigo con vida.
—He averiguado, por el análisis de sus tejidos, Kervin, que utilizó usted dos productos químicos especiales: un antídoto y una "muerte aparente" que causa una parálisis total, como en hibernación, de las funciones físicas. Ahora bien, escuchado su relato, yo me pregunto: ¿Cómo pudo usted aplicarse ambos productos? ¿Dónde y en qué momento pudo hacerlo?
Brian Kervin sonrió, desde el blanco de su lecho submarino, con el que casi rivalizaba su lividez epidérmica por esos momentos.
—Es simple —explicó— Justo al libertarme ella de mis esposas magnéticas, me froté los dientes. Con ello, liberté un jugo especial intercalado en ellos, con cápsulas que sólo se quiebran por fricción, para servir de poderoso antídoto de casi todos los venenos conocidos y de otros en experimentación. Resultó muy débil contra el veneno de "La Matadora" pero resultó... Y después al tocar mi nariz, introduje en ella la delgadísima hoja plástica adherida a mi uña qué porta consigo las dos gotas de solución química precisas para provocar, momentos más tarde, una muerte aparente.
—Ingenioso y rápido. Pudo no servir de nada, pero usted tiene razón en algo: valía intentar todo lo posible por si, como sucedió, acertaba usted en ello. Ahora, puede vanagloriarse de haber sometido a Rhonda Arlene... y de continuar con vida. Es ella quien sentirá hundido su prestigio y su orgullo cuando sepa lo ocurrido... si es que llega a saberlo.
—Espero que lo sepa. No me gustaría que muriese sin enterarse de su gran fracaso... Es de esa clase de mujeres que no se complace con humillar. Nunca creí su historia apasionada de amor y deseo: Había algo de tipo morboso en ello, es posible, si alguien le había dicho que yo acostumbraba a utilizar a las mujeres como instrumentos a mi servicio. Trató de vengarlas en ese momento. Pero nada más. No esperaba en absoluto que confiase en mí como cómplice suyo. Y así sucedió...
—Bien, Kervin... —habló el almirante Wayne, poniéndose en pie— El FBI ha sido informado de su... su "resurrección" Ellos dicen que ahora tenemos plena libertad para obrar, puesto que usted está a salvo, y podemos atacar impunemente la isla, bombardeándola con armas nucleares que destruyan su maléfico poder...
—No, por Dios, aún no —saltó vivamente Kervin, con expresión de horror. No pueden hacer tal cosa.
—¿Por qué no? —se sorprendió el capitán del "Tritón"
—Sería horrible... Ahí dentro hay científicos inocentes, que pagarían con sus vidas...
—Científicos que no vacilaron en asesinar a todo el personal de una Base militar, y que provocaron este desastre con su torpeza. El fin justifica los medios, Kervin... La destrucción de ese lugar, significaría la terminación de la amenaza que pesa sobre el mundo entero.
—Hay aún más, señor. Aparte de los científicos, están ahí prisioneras dos mujeres a quienes debo mucho: Iliana Laht y Sheena birle. El las no pueden ser sacrificadas en un holocausto nuclear... No sería justo ni humano permitirlo, compréndalo.
—Yo lo comprendo, Kervin. Pero si el Pentágono ordena que, definitivamente, ese islote sea liquidado, tendré que hacerlo, nos guste o no la idea. Por lo que sé, piden que desaparezca de ahí, con todo cuánto hay en su interior, en menos de cinco horas... He pedido confirmación directa a Washington, sobre el permiso especial para utilizar proyectiles de cabeza nuclear y dispositivos antimagnéticos que impidan que su blanco en el islote, su superficie y bajo el mar, pueda ser neutralizado por cinturones de magnetismo.
—Cinco horas... ¿Será el máximo autorizado por el Pentágono, señor? —reflexionó profundamente Kervin.
—Oh señor, estaba pensando... Pensando en un plan para evacuar de ésa isla a los científicos y a las dos mujeres. Ellos responderían ante la Justicia de sus faltas, y ellas quedarían a salvo de una muerte horrible...
—No se puede evacuar a nadie. Si se intentara, los primeros en huir serían Tzar y "La Matadora"... con sus armas de Airé Líquido. Y el peligro continuaría existiendo. No, no autorizaré evacuación alguna, parcial o total. Se atacará sin previo aviso.
—No le pido un aviso ni un ultimátum. Eso sería un error, con gente como Tzar. Sólo deseo que conceda esas cinco horas de plazo máximo... y me deje actuar a mí.
—¿Usted? —se escandalizó el almirante— No diga barbaridades, Kervin. Ha pasado por un horrible trance, y no le autorizaré intentar ninguna nueva misión que ponga en peligro su vida o su salud. Y recuerde que, por muy agente especial que usted sea, aquí a bordo del submarino, soy yo quien manda. Y no admito discusión a mis ordenes.
—Pero señor se trata de...
—No, Kervin —cortó definitivamente el almirante Wayne— Usted está a bordo de mi nave como un hombre enfermo de quien debo cuidar hasta devolverlo a su Departamento. Me hice responsable de su vida y de su seguridad, y pienso cumplir esa tarea a conciencia. Es todo por el momento, doctor McDougall, atienda usted a su paciente, y luego reúnase conmigo en mi camarote. Los dos marineros quedarán de guardia a la puerta de la enfermería.
—A la orden, señor —afirmó McDougall, serenamente.
Y se dispuso a cuidar de M-31, conforme a las órdenes recibidas. Brian, con un suspiro, se dejó caer de espaldas en su litera, maldiciendo entre dientes contra la severidad castrense de los militares.

