CAPÍTULO V
Patrick fumaba un cigarrillo, en el nuevo domicilio de Elma Fredson. Peter había salido con unos amigos de su edad y los dos jóvenes desayunaban en silencio.
Todos los prisioneros que formaban lo que Gardner llamaba el «grupo de ataque», estaban seguros de que los robots irían aquella mañana en busca de sus habituales presas. También quisieron formar parte del primer equipo, de manera de ayudar directamente al astronauta; pero Patrick se había negado en redondo, ya que deseaba poder actuar solo, sin que la presencia de alguien embarazase sus movimientos y decisiones.
Elma le miraba de soslayo de vez en cuando, sin decir nada.
Fue él quien la interpeló, sobresaltándola, ya que la muchacha no esperaba ser interrumpida tan bruscamente en sus meditaciones.
—¿Qué hacía su padre, Elma?
—¿Qué quiere usted decir? ¿En qué se ocupaba?
—Sí.
—Era profesor de Biología y Fisiología del Sistema nervioso, en Cambridge. ¿Tiene alguna intención directa su pregunta?
—No, mera curiosidad.
Y al cabo de un instante dijo:
—En realidad estaba pensando en algo que pudiese convencerme de que los que son sacados de aquí no...
Ella le entendió y bajó tristemente la cabeza.
—Es inútil que quiera darme una esperanza; las he perdido todas.
—No debe hacerlo. Si los quisieran matar, no hubiera hecho falta que se molestasen en traerlos hasta aquí.
—Esa es una cuestión que nunca he ahondado, porque me daba terror hacerlo.
—¿Recuerda el ritmo de las desapariciones?
—Sí. Al principio, según oímos decir, porque no fuimos los primeros en llegar, se llevaban a muchas muchachas y a muchos hombres; luego, poco a poco fueron disminuyendo en la cantidad que solicitaban.
—¡No me lo explico!
Alguien subió corriendo por la escalera de la casa, precipitándose a la habitación.
—¡Señor Gardner! ¡Señor Gardner! ¡Ya vienen los robots!
—Voy.
Desapareció el otro y, cuando Patrick se acercó a la muchacha tendiéndole la mano, ella se arrojó inesperadamente a sus brazos.
El hombre la estrechó con fuerza, contra sí.
—¡No vayas, Patrick!
Él le acarició los cabellos y sonriéndole dijo:
—He de ir, querida. Ahora más que nunca. ¿Cómo quieres que te sepa condenada, más o menos tarde, a algo que me hace estremecer de sólo pensarlo?
Ella tardó unos instantes en decir:
—Me enamoré de ti en seguida, Patrick. En otras circunstancias hubiese esperado, como lo hacen todas las chicas, a que tú me hubieras dicho algo; pero ahora, cuando te he visto levantarte, dispuesto a irte, creí que no podría resistirlo.
—Has de ser valiente, querida.
—Eso es lo que se suele decir. Sin embargo, amor mío, preferiría que te quedases. ¿No te das cuenta de que me quedo completamente sola? Primero papá y ahora tú... ¡Hubiese querido que me dejaras seguir mi camino cuando el robot me conducía a la...!
Él la besó en los labios, impidiendo que concluyese la frase.
—Me voy, Elma. Cuida de Peter y evita que haga travesuras. Volveré; puedes estar segura.
Se arrancó de sus brazos y salió sin volver la cabeza, incapaz de mirar la indecible expresión de dolor que se pintaba en el rostro de la muchacha.
Como cada vez que los robots llegaban, la totalidad de los prisioneros estaba concentrada en un monumental «patio» situado en la desembocadura de los parciales.
Gardner se abrió paso hasta colocarse en primera fila. Todos le miraban con curiosidad y admiración.
El robot jefe, que era el que siempre se dirigía a los prisioneros, se adelantó un poco.
—Quince hombres y tres mujeres.
Desde que habían colocado los dispositivos de «ultrasonidos», los voluntarios se presentaban en seguida. Hubo muy pocas escenas de despedida y casi inmediatamente, los prisioneros se colocaron en una hilera. Mientras se ordenaban, Gardner se tragó uno de los comprimidos.
Una vez en fila, un robot se colocó de espaldas ante cada una de las criaturas que habían salido del gentío. Inmediatamente las lámparas verdes empezaron a temblar intensamente.
El efecto hipnótico no tardó mucho en producirse; la potencia sugestionadora de la lámpara era verdaderamente notable.
Se pusieron en marcha, en hilera, siguiendo cada prisionero a su correspondiente robot.
Mientras avanzaba, con los ojos entornados y la mirada fija en los pies del hombre-metálico que le precedía, Gardner, contento del rápido efecto de la «Anti-hipnotina», pensaba en la casualidad que había sido el que Elma fuese la única conducida en aquel día en que la encontró en aquel mismo pasillo.
¿Casualidad?
Rechazó de plano tal hipótesis. Aquello debía de tener una explicación lógica; pero, por muchos esfuerzos que hizo para intentar explicárselo, no logró absolutamente nada.
Un nuevo pasillo apareció ante él, cuando los robots, después de subir una escalera, ascendieron a una planta que el joven desconocía. Sonrió al comprobar que todos los escalones «cuatro» transmitían una señal cuando se pisaba en ellos.
«Ahora puedo pisarlos sin miedo», se dijo.
Al llegar ante los ascensores, comprobó la veracidad de lo que. le habían contado en el campo de prisioneros. Los ascensores eran bipersonales y no cabía en cada uno de ellos más que un robot con su correspondiente acompañante humano.
Subió en el suyo.
Por la velocidad y el tiempo transcurrido hasta que el ascensor se detuvo, Patrick se percató de la tremenda distancia que había cubierto. Por eso, cuando el aparato abrió automáticamente sus puertas, no se extrañó de leer, en el muro, un letrero que anunciaba que aquél era el piso 403.
Sólo así podía concebir la grandiosidad de aquella fantástica ciudad, donde, sin necesidad de exagerar cálculos, debían de trabajar treinta millones de hombres-máquinas.
