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sábado, 31 de diciembre de 2011

LANZAMIENTO DEL CABALLO DE TROYA 9 (parte 4 de 4)



4- LA FIRMA

Durante la presentación del libro, las primeras palabras del autor fueron: “Esta es una deuda que quería saldar con Chile. Presentar Caballo de Troya 9 acá es una muestra de agradecimiento”, el periodista e investigador español en una amena conversación aclaró dudas sobre sus populares libros. “Este libro viene cargado de esperanza”, anunció sobre el volumen número nueve y final.

Concretamente en este último volumen, CANÁ, el periodista cambia el curso de la historia y cuestiona algunas afirmaciones vertidas en los evangelios: "la elección de los doce apóstoles no fue como la cuentan los evangelios; Jesús quemó todos sus escritos y pinturas; el prodigio de CANÁ fue más espectacular de lo contado; ¿Por qué los evangelistas no contaron la gran ruptura entre María y su hijo? Este libro no dejará indiferente al lector, ya que una vez leído sus principios se tambalearán.

Aunque detalló que la operación “Caballo de Troya” terminó, dio un anuncio sobre un posible nuevo trabajo que dejó felices a sus fanáticos. “Creo que algún día les voy a dar una agradable sorpresa”, informó.

Las preguntas que hacía el público al escritor, se alargaron hasta pasadas las 21:00 horas. Como ya se había avisado que Benítez firmaría libros, sin previo aviso la gente estaba haciendo una fila a un costado del escenario.

Con Jorge (el joven de Coquimbo con quien charlaba antes de entrar a la presentación de la sala de las artes) nos miramos y dijimos… ¡Vayamos a esa fila antes de que siga llegando más gente! Así que sin decir más, fuimos corriendo al final de la fila. Un poco más atrás nos seguía Mariana, su novia.

Lamentablemente para nosotros y para todos los que hicieron esa improvisada fila, apenas terminadas las preguntas al escritor, avisaron al público que el autor se dirigía al puesto de editorial planeta para firmar los libros.

La locura fue colectiva: la fila de personas se dispersó rápidamente por todas partes, y las dos salidas quedaron obstaculizadas momentáneamente. Finalmente cuando logramos llegar a la verdadera y definitiva fila, teníamos delante de nosotros a unas 150 personas. Y ya eran las 21:15 horas.

Nos armamos de paciencia nuevamente y nos pusimos a charlar para relajarnos un poco. En ese momento se nos unió a la conversación una persona de la fila de nombre Diego, un tipo simpático que tendría cerca de 35 años, profesor de Lenguaje y Comunicación, que también era amante de la saga Caballo de Troya.

Pronto pasó una mujer repartiendo unos pequeños papeles adhesivos; “son para que escriban su nombre y lo pongan en la tapa del libro, así el escritor firmará más rápido y la fila avanzará con menos atrasos”.

La idea me pareció buena y todos escribimos nuestros nombres en dichos papeles y los pegamos en la portada. Al tratarse de un adhesivo suave, no dañábamos en lo más mínimo el libro una vez retirado el papel.

Sin embargo, los minutos pasaban y pasaban y la fila parecía estar estancada. Con suerte podíamos divisar el sitio de la firma desde donde nos encontrábamos.

Cerca de las 21:50 pasó la misma mujer que había repartido los papeles, avisando a los que estábamos en la fila de que debido a que la feria cerraba sus puertas a las 22:00 horas, el autor ya se debía retirar. Obviamente que todos comenzamos a protestar bastante molestos, pero ella calmó las aguas diciendo que Benítez seguiría firmando libros al día siguiente a partir de las 18:00 horas, además a todos nos entregó una entrada (ticket) para el día siguiente, lo cual no era poco, tomando en cuenta que el precio de la entrada (durante la semana costaba más barata, pero subía los fin de semana) era de $2500 pesos (unos 3.5 euros) y que todos la habíamos pagado ese día además de comprar el carísimo libro, lo cual era un pequeño alivio a los bolsillos ya casi vacíos de muchos (fui uno de ellos) que estábamos en la fila.

Debido a que ya no sería posible que aquel viernes 11 de noviembre nos firmara el libro, nos preguntamos: “¿Y si es mentira que mañana seguirá firmando?”. Así que puesto que no tenía sentido seguir en la fila, les dije a Jorge y Diego, que tratáramos de acercarnos lo más posible, para sacarnos un par de fotos, y así tener un recuerdo de aquel día, en el caso de que al otro día no fuera a firmar.

Le pedimos a Diego que nos sacará unas fotos primero a nosotros y luego, Jorge o yo, le sacaríamos un par a él.

Lo más que nos pudimos acercar a Benítez (debido a los guardias y a los cientos de asientos que formaban una barrera alrededor del lugar de la firma) fueron unos tres metros. Diego nos sacó varias fotos, pero puesto que las personas se cruzaban (todos querían estar cerca del escritor antes que se fuera) sólo dos fotos pudieron salir buenas. Lamentablemente para Diego, cuando tocó su turno de ponerse cerca del escritor, el mismo ya se retiraba y las dos o tres fotos que logré sacarle, salieron pésimas y él no se veía para nada, pues se me cruzó mucha gente.

Acá adjunto las dos fotos, en la primera estoy sólo y en la segunda aparece a mi lado Jorge, también adjunto una foto de la entrada a la feria.
Después de eso, nos despedimos afectuosamente y quedamos de juntarnos en la entrada de la feria al día siguiente a las 17:00 horas, de esa forma llegaríamos una hora antes para hacer la fila.

¡La historia no había terminado y lucharíamos por nuestra firma en el libro!

El destino me obligaba a ir por tercera vez en pocos días a la feria del libro, siendo que sólo voy una vez y de forma anual.

Acá les dejo una entrevista muy interesante que a J. J. Benítez le realizó Ximena Torres Cautivo, quien era la encargada de entrevistar a los escritores que participan en la 31ª Feria Internacional del Libro de Santiago. La entrevista fue unas horas antes de la presentación del viernes 11 de noviembre, y en la misma hablan largo y tendido sobre el último volumen de la saga.

Un dato curioso para todos los que compramos el libro (un enorme volumen, que pesa más de un kilo y posee 1166 páginas), es que las últimas paginas aparecen selladas, y en la primera pagina del sellado (concretamente la 1121) hay un anuncio que dice: “Se recomienda no abrir estas páginas anticipadamente”. También se habla de ello en los videos con la entrevista que les entrego a continuación.

¡Espero que disfruten la entrevista!

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Durante la jornada del sábado 12 de noviembre, tanto la radio como la televisión, no dejaban de hablar sobre la presentación del día anterior en la feria del libro de Benítez y su última entrega de la saga.

La prensa decía que: “El cierre de la saga, fue uno de los lanzamientos que generaron mayor revuelo este fin de semana, pues contó con la presencia del propio autor. Un estreno mundial que hizo que tuvieran que, por asunto de tiempos, cortar las firmas el viernes para retomarlas hoy sábado. En una sala copada de público, ayer J.J. Benítez hizo la presentación mundial de “Caballo de Troya 9”, el libro pone fin a su saga éxito de ventas en todo el mundo. Quienes han tenido acceso al libro aseguran que el texto pone en duda todo lo que los cristianos saben sobre Jesús”.

En un anunciado radial, Bartolo Ortiz, gerente de editorial planeta dijo lo siguiente: "Es uno de los libros más vendidos de la Feria, a pesar que costaba 21.900 pesos. El resto de la colección también se vendió muchísimo. La visita del autor potenció mucho la venta".

Para poder llegar lo más temprano posible, salí antes de mi trabajo y a las 17:00 horas estaba ya en el interior de la feria.

Apenas llegar fui al puesto de editorial planeta… ¡Y ya estaban haciendo fila unas 50 personas! Pero lo bueno es que ahora estaba mucho más cerca del lugar de la firma.

Por más que busque con la vista a Diego, Jorge y su novia Mariana, no los pude encontrar, no estaban ni en la fila ni fuera de ella. Mientras los esperaba opté por tomar una foto a la feria y otra al lugar de donde el escritor firmaría los libros. Fueron pasando los minutos y ni rastro de los amigos que me había hecho el día anterior. Pero me decía: “si cualquiera de ellos llega, les diré que se pongan junto conmigo, después de todo fueron muy amables ayer y lo mínimo que podría hacer era evitarles una fila tan larga como la del día anterior.

El tiempo comenzó a pasar, pronto pasó nuevamente la mujer del día anterior repartiendo otra vez los papeles adhesivos para que pusiéramos nuestros nombres. A las 17:50 horas, diez minutos antes de lo anunciado, llegaba J.J. a firmar los libros.
Pronto me puse a charlar con la gente de la fila y por si las moscas, les hablé de Jorge y Mariana, que viajaron 6 horas desde Coquimbo para ver al escritor y que a pesar de haber comprado el libro, no alcanzaron que se lo firmará. Me dije: “así si llegan, la gente no reclamará si se ponen conmigo, pues sabrán su historia”.

En ese momento una señora llamada Inés me dijo: “yo vengo de Ovalle y estoy cerca de Coquimbo, con la diferencia que viajé una hora menos que ellos”. Le pregunté si deseaba que la grabase con mi cámara para poner el video en Bolsi & Pulp y accedió encantada, acá les dejo el video que le hice a esta simpática señora:

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El tiempo seguía pasando y a pesar de que la fila avanzaba lentamente, ya me estaba preocupando de que no llegará ninguno de mis conocidos el día anterior. Fue en ese momento cuando pasó por mi lado Mariana, la novia de Jorge, le hablé y nos saludamos.

Le pregunté por Jorge y me dijo que estaba al final de la fila, porque se habían atrasado. Le dije que vinieran donde yo estaba, pues toda la gente ya sabía que ellos venían de Coquimbo.

Así que pronto ambos estaban conmigo y charlábamos animadamente otra vez y ahora con toda la gente que nos acompañaba cerca en la fila. De Diego ni rastro, sería un par de días después y debido a un mail que me escribió, donde me explicaba que por culpa de un problema personal, no había podido asistir aquel día.

Decidí llevarle un pequeño regalo a Benítez; una novela de Terror del maestro Lou Carrigan, concretamente la titulada “El reino de lo infiernos”. En el interior de la novela, puse la dirección del blog, para que pudiera visitarlo y ver los artículos que prepararía sobre el lanzamiento del último volumen de la saga.

Luego le pedí a Jorge que me grabara un par de pequeños videos para ponerlos en Bolsi & Pulp, primero uno en la fila y posteriormente otro cuando me tocará mi turno del autógrafo. Jorge accedió muy amablemente y acá están los dos videos que me grabó:

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Mientras me firmaba el libro, Benítez charlo un par de minutos conmigo. La verdad es que es un tipo bastante simpático y ameno. Me preguntó por qué había comprado el libro y sinceramente la pregunta me desconcertó, nunca pensé que un escritor preguntase algo así a quien comprase un libro suyo, pero le respondí sinceramente que tenía toda la saga completa y que la misma tiene una magia que envuelve al lector y no lo permite parar de leer. Él sonrió satisfecho.

Mientras estaba con Benítez, Jorge no sólo accedió muy amablemente a grabarme en video, sino que también me sacó algunas fotos.

Luego le hice entrega de la novela del maestro Carrigan, la hojeo curioso y vio la dirección web de Bolsi & Pulp que había en su interior. Le conté que tenía un blog de literatura y que haría unos artículos sobre el lanzamiento de CANÁ.

“Me parece estupendo, visitaré tu sitio”, nos despedimos afectuosamente y le cedi el turno a Jorge, no sin antes me devolviera la cámara, para sacarle un par de fotos también a él, para que tuviera de recuerdo. Pero debido a que las personas sólo podían pasar de a una y con el libro en la mano, Mariana la novia de Jorge no apareció en las fotos, pues ellos contaban sólo con un volumen de la última entrega.