CAPÍTULO III
M-31 EN ACCIÓN

La noticia se la dieron al Almirante Roger Wayne justamente una hora más tarde:
—M-31 no está a bordo, señor.
—¿Qué? —aulló Wayne, pegando un salto en su asiento— ¿Qué mil diablos está usted diciendo?
El oficial, rígido ante su superior, tragó saliva, inquieto por el giro que tomaba la situación.
—Es la verdad, señor. No está en la enfermería. Ni en ningún otro lugar del submarino.
—¡Registren bien! ¡Tiene que estar forzosamente a bordo!
—No, señor. Se marchó.
—¡Se marchó! —airado, el Almirante fue hacia su subordinado— ¡Eso es absurdo! ¡No puede haber salido del submarino en estado de inmersión, y menos en su actual forma física! ¡Nadie saldría de aquí sin mi autorización!
—Señor, me temo que él lo hizo. Vea esto... Lo encontramos en la enfermería.
Le tendió respetuosamente un papel escrito. Wayne lo tomó, con violencia. Leyó el texto, escrito apresuradamente:
"ALMIRANTE:
CON TODOS MIS RESPETOS, DEBO DESOBEDECER SUS ORDENES. DISPONGO YA SOLAMENTE DE POCO MAS DE CUATRO HORAS, PERO SERA SUFICIENTE. A SU HORA, ATAQUE CON CARGAS NUCLEARES EL ISLOTE, CONFORME A LO PREVISTO.
YO TENGO ALGO QUE HACER EN LA ISLA. SI TENGO TIEMPO, VOLVERE. SI NO, ATAQUE DE TODOS MODOS.
KERVIN".
—El incorregible y endiablado M-31... —se irritó Wayne— ¿Pero cómo...? ¿Cómo pudo abandonar el submarino en las mínimas condiciones de seguridad:..?
—Encontramos a los dos hombres que le vigilaban, inconscientes. Habían sido expertamente golpeados. Igual que el encargado de material de inmersión, y el único ocupante de la cámara de expulsión al exterior... El señor Kervin utilizó el conducto normal para abandonar la nave, con un equipo de inmersión. De lo demás, no sabemos nada en absoluto...
Roger Wayne juró rabiosamente entre dientes. Paseó, exasperado por su camarote, mientras las palabras escapaban atropelladamente de sus labios:
—¡Enfermo, débil y cansado, M-31 se lanza a una aventura de locos, arriesgándose a una inmersión hasta la isla, con sólo cuatro horas por delante! ¿Qué mil diablos espera hacer, que no sea echarlo todo a rodar?
El doctor McDougall objetó serenamente:
—Yo no estaría tan seguro de que vaya a echar a perder su misión, señor. M-31 tiene fama de resolver problemas muy difíciles. Si él pensó que huyendo de aquí podía hacer algo por salvar las vidas inocentes del islote, así será sin duda alguna...
—Dios le escuche, McDougall. Pero si no es así, pondré en guardia a toda la guarnición del islote, y dificultaré enormemente la operación. ¿Por qué tuve que ser precisamente yo el que se encontró con ese demonio de hombre, entre toda la flota que navega por el Caribe?
McDougall comprendió el punto de vista de su superior, respecto al comportamiento de Brian Kervin. Y no pudo por menos de sonreír, divertido por el incidente que tanto irritaba al almirante.
Otra vez en el infierno. De nuevo en el interior del recinto de la muerte. De regreso al imperio de Tzar y sus sueños de destrucción y poder demente.
Ya estaba allí otra vez. En el interior del islote, gracias al acceso submarino que utilizaban los sumergibles de los científicos.
Había vuelto al mundo de pesadilla donde solamente la muerte podía ser el premio para M-31. Donde ya una vez, la fría zarpa de esa muerte había aferrado la existencia de Kervin, liberándose de ella por la magia extraña y aséptica de los fármacos creados por el Departamento de Material del FBI
Su misión era solamente una: salvar ocho vidas humanas del holocausto nuclear que pronto caería allí, haciendo del islote del Caribe, sin nombre ni apenas conocimiento de las gentes, un nuevo Eniwetok o Bikini, de donde se elevaría el terrorífico hongo atómico. Pero esta vez no sería una prueba nefasta, ni tampoco un ataque injustificable a un enemigo normal, sino la forma segura y definitiva de terminar con la amenaza de unos criminales que pretendían chantajear, coaccionar y dominar al mundo.
Ocho vidas: los seis sabios supervivientes, junto con Iliana Laht, la rubia finlandesa, y con Sheena Dirk, la rica pelirroja que veraneaba en Miami Beach, en Acapulco, en Río o en Mallorca indistintamente.
Era un deber moral con todos ellos. Con los sabios, por conciencia humana. Con las dos mujeres, porque una estaba allí por culpa suya, y porque la otra le era particularmente grata y no deseaba verla desaparecer en medio del caos termonuclear, sin intentar al menos salvar su existencia...
Brian Kervin había vuelto. Jadeante, se detuvo al borde del agua, y se despojó de los depósitos de oxígeno y de sus gafas, que situó en un escondrijo entre rocas, bajo la alta bóveda rocosa del lugar. No vio a nadie en derredor. Las torretas, ligeras y plásticas, de los Sub-1 y Sub-2, aparecían allí sobre el mar embalsado en el subterráneo.
Kervin había hecho algo, pero no lo más difícil. Lo peor sería cuando intentara salir de allí, huir del islote. Y, sobre todo, cuando intentara hacer huir también a los demás...
Respiró hondo. Apretó sus labios, con resolución. Los grises, metálicos ojos de. M-31 brillaban con la indómita energía que acostumbraba a destellar allá, en el fondo de sus agudas pupilas, cuando una misión era desesperada, casi imposible, y él se hacía el propósito de llevarla a buen fin.