Volvió a pensar en el genio que había creado todo aquello. Y se estremeció al pensar en la calidad de enemigo al que iba a enfrentarse.
«Soy un loco sin arreglo posible» —se dijo.
Los otros robots habían desembocado en aquella especie de pasillo. Y al estar nuevamente reunido el grupo, se constituyó el inevitable desfile hasta que el primer robot se detuvo, al desembocar en una sala de enormes dimensiones.
Al fondo, un enorme letrero decía:
¡ALTO LOS ROBOTS!
CARGAS DESINTEGRADORAS ESPECIALES
DESTRUIRÁN A TODO HOMBRE-MÁQUINA
QUE ATRAVIESE ESTA PUERTA
Se detuvieron los hombres mecánicos antes de llegar a la entrada. Entonces, después de un corto espacio, una esfera que emitía la famosa luz verde, apareció repentinamente flotando en el espacio.
Los hombres la siguieron mansamente atravesando la barrera por la que no podían pasar los robots.
Gardner los imitó.
Un corto pasillo y después, una sala, cuyas paredes transparentes permitieron al joven echar una curiosa ojeada al otro lado, donde medio centenar de hombres y un centenar de muchachas trabajaban ante unos complicados cuadros, repletos de aparatos y controles.
Observó que todas las muchachas llevaban puestos unos cascos que les hacía parecer telefonistas en una gran central. Ante ellas, una multitud de luces de todos los colores se iban encendiendo o apagando con una curiosa intermitencia.
Los hombres, todos ellos vestidos de blanco, maniobraban ante paredes transparentes, muy parecidas a los cuadros de radar, donde iban marcando líneas y cruces, a medida que las «telefonistas» les transmitían los datos necesarios.
Finalmente, al fondo de la sala, un monumental mapamundi marcaba con luces rojas todas las grandes ciudades del mundo. Aisladas en puntos dispares, unas cuantas luces verdes temblaban aún...
Patrick se estremeció de pies a cabeza.
Aquello le hacía presentir algo que debía de poseer una importancia capital. Y la semejanza de aquella sala con un Estado Mayor supermoderno le hizo pensar en que UNA HORRIBLE GUERRA SE HABÍA DESENCADENADO SOBRE LA TIERRA.
Si las luces verdes significaban la posición de un eventual enemigo, el mundo parecía irremisiblemente perdido.
Un ascensor colectivo, en el que entró la misteriosa esfera flotante, les hizo subir una veintena de pisos más.
Al desembocar en un pasillo, semejante a muchos por los que habían pasado, las paredes transparentes permitieron, de nuevo, que Gardner asistiese a una escena increíble.
Una terraza de cerca de un kilómetro de lado se extendía allí. Y sobre ella, emergiendo por todas partes, tubos como cañones, que apuntaban al cielo.
Justamente, en el momento en que una puerta se abría al fondo ante ellos, un sonido prolongado e hiriente atravesó la transparente pared y Gardner pudo ver la salida de una docena de proyectiles teledirigidos, de un modelo completamente desconocido para él y que partían raudamente hacia el espacio, donde desaparecieron en un santiamén.
La puerta se cerró tras ellos.
Aquella sala tenía todo el aspecto de un laboratorio.
Dos hombres, uno de cierta edad y otro muy joven, de cabellos llameantes, se acercaron a ellos.
A Gardner le pareció que aquellos dos hombres estaban bajo el influjo hipnótico que dominaba a sus compañeros. Al fijarse en la expresión de ausencia que reflejaban sus rostros, recordó que en el «Puesto de Mando» había observado lo mismo.
El hombre viejo los examinó de hito en hito, manteniéndose a cierta distancia. Patrick se fijó en que la atención de aquel hombre se concentraba, sobre todo, en las mujeres.
Giró bruscamente sobre sus talones, acercándose a un aparato en el que oprimió un botón.
Una voz áspera se dejó oír:
—¿Qué ocurre?
La voz del viejo se hizo insistente.
—¡Me prometió que me enviaría a mi hija! ¡No está entre los que han llegado ahora!
—Pronto llegará; no se preocupe, profesor Fredson.
Al oír aquel nombre, el joven se estremeció.
Desde que penetró en aquella estancia, que los rasgos del viejo no le eran totalmente desconocidos; ahora, al oírlo nombrar, se percató de que se trataba del padre de Elma.
¡Qué alegría hubiese tenido la muchacha de haber sabido que su padre seguía vivo!
El profesor seguía insistiendo:
—Usted me lo prometió, señor.
Y la voz áspera repuso con un tono de impaciencia:
—¡Basta! Le he dicho que se reunirá con su hija y cumpliré mi palabra.
Un chasquido demostró que el otro había cortado la comunicación,
El profesor se pasó la mano por la frente, permaneciendo unos instantes como ensimismado; luego, reaccionando, se acercó al joven, que no se había movido de junto a los prisioneros.
—Tendremos que ponernos a trabajar, Knigth.
—Sí, señor. ¿Son todos para lo mismo?
—Si. Excepto las muchachas. Por ahora, puedes encerrarlas junto a ellos; después ordenaremos que sean trasladadas a las salas de aprendizaje.
El joven pelirrojo se acercó a los prisioneros.
—Los que sean zurdos que se pongan a la izquierda; los que se valgan de la derecha, a la derecha y los ambidextros, en el centro.
Una vez que los prisioneros se hubieron colocado ordenadamente, el pelirrojo se volvió hacia el profesor:
—Ya está, señor. Tenemos dos ambidextros. En efecto: dos hombres se hablan colocado en el centro.
—Perfecto —dijo Fredson—. Ya puede llevárselos todos.
Salieron en fila tras el ayudante del profesor.
Gardner se dio cuenta de que había llegado el momento de actuar. Había observado detenidamente el laboratorio y visto que había multitud de lugares donde un hombre listo podía esconderse fácilmente.
Así, habiéndose quedado el último de la fila, merced a una hábil maniobra, logró esconderse detrás de un aparato de grandes dimensiones, viendo cómo los demás desaparecían por un pasillo adyacente.