Acá están todas esas fotos. Mucho OJO que en la segunda y tercera, estoy haciéndole entrega de la novela del maestro Carrigan:

Finalmente me despedí de Jorge y Mariana, avisándoles que estuvieran atentos al blog, pues irían apareciendo pronto unos artículos, con todo lo que habíamos vivido esos dos días en la feria del libro. Dicho sea de paso, aquel sábado 12 de noviembre según lo que pude enterarme posteriormente, el escritor estuvo cuatro horas y fracción autografiando hasta el cierre de la feria a las 22:00 horas.

Desde acá les quiero enviar un saludo muy grande a Diego, Jorge y su novia, pues gracias a su ayuda, esta crónica de lo vivido esos días, no habría sido posible.
¡PRUEBA SUPERADA!

F I N


Junto a esta cuarta y última parte, finalizamos el 2011 en Bolsi & Pulp.

¡Les quiero desear a todos un feliz año 2012!

¡Un abrazo enorme y saludos bolsilibrescos!

Atte: Odiseo…Legendario Guerrero Arcano.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LANZAMIENTO DEL CABALLO DE TROYA 9 (parte 3 de 4)



3- LA PRESENTACIÓN

Poco antes del día 11 de noviembre del actual 2011 (fecha de la presentación del libro) me puse a investigar acerca de la edición del Caballo de Troya 9. De esa manera me enteré que tenía más de mil páginas, lo que significaba poco más de dos tomos de la saga en uno solo.

Entonces supe de inmediato que el costo sería bastante superior al que me había dicho la vendedora aquel día 30 de octubre pasado (aproximadamente 14.000 pesos chilenos), así que opté por lo más lógico: llevar más dinero del pensado. Como ya he dicho anteriormente, siempre voy a la feria del libro chilena una vez al año, sin embargo esta vez sería la excepción y la visitaría en más de una ocasión.

Por otro lado, la fecha elegida por J. J. Benítez para el lanzamiento del último volumen de la saga, no dejaba de ser interesante: 11/11/2011. Curiosamente el libro le demoró dos años de preparación y 218 días para escribirlo… Y si sumamos 2 + 1 + 8 = 11; ¿Tendría que ver el 11 con la fecha de lanzamiento y presentación mundial del 11/11/11 en la feria del libro chilena?

¿Simple casualidad que haya elegido el 11/11/11? Quizás el mayor (el protagonista de la saga) tenía razón en lo que siempre decía sobre que: La casualidad no existe, pues todo está predispuesto por el “jefe”.

J.J. Benítez no ha descansado hasta terminar este último libro de la gran saga Caballo de Troya, Caná. Realizar este trabajo ha sido arduo, ya que preparar estos libros le ha llevado 27 años de su vida en investigación y viajar el equivalente a 122 veces la vuelta al mundo.

Una polémica colección sin lugar a dudas. La novela, editada por Planeta, busca cerrar un proyecto literario que comenzó en 1984 y que provocó una gran controversia con las iglesias cristianas. Esto, debido a su temática: una máquina del tiempo ultra secreta que permite presenciar los hitos de la vida de Jesucristo. Básicamente, su pasión y muerte.

Debido a que la saga esta redactada como diario de vida, el público en general no tiene claro si el libro eran las memorias reales de quien habría viajado en el tiempo o, simplemente, era una ficción. De ahí los conflictos que hicieron al libro venderse como pan caliente y su autor sindicado como conocedor de los secretos del "Jesús verdadero" que la Iglesia insistiría en ocultar.
El autor aprovecha la polémica y asegura en su página web: "Para muchos, es una novela que toca el corazón. Está bien, que cada cual piense lo que estime oportuno... Yo sé que no es una novela...".

Pero el esfuerzo de Benítez ha sido recompensado, no sólo porque ha sido leído, hasta hoy, por más de 20 millones de lectores. Sino porque se ha convertido en el cronista oficial que nos narra la auténtica vida de Jesús de Nazaret. Como bien nos explica el autor, Caballo de Troya es el resultado de una ilusión. "Un día, cuando menos lo esperaba, apareció ante mí una documentación que me llevó a escribir lo que tanta gente conoce. Me sentí sorprendido, gratamente sorprendido, y después atrapado. Allí estaba el Jesús que yo había imaginado tantas veces: humano, próximo, cordial, misericordioso, divertido, ajeno a la política y a las instituciones religiosas y, al mismo tiempo, un hombre Dios... Caballo de Troya es el mejor regalo que me han hecho". Esta documentación, facilitada al autor en los años 80 por un militar de las fuerzas aéreas norteamericanas, le ha llevado a tirar del hilo, a investigar durante 27 años y a realizar 15 viajes a Israel, Jordania, Egipto y Estados Unidos, y todo ello se ha materializado en los nueve volúmenes de la saga.

Y por supuesto el que Benítez cierre en exclusiva para Chile la popular saga Caballo de Troya, es para nosotros los chilenos un gran honor.

Apenas hacer ingreso aquel día a la feria, busqué de inmediato el puesto del grupo planeta para comprar el libro. En cuanto lo vi, mis manos sopesaron su peso y le calculé poco más de un kilo.Cuando pregunté el precio, casi quedé mudo, pues costaba $21.900 pesos (alrededor de 32 euros) y si uno lo pagaba en efectivo, hacían un 10% de descuento, o sea quedaba a $19700. Pero… ¡Demonios! ¿Qué podía hacer? La oportunidad de que el autor pudiera firmar el libro era imperdible. Caballo de Troya 9 ha sido el libro más caro que he comprado en mi vida.

La feria había avisado que el autor presentaría el libro en la sala de las artes, (que es bastante amplia, similar a un teatro) y que además, dialogaría con el escritor chileno Francisco Ortega, especializado en ciencia-ficción. Así que apenas compré el libro, me dirigí a la dicha sala, para estar en la ansiada presentación.

Eran las 18:30 y faltaba una hora para el evento, pero al llegar al lugar quedé con la boca abierta, pues había cerca de cien personas haciendo fila… ¡Y eso que faltaba una hora!

Mientras estaba en la fila, me puse a charlar animadamente con quienes me antecedían, un joven llamado Jorge que venía con su novia de nombre Mariana. Ellos eran de Coquimbo (al norte de Santiago) y habían viajado 6 horas para poder conocer al autor y comprar el libro.

Hacia las 19:10 horas permitieron el ingreso de la gente a la sala de las artes, que se repletó casi de inmediato con alrededor de quinientas personas. La presentación, como ya he dicho, estaba programada a las 19:30 y estaba estipulada con una duración aproximada a los 45 minutos.A las 19:40 se bajó la intensidad de las luces en la sala, y a los pocos segundos Benítez hacía ingreso junto con el escritor Francisco Ortega, en medio de un estallido de aplausos.

La presentación fue muy agradable, Benítez nos hizo reír en varias ocasiones con su cordial y jovial estilo.

“Algunas personas dicen que yo tengo mucha imaginación, entre otras mi mujer”, respondió ante la pregunta de qué hay de realidad y ficción en su trabajo. “Es información capital, 27 años de trabajo, viajes, estudios y análisis”, añadió.

Los supuestos 45 minutos se convirtieron en 75 y posteriormente el público presente podía formular preguntas al escritor. Sinceramente hubo preguntas muy interesantes, pero lamentablemente, no faltaron las personas poco informadas sobre la saga que realizaron preguntas francamente ridículas, como por ejemplo: “¿Cuándo usted va a mostrar públicamente las grabaciones de Jesús?” ¡PLOP! Obviamente el escritor le respondió que no tiene dichas grabaciones, solamente el diario del mayor.
Pero como ya dije, hubo también preguntas muy buenas, como un caballero que sabiendo la afición de Benítez por el fenómeno Ovni, le consulto si acaso tenía información sobre el caso chileno del cabo Valdés. Para quienes no lo sepan, dicho caso es el más famoso en nuestro país sobre la ufología.

La respuesta de Benítez nos dejó a todos impresionados, pues para tener acceso a esa información, había acudido ni más ni menos que al mismísimo general Pinochet, que por esos años gobernaba el país.

Para todos los interesados, acá les dejó un video que contiene un resumen de la presentación del libro. Dicho resumen incluye por supuesto, la parte en donde Benítez habla de su anécdota con Pinochet y el caso del cabo Valdés.
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Si paralizan el video durante el octavo segundo, observen bien la parte inferior derecha, podrán ver a este columnista de Bolsi & Pulp que ahora les escribe, sentado y atento al menor detalle.

CONTINUARÁ...

domingo, 25 de diciembre de 2011

ULTRAMETRÓPOLIS de LAW SPACE (NOVELA COMPLETA)




Como ya todos deben saber, ULTRAMETRÓPOLIS fue la novela que ganó nuestra encuesta navideña 2011. Esta es una novela de Ciencia Ficción, perteneciente a la colección “Espacio, El Mundo Futuro”, de la editorial Toray. Publicada en 1958 con el número 83.

¡Disfrútenla y larga vida a los bolsilibros!