Ésta era una de esas veces. En esta ocasión, M-31 pensaba triunfar. Aunque sabía de antemano que tenía una sola probabilidad entre mil de conseguirlo...
La suerte estaba acompañándole. Quizás incluso en demasiado grado para que pudiese prolongarse por mucho tiempo su veleidosa cooperación.
Había dado con el pasillo de acceso al interior de los reductos subterráneos. Y había encontrado solamente un vigilante armado, uno de los hombres de Tzar sin duda alguna, con su oscuro y cerrado uniforme.
Naturalmente, para un hombre como Brian Kervin, elástico, felino, silencioso y eficaz, sobre todo en Situaciones desesperadas, abatir al guardián fue cosa rápida, instantánea y precisa. Y despiadada también: No podía perdonar la vida a nadie que dejase tras de sí. Sencillamente, era el mismo camino el que tenía que andar a la inversa, y necesitaba recorrerlo, si le era posible, libre de trabas. Sé trataba de su vida o la de ellos... No había elección posible por tanto. La estrangulación era rápida, segura, compasiva incluso.
Tomó el arma del guardián. Un chato rifle eléctrico de cargas térmicas, muy eficaz en luchas a corta distancia. También se llevó el detector de ojos electrónicos y sistemas de defensa que el hombre llevaba consigo en el ancho cinturón negro.
Era un preciado e imprevisto regalo, porque él le permitió, con sus parpadeos, ir descubriendo el emplazamiento de cada sistema de alarma interior de los corredores silenciosos, crudamente iluminados, del refugio subterráneo creado y construido por el derrotado Consejo de la Ciencia.
Así, iba paulatinamente salvando los obstáculos de detección sin que sonaran y apercibiesen a los demás de su presencia. Al término del corredor, en una especie de rotonda o plazoleta hexagonal, de la que partían varios accesos numerados, descubrió el primer peligro serio: dos hombres armados. Dos nuevos guardianes, dando paseos por la amplia cámara.
Brian se detuvo, pegado al muro. Sabía lo que debía hacer, pero lo importante era que ellos le dejaran hacer, sin emitir una alarma que, en todo caso, le sería funesta. Tzar no podía tener un ejército de hombres allí dentro. A pocos que aniquilara, sus ventajas seguirían en aumento en tan desigual pugna.
Los dos guardianes caminaban de forma qué siempre uno le daba la espalda y otro el frente. Era difícil atacar sin ser apercibido por uno de los dos. Pero debía intentarlo.
Y lo intentó.
Levantó su fusil eléctrico. Aquella clase de armas no producían ruido. Solamente energía eléctrica con calorías suficientes para fundir el metal. La suerte del cuerpo humano, por tanto, no podía ser muy halagüeña ante aquellos disparos...
Apuntó al que avanzaba de cara hacia él. Luego, rápido, apretó el botón de disparo. Brotó una llamarada cárdena. Hubo un grito ronco. Y el hombre, envuelto en una especie de terrible bola ígnea, se disolvió en pavesas. Fue todo vertiginoso. Pero aún así, dio tiempo a que el segundo guardián girase la cabeza. Instintivamente, alzó un arma hacia Kervin, cubriendo con su cuerpo una puerta determinada del hexágono: la numerada con el 3.
Brian Kervin volvió a disparar su rifle eléctrico recién adquirido, saltando al exterior desde su escondite tras la esquina del corredor. Se anticipó en décimas de segundo al otro, que soltó el rifle, llevándose las manos a la cabeza, cuando ésta se convirtió en un espantoso caos de fuego y humo. Su cuerpo decapitado cayó al suelo, como si su cabeza se hubiera derretido por efecto de algún ingenio delirante.
Brian había triunfado por segunda vez en su aventura. Y, lo que acaso era mejor, el segundo centinela aniquilado le había dejado un rastro posiblemente valioso: el hecho instintivo de cubrir con su cuerpo la puerta 3, significaba que tenía órdenes expresas de defender aquel acceso por encima de todo. Eso podía ser importante. Al menos, valía la pena averiguarlo.
El agente especial del FBI se movió hacia esa puerta. Su detector zumbó. Había defensas electrónicas en la puerta. Se trataba de encontrar su sistema para neutralizarlas. Trabajando siempre con el máximo de cautela para no provocar alarma general alguna.
Mientras tanto, Kervin no podía olvidar cierto factor fundamental en aquella empresa desesperada dentro del islote: el tiempo...
Los minutos transcurrían vertiginosamente. Había perdido muchos ya en cubrir la distancia entre el submarino nuclear y el islote. Ahora posiblemente perdería más.
Y un estallido atómico de dos megatones, era el fin previsto para el refugio secreto de los chantajistas del mundo. Un estallido que no se aplazaría por nada ni por nadie. Ni siquiera por M-31
Pacientemente, Brian halló los dos diminutos ojos electrónicos que protegían aquella puerta... Pasar entre ellos hubiera significado la alarma total.
Estaban a media altura. Y eran únicos. Se podía pasar deslizándose bajo el contacto magnético, siempre que no se cometieran errores funestos. Pero también era preciso abrir la puerta, y ésta aparecía herméticamente encajada. Era de metal, sólida y firme.
Otra vez el fusil electrónico. Lo examinó, pensativo. El calor que podía generar el proyectil, fundiría la cerradura. Pero ¿existiría algún otro detector en ella, por el lado opuesto a la hoja metálica? Cabía en lo posible. Sin embargo, debía jugarse el todo por el todo, o no saldría de la plaza hexagonal.