Momento más tarde, el pelirrojo volvía.
—¿Comienzo a preparar el quirófano, señor?
—Me parece que será lo mejor. ¿Qué nos han pedido hoy, Knigth?
—Cinco hemisferios cerebrales; pero, como tenemos dos ambidextros a los que podemos extirpar la totalidad de la masa encefálica, no tendremos que hacer, en realidad, más que una intervención quirúrgica y dos autopsias.
—Haremos éstas después. Podemos preparar la cámara de hibernación antes, ¿no le parece?
Patrick, desde su escondite, había oído y observado detenidamente a aquellos dos hombres. Ya no le cabía la menor duda de que ambos estaban bajo un fuerte influjo hipnótico; pero, de todas formas, era una hipnosis especial, ya que, aparentemente, se comportaban como dos seres normales.
Lo que había oído empezaba a explicar muchas cosas; pero lo que más urgentemente se imponía era impedir que aquellos dos médicos siguieran desposeyendo de su cerebro a los desdichados prisioneros. No eran, en modo alguno, responsables de nada, pero tenían la fuerza de instrumentos obedientes y sumisos.
Gardner se dispuso a actuar. Nada más que el pelirrojo salió de la estancia para dirigirse a otra vecina, Patrick se movió como una sombra, acercándose prudentemente al profesor, de manera que cuando llegó a él, éste le daba la espalda.
—No sabe cuánto lo lamento, doctor.
Le había tocado suavemente en el hombro y el otro, después de estremecerse levemente, se volvió con gestos de autómata.
El puno derecho de Gardner salió disparado, chocando violentamente contra el mentón del sabio; después, antes de que Fredson se desplomase, Patrick lo cogió con ambos brazos y lo depositó suavemente en uno de los sillones vecinos.
—Vamos a por el otro —dijo en voz alta.
Se dirigió hacia la habitación vecina, un colosal y ultramoderno antequirófano. Knigth estaba atareado junto a una especie de esfera, cuyos manómetros y palancas había empezado a manejar.
El joven siguió el mismo procedimiento y cuando tuvo al ayudante entre sus brazos, después de haberle administrado el mismo enérgico tratamiento, lo cogió, lo llevó junto al profesor y lo dejó sobre un sillón vecino al que ocupaba Fredson.
Nervioso, encendió un cigarrillo.
Su mirada iba de los dos hombres inconscientes a la pantalla por la que el profesor había hablado antes. Si le llamaban, la cosa podría ponerse verdaderamente fea, ya que tendría que ser él quien contestase.
Pero tuvo suerte.
El profesor se desperezó poco después y abriendo los ojos, miró con extrañeza a Gardner, que le devolvió la mirada, acompañada de una sonrisa amistosa.
—¿Dónde estoy? ¿Qué significa esto?
Armándose de paciencia, Patrick le explicó cuanto sabía, haciendo que el médico recordase rápidamente lo demás.
—¿Cómo me sacó usted de la profunda hipnosis, Gardner?
—Un simple puñetazo, profesor; lo lamento.
El otro sonrió, frotándose enérgicamente el mentón; luego, tras ponerse en pie, estrechó vivamente la mano del joven.
—No sabe usted cuánto le agradezco que salvase a mi hija. En realidad, nunca creí que la trajesen; al menos para complacerme. Es curioso —añadió— que no me olvidase de Elma en estado hipnótico. Francamente, no recuerdo nada de lo que he hecho desde que salí de «abajo».
—No se esfuerce en recordarlo, señor —dijo Gardner, pensando en la depresión nerviosa que podía surgir en cuanto se enterase de las intervenciones horribles que había realizado.
Justamente, en aquel momento, el pelirrojo volvía en si. Esta vez fue el profesor quien puso en antecedentes a su ayudante; luego, volviéndose hacia el joven preguntó:
—¿Cuál es su plan, Gardner?
Patrick estaba pensativo.
—Todavía no lo sé, señor; pero, indudablemente, lo que más interesa es destruir la mente diabólica que dirige todo esto. Los robots, por el momento, no me preocupan demasiado. Tiempo tendremos de pasar por la Sala de Control y enterarnos de muchas cosas más.
—Yo le acompañaré hasta el lugar donde él se halla.
—¿Él? ¿Una sola persona?
—Sí. Yo le reconocí en seguida, a pesar de mi estado. Había visto su imagen en muchísimas emisiones de televisión.
—¿Es un hombre?
—¿Por qué pregunta eso?
—Francamente, después de mi regreso del espacio, llegué a pensar que la Tierra había sido victima de una invasión interplanetaria.
—No, se trata, sencillamente, de Konrad Fischer, el más eminente sabio en Robótica que ha existido jamás.
—Creo que apenas si oí hablar de él.
—No me extraña. Hace diez años, apenas era conocido.
—¿Y ese hombre... ha sido capaz de hacer todo esto?
—Sí. Todavía no sabemos de qué medios se ha servido; pero, indudablemente, ha sido obra suya. Venga, le acompañaré.
—No. Creo que sería mejor que fuese Knigth quien me acompañase, si sabe el camino.
—Lo conoce; pero, ¿por qué no he de ser yo?
—Porque ese hombre puede llamarle, de un momento a otro. Y, al no encontrarle aquí, podría sospechar algo, lo que nos sería fatal.
—Tiene usted razón.
—Yo le acompañaré —dijo el pelirrojo.
CAPÍTULO VI
El pasillo estaba ligeramente inclinado, en rampa. Los dos jóvenes lo escalaron rápidamente, desembocando en una sala, dotada de una barandilla, desde la que era visible un amplio patio lleno de hombres y mujeres que estaban sentados, bajo un sol artificial de rayos ultravioletas.
—¿Quiénes son? —inquirió Gardner.
—Fíjese bien en ellos. Todos están sentados, inmóviles, sin ningún interés por la vida. Son los hombres que han sido operados por nosotros.