Atentamente: ODISEO…Legendario Guerrero Arcano.
P R Ó L O G O
La sonda «ultrasónica» lanzó sus invisibles ten­táculos a través de la densa masa de nubes, tor­nando, a trescientos metros por segundo, para ha­cer que se moviesen las agujas del altímetro auto­mático.
Al mismo tiempo, el radar horadaba la estructu­ra del invisible suelo y, conectado directamente con el piloto automático, impulsaba a la nave, dentro de la órbita que había logrado establecer ésta, impidiendo que pudiese chocar con los altos e invisibles picos de las montañas.
En el cuadro de instrumentos se habían apagado las luces de los cohetes laterales 3 y 6; ahora, con mano enérgica, Gardner oprimió los botones que hi­cieron cesar el funcionamiento de los restantes, de­jando al aparato al solo impulso de la aceleración lograda y, ya dentro de la atmósfera del planeta, entraron en juego las disposiciones aerodinámicas, empezando el planeo, suave, sosegado, con una paulatina y precisa disminución de la altitud.
Tres metros detrás de Patrick Gardner, Thomas, ante los tableros de radar y las sondas sónicas, había ya elegido, en la vuelta «25», una extensión llana y apta para el aterrizaje. Por eso Cowler, el muchachote que le daba la espalda, hacía trabajar el cerebro electrónico que iba a proporcionarle la cur­va matemática que terminaría, exactamente, mil cuatrocientos metros antes del lugar elegido para que la espacionave se posase; a partir de aquel kilómetro y pico, la nave pasaría al mando del «aterrizador», que la posaría sobre el suelo venusiano.
Gardner, junto a la proa, frunció el entrecejo.
En aquellos diez años de viaje, nada habían des­cubierto en los planetas y satélites que habían visi­tado: formas elementales de vida, de las que habían capturado algunos ejemplares, ahora encerrados en los «archivos».
Pero nada más.
Les había dolido no realizar descubrimientos fundamentales y les amargaba la idea de regresar a la Tierra para manifestar que, de acuerdo con las teorías de muchos astrónomos, la vida existía apenas en la cadena de mundos que iban del Sol hasta Júpiter, incluyendo éste.
El «Audaz» había visitado el planeta gigante, había pasado tres años recorriendo la desértica superficie de Marte, sobrevoló la zona ardiente de Mercurio y se posó en la noche helada del otro lado del planeta, donde la luz no ha llegado jamás.
Ahora estaba preparado para posarse en Venus.
Gardner siguió examinando la masa de nubes que envolvía misteriosamente el planeta. La nubo­sidad era tal que, después de haber descendido hasta cerca de cinco mil metros, aún no se veía nada de la superficie de aquel mundo, que tan celosamente parecía guardado.
Los higrómetros de a bordo marcaban una hu­medad creciente y los dispositivos anti-bruma no hacían más que lanzar chorros de sales metálicas, en estado micelar, que, al agrupar el agua en exce­so, dejaban una amplia zona despejada ante la nave.
Pero, a pesar de todo, el muro nebuloso era como una barrera infranqueable a las ansiosas miradas de Patrick.
James se adelantó hasta llegar junto al piloto.
—¿Qué te parece, Gardner?
—¡Delicioso! ¡Como para coger un reumatismo como jamás se soñó en la tierra! ¿Te das cuenta de que la humedad es de más del cien por ciento?.
—¡Y, sin embargo, no hay precipitación!
—La temperatura alta debe de impedirlo. En la Tierra, con este grado de humedad, llovería a to­rrentes.
—Debe de ser asfixiante el ambiente ahí abajo.
—Saldremos con espacio-escafandras; no te preo­cupes.
Y después de una breve pausa:
—¿Sabes que empiezo a aburrirme, James?
—Lo comprendo. Eso es, exactamente, lo que nos ocurre a todos. ¡Nos habíamos hecho tantas ilusiones para este viaje!
—Lo que pasa —dijo Thomas, separando su mirada de los tableros de radar— es que habíamos leído demasiada literatura de anticipación, Yo, por mi parte, estaba seguro de encontrar toda clase de criaturas, muchas civilizaciones y un montón de ciudades fantásticas...
—Si los futuros astronautas no las levantan en los planetas que hemos visitado, no habrá nunca ciudades... ni civilizaciones.
Cowler terminó de leer la tarjeta perforada que acababa de salir por una de las ranuras del cerebro electrónico.
—Es triste —comentó— el hallarse tan solos en el Sistema.
—Claro que lo es —corroboró Patrick—. Porque, aunque no hemos pasado de Júpiter, es más que se­guro que no haya nada a ver en los otros planetas exteriores.
—¿Qué quieres encontrar allí? ¿Has olvidado el lado opuesto al Sol, en la visita que hicimos a Mer­curio? ¡Hielo, hielo; hielo y desolación! Eso es lo que hallarías en Urano, en Neptuno, en Saturno... ¡Y no digamos en Plutón!
—En fin —sintetizó Thomas—: somos los úni­cos seres de nuestro Sistema; los únicos seres de ese tipo que hemos dado por llamar humano.
—Ya verás —anunció James— la cantidad de sorpresas que encontraremos en la Tierra, cuando lleguemos.
—¿A qué te refieres?
—A la expectación que desencadenará nuestra llegada. Todos esperarán vernos llegar cargados de monstruos: de marcianos de cuatro cabezas, con jovianos de seis metros de altura...
Thomas lanzó una alegre carcajada.
—¡Lo que me voy a divertir! Cuando vean los cuatro hierbajos que llevamos y esa especie de ca­racoles que encontramos en Júpiter...
—Y pensar que nos fabricaron armas especiales para defendernos contra la pavorosa «fauna del espacio»...
Un timbre con sordina sonó en aquel preciso ins­tante.
—Nos acercamos a la caída libre —anunció Gardner—. Tomad asiento y poneos los cinturones de seguridad.
Obedecieron.
Al terminarse la aceleración bruscamente, la na­ve dio un respingo y se estremeció; pero los automecanismos la enderezaron velozmente, haciendo entrar en juego los planeadores.
A pesar de que la altura iba disminuyendo veloz­mente, Patrick no consiguió ver más que el espacio abierto que había ante la astronave; la nubosidad seguía siendo tan intensa como siempre.
Luego, de repente, el «Audaz» se inclinó ligera­mente hacia la popa, levantando el «morro» y sa­cando el triple tren de aterrizaje. Momentos más tarde, la nave se posaba sobre el suelo, corriendo sobre él, al tiempo que los cohetes-frenos silbaban rabiosamente, terminando por inmovilizarla por completo.
—¡Ya está! —suspiró Thomas.
Se soltaron los cinturones, estirándose glotona­mente. Sólo Gardner, que también se había levan­tado, estaba junto al «plexi» de proa, echando una ojeada a todo lo que le era posible ver.
Entre tanto, los otros se estaban poniendo los astro-equipos, deseando salir al exterior, aunque no fuese más que por estirar un poco las piernas. Lle­vaban adaptados a sus curiosos trajes un par de esferas en la espalda, entre las que pasaban los tubos de oxígeno, destinadas a establecer, en cual­quier ambiente, una gravedad igual a la de la Tie­rra, de un valor de «g», aproximadamente igual a la unidad.
—No olvidéis las armas —dijo Gardner. Thomas volvió a reír, como solía hacerlo, a car­cajadas.
—¡Qué miedo! —gritó sonriente.
James inquirió, volviéndose hacia el piloto:
—¿Es que no vienes con nosotros, Patrick?
—No. Alguien tiene que quedarse aquí, poniendo en orden las cosas. Voy a calcular, además, la órbi­ta de salida.
—¿Tan pronto nos vamos?
—¿Es que no queréis regresar a casa?
Cowler asintió con la cabeza.
—Sí. Todos nosotros estamos deseando volver. Cuando salimos de la Tierra, ninguno de nosotros había cumplido veinte años. ¿No os habéis mirado al espejo en todo este tiempo? ¡Tengo las sienes lle­nas de canas!
—¡Han sido diez años!
—Ya es hora de volver. Hay muchos jóvenes que están deseando salir de viaje. Hemos de dar a los muchachos su oportunidad. Con todos los datos que hemos obtenido, tendrán muchas más facilidades que nosotros.
Se pusieron las escafandras y Gardner conectó el altavoz con el que se comunicaría con ellos, mien­tras estuvieran fuera.
—No hagáis ninguna bobada, ¿eh?
—No tengas cuidado —contestó Thomas por el micrófono—. Seremos muy formalitos.
Desaparecieron al pasar a una de las cámaras intermedias. Desde donde estaba Patrick oyó el ru­mor de los motores que abrían las esclusas, dejando que la espantosa humedad de Venus penetrase en la cámara intermedia; luego, un par de minutos más tarde, oyó el «clic» que le anunció que la puerta ex­terior se había cerrado.
Se asomó a la proa, viéndolos aparecer como es­peraba. Thomas le hizo un gesto amistoso con la mano.
—¿Qué tal por ahí? —inquirió el piloto, acercán­dose al micrófono.
—¡Delicioso! Para británicos, como nosotros, esto no es más que una sucursal de Londres... ¡Un «puré de guisantes» de primera, amiguito!
Y después de un corto silencio:
—Hasta luego.
—Comunicaos frecuentemente conmigo.
—De acuerdo.
Se los tragó la nubosidad y Gardner retrocedió, hasta sentarse ante el cerebro electrónico. Con un gesto mecánico, empezó a teclear los datos que nece­sitaba para calcular la velocidad de escape y la órbita de salida del «Audaz».
La idea de volver a la Tierra le inundó con un agradable calor que le recorrió las venas.
Deseaba descansar.
Con toda seguridad, aprovecharía las vacaciones que le concederían los directivos de la «Astro and Co.» para escribir un libro sobre aquel viaje, ya que, a pesar de que no habían hallado lo que esperaban, poseían datos, recogidos en todos los planetas visi­tados, de gran interés y que iban a hacer posible el desarrollo de los viajes y la colonización de los astros del Sistema.
Los yacimientos de los minerales preciosos abun­daban extraordinariamente. Y el uranio estaba re­presentado, sobre todo en Júpiter, por masas como jamás se había atrevido a soñar nadie.
Vibró el altavoz.
—¿Me oyes, Gardner?
Patrick se acercó al micrófono.
—¿Ocurre algo, Thomas?
—Nada de particular, muchacho. Esta maldita niebla nos impide ver nada; pero creo que puedes evitarte la molestia de salir. Aquí, como en los otros planetas que hemos visitado, no hay nada.
—¿Nada?
—Es decir; hemos encontrado algunas plantas, casi enteramente cubiertas por unas babosas mi­núsculas; aunque Cowler se ha empeñado en que son gusanos... ¡Los hay por miles!
—Recoged algunos.
—¿Algunos? Las hojas de las plantas están tan llenas de ellos que, al principio, creímos haber en­contrado la primera cosa original.
—¿Por qué?
—Porque nos pareció que las hojas eran de co­lor blanco. ¡Fíjate si había bichos de ésos!
—¿Vais a volver en seguida?
—No tardaremos mucho. James ha descubierto un pequeño valle, aquí, a mi izquierda y vamos a explo­rarlo someramente. El pobre James pasea la nariz por el suelo, deseando encontrar huellas de animales grandes. ¿Sabes a quién me recuerda?
—¿A quién?
—A Robinson Crusoe; pero el pobre se quedará con las ganas.
Y después de una pausa:
—Corto. Patrick; esos dos animales me han de­jado solo y no quiero tener que empezar a llamarles a gritos... ¡No me oirían!
Y soltó otra de sus joviales carcajadas.
Patrick volvió junto al cerebro electrónico, sa­cando las tarjetas de una manera mecánica.
Pensaba en el estupendo carácter de Thomas, el único de la expedición que había dejado en la Tierra una mujer y un pequeño. Sin embargo, era el más jovial, el más despreocupado y el último en fruncir el ceño cuando la nostalgia destrozaba la moral de sus compañeros.
Después de leer las respuestas que la máquina acababa de darle, Gardner pasó a la cámara de los cohetes y repasó detalladamente el estado de las car­gas y la tensión atómica de los reactores. La pila atómica, al final de la galería que conducía casi ha­cia las toberas, reclamó su atención durante largo rato.
En el aterrizaje en Mercurio, la astronave había chocado violentamente, de cola, con una masa de hielo y Gardner se había visto obligado a cerrar, con una mezcla «ad hoc», una amplia fisura que se ha­bía abierto en el blindaje de la pila.
Examinó detalladamente el estado de la solda­dura, sonriendo complacido, ya que todo estaba bien y las vibraciones no habían movido ni una molécula de la «pasta» que se extendía desde uno a otro de los bordes de la fisura, que se dibujaban aún perfec­tamente.
Encendió un cigarrillo, aprovechando el tiempo para echar una ojeada a las cámaras de alimentos, a los almacenes y a los «archivos», en los que había metido todos los ejemplares de la fauna y flora que habían hallado en los mundos visitados.
Examinó los extraños caracoles que habían en­contrado en Júpiter donde, influidos por los datos colosales de los escritores de novelas de fantasía, es­peraban encontrar tremendas criaturas, como las que habían poblado la Tierra en los albores de su historia...
Satisfecho de su detenida inspección, fue cerran­do las compuertas automáticas, oprimiendo botones.
Y regresó a la cabina de mando.
Sin saber exactamente por qué, le desagradó el profundo silencio que reinaba allí. Hizo cuanto pudo por dominar aquella sensación que se iba filtrando en su espíritu; pero no lo logró.
Acercóse al «plexi» de la proa y lanzó una inqui­sitiva mirada hacia el exterior.
La bruma se arrastraba sobre el suelo, desha­ciéndose, en la parte inferior, en largos jirones que quedaban atrapados a objetos que no podía distin­guir nítidamente desde lo alto de la torreta.
Estaba dispuesto a llamar a sus amigos, pero, siempre luchando contra la creciente angustia que le invadía, se dijo que estaba dejándose llevar por un estado de nervios que haría que Thomas lanzase una de sus clásicas carcajadas.
Sonrió, venciendo al fin la opresión que sentía. Y, con un nuevo estado de ánimo, terminó de pre­parar los datos de la salida de Venus. Deseaba ar­dientemente alejarse de allí e ir acercándose a la Tierra, a cuya vista se sentiría completamente tran­quilo...
¿Tranquilo?
Tornó a pensar en la intranquilidad que sentía; pero esta vez, ya ganado definitivamente por la an­gustia, se levantó, dispuesto a ordenar a sus amigos que volviesen inmediatamente.
En realidad, debían de haberse quedado mucho más tiempo en Venus, si calculaban todos los años que habían permanecido explorando los otros dos planetas; pero lo poco que hallaron era ya algo que les impelía a terminar su viaje cuanto antes.
Iba a pulsar el «llamador», que lanzaría la sin­tonía a sus amigos, cuando la voz de Thomas se dejó oír débilmente en el altavoz.
—¡¡Gard...ner!!
Se precipitó al micrófono.
—¡Aquí Gardner! ¿Ha ocurrido algo, Thomas?
Un silencio desesperante.
—¿Me oyes, Thomas? ¿Me oyes?
Luego, la voz, siempre débil del otro, como si es­tuviese muy lejos.
—No salgas, Patrick; es inútil... No salgas...
—Pero, ¿qué ha pasado?
—Vete, Gardner; cuanto antes mejor.
—¿Qué ha ocurrido, Thomas? —insistió Patrick, con una angustia que le causó un daño físico.
—Vete...
—¿Y los otros? ¿Y Cowler y James? ¿Dónde están, Thomas?
Otro silencio, afortunadamente más corto que el anterior.
—Han muerto...
—¿Eh? ¿Dónde estás? ¡Salgo Inmediatamente!
—No; no lo hagas. Ya te he dicho antes que es completamente inútil.
Gardner sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿Dónde estáis? ¡Voy a ir a buscaros!
—No. Escucha, Patrick... ¡No abras la astronave!
—¿Por qué?
—Los gusanos...
—¿Qué?
—Lo que te dije. Aquellas asquerosas bestias, pe­queñas como el dedo meñique, que cubrían las hojas de las plantas.
—Sí. ¿Os han atacado?
—Se están acabando de comer a Cowler y James... Aquí, delante de mí...
Patrick ahogó un grito de horror.
—¡Thomas!
Y, ante el silencio terrible, alucinante:
—¡¡Thomas!! — gritó desesperadamente.
La voz volvió a dejarse oír.
—¡Vete, Patrick! ¡Vete!
—¡Voy a por ti, Thomas! ¡No te desesperes!
—¡No; no vengas! —y con un tono de voz, bur­lón, que hizo que las lágrimas asomasen a los ojos de Gardner—. No me gustaría que me vieses... sin manos ni pies. En cuanto acaben con los otros, ven­drán a ayudar a los que, por el momento, me están tomando como aperitivo...
—¡Thomas!
—¡Vete, Patrick! ¡Vete, por todo lo que más quie­ras! ¡No se te ocurra abrir la astronave! ¡Si entran, estarás irremisiblemente perdido!
Gardner había manejado, con temblorosas ma­nos, los radiogoniómetros, determinando exactamen­te la dirección de donde llegaban las ondas proce­dentes del micrófono de Thomas.
Se tiró a los mandos y la astronave, quince se­gundos después, rodaba lentamente, sobre su triple tren de aterrizaje, hada el lugar donde con toda seguridad se hallarían aquellos desdichados.
Con los dientes apretados hasta hacerse daño, Pa­trick guió el colosal mastodonte metálico...
Hasta que los vio.
Es decir; hasta que vio los tres espacio-trajes, vacíos como esas conchas de caracolas que se en­cuentran en las playas...
Dentro, ya no había nada.
Sí, Patrick vio que, de por entre los intersticios de las costuras electrónicas, que aquellos seres ha­bían perforado, salían, por cientos, por miles, por cientos de miles, los horrendos gusanos que, después de su alucinante banquete, tenían un grosor doble del que había dicho el pobre Thomas.