Apuntó a la cerradura. Disparó luego, a la máxima presión y concentración que permitía el arma, procurando que el impacto río rozase en absoluto la línea magnética de detección. Tuvo éxito.
Chascó el metal, derritiéndose en gruesos goterones candentes. Después, se formó un boquete donde antes había existido un sistema de cierre automático. Y más allá, lo ignorado, lo desconocido. Quizás la muerte...
Esperó a que se enfriase el charco de metal derretido. Luego, se tendió bajo los ojos electrónicos, y empujó lentamente, pero con todas sus fuerzas, la hoja de metal. Esta cedió sin ruidos.
Brian se encontró ante un corredor ascendente, de muros metálicos, iluminado con tubos de lívida claridad azul. Más allá, en un recodo, se veía brillar una luz amarillenta, en un disco aplicado al muro. Brian sonrió, observando el parpadeo de su detector. Era un nuevo sistema de alarma. Haber avanzado ante aquel ojo luminoso amarillo, hubiera significado ser captado desde los controles del islote.
¿Qué podía haber en aquella zona del refugio secreto, que exigiera tales precauciones?
Brian Kervin se sintió excitado. Una sospecha cruzó su mente, y la posibilidad de que la fortuna le hubiera situado en aquel camino, le hizo actuar con todos sus sentidos puestos en aquel peligrosísimo juego.
Fue todo muy rápido. Al pegarse a uno de los muros, el izquierdo, observó que el disco de luz dejaba de alcanzar sus ojos, y el detector dejó de parpadear. Eso significaba que, pegado a esa pared, eludiría el sistema de detección.
Se movió en ese sentido, virtualmente adosado al muro, siempre evitando descubrir la luz. Cuando llegó al recodo, comprendió que tenía que cruzar por fuerza ante el disco de luz, para seguir avanzando hacia las escaleras metálicas que se descubrían ante él.
Reflexionó, pegado al muro de metal. Los peligros aumentaban, a medida que se acercaba a algo fuese lo que fuese aquello.
Sus ojos se «Izaron, en una desesperada exploración del terreno. Descubrió el objeto en el techo.
Una especie de soporte de lámpara... sin lámpara alguna. Un garfio rígido, asomando del techo y apuntando hacia el suelo. Podía tener cualquier utilidad, e incluso podía formar parte de una trampa. Pero estaba seguro de que aquel lugar, sobre el nivel del disco de luz, que tenía una especie de visera encima, como los semáforos, no recibía la luz detectora en modo alguno.
Todo dependía de que pudiera alcanzarlo. Para ello era preciso tomar impulso, sin terreno material para ello, y saltar. Saltar, aferrando el garfio, de tal forma que todo el cuerpo encogido, quedase fuera del radio de acción de la luz peligrosa.
Era lo único factible. Brian confiaba en sus músculos i Sólo esperaba que sus nervios y su sentido del cálculo no le traicionasen, fatalmente.
Tomó impulso, puso un desesperado y frío afán de triunfo en el empeño. Luego, saltó.
Su cuerpo, encogido con elasticidad de simio, salvó la distancia hacia lo alto y el centro del corredor. Sus manos aferraron la rígida barra colgante. Péndulo de ella, que vibró, resistiendo el peso.
Y ocurrió algo asombroso.
El disco de luz giró en el muro, apuntando a una puerta situada al fondo de la escalera metálica. Apuntó, hacia allá, revelando un disco de luz también en la puerta, aunque de tamaño más reducido. Hubo un chasquido.
Y la puerta del fondo se abrió, girando la luz detectora y ocultándose en el muro, tras una tapa metálica.
Brian respiró hondo. Sin saberlo, no sólo había eludido el sistema detector, sino que había accionado, él procedimiento eléctrico de abrir una puerta posiblemente infranqueable de otro modo. El garfio y el barrote del techo eran virtualmente la llave de todo ello.
Saltó al suelo nuevamente, y avanzó precavidamente por los peldaños hacia».Ja puerta abierta por medio del ojo electrónico. Se detuvo en su umbral, preguntándose que iba a hallar. Dispuso su arma, y se decidió a cualquier «contingencia, por grave que fuese. Ya no podía volverse atrás. Estaba en el meollo mismo del asunto, y era una cuestión de vida o muerte, sin posibles rectificaciones.
La puerta le situó en otro corredor metálico, éste al parecer sin detectores, a juzgar por la quietud de su detector luminoso. Pero sí con guardianes.
Otros dos. Rígidos, montando guardia junto a una puerta cerrada, al final del corto corredor. Le sorprendió descubrir su envoltura plástica. Vestían como unos "monos" cristalinos, transparentes, guantes, calzado y escafandras de igual materia, flexible y ligera. Portaban dos armas muy especiales, que Kervin nunca había visto antes de ahora.
Dos tubos de color azul anodizado, con una especie de cono en su final. La empuñadura era corrió un óvalo plástico transparente. Cruzados de brazos ambos, sostenían sus respectivas armas sobre el antebrazo zurdo.
No supo lo que era todo aquello. Pero lo imaginó con terrible precisión y rapidez, cuando descubrió unas letras determinadas en la puerta metálica tan bien guardada: "He-2"
He-2... Símbolo químico y número atómico...
Helio.
Posiblemente... HELIO LICUADO.
Aire Líquido.

CAPÍTULO IV
HELIO

Brian recordó fugazmente muchas cosas de sus conocimientos físicos en ese momento de duda y vacilación, sometido a la tremenda excitación que suponía saberse descubridor, acaso, del recinto ultrasecreto donde se fabricaba y se guardaba el aire líquido de muerte, el Helio licuado a temperaturas de Cero Absoluto.