—¿Cómo? —se extrañó Patrick—. ¿Usted recuerda eso?
—Sí. Yo llevo mucho tiempo aquí, ya que fui uno de los primeros que salieron de abajo. Algunas veces, logré salir del estado hipnótico, percatándome de mi horrible labor. Entonces trabajaba yo en el quirófano con el profesor Ballinger.
—¿Qué ha sido de él?
—No lo sé. Konrad lo llamó una vez y no lo he vuelto a ver.
—Entonces, ¿el profesor Fredson sustituyó a ese Ballinger?
—Eso es.
—¿Y qué le ocurría a usted cuando escapaba de la hipnosis?
—Me volvía loco y me precipitaba al intercomunicador diciéndole a Konrad todo lo que se me pasaba por la cabeza; otras veces corría hacia su despacho, con la intención de matarle. Pero el pobre Ballinger, bajo el efecto hipnótico, le comunicaba mi estado y él enviaba una de sus malditas esferas verdes que volvía a robarme la voluntad.
Gardner recordó que le quedaban dos pastillas y, sacando una de ellas, se la entregó al otro, explicándole de qué se trataba.
—Recuerdo la «Anti-hipnotina» —dijo Knigth—. Con esto podemos reírnos de sus esferas.
Iban a seguir andando cuando Gardner preguntó:
—¿Qué les pasa a esos desdichados del patio?
—Se les ha extirpado un lóbulo cerebral y han quedado inútiles, sumidos en una especie de vida vegetativa, desprovistos de voluntad, en un estado de abulia espantosa.
—Me ha extrañado mucho la clasificación que hicieron ustedes, cuando llegamos al laboratorio. ¿Por qué la hicieron?
—Porque así sabíamos qué parte del cerebro podía interesarnos. Generalmente, todos los «engramas», es decir todo lo que sabemos y aprendemos, se graba en el lado opuesto al de la mano más hábil. La parte más útil de un hombre que maneja su derecha, está en el lado izquierdo del cerebro; en los zurdos pasa lo contrario.
—¿Y en los ambidextros?
—En los seres que manejan con igual habilidad y destreza ambas manos, las dos partes del cerebro están repletas de engramas; por eso nosotros nos limitábamos a hacer una autopsia... matándolos previamente.
—¡Es espantoso!
—¡No me lo recuerde, por favor! Jamás me lo perdonaré.
—No debe tomar esa actitud, Knigth. Ustedes no tienen culpa alguna y no han sido más que instrumentos inconscientes de una mente malvada, a la que debemos castigar.
Habían llegado ante una puerta.
Señalando una escalera, el pelirrojo dijo al otro en voz baja:
—Usted podría subir por ahí, dirigiéndose hacia los sistemas de ventilación; éstos salen a una altura de unos dos metros en el despacho de ese monstruo. Desde allí, mientras yo le entretengo, haciéndome el hipnotizado, puede usted obrar a su antojo.
—De acuerdo. No intente nada hasta que no me lance yo; puede existir una trampa y yo la veré mejor que usted.
Se separaron, después de estrecharse la mano. Gardner rogó al otro que esperase un poco antes de entrar.
* * *
Nerviosamente, el profesor Fredson se paseaba, como un león enjaulado, por la ancha dimensión del laboratorio. La importancia de la misión que aquel valiente joven se había impuesto le hacía estremecerse.
Ahora, cuando el efecto de la hipnosis había pasado, su mente trabajaba potentemente, intentando explicarse el misterio de aquella monstruosa ciudad y los proyectos de Konrad Fischer, el más ambicioso de los hombres que había conocido.
Una luz amarillenta se encendió en el fonovisor.
Profundamente emocionado, Fredson se acercó a la pantalla, que acababa de encenderse en aquel preciso instante, dibujando las facciones de un hombre de cierta edad, pero relativamente joven, de amplia frente y ojos extraordinariamente vivos y brillantes.
—¿Ha empezado a trabajar, profesor? Necesito esos cerebros inmediatamente.
A Fredson le temblaron las piernas.
—Sí, señor —dijo con un hilo de voz.
El otro le miraba inquisitivamente. De repente, una sonrisa se dibujó en sus crueles facciones.
—Le llamaba por otra cosa, Fredson.
—Usted dirá.
—Su hija está conmigo. Voy a casarme con ella.
Fue demasiado.
Fredson palideció, hasta que se, hicieron visibles las finas venas de sus plateadas sienes.
—¡Miente! —rugió.
Fue el otro quien se asombró ahora.
Desapareció unos instantes de la pantalla, volviendo en seguida.
—Creí que estaría contento de tenerme como yerno —dijo.
—¡Voy a ir ahora mismo para matarle con mis propias manos!
—Está bien, está bien. Espere, su hija va a hablarle.
La imagen de Elma apareció en la pantalla.
—¡Papá!
A Fredson se le nublaron los ojos.
—¿Cómo estás, pequeña?
—Perfectamente, papá; Konrad es muy amable conmigo y estoy muy contenta...
Siguió hablando mientras Fredson se percataba, con horror, de que la muchacha estaba bajo el influjo de una potente hipnosis. En aquel estado, Konrad no tendría muchas dificultades para lograr lo que se proponía.
Se estremeció de pies a cabeza.
Escuchaba las palabras de su hija y no se atrevía a dejar la pantalla, para que ella no sufriese...
Absorto en los más pesimistas pensamientos, no se percató de QUE UNA PEQUEÑA ESFERA, QUE LANZABA VIVOS DESTELLOS VERDES, ACABABA DE PENETRAR EN LA ESTANCIA.
Ni se percató apenas de que acababa de ser cogido nuevamente en la red.
Repentinamente, la dureza de sus rasgos desapareció y una sonrisa desarrugó su entrecejo.
—¿Así es que vas a casarte con Konrad, hijita?
—Sí, papá.
—¡Qué contento estoy!
Elma desapareció de la pantalla, para ceder el lugar a Fischer.
—¿Qué ha ocurrido, Fredson? — inquirió con voz dura.