CAPÍTULO PRIMERO


A medida que el globo terres­tre aumentaba de tamaño, los ojos enrojecidos de Patrick se abrían un poco más, como si desease ir adivinan­do, más que viendo, los detalles de aquel mundo ama­do, en el que se posaría ho­ras después.
No se atrevía a mirar hacia atrás.
Las dos veces que lo había hecho, al despertarse bruscamente de aquella especie de sopor que se ha­bía apoderado de él -llevaba cuarenta y ocho ho­ras sentado en el sillón-, se estremeció, no pudiendo evitar que los sollozos le sacudiesen con un hipo espasmódico y hasta doloroso, que le había de­jado una punzada en medio del pecho.
Porque, al volverse, había visto la larga cabina completamente vacía, con los sillones de sus tres desdichados camaradas sin ocupar...
Por eso, despreciando la exactitud de los apara­tos que tenía a la espalda, se había empeñado en guiar la astronave sin recurrir a ellos, con tal de no tomar asiento en los sillones de los otros.
¿Cuántas veces había pensado en lo que tendría que decir a las familias de sus amigos?
Entornando los ojos, recordó la alegre fiesta de la despedida, que se había celebrado en un céntrico hotel londinense. Allí había conocido a los padres de Cowler, aquellos dos viejecitos sonrientes y amables, cuyas manos temblaban y cuyas húmedas miradas no se separaban del rostro enérgico y simpático de su hijo.
Allí conoció a los jóvenes padres de James y a sus bulliciosos hermanitos, que no hacían más que preguntar a troche y moche por todo lo que pensaban encontrar en el viaje, reclamando recuerdos, que iban desde una piedra de Mercurio hasta un unicornio de los desiertos de Marte.
Y allí había conocido a Herma, la deliciosa esposa de Thomas, que llevaba un bebé -Lewis- de cua­tro meses en los brazos.
Habían reído, charlado y hasta cantado, antes de que la hora de marchar llegase, y aquellas imágenes renacían ahora, con una nitidez que subrayaba dolorosamente su recuerdo.
Llegó a la conclusión de que no debía prevenir al espaciódromo londinense de su llegada, al menos hasta que estuviese ya sobre él. No quería que la noticia se extendiese demasiado pronto.
Ya tendría tiempo después, mucho después, de enfrentarse con la realidad de tener que ver aque­llas miradas ansiosas, de escuchar las preguntas, de leer en los rostros la expresión de una incredulidad a la que se aferraban locamente las últimas espe­ranzas.
Tendría tiempo, mucho tiempo, de abordar aque­lla dolorosa realidad.
La Tierra ocupaba ya la totalidad del horizonte visible. Había dejado atrás la Luna, donde fraca­saron todas las intentonas de crear una base soña­da por muchos países y el «Audaz» se precipitaba ya hacia el planeta, empezando a inclinarse para adap­tarse a la «órbita de llegada».
Patrick vio el dibujo claro de los continentes, la masa verdoso-azulada de los mares y de los océanos.
¡¡La Tierra!!
Se imaginó sin dificultad lo que los hombres de otras épocas habían pasado y experimentado: la sen­sación maravillosa de volver a ver, después de una larga ausencia, su pueblo o ciudad natal, la frontera de su amado país. Para los astronautas, el concepto estrecho del patrioterismo había desaparecido, y la Tierra entera, el. hermoso planeta, era como una in­mensa patria que se anunciaba gloriosamente desde la negrura densa del espacio.
El «Audaz» penetró en su órbita.
Patrick se vio obligado a abandonar su sillón, era la primera vez que lo hacía desde que abandonó Venus, tomando asiento ante los «servo-mecanismos» que iban a tomar el mando para hacer posible el aterrizaje.
Gardner se había fijado en que Londres estaba en la zona oscura de la Tierra, lo que quería decir que iba a hacer un aterrizaje nocturno. En otras cir­cunstancias, si ellos, sus camaradas, hubieran estado a su lado, habrían esperado la luz del día y hubiesen lanzado mensaje tras mensaje para que el recibi­miento -que merecían, sin ningún género de du­das- fuese lo que tanto hablan soñado juntos.
Pero ahora, al regresar sin los otros, en una so­ledad que nadie podría imaginar, Patrick estaba contento de que la noche cayese sobre Inglaterra, lo que le facilitaba un aterrizaje anónimo, con una reducida y formulista recepción, seguida de muchas horas de sueño, que era lo que necesitaba ardiente­mente.
Abandonando el mando a los «servo-mecanismos», se dejó caer sobre el sillón de Thomas, cerran­do los ojos.
Intentaba, esforzándose locamente en lograrlo, olvidarlo todo, poder centrar su imaginación en algo nimio, fútil, intrascendente, que le alejase de la in­soportable tensión moral que había soportado du­rante todo el viaje de regreso.
Él era el único de todos sus amigos que había estado solo en la célebre fiesta de despedida. Huér­fano de padre y madre, había sido recogido, muy jo­ven, por un tío inmensamente rico, pero que se preocupó muy poco del lado sentimental de su vida, limitándose a pagar sus costosos estudios en la Uni­versidad de Astronáutica londinense.
Cuando su tío murió, Gardner lo había sentido dentro de los límites que le permitían lo poco que lo conocía, ya que fuera de las grandes ocasiones jamás había pasado más de veinticuatro horas a su lado.
Quizás había sido aquella soledad la que le había curtido de tal manera; pero, en el fondo, tratando el asunto con lealtad, Patrick había llegado a envi­diar a todos los que podían encontrar unos brazos donde cobijarse en esos momentos en los que un hombre, por muy endurecido que sea, no tiene más remedio que solicitar la limosna de una palabra ca­riñosa para seguir viendo la vida como algo acep­table.
La lámpara le señaló que el «Audaz» entraba en el último tramo de su órbita, lanzándose hacia el espaciódromo de Londres.
Desde el principio le extrañó la falta de llamadas en la radio; luego, cuando los trenes de aterrizaje chocaron violentamente contra la pista, experimen­tó una sensación que agudizaba su extrañeza, ya que la astronave botaba de una manera inaudita, como si la pista estuviese llena de baches.
—¿Se habrá equivocado el «servo-mecanismo»? —se preguntó en voz alta.
Y corrió hacia su puesto de piloto, dispuesto a echar una ojeada al exterior.
Fue entonces cuando el brutal choque se produjo. Patrick no llegó hasta su sillón. Una invisible mano, con una violencia extraordinaria, lo tiró hacia un lado, haciendo que su cabeza golpease contra el reborde de una de las pantallas de radar.
Perdió instantáneamente el sentido.