Todos los gases podían hacerse sólidos a 269 — 270 grados bajo cero. A 273, la máxima frialdad posible físicamente, los gases eran ya definitivamente sólidos. Todos excepto uno particularmente noble, que solamente podía licuarse como máxima alteración de su estado físico: el helio. Un gas sin afinidades químicas ni problemas electrónicos, ya que su órbita periférica está completa, con dos electrones, capaz, solamente de licuarse y comportarse entonces extrañamente, en desacuerdo con cualquier previsión de tipo físico.
Para mantener en estado líquido el helio, era necesario que la temperatura ambiente se mantuviese cerca del cero absoluto. Teniendo en cuenta que en el cero absoluto las moléculas están inmóviles, pero no los átomos, es preciso crear ese frío absoluto por medio de poderosos imanes que frenen u orienten a los átomos en movimiento. De ese modo, quien hubiera podido controlar el aire líquido y utilizarlo como arma a distancia, tenía que haber obtenido previamente una cámara, envoltorio o cápsula que, mediante una poderosísima fuerza magnética, orientase y frénase esos átomos, manteniendo el frío. También haría falta una "camisa" o funda de hidrógeno líquido para mantener el conjunto a muy pocas décimas por encima del cero absoluto. Y todo eso, conservándose por algún sistema especial de aislamiento y mantenimiento, al ser lanzado sobre un blanco determinado, provocaría, quebrándose su envoltorio, la proyección del aire licuado, sobre los cuerpos con vida orgánica, quebrando vegetales y endureciendo terriblemente la carne humana en una muerte gélida e inevitable.
Todos esos elementales principios formaban la base del arma conocida como Aire Líquido, que el Consejo de la Ciencia había puesto en circulación en mala hora.
Y Brian, en estos momentos, creía haber descubierto, por fantástico azar, los depósitos o laboratorios donde el prodigio se creaba. Y también, tal vez, la única forma de combatir ese frío líquido aterrador: los atavíos plásticos de los guardianes de la cámara rotulada con los significativos símbolos: "He-2".
Brian tomó aliento. Se dispuso a atacar. Iba a jugárselo todo. Si estaba allí el helio líquido, valía la pena arriesgarse en la última baza. En la definitiva...
Su mayor error hubiera sido utilizar el arma termo-eléctrica. Si aquellos atavíos herméticos de plástico, eran lo que él imaginaba, serían refractarios a cualquier forma de temperatura, fría o calorífica, que se proyectase sobre ellos.
De modo que Brian utilizó el método más directo, primario y efectivo que jamás existió en la lucha entre los hombres.
Saltó inesperadamente ante ellos. Tan inesperadamente, que ambos se miraron entre sí, estupefactos. Luego, una de las manos enguantadas de plástico transparente, se movió hacia algo que aparecía en su cinturón exterior.
Kervin no le dejó seguir. Era obvio que aquel arma, fuera de la envoltura antitérmica, solamente podía ser una cosa: Aire Líquido... La Muerte, en suma.
Cargó contra ellos violentamente. Kervin puso en su ataque toda la energía y fortaleza atlética de sus músculos elásticos, bien entrenados. Aferró a ambos guardianes por sus cuellos recubiertos de plástico. Y los levantó en vilo, estrellándolos violentamente contra el muro de metal.
Cayeron, aturdidos. El choque no debía de ser excesivamente fuerte, con la protección de la materia plástica,; posiblemente dotada de una cámara interior de vacío. El vacío, que no tiene temperaturas ni alteraciones térmicas...
Brian Kervin no vaciló. Se inclinó sobre los dos guardianes. Les levantó de nuevo, estampó sus cuerpos contra la pared, y luego los volvió a alzar, haciendo chocar sus cráneos entre sí. Cuando los soltó de nuevo, cayeron inermes a sus pies.
Rápido Brian se precipitó sobre ambos. Solamente existía un sistema de seguridad para él, y lo aprovechó. En escasos segundos, abrió los resortes al vacío de aquellos trajes sorprendentes. Desnudó de ellos a los dos guardianes. Se aplicó uno sobre sí. Ajustó cierres, cremalleras plásticas y toda clase de válvulas de seguridad interior. Notó la presión especial de la cámara invisible de vacío, en torno a su figura.
Ya estaba hecho. Supo que se encontraba a salvo de todo. Incluso del Aire Líquido... El segundo traje plástico, lo plegó y ocultó en una bolsa portable que iba unida a su atavío. Los dos centinelas quedaron inermes, normalmente vestidos, a merced de cualquier arma térmica.
Tocó su cinturón. Allí estaba el arma que ellos querían utilizar. La extrajo. Por primera vez supo lo que era el Aire Líquido en cápsulas. El arma ultrasecreta del fracasado Consejo de la Ciencia...
Dardos. Dardos agudos, tubos remachados en afilada púa... Dentro, en una cámara de plástico azul translúcido, su carga. Fuera, unas letras: "He-2". Helio, número atómico 2. Helio Líquido, sin duda...
Helio superconcentrado. Ninguno de los dardos era mayor que una ampolla inyectable. Debía estar sometido a presiones increíbles. Roto el dardo, se expandía en masa aterradora, recuperaba su masa habitual... y aniquilaba toda forma de vida orgánica.
Tenía un sistema curioso, microscópico, de dirección y control. Una serie de diminutos transistores y circuitos en su parte posterior, dentro de un tamborcillo plástico no mayor qué una moneda de dólar. Y un pequeño botón rojo. Sin duda el gatillo del disparo más terrorífico y silente jamás soñado: el gas licuado, capaz de llevar el Cero Absoluto allí donde llegaba y reventaba, con precisión matemática, y controlado a distancia...