—Tenga cuidado, señor. Un joven llamado Gardner, que ha logrado escapar de los prisioneros que llegaron esta mañana y mi ayudante Knigth van a matarlo.
—Muy bien, Fredson; muchas gracias...
Se apagó la pantalla.
El profesor permaneció inmóvil, como si estuviese sumido en profundas meditaciones.
Entonces se abrió la puerta, cuando la esfera había desaparecido tan sigilosamente como había llegado.
Un grupo de hombres penetró en la habitación. Estaban los que habían llegado como prisioneros aquella misma mañana y otros muchos. Iban armados de barras de hierro que debían de haber desmontado en algunas instalaciones mecánicas de su encierro.
—Menos mal —dijo uno— que no obedecimos a ese cabezota de Gardner. Nos colamos entre los prisioneros voluntarios, después de haber tomado las pastillas.
—¡Lo estupendo fue el procedimiento que descubrimos para sacar a los otros de su estado hipnótico —dijo otro de los hombres—. ¡Un simple directo a la mandíbula... y ya está!
Fredson los miraba con el entrecejo fruncido.
—¿Qué quieren ustedes?
—¿Ha visto a un tipo llamado Gardner? —preguntó uno de ellos.
El profesor sonrió despectivamente.
—A estas horas —dijo—, debe de estar a buen recaudo. Como vosotros lo estaréis.
Y antes de que pudiesen impedírselo, se precipitó al fonovisor, gritando desesperadamente:
—¡Los prisioneros se han escapado, señor!
Uno de ellos levantó una barra, con intención de golpearle en la cabeza; pero otro le detuvo.
—¿No te das cuenta de que está hipnotizado? ¡Fíjate y verás!
Un directo hizo que el profesor se desplomase junto a la pantalla del fonovisor.
—¿Ves cómo se arreglan las cosas por las buenas?
Aquella vez, el profesor se recuperó en seguida.
Su mente era un caos en donde no podía ver nada claro. Se quedó mirando a los hombres estúpidamente, sin saber qué decir.
El que se había dirigido antes a él, lo hizo de nuevo:
—¿Ha visto a Patrick Gardner?
—¿Gardner? —Y repentinamente—: ¡Sí, está en peligro!
No tuvieron tiempo de asombrarse; una docena de esferas penetraron en el laboratorio. Al verlas, el profesor gritó desesperadamente:
—¡Cuidado! ¡Quiere hipnotizarnos de nuevo!
Pero uno de los ex prisioneros tuvo una idea genial: lanzó la barra que tenía en la mano, alcanzando a dos de las esferas, que saltaron hechas añicos.
—¡A ellas! —rugió el profesor enardecido.
Nuevos proyectiles surcaron la estancia, demostrando una puntería ciertamente prodigiosa.
Dos minutos más tarde, ya no quedaba ni una sola de las perniciosas y diabólicas esferas.
De golpe, Fredson lo recordó todo y apoderándose de una barra, que arrancó, con la ayuda de uno de los muchachos, de una mesa funcional, tomó el mando del grupo.
—¡Os conduciré hasta él! —gritó—. ¡Hemos de correr en ayuda de Gardner!
* * *
Gardner, después de avanzar dificultosamente por el estrecho conducto del tubo de aireación, descansó un poco. Después desembocó en un espacio lo suficientemente ancho para poder recuperar una postura monos molesta que la que había elegido hasta entonces.
Un poco más allá, se situó ya en el reborde de una especie de cornisa que daba a una estancia de unas dimensiones colosales, cuyas paredes estaban repletas de libros.
Era el despacho de Konrad.
El germano estaba junto a una mesa, consultando unas notas. Después, se levantó y oprimió uno de los botones que había sobre la mesa. La pantalla se iluminó y Gardner vio en ella un rostro que le era completamente desconocido.
—¿Qué hay de nuevo? —inquirió Konrad.
—Todo va bien, señor. Hemos bombardeado las zonas rebeldes, al sur de Metrópolis-Nueva York. En Asia, el enemigo huye hacia los desiertos centrales.
—Esperad a que se concentren. ¿Qué noticias hay de Metrópolis-Moscú?
—Excelentes. Las bandas rebeldes fueron destrozadas por los proyectiles teledirigidos de la ciudad.
—Perfecto. Ocúpese de que terminen todas las resistencias parciales. Renueve, ahora mismo, las dotaciones de proyectiles teledirigidos a todas las metrópolis. Comunique a los robots-jefes que Ultrametrópolis está orgullosa de su comportamiento. ¡Doble dosis de energía cerebral para ellos!
—Perfectamente, señor.
La imagen se esfumó de la pantalla y Konrad se dirigió al fondo del despacho, abrió una puerta y se hizo inmediatamente a un lado. Un hombre viejo entró en la estancia.
Sus cabellos eran completamente blancos y Gardner se estremeció al percatarse de que aquel hombre llevaba unas esposas que le ceñían cruelmente las muñecas.
El hombre avanzó despacio, demostrando una decadencia orgánica muy acusada; sin embargo, su mirada -una mirada límpida- estaba llena de energía, como si todo lo que quedase de fuerza en su cuerpo se hubiese concentrado en sus ojos.
Dejándose caer en uno de los sillones miró al otro a los ojos; después, con voz recia y segura inquirió:
—¿Qué quieres?
Fischer parecía turbado ante la serenidad del anciano. Pero, dominándose, logró sonreír.
—Te he sacado para decirte que mi obra está casi acabada.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que dentro de muy poco, quizá dentro de unas horas, mis enemigos habrán desaparecido de la faz de la Tierra y seré el dueño absoluto.
—¿De qué serás el dueño? ¿De una población de robots? ¿De un pueblo de muñecos mecánicos? ¡Fuiste siempre un loco, Konrad Fischer! ¡Un pobre loco!
—Lo dices porque te come la envidia, Ballinger. Fuiste el único hombre al que me confié. Tenia fe en ti y creí que me ayudarías. Me hiciste confiar en la creación de unos robots que alcanzasen casi una perfección humana...