* * *

Un dolor intenso repartido por todo el cuerpo le impidió el menor movimiento durante los primeros minutos que sucedieron a la recuperación del cono­cimiento.
Tardó mucho en incorporarse, y lo fue realizando por fases, lentamente, hasta que, apoyado en los re­bordes de las pantallas de radar, consiguió lanzarse a dar los primeros pasos.
No pensaba en nada.
Si tardó cerca de diez minutos en cubrir la dis­tancia de tres metros que le separaba de su sillón, en el «morro» de la astronave, mucho más tardó en ordenar las dispersas y confusas ideas que, como jirones, flotaban sobre su mente completamente vacía.
Luego, al dejarse caer sobre el sillón, y cuando, tras ímprobos esfuerzos, logró encender un cigarrillo, empezó a coordinar, extrañándose de que nadie hu­biese acudido en su auxilio. Normalmente, media do­cena de ambulancias y coches de bomberos debían rodear la astronave y a aquellas horas habrían per­forado alguna de sus puertas, penetrando en el inte­rior en busca de los supervivientes.
Aquello hubiese sido lo normal.
Lanzó una mirada hacia el exterior, comprobando que reinaba una oscuridad total.
«Seguro que no he aterrizado en el espaciódromo» —pensó.
Aquel pensamiento hubiese sido absurdo normalmente; pero, debido a su lamentable estado de áni­mo, era bastante posible que hubiese equivocado los datos orbitales que había proporcionado al cerebro electrónico para que entrasen en marcha los meca­nismos automáticos de aterrizaje.
Cuando se hubo recuperado, recorrió la astrona­ve, comprobando que el choque había estropeado todo el lado izquierdo del «Audaz», haciendo impo­sible toda reparación inmediata.
No le preocupaba excesivamente aquello. Iría has­ta Londres utilizando cualquier medio de locomoción, rogando a la policía local que guardase la astronave hasta que el Gobierno enviase a los técnicos para trasladarla a la capital del Reino Unido.
El tiempo que había permanecido sin sentido le había arrancado el sopor y hasta el cansancio, des­pabilándose por completo. Probó la puerta y vio que podía abrirse fácilmente. Hasta estuvo tentado de abandonar el «Audaz» para ir en busca de ayuda.
Pero prefirió quedarse allí, temeroso de que al­guien se introdujese y lo revolviera todo.
Al amanecer se desperezó un tanto.
Sentado en el sillón de Thomas, se había quedado casi dormido y la luz del alba lo despertó; incorpo­rándose velozmente para echar una primera ojeada al exterior desde el «plexi» de la cabina.
Retrocedió extrañado.
¡Estaba en el espaciódromo londinense!
Pero, a pesar de reconocer todos los detalles de aquella moderna instalación situada a diez millas de la ciudad, vio que todo tenia un aspecto de deso­lación espantosa.
Venció la desagradable sensación que todo aquello le causó, llegando a la conclusión lógica de que el espaciódromo debía de haber sido abandonado y que, en los diez años que faltaba de Inglaterra, de­bían de haberse construido otras pistas mucho más modernas y espaciosas.
—La memoria de mi cerebro electrónico —se dijo— no poseía más datos de referencia que los del espaciódromo antiguo. Si me hubiese comunicado antes con Londres, me hubiesen pasado las coorde­nadas de los nuevos campos de aterrizaje.
Sonrió divertido.
Después de cambiarse de ropa con uno de los trajes que no se había vuelto a poner desde hacía una década, se miró en el espejo de la cabina gene­ral, pensando divertido en la cara que pondrían los hombres y las mujeres al verle pasar por las calles. Ya que, evidentemente, la moda debía de haber cambiado en aquellos últimos tiempos.
Después de lograr que la puerta se cerrase con bastante seguridad desde fuera, revisó el estado de la astronave y abandonó aquellos lugares, recorrien­do el desierto espaciódromo.
Se convenció de que hacía muchísimo tiempo que todo aquello había sido abandonado.
Una vez fuera del recinto empezó a andar por la antigua autopista, seguro de que en el primer cruce hallaría algún coche que le llevase hasta la ciudad. Le desalentaba aquella soledad, aquel abandono que parecía reinar por doquier. Pero se calmó al imaginar que los nuevos espaciódromos debían de ser maravillosos y que iba a encontrar muchas cosas sorprendentes en la Tierra después de diez años de ausencia.
Al llegar a la carretera se sorprendió nuevamente al notar el mismo abandono y una desolación idén­tica...
—¿Habrá habido una guerra? —se preguntó, ho­rrorizado.
Era la única respuesta lógica al aspecto general de las cosas. Y, por lo que veía, la guerra debía de haber sido decididamente perdida por Inglaterra, ya que el estado de las cosas no podía ser más lamen­table.
¿Era posible que hubiese llegado a un país pobre, reducido a la más elemental forma de vida, con sus ciudades destrozadas y sus habitantes vagando como fantasmas?
La sola posibilidad de verse obligado a dar sus informes a una extraña potencia vencedora le llenó el alma de hielo. Tanto le dañó aquella idea que es­tuvo a punto de regresar a la astronave y destruirla por completo.
Fue entonces cuando vio la casa.
La niebla matinal caía, en aquel amanecer tur­bio, sobre las cosas, recordándole la espantosa bru­ma de Venus. Rehaciéndose, no obstante y logrando alejar los recuerdos que tanto mal le causaban, em­pezó a caminar hacia la casa, seguro de que iba a lograr la respuesta a todas las preguntas que le acosaban.
Se trataba de una granja y Patrick penetró allí, siendo recibido por los ladridos de un perro que, al acercarse, movió la cola, mostrándose simpático y acogedor.
Después de la completa soledad que, desde su aterrizaje, le había rodeado, la simple presencia del animal lo llenó de gozo, y lo acarició, notando entonces la tremenda delgadez del can.
Poco después, cuando, tras recorrer el interior de la casa, llegó a la conclusión de que no había ningún ser humano allí, se sintió nuevamente opri­mido, preguntándose con una angustia creciente lo que podía haber originado todo aquello.
Al hallar un viejo coche en el garaje se sintió nuevamente dispuesto y no tardó, después de poner gasolina en el depósito, en darse cuenta de que aquel «cacharro» le iba a ser de una utilidad indudable.
El perro daba vueltas a su alrededor, saltando y moviendo la cola con una inusitada insistencia emocionante.
—¡No te preocupes, amiguito! Te llevaré conmigo.
Había registrado la casa, sin encontrar alimento alguno. Las pocas cosas que contenía la despensa estaban llenas de moho y completamente estropeadas, siendo inutilizables, aun para el animal.
Al sacar el coche de la granja y desembocar en la carretera, Gardner pensó nuevamente en que sólo una guerra podía haber ocasionado cuanto veía.
—Quizá —dijo, dirigiéndose al perro, con tal de poder hablar con alguien— no encontremos mucha comida en un país que ha sufrido como el nuestro. No hay más que verte las costillas, amiguito, para imaginar lo que podemos ver en Londres...
El perro ladró alegremente.
—Sí, ya te entiendo. Iremos a la astronave y llenaremos el coche con las raciones sintéticas de la nave; así podremos viajar con el estómago lleno.
Descargó gran parte de lo que quedaba en los depósitos y dio de comer al animalito, que se hartó materialmente, gruñendo de satisfacción. Mientras, el hombre acondicionó lo mejor que pudo las cosas en el coche y se puso de nuevo en marcha.
La niebla seguía obstinadamente pegada al suelo. El vehículo, una verdadera antigualla, no pasaba de las cuarenta millas y Patrick se consumió de im­paciencia, ya que deseaba encontrarse con seres hu­manos y enterarse de lo que había ocurrido.
Al dar una curva Londres apareció repentina­mente, y el joven experimentó una profunda emo­ción. Luego, decidido, penetró por una de las calles.
NADA.
La ciudad, abandonada, le causó una penosa im­presión. En muchos sitios las paredes estaban que­madas y grandes manchones negros marcaban el lugar de los innumerables pequeños incendios.
¿Qué podía haber ocurrido allí?
En contra de lo que esperaba no halló en parte alguna muestras de la violencia de un bombardeo, ya que ninguna casa presentaba desperfectos a no ser los manchones negros que parecían ser la tónica general.
En cuanto a seres humanos, no halló la menor huella.
No se atrevió, no obstante, a detener el coche hasta hallarse en pleno centro, cuando empezó a ver los viejos autobuses londinenses mostrando sus cha­tarras ennegrecidas, pues en su gran mayoría ha­bían ardido como teas.
Pero aunque los examinó detenidamente, no lo­gró hallar restos humanos que le demostrasen que habían sido atacados cuando iban llenos de gente.
Horas más tarde, cuando hubo recorrido la totalidad de la urbe, volvió hacia Trafalgar Square y se detuvo junto a la fuente central, pues el vehículo despedía una nube de vapor por el tubo del radiador.
Cambió el agua, dio de beber al perro y también bebió él, encendiendo pensativamente un cigarrillo.
Le dolía la cabeza de tanto pensar.
Cuando, al entrar en la ciudad, se había dado cuenta de la desolación que reinaba en ella, llegó a pensar en la posibilidad de una epidemia de peste; pero la completa ausencia de cadáveres parecía de­mostrar la imposibilidad de aquella hipótesis.
Cansado, penetró en el vehículo, dispuesto a salir de la. ciudad para pasar la noche, ya que todo aque­llo no le infundía confianza alguna.
En el preciso instante en que luchaba con el «demarreur» un objeto silbó por los aires, chocando violentamente con el parabrisas, que saltó en pe­dazos.
Un reflejo rapidísimo hizo que Gardner se moviese, evitando ser herido por el objeto o los cristales que se desparramaron sobre él.