También eran manuales. Bastaría apuntar, presionar el resorte... y la cápsula saldría disparada directamente a su blanco.
Sonrió. Era un triunfo, una posibilidad increíble de éxito...
Se acercó a la puerta rotulada "He 2". A su aproximación, hubo un zumbido. Una microscópica luz piloto parpadeó en su cinturón...
Los trajes antitérmicos hacían funcionar los ojos electrónicos del sistema. Y las puertas se abrían de forma automática...
Aquella puerta, se abrió.
Brian Kervin, empuñando un dardo de Helio Líquido, avanzó directamente hacia el interior, convencido por vez primera de su insólito poder actual. Un poder que, sin embargo, se derrumbaría en cuanto la flota nuclear norteamericana bombardease con dos megatones de potencia atómica aquel islote maldito...
—¡KERVIN! —chilló alguien, al otro lado de la puerta— ¡Kervin... VIVO!

* * *

Era ella. Nadia Benkova, la profesora checoslovaca.
Nadia, trabajando ante una larga mesa blanca, repleta de tubos de ensayo, recipientes químicos, matraces y demás elementos de laboratorio.
Y no estaba sola.
Tras la asombrada, incrédula Nadia Benkova, Brian descubrió a otros científicos de la Base secreta. El físico Von Kleven, el inglés Prince, el gran químico millonario, aspirante al Nobel de Química en años anteriores...
Todos ellos con atavío plástico hermético. Con trajes contra el Aire Líquido y sus congeladores efectos.
Micrófonos interiores, en ingenioso dispositivo, mantenían el contacto con el exterior. Brian escuchó su propia voz, a través de ellos:
—Profesora Benkova, no hay tiempo que perder. He venido a por ustedes. Son tres vidas a salvo. Faltan Onaka, Fedorov y Salter. Y las dos mujeres, Sheena Dirk e Iliana Laht... Tenemos que sacarles vivos a todos. A TODOS. ¿Entienden?
—Imposible —jadeó Prince, atónito— Imposible lograrlo, Kervin...
—No hay nada imposible —rechazó Brian— Vamos, hay que luchar. Tenemos poco tiempo. Dentro de dos horas y media, esto será un caos atómico...
—¿Atómico? —se estremeció . Von Kleven— ¿Han localizado la Base?
—Yo la localicé por ellos, y les di la información —rió Brian.
—Kervin, ¿cómo pudo usted... sobrevivir? —musitó Nadia— Le vimos muerto, cadáver ya...
—Es largo de contar. Se lo explicaré más tarde. M-31 tiene tantas vidas como un gato. Tzar cometió un error al considerarme vencido. Vamos ya. Ustedes llevan trajes espaciales protectores. ¿Son del Consejo de la Ciencia?
—No —negó Von Kleven— Son de Tzar. Algún científico los creó para él.
—Yo trabajé una vez en ello, pero fracasé. Ellos lo lograron, Kervin —asintió Donald Prince.
—Sí, ya veo. ¿En qué les hacen trabajar?
—Aire Líquido —suspiró Nadia Benkova— Tenemos que llenar cápsulas superconcentradas. Dirigidas sobre Nueva York y Moscú, provocarán un caos glacial. Es el nuevo proyecto de chantaje...
—Bien. Todo eso terminó. Vamos de aquí, enseguida. Supongo que hay más trajes antitérmicos...
—Muy pocos —habló Von Kleven— Creo que media docena más... Los guardan los hombres de Tzar.
—Se los arrancaremos. Son suficientes para Salter, Onaka, Fedorov y las dos mujeres... Ellos han de ser los únicos supervivientes de este, lugar maldito, junto con nosotros cuatro. ¿Saben dónde se guardan esos trajes aislantes?
—Yo lo vi —afirmó Nadia—, Un departamento inmediato a este laboratorio. Hay tres hombres de Tzar en él. Será difícil...
—Difícil no es siempre imposible —rió Brian, agresivo-Vamos allá...
Inició la marcha. Y con él, los científicos.
Los científicos, con una excepción. La que representó aquella voz repentinamente fría, despiadada, dura y hostil, amenazando a todos:
—Es mejor que no intenten nada ninguno de ustedes. Quédense donde están... Puedo perforar cualquiera de sus trajes aislantes con este dardo... y disparar luego una cápsula de Helio Líquido superconcentrado. Eso sería su fin inmediato...
Todos se volvieron asombrados. Contemplaron al que había hablado. Parecía dispuesto a hacer lo que decía.
Esgrimía un largo, agudo dardo especial, en su mano derecha. Y una de las cápsulas de Helio en su zurda...
—¡PROFESOR DONALD PRINCE! —gritó roncamente Nadia Benkova, mirando al inglés con estupor inmenso— ¿Qué significa...?
Brian Kervin soltó una agria carcajada y contestó por Prince:
—Significa, profesora Benkova, que ya hemos descubierto quién financió la labor de Tzar en todo esto, y el fracaso del Consejo de la Ciencia... Significa que el profesor Donald Prince, no se conformaba con buscar la paz mundial, como pretendió fingir ante ustedes, sino que QUISO SER EL AMO DEL MUNDO, Y HA ESTADO A PUNTO DE CONSEGUIRLO...

CAPÍTULO V
HOLOCAUSTO

Se equivoca en algo Kervin. SOY el amo del mundo... Brian contempló fríamente a Prince: Tal vez tuviera razón. El había sospechado desde un principio algo así. Tzar no era un cerebro por sí solo. Sólo un buen brazo derecho como "La Matadora". Pero ¿y el dinero? ¿Y la mente directora, y la ciencia puesta a contribución de los asesinos?