—Enloquecí, en aquel entonces, enviciado en tu atmósfera de demente. Pero, por fortuna, me di cuenta de lo que te proponías. Además, lo de los robots casi-humanos no era más que una alucinación tuya.
—¡No es verdad!
—¿Por qué no?
—Porque ahí están las pruebas. Todas las metrópolis del mundo, creadas por los robots en pocos días, gracias a nuevos procedimientos de trabajo, están mandadas por robots de clase A, en cuyo interior colocamos sustancia cerebral humana... ¡Y han vencido a los hombres!
—Quimeras. Hace mucho tiempo, cuando trabajamos los dos, ocultos en mi laboratorio, creí en todo eso. Pero el tiempo ha pasado y me he percatado de que, además de ser la más horrenda de las monstruosidades, sería completamente inútil.
—¡Estupideces!
—No, verdades. A pesar de que el semi-cerebro que llevan los robots de clase A, está bañado en sustancias alimenticias especiales, que prolongan su vida, llegará un momento en que tejidos y células envejecerán definitivamente. Será entonces el principio de un proceso irreversible que acabará con tus sueños de loco. Porque entonces, Konrad, te encontrarás completamente solo, rodeado de muñecos inservibles y de unos cuantos humanos enfermos, tarados de un inhumano tratamiento de hipnosis prolongada.
—Estás delirando.
—No. Te estoy bosquejando el negro porvenir que te espera. Fuiste tan canalla como para destruir la vida humana sobre la Tierra. Después, cuando llegue la hora de tu muerte, dejarás un planeta poblado por máquinas que se irán parando, poco a poco.
—¿Y mis hijos, Ballinger? ¿Los olvidas? ¿Ignoras que voy a casarme y que entregaré a mis descendientes el más poderoso y seguro imperio del universo?
—¿Quién es esa pobre desdichada?
—La hija del profesor que te sustituyó, imbécil: Elma Fredson.
Un grito de rabia resonó a su espalda.
—¡TÚ NUNCA TE CASARÁS CON ELMA, CANALLA!
CAPÍTULO VII
Patrick se dejó caer desde la cornisa, del sistema de aireación, cayendo a la espalda de Konrad, con la pistola empuñada.
Fischer se volvió, pálido como el papel.
—¿Eres el célebre Patrick Gardner?
—Sí. Y me alegra que me conozcas...
—Cuando Fredson me dijo tu nombre, recordé que eras uno de los que salieron en el «Audaz».
—Eso no importa nada ahora. ¿De qué conoces a Elma?
El otro sonrió, ya dueño de sí y sabiendo todo lo que podía sacar de aquella situación.
—Está a buen recaudo, amiguito. Es mi prometida...
Patrick avanzó, loco de furia, lanzando un puntapié a una de las piernas de Konrad. El sabio se dobló, por efecto del dolor.
—¡Me las pagarás, maldito!
—Un movimiento en falso —dijo el joven, acentuando las sílabas con frialdad— y te levanto la tapa de los sesos. Ya tendré tiempo de encontrar a Elma.
—¡Tú no saldrás vivo de aquí!
—No te hagas ilusiones, amiguito. Empiezo a conocer tu famosa «ULTRAMETRÓPOLIS», en la que entré astutamente, liberando a Elma y llegando hasta aquí, a pesar de tus estúpidas esferas verdes.
El otro tornó a palidecer.
—Sí —prosiguió diciendo Patrick—. Saldré de aquí con todos los que esperan abajo. Y luego, cueste lo que cueste, destruiremos las malditas ciudades que has hecho en el mundo. No quedará nada de tus robots y, aunque tendremos que trabajar mucho para llegar a donde estábamos cuando tú realizaste tu ambicioso plan, trabajaremos alegres con la seguridad de que Konrad Fischer no puede hacer daño a nadie.
Había hablado demasiado y, entusiasmado por sus propias palabras, olvidó la debida precaución.
Veloz como un rayo, Konrad se lanzó hacia un rincón.
—¡Cuidado! —gritó Ballinger—. ¡Es la palanca de alarma!
Pero ya era demasiado tarde.
Con una sonrisa de triunfo, Fischer bajó la palanca, al tiempo que gritaba:
—¡Mátame, Gardner! ¡Ahora ya puedes matarme! ¡Doscientos robots del tipo A se dirigen hacía aquí, armados de mi desintegrador térmico! ¡Nada les detendrá!
Patrick estuvo a punto de disparar contra el corazón de aquel canalla; pero le detuvo la idea de que pudiese ocurrirle algo a Elma.
Se sintió tan tremenda e irremediablemente vencido, que tiró la pistola al suelo, a sus pies.
—Usted gana esta vez —dijo—, pero detenga la alarma.
En aquel momento, cuando la puerta cedió, un grupo de hombres, encabezados por el profesor Fredson, irrumpió en la estancia.
Uno de los hombres recogió la pistola.
—¡Has ganado, muchacho! —dijo el sabio, Pero Patrick movió la cabeza negativamente.
—No. Ha bajado la palanca de alarma. Estamos perdidos.
Fredson lanzó una carcajada.
—Nada de eso, jovencito. Antes de salir del laboratorio, destrocé todos los cuadros de conexiones y este despacho está completamente aislado.
—¡Mentira!
La espuma salía por la boca del semienloquecido germano.
—Puedes esperar a tus queridos robots, Konrad —dijo Ballinger.
Al conocerle, Fredson se inclinó ante él.
—¡Profesor!
Luego, percatándose del odioso detalle de las esposas, se acercó decididamente a Konrad.
—¡Dame las llave de las esposas!
El otro obedeció; pero, cuando Fredson se hubo alejado, sonrió nuevamente con aire de triunfo.
—¡No habéis ganado aún, amiguitos! Elma está en un lugar donde nadie la encontraría y si me matáis, jamás la encontraréis...
—Dice verdad —confesó Ballinger—. Hay rincones en esta maldita ciudad que sólo él conoce.
Patrick se mordió los labios.