CAPÍTULO II
La sangre se le heló en las venas...
Tuvo rápida conciencia del peligro y echó mano a su pistola electrónica, asomando prudencialmente la cabeza por la ventanilla.
No vio a nadie.
Su primer impulso fue el de poner el coche en marcha y alejarse lo más rápidamente de aquellos insanos lugares; pero un gru­ñido del perro le hizo pensar en la posibilidad de usar al animal para encontrar, fuese como fuese, al individuo que tan cobardemente le había atacado.
Recordó entonces que le habían lanzado «algo» y, agachándose, lo buscó sobre el viejo tapizado del co­che. No tardó en encontrarlo.
¡Una piedra!
Le habían lanzado una piedra, magistralmente dirigida contra el parabrisas. Aquel proyectil de­mostraba que el atacante no estaba armado, ya que, de poseer una pistola o un rifle, lo hubiese utilizado, logrando un resultado más efectivo.
El perro seguía gruñendo.
Decidido, Patrick hizo salir al animal y con la pistola empuñada empezó a atravesar la plaza, ani­mando al animalito con palabras insistentes.
—¡Vamos, amiguito, tenemos que encontrar a ese granuja!
El animal tonteó al principio; luego, al llegar a uno de los leones que rodean la estatua de Nelson, lanzó un alegre ladrido, comenzando a correr hacia una de las calles vecinas.
Gardner lo siguió a toda velocidad.
El perro avanzaba decidido, sin dejar de ladrar, y le sacó alguna ventaja. Sin embargo, Patrick se guiaba fácilmente por los ladridos. Repentinamente, al llegar a una callejuela sin salida, encontró al perro parado ante una puerta entornada, gruñendo sordamente.
Patrick avanzó con cuidado.
La casa, como todas, tenía la fachada manchada y ennegrecida; el resto no ofrecía anormalidad al­guna. Pero, al penetrar en ella, detrás del animal, Gardner vio que lo carbonizado ocupaba la totali­dad de las habitaciones; muchos de cuyos objetos estaban reducidos a cenizas.
El perro, que le precedía, se había detenido ante un armario empotrado, cuyas puertas no estaban cerradas del todo.
Indudablemente, el perrito había encontrado al atacante.
Patrick se colocó ante la puerta, a la que apuntó con su arma; luego, con voz firme:
—¡Salga de ahí! —ordenó—. Si no lo hace, cuan­do yo haya contado tres, dispararé mi pistola.
Nadie le contestó.
—¡Uno!
El mismo silencio.
—¡Dos!
La puerta se abrió, oyéndose un sollozo. Y Gard­ner bajó el arma.
Un chiquillo de unos doce años, con los ojos arra­sados en lágrimas, le miraba espantado.
—¡No me mate, señor!
Transido de pena, Gardner no reaccionó hasta después de que hubieron pasado unos minutos; des­pués, encontrando todo aquello de una comicidad extraordinaria, rió como no lo había hecho desde mucho tiempo.
—¡Sal de ahí, mocoso!
El pequeño obedeció, sin abandonar su expresión de horror.
—¿Has sido tú quien me ha tirado la piedra?
El niño, pasándose el dorso de la mano por la nariz para limpiarse las lágrimas, asintió con un gesto de su cabeza.
Era rubio, pero estaba tan sucio que sus cabellos, llenos de polvo, ofrecían un lamentable estado. Tam­bién el rostro y las manos ofrecían las huellas que demostraban una ausencia total de contacto con el agua y el jabón. En cuanto a las ropas que. cubrían el cuerpo del niño, no eran ya más que destrozados harapos.
Pero no era aquello lo que extrañaba al astro­nauta. Era la presencia insólita de aquel niño en una ciudad que, a todas luces, había sido comple­tamente abandonada.
Iba a preguntarle muchas cosas cuando pensó que aquel pobre niño debía de encontrarse aproxi­madamente en el mismo estado que el perrito. Éste, después de haber dejado de gruñir -lo hizo en cuan­to se abrió la puerta del armarlo donde se ocultaba el muchacho-, se frotaba contra las delgadas pier­nas del niño, moviendo la cola, lleno de satisfac­ción.
—¿Tienes hambre? —inquirió el hombre.
—Sí.
—Vamos; tengo comida en el coche.
Tuvo que esperar a que el pequeño engullera glo­tonamente cuanto le dio, maravillándose de la ma­nera voraz de comer que tenía el niño. Después, al aparecer un ligero sonrosado en las mejillas del pe­queño, una sonrisa deshizo la mueca de dolor y de miedo que había afeado hasta entonces el juvenil rostro.
—¿Estás satisfecho?
—Sí; muchas gracias por todo, señor.
—¿Cómo te llamas?
—Peter.
—¿Qué más?
—Peter Bruce, señor.
—Yo me llamo Patrick Gardner.
El niño extendió su mano, muy seriamente.
Al estrechársela, Patrick sintió, con la fuerza de un símbolo, todo lo que en el futuro podía significar para él el haber encontrado al niño.
—Ahora que has comido —dijo—, creo que pue­des explicarme algunas cosas.
—Ya quería decírselas antes, señor Gardner. Si le tiré la piedra fue porque creí que habían vuelto.
—¿Quién había de volver?
—Los hombres mecánicos.
—¿Hombres... mecánicos?
—Sí, robots.
—¡Vamos por partes, amiguito! —la cabeza le daba vueltas y deseaba conocer las cosas desde el principio—. ¿Qué ha ocurrido en la ciudad?
—Pero... ¿no lo sabe usted?
—Yo no. Acabo de llegar, luego te diré de dónde, y no sé nada. Por eso, Peter, quiero que me lo ex­pliques todo.
—Es que hace tanto tiempo, que no sé si me acordaré.
—¿Cuántos años tienes?
—Doce. Pero he tenido que mirar muchas veces en el calendario que hay colgado en el comedor de mi casa.
—¿En donde estuvimos?
—No. Yo vivo mucho más lejos.
—Está bien. ¿Sabrías decirme cuándo... se fueron tus padres?
El niño bajó la cabeza.
—Mis padres no se fueron. Yo estaba arriba, en el baño, esperando que mamá subiese a secarme. Papá y mamá salieron a la calle, porque ocurría algo y la gente gritaba. Un poco más tarde oí que mamá gritaba también y salí de la bañera...
—¿Qué pasó luego?
—Me puse el albornoz y las zapatillas y bajé co­rriendo, llamando a mamá; pero nadie me contestó. Luego, al llegar a la parte baja. de la escalera, el humo y las llamas me cortaron el paso... Volví a subir, me vestí y lloré mucho...
—¿No volviste a ver a tus padres?
—No. Cuando el fuego se apagó, bajé a la calle, pero ya no había nadie. Hasta mucho más tarde no descubrí lo que había pasado.
—¿Cómo lo descubriste?
—Yo salía a escondidas. La ciudad estaba casi vacía. Poca gente circulaba por las calles y todos estaban aterrorizados. Un día que yo había subido a una azotea para coger una bandera inglesa que me gustaba mucho, los vi llegar...
—¿A los robots?
—Sí. Eran muchos y llevaban unos aparatos que lanzaban llamas: unas llamaradas horribles que quemaban completamente a las pobres gentes que no podían huir de ellos.
Hizo una pausa.
—Luego, mucho más tarde, volvieron con sus aparatos, pero ya no había nadie... Luego ya no volvieron más.
—Tuviste suerte que no te encontraran, Peter.
—Viví mucho tiempo en las azoteas; tenía mucho miedo...
—Me lo imagino... ¿Y no has vuelto a ver a na­die más?
—¿Se refiere usted a... hombres como nosotros?
—Sí.
—No he visto a nadie, salvo a usted.
—¿Por qué me atacaste?
—Creí que eran ellos; al principio les tenía mu­cho miedo, pero después no. ¡Quiero castigarles por lo que hicieron a papá y mamá!
Patrick se sintió profundamente conmovido.
—¡Ya les arreglaremos las cuentas, no te preocu­pes, Peter!
Los ojos del niño adquirieron súbitamente un brillo intenso.
—¿Es verdad eso, señor? ¿Es verdad que vamos a hacerles la guerra?
—Sí. Te lo prometo; pero ¿dónde podemos encontrarlos?
El niño señaló hacia el norte.
—¿No ha visto usted su ciudad?
—¿Su... ciudad?
—Sí. Yo la veo muy a menudo desde las azoteas de las casas... ¡Es algo fantástico!
Gardner se decidió inmediatamente.
—¿Quieres venir conmigo, Peter?
—¡Naturalmente! Usted tiene comida, usted está armado. A su lado podré hablar con alguien. Duran­te estos últimos años tenía que hablar en voz alta para no olvidar el inglés...
—Vamos.
Salieron de la ciudad cuando ya anochecía. Gardner no había contado con aquello, viéndose obligado a detenerse en un camino vecinal mientras la oscu­ridad se hacía por doquier.
—¿Por qué nos paramos? —inquirió el niño in­genuamente.
—No debemos encender los faros, pequeño; sería demasiado peligroso. Mañana, con la luz natural, se­guiremos avanzando. ¿Tienes miedo?
—A su lado no —fue la decidida respuesta de Peter.
Comieron juntos y el perro demostró su predi­lección por el pequeño.
—¿Cómo se llama? —inquirió el niño.
Patrick, que ya le había contado su aventura particular, sin explicarle, no obstante, lo que había ocurrido en Venus, terminó diciéndole cómo había hallado al perro.
—No sé cómo se llama, Peter.
Reflexionó el niño un poco y después, sonriendo, propuso:
—Le llamaremos «Kummy». ¿Qué le parece? ¿Le gusta?
—Estupendo. Ahora debes dormir; mañana tendremos mucho trabajo.

* * *

El sueño de Gardner estuvo poblado de horripilantes pesadillas: monstruos con brazos de niebla, de cuyos extremos salían llamaradas azuladas que desintegraban cuanto se ponía a su alcance.
No obstante, se despertó antes que el niño, aunque «Kummy» ya estaba olfateando por los alrededores.
La niebla les envolvía aún y Gardner, después de comer junto al perro, meditó profundamente en cuanto le había contado el muchacho. La idea de una guerra mundial había cedido ante una nueva hipótesis que parecía explicar mucho más satisfactoriamente lo ocurrido.
«Debe de tratarse —pensó— de una invasión procedente del espacio exterior; pero ¿de dónde? Él, junto con sus desaparecidos compañeros, había recorrido gran parte del Sistema Solar y, por lo que habían observado, era más que seguro que la vida en los planetas más allá de Júpiter no existiese más que en forma elemental e incipiente.
¿Entonces?
El haber vencido a los hombres de aquella manera, el haber destruido la vida en una ciudad como Londres -y era seguro que igual habría ocurrido en el resto del mundo- significaba una potencia y una organización verdaderamente fantásticas.
¿De dónde podían proceder seres tan inteligentes y malvados a la vez?
¿De fuera del Sistema?
—¿De fuera de la Galaxia?—preguntó en voz alta.
—¿Ocurre algo, señor?
Se volvió, sonriendo a Peter, que ante él se restregaba los ojos, medio cerrados aún por el sueño
—Come un poco, Peter. Vamos a seguir el viaje inmediatamente. Luego, al volver a Londres, nos ocuparemos de vestirte bien. No es precisamente la ropa lo que falta en los almacenes abandonados.
—Yo no me atreví a entrar —dijo el niño.
—Lo comprendo.
Le sirvió el desayuno; él, mientras, fumó un par de cigarrillos, contemplando al simpático muchacho que compartía su comida con el perro.
La niebla, como en otras muchas ocasiones, se disolvió tan rápidamente que Patrick vio surgir en el horizonte, como un espejismo, la silueta impre­sionante de la ciudad.
Lanzó, no pudo por menos, una exclamación de asombro.
—¿Verdad que es enorme, señor?
Gardner no contestó.
Aquella inmensa mole plateada se levantaba has­ta el cielo, con una arrogancia tremenda. Ni aun cuando visitó los Estados Unidos había visto el joven rascacielos tan altos como aquellos que, desafiando toda ley física, se levantaban hasta perderse entre las nubes.
—¡Es fantástico! —exclamó al fin.
Luego, como si se encadenasen las ideas en su mente, exclamó:
—¿Cómo habrán podido hacerlo? ¿Quién puede ser el portentoso cerebro que haya ideado una grandiosidad semejante? —Y dándose cuenta del tamaño espantoso de la ciudad—: ¡Debe de albergar más de treinta millones de seres!
—¿Tantos? —inquirió el niño, viendo que las probabilidades de victoria se reducían en su mente infantil.
Patrick se puso en pie.
—Escucha, pequeño: voy a acercarme a la ciudad con el coche. Descargaremos parte de las provisiones y te las dejaré aquí; así que el auto no irá tan cargado.
No quiso decir la verdad; en realidad, deseaba que el niño no pasase hambre si a él le ocurría algo; aunque, ciertamente, el futuro de aquella pobre criatura, si a él le acontecía algo desagradable, no sería en modo alguno halagüeño.
—¿Tardará mucho en volver?
—No lo sé; aunque es posible que esté fuera todo el día. De todas formas, te quedarás con «Kummy» y él te avisará si ocurre algo.
Había desenfundado una pistola electrónica y se la entregó al muchacho.
—¿Ves esta palanca roja?
—Sí.
—Es el seguro; no tienes más que correrla hacia atrás para que se monte la pistola automáticamen­te. Apuntas bien y aprietas el. gatillo sin miedo; eso es todo.
Para demostrárselo, disparó un par de veces. El arma era del tipo silencioso y Peter demostró desde el principio ser un buen tirador.
Momentos más tarde, tras dar al niño toda clase de recomendaciones, Gardner se alejaba de allí, dirigiéndose hacia la ciudad.
A veces los árboles le ocultaban en parte los al­tísimos rascacielos; pero, generalmente, la silueta de la ciudad era visible desde todas partes, demos­trando su grandiosidad, que daba frío y pavor.
Patrick no quiso proseguir torturándose el cere­bro; prefería ver las cosas por sus propios ojos y explicárselas cuando poseyese suficientes datos so­bre ellas.
Un par de millas antes de llegar a la ciudad de­tuvo el coche y lo escondió en una pequeña bifur­cación del camino; después, aprovechando una do­ble hilera de árboles que bordeaban el camino, avanzó protegido por las sombras y experimentando una emoción creciente.
El camino se detenía aproximadamente a un centenar de metros de la ciudad. Al lanzar desde allí la primera ojeada. Gardner vio que la ciudad estaba rodeada de altísimas murallas, sin que en ellas se viese nada semejante a una ventana: eran lisas completamente, haciendo imposible todo in­tento de escalarlas.
La sombra de los edificios se extendía sobre kiló­metros de terreno y el joven hubo de hacer un es­fuerzo tremendo para mirar a la cúpula del más alto de ellos, acabando con un insoportable dolor de cuello.
«Debe de haber alguna puerta—pensó—; pero si sólo hay una y se halla al otro lado, tardaré va­rios días en encontrarla...»
Se decidió, finalmente, a marchar un poco, eli­giendo el lado este y empezando a bordear con cuidado y precaución la linde de un bosque de ár­boles de densas ramas, tras los que podía observar detenidamente la fantástica ciudad.
Así pudo llegar ante una de las puertas.
Aquella puerta formidable le recordó una pelí­cula que había visto muchos años antes, en la que aparecía algo semejante a lo que veía ahora. Las hojas de la puerta eran desmesuradas y parecían haber sido hechas para permitir el paso a desco­munales gigantes.
Al situarse frente a ella, Gardner se percató de que estaba abierta y de que, en aquel momento, sa­lían unos curiosos y modernos vehículos... ¡QUE IBAN TRIPULADOS Y OCUPADOS EXCLUSIVA­MENTE POR ROBOTS!