Nadia Benkova intervino con prontitud, helada su voz. Helada, como si el helio licuado brotase junto con sus palabras:
—Pobre profesor Prince... Ha fracasado usted. Perdió su gran baza... Si tira ese helio... será el primero en morir.
—¡Estúpida! —rió el inglés, sarcástico. Sus ojos brillaban, demoníacos— Yo controlo la situación, entiéndalo.
—Está en un error —replicó Nadia— Yo sospechaba ya de usted. Había algo que no me gustaba en su actitud. Se habló del dinero que financiaba a Tzar. Luego, utilizaron unos trajes antitérmicos que eran de su invención... Pensé que no había fracasado, como pretendía dar a entender... Usted les proveyó de sus métodos... Usted les informo sobre Shell y lo demás... Usted les informaba, pero había que fingir que necesitaban a Kwang, a Iliana, aunque personalmente, Donald Prince les emitía sus informes especiales, a la par que financiaba el contragolpe que destruiría al Consejo pacifista. Usted enseguida vio sus ventajas, su posible poder supremo, al margen de los sueños idealistas de sus compañeros... Y yo, Prince, YO SOSPECHE siempre de usted. Lo lamento, pero... HE AGUJEREADO PREVIAMENTE SU UNIFORME AISLANTE...
Un alarido de furia escapó de labios de Prince, que palideció, estupefacto. La seguridad de la profesora checa, al hablar, era realmente contundente.
Brian tenía una posibilidad, y la aprovechó. Prince estaba demasiado desconcertado, demasiado asustado para reaccionar. Kervin se arrojó sobre él violentamente, en un salto elástico e inverosímil. Le abatió al suelo, y Prince, con Un aullido casi inhumano, mantuvo su mano izquierda en alto, chillando una advertencia desesperada:
—¡No, Kervin. No, maldito sea...! ¡La cápsula de Helio Líquido, no! Me destruiría en el acto... ¡Un orificio en el traje lo inutiliza por completo...!
—Lo sé Prince, lo sé —le retenía contra el suelo, aterrándole fuertemente por los brazos. Una implacable energía se asomaba al rostro hermético de Kervin— Sólo tiene una posibilidad. Ceda, Prince. Déme ese dardo, esa cápsula de Aire Líquido... Usted sabe lo que sería desencadenar aquí ahora mismo la temperatura de Cero Absoluto... Es mejor que no me provoque. Nosotros estamos a salvo. Usted... no.
Era la más convincente de las expresiones. Prince, lívido, soltó su aguja, su cápsula mortal... Brian suspiró con alivio. Se irguió, con ambas cosas. Luego, violentamente, pateó el rostro y el cráneo de Prince. Este exhaló un gemido y se derrumbó inconsciente.
—¿Por qué lo hizo? —masculló Von Kleven— Es cruel, Kervin...
—¿Cruel? —los ojos de Brian buscaron los de Nadía Benkova— Hice bien, ¿verdad, profesora?
—Claro —ella sonrió, risueña— Usted se dio cuenta del engaño enseguida, ¿no?
—Sí, por supuesto —Kervin le devolvió la sonrisa— Pero ha sido muy rápida, profesora, muy eficaz... Llegó a convencerle de que, realmente, le había agujereado usted el traje protector.
—¿Y no es cierto? —gimió Von Kleven, empezando él a palidecer ahora.
—Claro que no —suspiró, Nadia— Ni siquiera sospeché nunca de él, aunque vi claros los hechos al delatarse él mismo... Pensé que mi estratagema podía resultar.
—Y resultó —convino Brian— Resultó increíblemente, profesora... Gracias por su ayuda. Sin ella, Prince hubiera vencido en toda regla...
Von Kleven resopló, al comprender la estratagema de Nadia y lo cerca que habían estado todos de perecer, vencidos por la maldad suprema del gran traidor, el profesor Donald Prince, gran científico, millonario y ávido de poder a escala universal...
—Un viajero menos —comentó Kervin, moviéndose hacia la salida— Síganme ustedes, profesores. Vamos a rescatar a los demás, y a Iliana y a Sheena, si es posible.
—No podremos salir nunca de aquí con vida, Kervin —se quejó Von Kleven.
—Eso está por ver...
Y emprendió la marcha, al frente de los dos sabios unidos a él. Prince, inconsciente, se quedó en el laboratorio. Pero no sin qué Kervin le despojara previamente de su escafandra protectora, y de sus cápsulas de Aire Líquido...

* * *

Onaka, Salter y Fedorov se ajustaron apresuradamente sus trajes plásticos. Iliana Laht y Sheena Dirk, aunque todavía trémulas, estremecidas ante la visión de un Brian Kervin redivivo, también.
Cuando los ocho personajes estuvieron inmunes contra cualquier fórmula de Frío Absoluto que contra ellos pudiera utilizarse, Brian saltó sobre los guardianes de Tzar, aniquilados brutalmente, sin contemplaciones, y señaló los corredores del refugio subterráneo.
—Vamos ya —murmuró— Los Sub-1 y Sub-2 están en la caverna. Si podemos alcanzarlos subir, a bordo y salir de este islote antes de una hora... posiblemente lleguemos a tiempo de evacuar el área de peligro nuclear, cuando los proyectiles atómicos lluevan sobre este punto maldito...
Nadie hizo comentarios. Todos sabían lo que se estaban jugando en el envite. Y todos sabían, también que el stock limitado de trajes aislantes estaba agotado, y por tanto nadie podía resistir el frío total ahora, excepto ellos mismos...