—Está bien —dijo—. ¿Qué deseas a cambio de Elma?
El otro se hinchó, brillando nuevamente sus ojos de orgullo.
Pero el pelirrojo, que había permanecido en silencio, se acercó a Gardner, susurrándole algo al oído. El rostro del joven se encendió de esperanza.
—Podemos ensayar.
Luego, cuando Kingth hubo salido, el joven se acercó a Fredson.
—¿Está usted seguro de que lo ha desconectado todo, profesor? —le preguntó en voz baja.
—Sí. Konrad no puede hacer nada desde aquí.
Aquello tranquilizó al joven.
Momentos más tarde, Knigth regresaba con una probeta en la mano:
—Aquí lo tienes, Patrick.
—Dámelo.
Tomó el recipiente de cristal y se acercó al germano.
—¿Dónde está Elma, Konrad?
Fischer miró a la probeta, sin dar muestra de nerviosismo alguno: indudablemente, no había comprendido los propósitos del joven.
—Soy yo quien debe imponer condiciones, según creo.
Sonriendo, Patrick destapó la probeta y dejó caer un chorro en el suelo. La dura superficie de «plastikon» empezó a hervir, apareciendo momentos más tarde un orificio irregular que comunicaba con la planta de abajo.
Konrad se estremeció.
—¿Qué es eso? —inquirió, con un tono de inseguridad en la voz.
Fue Fredson quien, adelantándose, respondió a la pregunta del germano.
—Eso es asunto mío, Konrad. En mis ratos libres, terminé de preparar una sustancia en la que había investigado hacía mucho tiempo. Mi estado hipnótico no debió influir en mi interés por esas experiencias: éste es el resultado, el ácido dipropionítrico, mil veces más corrosivo que todos los conocidos.
—Perfectamente —subrayó Patrick—. Y este ácido, querido Fischer, entrará en contacto con tu cuerpo si, antes de un minuto, no nos has dicho dónde escondes a Elma.
Palideció; después, esbozando una sonrisa dijo:
—Quizá sea mejor quedar bien con vosotros; después de todo, las cosas pueden encauzarse bien...
Ninguno entendió aquellas enigmáticas palabras, pero lo importante fue que Fischer indicó al pelirrojo el lugar donde se hallaba la joven. Acompañado por Gardner, que no había dejado la redoma, Knigth se dirigió hacia la biblioteca, apoderándose del libro que el otro le había indicado.
Una masa parcial de la librería giró lentamente descubriendo una lujosa estancia, de la que no tardó en salir Elma, que después de besar a Patrick, se lanzó a los brazos de su padre.
Gardner se acercó nuevamente al profesor germano:
Éste, mirándole sonriente dijo:
—Es curioso observar que cuando algo se hunde y alguien se desespera, hay gentes que se alegran y gozan.
—Porque lo que desaparece era maligno y tiránico.
—Es igual. Fue esa desigualdad emotiva en los humanos la que me llevó a poner en práctica mi proyecto. Hace treinta años, yo apenas era conocido. Diez años más tarde, mi nombre sonaba en todas las ciudades del mundo.
»Por aquel entonces, yo fabricaba los mejores robots del mundo. Cuantos quisieron hacerme competencia fracasaron rotundamente y mi marca se impuso por doquier. Suministraba robots a los cuatro puntos cardinales de la Tierra.
»Hasta que, un poco más tarde, aparecía Ballinger en mi vida. Juntos, en mi estupendo laboratorio, hicimos algunos ensayos sobre unos robots, que provisionalmente llamamos de «clase A». Lo verdaderamente formidable de la idea de mi colaborador era la mezcla de mecanismos delicados con tejido cerebral humano. Las pruebas fueron tan decisivas, que me puse a fabricar robots de aquella clase.
»Pero entonces, mientras comprobaba su gran adaptación y utilidad, pensé que estaba perdiendo estúpidamente el tiempo y qué ninguno de los clientes recibiría jamás un «A». ¡Me acababa de dar cuenta de que estaba creando el ejército que me haría dueño del mundo!
»Mientras, poseía dinero suficiente para poder realizar mi plan. Y mezclados con los otros robots, que eran enviados a todas las ciudades del mundo, envié a mis espías, a mis maravillosos «A» disfrazados de robots corrientes. Después, fui preparándolo todo y creando los robots de aluminio, por cientos de millones, que más tarde iban a servirme para ayudarme a levantar el esqueleto de mis gigantescas metrópolis.
»Un día -el más maravilloso de mi vida- lancé la orden y aquí primero y después en las cinco partes del mundo, los robots crearon ciudades parecidas a ésta y empezaron, como primera labor, a eliminar a los humanos de las capitales, ya que allí residía el corazón y el cerebro de las naciones.
»Lo que hicimos en Londres fue hecho en París, en Berlín, en Madrid, en Calcuta, Tokio o Bogotá. A las seis horas de haber empezado mi colosal ofensiva, podía decirse que el mundo ya estaba entre mis manos.
—¿Y para qué tantos muertos? ¿Para qué tanta miseria y destrucción?
—Ya se lo dije, Gardner. Yo deseaba formar una familia Fischer, en la que no se repitiese todo lo que yo pasé en mi juventud.
—¿Y ahora? ¿Se da cuenta de lo inútil que ha sido todo?
—¿Inútil?
Se lanzó como una exhalación, consiguiendo apoderarse de la redoma que Patrick tenía en las manos. Por fortuna el joven, en un reflejo de defensa, había agarrado, sin darse cuenta, el tapón de cristal esmerilado, quedándose con él en la mano.
Aquello fue la perdición de Konrad.
Al tirar hacia él violentamente, un chorro de líquido incoloro saltó de la redoma, inundándole el pecho.
Elma lanzó un grito de horror.
Cogiéndola entre sus brazos, su padre la alejó de allí.
En aquel preciso instante, mientras el cuerpo del desdichado germano parecía hervir, el visófono, ante la sorpresa general, se iluminó, apareciendo en la pantalla el rostro de un joven.