CAPÍTULO III
Permaneció allí, con los ojos muy abiertos, contem­plando el fantástico espec­táculo que se ofrecía a él.
Después de la salida de los vehículos, en todo seme­jantes a los últimos mode­los de camiones a propul­sión atómica, que Gardner conocía, surgieron de las entrañas de la ciudad una especie de tanques, de largos y prolongados cañones que se movían suavemente al ritmo de la marcha.
Aquel colosal aparato bélico le causó un estupor tremendo.
¿Hacia dónde iban aquellos soldados-robots? ¿Qué clase de guerra existía aún sobre la Tierra?
Cuando la caravana desapareció en el horizonte, Patrick observó cómo la puerta se cerraba pesada­mente, girando sus poderosos y acerados goznes.
—He de entrar en esa ciudad —se dijo—. Tengo que conocer a los hombres o a los seres que dirigen este formidable asalto a mi planeta. Porque no hay duda alguna que alguien ha hecho a esos hombres-máquinas y que ese alguien los dirige contra los humanos...
Gardner había estudiado en sus jóvenes años de Electrónica un curso entero de Robótica y no había olvidado ciertos conceptos; por ejemplo: un robot debe percibir una presencia extraña, aunque esté oculta, gracias a sus mecanismos de micro-ondas. Aquellos que habían salido de la ciudad, sin em­bargo, no habían sentido su presencia, lo que quería decir que sus creadores, seguros de haber hecho de­saparecer a todos los seres humanos de Inglaterra, ¡habían desposeído a los robots de sus mecanismos de ultrapercepción!
Sonrió al pensar en lo fácil que podía ser el en­trar en la ciudad; pero, de todas maneras, deseaba hacerlo solo. Y para ello debía dejar a Peter en un lugar seguro.
Retrocedió, pensando que el pequeño podía estar impaciente.
Peter le necesitaba como jamás un niño había necesitado la compañía de un ser humano. Lo mismo le ocurría a «Kummy», quien había hallado la feli­cidad al ser descubierto en la granja abandonada.
Anduvo aprisa, preocupado solamente por llegar cuanto antes. Desdichadamente, se extravió dos ve­ces consecutivas, perdiendo lamentablemente el tiem­po y hasta enfadándose consigo mismo.
Finalmente halló el camino y apretó el paso.
Fue al llegar junto a la carretera cuando oyó los ladridos desesperados de «Kummy».
Mecánicamente sacó la pistola y avanzó con mayor prudencia, desesperándole los plañideros la­dridos del perro.
¿Qué podía haber pasado?
Lo descubrió en seguida.
Cuatro robots, indudablemente guiados por los ladridos de «Kummy», que se había asustado al verlos, se dirigían directamente hacia el perro que, percatándose del peligro, retrocedía hacia el lugar donde estaba escondido el niño.
Gardner estuvo a punto de hacer fuego, pero des­conociendo la estructura de los hombres mecánicos, pensó que la destrucción de uno de ellos podía de­sencadenar la aparición masiva de un verdadero ejército de ellos, agravando las cosas.
Le tranquilizó el ver que ninguno de los hombres mecánicos iba armado, y cuando Peter salió valien­temente, empuñando la pistola, se sintió al mismo tiempo orgulloso del niño y temeroso de que algo le ocurriese.
Uno de los robots, que el niño no había visto y que había oblicuado hacia su derecha, permanecien­do fuera de su campo visual, se abalanzó sobre el niño, apoderándose de él antes de que pudiese dis­parar.
La pistola cayó al suelo.
Llevando al niño en sus fuertes brazos, el robot, seguido de los otros, se alejó de allí. Mientras, sus lámparas visuales brillaban intensamente.
«Son teledirigidos» —pensó Gardner.
Las intenciones del que los guiaba a distancia le tranquilizaron, ya que, por el momento, no parecían dispuestos a hacer daño alguno al pequeño.
«Kummy», después de darse cuenta de la inuti­lidad de sus ladridos, los siguió, manteniéndose con prudencia a cierta distancia, ya que los hombres-mecánicos no le inspiraban confianza alguna.
Naturalmente, Gardner los siguió igualmente, más preocupado por el olfato del perrito que por las li­mitadas ondas receptoras de los robots. Se imaginó lo que hubiese sido si los hombres-mecánicos no hubieran estado desprovistos del sistema de percepción que sus creadores les dotaron para la destruc­ción de la población humana de Inglaterra.
También se preguntó, mientras seguía al extraño grupo, por qué no habían intervenido las otras na­ciones civilizadas del mundo, ya que era completa­mente imposible que no supiesen a aquellas alturas lo que había ocurrido al Reino Unido.
No se extrañó mucho de comprobar que los ro­bots se dirigían hacia la misma puerta que él había visto anteriormente; en realidad, debía de ser la única.
Lo difícil de su decisión de entrar le apareció en cuanto se dio cuenta de que «Kummy» podía verle; pero cuando observó que las puertas estaban abier­tas de par en par corrió hacia la muralla, procuran­do no ser visto ni oído por el perro, de manera a poder entrar en el recinto antes de que cerrasen la puerta.
Tuvo suerte.
Justamente otra columna de robots-soldados salía de la ciudad y pudo entrar, pegado a una de las paredes, sin ser visto y dejando que el grupo al que seguía le tomase la suficiente delantera para que «Kummy» no le viese.
Por otra parte, el perrito parecía aterrorizado y se arrastraba con el rabo entre las piernas, acobar­dado del estrépito horrísono de los gigantescos ve­hículos que pasaban a su lado.
Peter seguía inconsciente, pues se desmayó cuan­do el robot lo apretó contra su fuerte pecho.
Debido a la salida de unos nuevos vehículos, armados de larguísimos cañones y que eran mucho más grandes que todos los tanques que Patrick vio en su vida, hubo de esconderse en una especie de hueco del muro de entrada para no ser aplastado por aquellos colosos, que avanzaban rugiendo salva­jemente.
La caravana militar era muchísimo más impor­tante que la que él había visto aquella mañana. Y como casi había caído la noche, unos tremendos focos, procedentes de los rascacielos vecinos, lanza­ban su luz azul, iluminando la marcha con una intensidad lumínica que no tenía nada que envidiar a la del mismo Sol.
El ruido de los carros de combate era tan intenso que cuando pasó el último, alejándose rápidamente, Gardner no dejó de oírlos en un buen rato. Le sil­baban los oídos y tuvo que permanecer medio aton­tado mientras las puertas se cerraban silenciosa­mente a su espalda.
Lanzó una mirada hacia la entrada del más pró­ximo de los edificios, que estaba dotada de una ram­pa por la que, sin duda alguna, habían salido los efectivos guerreros.
Todo estaba desierto.
Le. dolió haber perdido de vista los robots que capturaron al muchacho y avanzó, deseando pe­netrar en aquella maldita ciudad con la intención de descubrir la verdad de todo aquello.
En medio de la rampa descubrió los restos de «Kummy».
El pobre perro yacía allí, reducido a una masa informe y sanguinolenta; algo que no tenía ya apa­riencia de nada.
Uno de los colosales tanques debía haberle pa­sado por encima.
Gardner sintió una punzada de dolor en el pecho. Había cogido cariño a aquel simpático animal; pero, sobre todo, le dolía el que Peter hubiese perdido a un amigo de verdad.
Sonrió tristemente.
«¿Qué puede importarles —pensó— a esos pode­rosos y crueles dueños de la ciudad la muerte de un insignificante perrito si han matado a millones de seres humanos?»
Por un momento, mientras penetraba en la ciu­dad, pensó en que mejor hubiera sido no hacer caso a Thomas y salir de la astronave, marchando hacia sus amigos, para morir en Venus, devorado por aquellos repugnantes gusanos.
Porque todo era preferible a haber regresado a un mundo extraño, a una Tierra invadida o sometida al más horrendo poder que el hombre soñó jamás...
La entrada se prolongaba hacia el interior por un túnel profusamente iluminado. Gardner lo si­guió con precaución, pistola en mano, dispuesto a defender cara su vida.
Al final aparecieron ante él cinco escaleras que dirigían a cinco puntos distintos. Todo dependía de la que cogiese, ya que aquel laberinto era, al mismo tiempo, salvación o perdición.
Iba a decidirse por la de la derecha cuando, y en aquel mismo momento, oyó un ruido de pasos.
Veloz como un rayo se ocultó en un repliegue del muro, pegándose a él con la respiración contenida.
Desde su escondrijo vio a un grupo de robots que bajaban por las escaleras. La cosa no tenía mayor importancia, ya que pudo comprobar que los hombres-metálicos, al igual que todos los que ha­bía visto hasta entonces, no estaban dotados de mecanismos sensibles a la persona humana, si ésta estaba oculta.
Podían, eso si, ver a un hombre, como veían to­dos los objetos, con las células foto-sensibles que les servían de «ojos», pero eran incapaces de «presen­tir» una presencia oculta.
Y aquello era lo verdaderamente importante para Gardner.
Pero, además de aquella comprobación, que le daba absoluta libertad de movimientos, el espíritu observador del joven descubrió algo tremendamen­te esencial.
Cuando el primero de los robots descendía por la escalera, había observado que algunos peldaños de ésta se iluminaban en los ángulos, por los que salía una luz de cierta intensidad.
Grandemente interesado, comprobó, al paso de los otros, que la luz surgía en los escalones «número cuatro», es decir, que uno de cada cuatro escalones era sensible al paso de lo que fuere.
No pudo evitar: al mismo tiempo una sonrisa de triunfo y un escalofrío de pánico.
Merced a aquel curioso procedimiento, «alguien» conocía en todo momento la circulación de robots por la ciudad, debido a que los escalones iban mar­cando el camino seguido por todos los hombres-me­cánicos.
Pero, al pensar en toda la cantidad de señales secretas que podían existir allí, se sintió como un pequeño ratón que hubiese cometido la loca imprudencia de meterse en una habitación donde se re­unían dos mil gatos.
«De todas formas—se dijo, consciente del triun­fo al que le había llevado su observación—, podré subir o bajar las escaleras sin que nadie se percate de ello. Esto es ya una pequeña victoria.»
Cuando los robots desaparecieron por una de las galerías adyacentes, el joven empezó a subir, po­niendo especial cuidado en no pisar en aquellos es­calones que eran sensibles al peso. Así, avanzando poco a poco, llegó hasta lo que era un enorme pasillo, iluminado tan intensamente como el resto de lo que hasta entonces había visitado.
Un fuerte rumor de máquinas llegó hasta él.
No tardó mucho en asomarse, cuidadosamente, por una de las puertas laterales. Desde allí una larga escalera conducía hasta una sala de dimensiones colosales, donde -¡era imposible contar!- debía de haber aproximadamente cerca de dos mil robots.
Todos trabajaban ante máquinas desconocidas para Gardner.
Un poco más allá, otra puerta, con una escalera idéntica, le mostró una nueva sala, en la que otros tantos robots, quizá más, construían los colosales autos-blindados que había visto salir hacía un rato.
Sin poderlo evitar recordó la imagen del pobre «Kummy».
Aquello le llevó a la memoria la misión que te­nía: encontrar, antes de que le hiciesen el menor daño, al pequeño Peter.
Siguió por el interminable pasillo.
El rumor de las máquinas le llegaba por doquier y se imaginó fácilmente la tremenda cantidad de robots que. debían de estar trabajando en la parte baja de aquella fantástica ciudad.
Ahora podía comprender cómo habían podido destrozar un país como Inglaterra, reduciéndolo a la nada, dejando a Londres vacío de habitantes, como una ciudad más muerta que las criaturas que habían vivido en ella.
Continuó avanzando.
Un nuevo rumor de pasos le aterrorizó. Mirando a izquierda y derecha en busca de un escondrijo donde ocultarse, se decidió finalmente por una de las entradas que había visitado, y con sumo cuidado de no poner los pies en el fatal escalón, se escondió allí un segundo antes que un robot apareciera en el recodo del pasillo.
Patrick se dio cuenta en seguida de la luz ver­dosa que brillaba en lo que podía haber sido la «nuca» del hombre-metálico; luego, al ver apare­cer lo que le seguía, comprendió la existencia de aquel «tercer ojo» y, al mismo tiempo, se le eriza­ron los cabellos.
Una joven de extraordinaria belleza seguía man­samente al robot.
Gardner se quedó como el que ve visiones.
Aquélla, después de Peter, era la primera criatura humana que veía desde su regreso a la Tierra. Afortunadamente, no se dejó arrastrar por el pla­cer de una simple contemplación estética.
Todos sus sentidos estaban bien despiertos y no tardó en percatarse de que aquella pobre muchacha caminaba tan obedientemente porque estaba en es­tado hipnótico.
Sus bellos ojos marrones no se separaban de la luz verde que el robot llevaba en la nuca y que par­padeaba constantemente, con una insistencia que llegó a hacer mal al propio Gardner.
¡Un robot hipnotizador!
¿Qué horribles cosas estaban pasando en el inte­rior de aquella ciudad?
Indudablemente, el haberse reservado criaturas humanas, cosa que demostraba palpablemente la presencia de aquella muchacha en la ciudad y que corroboraba el que no hubiesen matado inmediata­mente a Peter, como habían hecho con la. casi totalidad de los habitantes de Londres, planteaba una serie de preguntas cuyas respuestas no podían ser imaginadas sin horror.
Por eso, seguro de que la vida de aquella mucha­cha corría un verdadero e inmediato peligro, Patrick se decidió a actuar inmediatamente, pasase lo que pasase.
Obró con la celeridad del rayo.
Mucho antes de que las células foto-sensibles del robot descubriesen su presencia, Patrick había lle­gado hasta él, empuñando firmemente la pistola por el cañón.
Sendos golpes, rápidos y eficientes, rompieron los mecanismos que servían de «ojos» al robot. Un ter­cer golpe tan preciso como los anteriores le destro­zó el «ojo posterior», cuya luz verde desapareció como por ensalmo.
El robot se quedó erguido, estúpidamente parado; pero a Gardner, ducho en Robótica, no podía enga­ñarle aquella aparente inmovilidad, ya que estaba seguro de que el aparato transmisor del hombre-mecánico -especialmente concebido para dar la alarma, ante una situación tan anormal como aque­lla-, estaba funcionando ya.
Hundió la culata en la cabeza de la máquina, destrozando la totalidad de las conexiones del emisor.
Luego, al volverse hacia ¡a muchacha, llegó jus­tamente a tiempo, ya que ella, salida bruscamente del estado letárgico de la hipnosis, se desplomaba sin conocimiento.
La cogió en los brazos, luego de empuñar la pis­tola normalmente, y echó a correr hacia la parte del pasillo por donde el robot había llegado. Estaba seguro de que la alarma había sonado y le corría una prisa horrible encontrar un sitio donde ocul­tarse a la búsqueda de los robots que saldrían en ayuda de su compañero.
Se detuvo ante varias puertas idénticas a las que había visto más atrás. Pero todas ellas daban, des­pués de las inevitables escaleras, a secciones de fabricación, donde pululaban los hombres-metá­licos.
Finalmente, cuando estaba ya desesperado, acer­tó a mirar por una de ellas, en cuyo fondo descu­brió lo que parecía ser un inmenso almacén. Nin­gún hombre-máquina había allí visible.
No lo dudó ni un solo instante.
Recordando perfectamente lo de los «escalones sensibles», puso especial cuidado en no apoyarse sobre ellos, descendiendo, no obstante, a la mayor velocidad posible.
Encontrar un escondrijo allí adentro fue rela­tivamente sencillo.
De todas maneras, penetró en el almacén y fue hasta uno de los más apartados rincones, donde dejó a la joven con un suspiro de satisfacción.
Le dolían tremendamente los músculos de los brazos.
Esperó, con el oído atento, pero nada llegó hasta él.
Poco después la muchacha abría los ojos, mirán­dole con una expresión de indecible horror en el rostro. Patrick estaba dispuesto a taparle la boca si ella intentaba gritar; pero la joven permaneció callada un largo rato, después rompió el silencio para preguntar:
—¿Quién es usted? ¿Qué ha pasado?
Gardner esbozó una tranquilizadora sonrisa; después, poco a poco, amablemente, le contó su historia.