Se movieron, de regreso a la cueva gigantesca donde reposaban los submarinos. El mayor riesgo, consistía en que Tzar y "La Matadora" llegaran antes que ellos a esos sumergibles de bolsillo, si sospechaban algo de lo ocurrido en el refugio.
Quien evacuase el islote, se libraría del ataque nuclear. El que se quedara allí sería víctima del holocausto final, que pretendía salvar a la Humanidad.
M-31 dirigía a la reducida expedición. Volvieron a andar lo andado, desde las cámaras de cautiverio donde Kervin, Von Kleven y la profesora Benkova habían hallado a los demás, hasta los laboratorios —donde Prince aún yacía inconsciente— y posteriormente los corredores de regreso a la base de submarinos diminutos.
—Tendremos que ir muy apretados y racionar nuestra dosis de oxígeno respirable, dentro de esos pequeños sumergibles, —señaló Kervin, sin detenerse en su marcha—. Pero al final, si alcanzamos el "Tritón" o cualquier otra unidad de la Armada norteamericana o británica, todo el sacrificio y el esfuerzo habrá valido la pena...
Salieron finalmente al corredor definitivo, tras salvar la plaza hexagonal.
Entonces se encontraron con el último, con el inesperado obstáculo...
Emergieron de súbito ante ellos. Armados de unos poderosos, anchos tubos, posiblemente de proyectiles nucleares o cosa parecida...
—No se muevan de ahí —avisó fríamente él-Su pequeño éxito, ha terminado.
—Sí, Kervin —habló "La Matadora" glacialmente, sin desviar de él sus crueles ojos— No sé como salvaste la vida... pero todo acabó ya. Es el fin. El tuyo y el de los demás. Ni siquiera esos trajes pueden salvaros de estas cargas de cobalto radiactivo...
Eran ellos. Tzar y Rhonda Arlene, "La Matadora". Cerraban toda salida. Les bloqueaban la fuga, el camino hacia los submarinos de bolsillo.

* * *

Brian Kervin, como todos los demás, alzó sus manos enguantadas de plástico hacia lo alto, por encima de su cabeza.
Los tubos nucleares les apuntaban, inexorables. Debían ser una energía parcial, que mantendría incólumes a sus tiradores. Pero de cualquier manera, todo estaba ya en juego. Rendirse era morir. De modo que daba igual.
Y M-31 inesperadamente, apretó sus dedos enguantados de plástico aislado del exterior...
De ellos, escapó la cápsula terrible, mortal.
—¡NO! —chilló Tzar, convulso— ¡NO, Kervin...!
—¡AIRE LIQUIDO! —aulló Rhonda Arlene, al ver venir el dardo translúcido y azul por los aires...
Ni siquiera llegaron a tiempo de oprimir el resorte de disparo de sus raros bazookas atómicos. Antes que eso, se heló el aire, el oxígeno, todo en absoluto. Antes que eso, una viscosa masa de helio líquido, reptante y extraño, se materializó y resbaló sobre cuerpos y armas, rebotando como gotas de mercurio en las defensas plásticas de las ropas de los fugitivos... pero envolviendo en un abrazo pegajoso los cuerpos desnudos, indefensos, de "La Matadora" y de Tzar...
Repentinamente, aquellos cuerpos fueron como goma rebotada, dando tumbos por el suelo, convertidos en espeluznantes monigotes elásticos y duros... Repentinamente, cayó hielo del aire. Repentinamente todo fue como, un paisaje glacial en torno a los audaces expedicionarios envueltos en plástico cristalino...
—Dios mío... —musitó la voz de Nadia Benkova— Qué horrible fin...
Brian se volvió hacia ella, pensativo.
—Es el tributo que se paga por el crimen, el odio y la ambición, profesora... Ahora, tenemos el camino libre. Vamos ya. Dentro de poco, este islote será un volcán nuclear en erupción terrorífica. Tenemos el tiempo justo de volver al seno de la Flota norteamericana...
—Y todo, gracias a M-31... —musitó Nadia Benkova, mirándole profundamente.
—No —rechazó él, risueño, flanqueado ahora por Iliana y por Sheena, que parecían rivalizar en buscar su protección viril— Todo, porque usted fue lo bastante lista para engañar a Donald Prince, el gran traidor del Consejo de la Ciencia...
—¿Cree de veras que todo ha salido bien gracias a mí? —sonrió Nadia, curiosa.
—Sí, no hay la menor duda...
—Entonces, creo tener derecho a un precio por mi cooperación, Kervin —habló ella, mirando a Brian, contra el que se estrujaban Sheena e Iliana, en clara y violenta rivalidad mutua.
—¿Cuál, profesora Benkova? —se interesó Brian, sorprendido.
Ella rió, maliciosa. Fue hasta él, y apartó vivamente a Sheena y a Iliana, aferrándose a su brazo, decidida.
—Este es mi precio, Kervin —habló— La primera cena, lejos de aquí... será para mí. Tiene que invitarme a cenar, a bailar... y después de esa velada conmigo, decidirá usted cual de nosotras tres le atrae más...
—No puedo decirle que no —miró de soslayo a Iliana y Sheena, con aire de excusa— Comprendedlo, muchachas... Ella ha hecho posible el triunfo final. Tiene sus derechos.
Nadia Benkova sonrió triunfal. Ya estaban ante la gran balsa de agua y los submarinos de bolsillo. Ante la salvación definitiva. Faltaba hora y media para la hora H en la isla condenada a la amenaza termonuclear...
—Cielos —musitó Brian para sí— ¿Por qué siempre han de complicarme la vida las mujeres...?

F I N