De todas formas, aquella vez Gardner no perdió ni una décima de segundo y aprovechándose de la imagen incierta que flotaba en la pantalla, echó un paño sobre ella, al tiempo que decía:
—Le oigo, pero no puedo verle. Debe de haberse estropeado mi aparato.
—Señor, revisamos y reconectamos los cables inferiores. Necesitaba comunicarme con usted.
—¿Qué ocurre?
Patrick estaba seguro de que la voz se neutralizaría en el micrófono; además, el joven estaba en estado hipnótico y, por ende, disminuidas sus facultades de discriminación.
—Esperamos la orden, señor, para bombardear los objetivos que faltan. Son muy pocos y todos han sido localizados por los radares.
—Perfecto; pero hay otras órdenes. Vuélvame a llamar dentro de cinco minutos...
Cuando la comunicación se cortó, Patrick se volvió hacia los otros.
—¡Bajen abajo y liberen a cuantos prisioneros haya! ¡Esperen, he olvidado algo!
Volvió a establecer contacto con el Puesto de Mando.
—¡Escuche! ¡Haga relevar todo el personal humano por robots de clase «A»! Luego, diríjanse a la parte baja de la ciudad. Antes ordene que los robots saquen los vehículos y carguen con los humanos del recinto de prisioneros. ¿Cuánto tiempo tardará en hacer todo eso?
—Cinco minutos, señor.
—¡En marcha!
Fredson se acercó a él.
—¿Qué. te propones, hijo mío?
—¡Destruir toda la obra de ese malvado! Vayan saliendo y regresen velozmente a Londres.
—¿Y tú? —inquirió la muchacha.
—Saldré el último. No te preocupes, querida.
Tardó en convencerlos; pero, como el tiempo apremiaba, lo consiguió. Apenas se había quedado solo cuando la pantalla volvió a zumbar.
—Aquí «A-234-L98», señor. Tus órdenes han sido cumplidas.
—Perfectamente. Comunica a las metrópolis de todo el mundo, combinando los nombres por pares, que se autobombardeen, aludiendo a que se han procedido sublevaciones por todas partes. Por ejemplo: Madrid bombardeará a Lisboa y ésta a Madrid en el mismo instante. ¡Que envíen la carga máxima de proyectiles! No hay humanos en las metrópolis, ¿verdad?
—Sólo robots «A2» y los comunes, señor.
La máquina era incapaz de razonar y aquello era el mayor triunfo del joven.
—Escucha. Hay una excepción: París y Berlín. Cuando hayan cumplido la orden, las otras ciudades, me lo comunicas.
—Está bien.
Patrick se retiró de la pantalla y encendió un cigarrillo. Sonrió tristemente al pensar en el papel que le había dado el destino. No tendría, ni con mucho, tiempo de salir de allí cuando ordenase la destrucción de ULTRAMETRÓPOLIS. Los proyectiles que Berlín y París lanzarían eran demasiado rápidos.
Recordó a Elma y a Peter; pero dominó fácilmente la angustia que se apoderaba insidiosamente de él.
El visófono volvió a zumbar.
—Las ciudades han sido destruidas, señor.
—Correcto. Escucha ahora. Ordena a Berlín y París lo que sigue. Dispondrán la mitad de su reserva en proyectiles, lanzándolas, dentro de quince minutos, contra ULTRAMETRÓPOLIS; dales la misma excusa. En cuanto hayan largado sus proyectiles, ordenarás que hagan lo mismo que las otras metrópolis han hecho. París lanzará el resto contra Berlín y ésta hará lo mismo con aquélla.
—Perfectamente, señor.
¡Quince minutos!
¿Para qué huir?
No se dio cuenta de que dos sombras surgían a su espalda. Una de ellas, más ágil, se acercó, golpeándole en la cabeza con un objeto duro. Gardner se desplomó en los brazos de aquel hombre.
Era Knigth.
—Cargue con él, profesor. Yo me quedo aquí.
—¡No! Yo no podría llevarle; pesa demasiado. Seré yo quien me quede aquí.
Se miraron fieramente, decidido cada uno a imponer su punto de vista.
Pero la voz que sonó tras ellos les sacó de aquella situación embarazosa.
—¡Fuera de aquí, señores!
Se volvieron.
El viejo profesor Ballinger, que empuñaba una pistola, se acercó a ellos.
—¡Largo de aquí! He oído todo lo que ha ordenado Gardner y les quedan muy pocos minutos! Y no me repliquen. Yo, después de todo, tuve algo de parte en los monstruosos sueños de Konrad... ¡Fuera o disparo!
Knigth se cargó el cuerpo de Gardner y salieron, con lágrimas en los ojos.
Al salir de la estancia, el profesor se acercó a la pantalla y quitó la tela que Patrick había colocado sobre ella.
Pulsó el botón.
—Escucha —le dijo al robot que apareció—: ordena que un par de robots preparen un vehículo ultrarrápido en la salida para llevar a tres hombres a Londres. Retrasa, ahora mismo, la orden que te di para Berlín y París, diez minutos más.
—De acuerdo.
Ballinger tomó asiento en un sillón y esperó. Un par de veces, su mirada se dirigió al orificio que el ácido había hecho en el sitio donde cayó Konrad. Entornando los ojos, sonrió tristemente.
Había dejado la pantalla encendida y no se movió cuando el robot llamó:
—¡Señor!
—¿Qué pasa?
—El coche debe de haber llegado a Londres.
—¿Cuánto falta para que Berlín y París disparen?
—Un minuto.
—Bien.
Y Ballinger entornó los ojos, pensando en la nueva Humanidad que surgiría, sin el veneno de una ciencia que había caído en manos diabólicas. Deseó de todo corazón que los hombres fuesen un poco más buenos, un poco más sensatos.
No pudo oír la llegada de los proyectiles, porque el sonido, humillado, quedaba muy atrás. Pero, cuando las potentes cargas de explosivos tocaron ULTRAMETRÓPOLIS, la conciencia de Ballinger estaba en estado de tranquilidad y paz absolutas.