CAPÍTULO IV
Cuando Patrick terminó de hablar, la expresión del ros­tro de la muchacha había cambiado por completo. Una serenidad sincera irradiaba de sus delicadas y be­llas facciones.
—¡Qué horrible debió de ser ese viaje!
—Lo fue, sobre todo en su etapa final. ¡Y yo que estaba deseando llegar a la Tierra para disfrutar de su paz y tranquilidad!
Ella asintió con la cabeza.
—Tampoco nosotros nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo. Varias familias salimos de Lon­dres un sábado por la mañana, para pasar el fin de semana en el campo. Mientras nosotros nos diver­tíamos, la ciudad debió de atravesar su horrible tortura. Luego, el domingo, al atardecer, llegaron los robots. Uno de ellos hablaba correctamente el inglés y nos ordenó que les obedeciésemos, si que­ríamos conservar la vida.
Su rostro volvió a oscurecerse, presa de un inde­cible horror.
—Tommie, uno de nuestros amigos, se echó su escopeta de caza al rostro... No llegó a disparar: uno de aquellos hombres-máquinas le apuntó con una especie de lanzallamas y el pobre muchacho desapareció en medio de una densa columna de humo... ¡Fue espantoso!
Patrick dejó que se serenase. Después preguntó:
—¿Qué hicieron con ustedes?
—Nos condujeron hasta la carretera, donde ha­bía una gran cantidad de camiones metálicos, de una estructura que nosotros no habíamos visto nun­ca. Muchos de ellos estaban ya abarrotados de gen­te. El silencio era verdaderamente impresionante...
Entornó los ojos, como si estuviese reviviendo el tremendo horror de aquella alucinante escena.
—Nos obligaron a montar en los camiones y nos trajeron aquí. Cuando nos acercábamos a la ciudad, nos quedamos asombrados y un hombre que iba en nuestro coche afirmó rotundamente que había pasado por allí dos días antes, sin ver más que un peda­zo de hermosa campiña inglesa.
»Nadie se atrevió a decir cómo podía haberse ele­vado aquella fantástica ciudad en sólo unos días... unas horas. Estábamos tan profundamente impre­sionados, que ninguno emitió opinión alguna.
»Penetramos en la ciudad y, tras haber desem­barcado de los camiones, fuimos conducidos a los sótanos donde, en una especie de salones inmensos, había viviendas empotradas en los muros.
»Debían de haber construido una enormidad de ellas, porque fuimos destinados en una cantidad aproximada de diez por casa. Son cómodas, están dotadas de cuanto puede ser necesario para la vida y hasta poseen biblioteca, radio y cuarto de baño...
—¿Es posible?
—Sí. Nosotros, después que el miedo inicial hubo pasado, creímos que éramos prisioneros de alguna potencia extraña, que había invadido las Islas Bri­tánicas. Ignorábamos, claro es, lo que había ocu­rrido en Londres. Más tarde, cuando llegaron nue­vos prisioneros, corrieron las noticias como reguero de pólvora y pudimos conocer los escalofriantes de­talles de lo ocurrido en las ciudades.
»En todas ellas había reinado la matanza gene­ral, con aquella especie de lanzallamas de los que le hablé antes. Y las ciudades, abandonadas y muertas, habían sido la última imagen que los pocos prisio­neros llegados trajeron con ellos...
Guardaron silencio unos instantes.
—No me lo explico —dijo finalmente él—. Me he estado rompiendo la cabeza, intentando encontrar una respuesta adecuada a cada pregunta que este estado de cosas plantea; pero he de darme por vencido.
—También nos hemos esforzado nosotros en en­tenderlo—dijo ella—. Mi pobre papá, hasta que se lo llevaron, estaba plenamente convencido de que se trataba de seres procedentes de otro planeta o de otro Sistema, fuera del nuestro o incluso alejado de nuestra galaxia.
—¿Ha dicho usted que los robots se llevaron a su padre?
—Sí.
Tardó en volver a hablar; las lágrimas inunda­ron dulcemente sus ojos y Patrick respetó su dolor hasta que ella se rehizo y prosiguió:
—Empezaron unas semanas después de que hu­bimos llegado a esta ciudad. Fueron llevándose a hombres o mujeres, a un ritmo de una docena por día. Llegaba un grupo de robots armados, dirigido por uno de ellos, que era el que siempre hablaba. Y decía que los elegidos aquel día iban a ser tras­ladados a otros compartimentos especiales. Afirma­ba que, a medida que fueran acondicionados los nue­vos apartamentos, iríamos todos a ellos. Pero no podían engañarnos, porque estábamos seguros de que jamás volveríamos a ver a los que se llevaban.
—¿Ocurrió así?
—Sí. Nunca más volvimos a verlos. Un espíritu de rebelión se fue forjando entre los prisioneros. De­cidimos impedir, fuese como fuese, que se llevasen a más personas.
—No lo lograron, ¿verdad?
—Cuando los robots vinieron a por más gente, formamos una densa barrera, impidiéndoles el paso. Permanecieron inmóviles, creo que esperando órde­nes y, finalmente, se fueron.
—¡Qué estupendo!
—No lo crea. Pocos días después, dos de ellos montaron en los techos de los salones-plaza, así los llamamos porque en ellos desembocan las casas em­potradas en los muros, unos objetos cuya utilidad no vimos, al menos por el momento.
»Pero al día siguiente, cuando habíamos forma­do la barrera -otros hombres-mecánicos habían venido a por más prisioneros-, los objetos situados en los altos techos empezaron a emitir una especie de ruidos tan espantosos, que la mayoría de nos­otros perdimos el conocimiento.
—¡Ultrasonidos!
—¿Era eso?
—Sí; en realidad, ustedes NO OÍAN NADA, pero los ultrasonidos herían sus órganos auditivos y su organismo completo...
—Fuese lo que fuese, se salieron con la suya. Y a la vez siguiente, en cuanto les vimos acercarse, nos retiramos, ya que todavía sufríamos de terribles dolores causados por esos «ultrasonidos».
—¡Qué canallas!
Ella, a pesar de todo, sonrió.
—¿Canallas? ¿Los robots?
Se dio cuenta Patrick de lo impropio de su ex­presión, desprovista de toda lógica.
—Perdone... Ya no sé lo que me digo. Otra cosa, creo que aún no me ha dicho su nombre...
—Me llamo Elma, Elma Fredson.
Él dejó pasar unos instantes.
—No creo —dijo— que podamos permanecer aquí mucho tiempo. Tendremos que aventurarnos a salir.
—¿Dónde iremos?
—Todavía no lo sé. Pienso que lo más lógico se­ría intentar regresar al campamento de los prisio­neros. Podrían ocultarla allá...
—¿Y usted?
—Yo debo buscar a Peter.
—Debe de estar con ellos.
—Mejor que mejor. Así podré dedicarme a resol­ver esto.
Ella le miró intensamente asustada.
—¿Qué locura intenta hacer, señor Gardner?
—¿Locura? ¿Cree acaso que puedo permanecer tranquilo mientras ocurren cosas como las que están pasando aquí? La seguridad que poseo de que debe de haber alguien que dirige todo esto, me empuja a buscarlo. ¿Quién habita los pisos superiores de es­tos colosales rascacielos?
—Nunca podrá saberlo. Uno de los nuestros, que logró vencer el efecto hipnótico del «ojo posterior» del robot que lo conducía y que volvió con nosotros —desgraciadamente por poco tiempo, ya que fue sacado de allí tres horas después— nos habló de unos ascensores que subían hacia lo alto de los edificios; unos ascensores donde el espacio estaba tan bien calculado QUE NO CABÍAN MAS QUE EL PRISIONERO Y EL ROBOT QUE LO CONDUCÍA HACIA ARRIBA.
Patrick guardó silencio, mientras hacía trabajar activamente su cerebro.
—Me acaba usted de dar una idea, señorita. Voy a echar una ojeada. Si la vigilancia ha cedido, po­dremos caminar hacia sus amigos. Lo que más me interesa es ponerla a salvo y saber si Peter está fuera de peligro.

* * *

Se le llenó el corazón de alegría al abrazar al pequeño Peter que, como había predicho la mu­chacha, había sido llevado al campo de prisioneros.
En realidad, aquella expresión de «campo» esta­ba desprovista de lógica, ya que lo que verdadera­mente era aquello, más que otra cosa, era una ciu­dad con cerca de veinte mil habitantes encerrados en unos inmensos patios, con techo y en cuyos mu­ros, a estilo de las habitaciones prehistóricas, esta­ban empotradas las de aquellos desdichados.
Elma no habla exagerado lo más mínimo, como pudo comprobar Patrick, al visitar una de aquellas viviendas. El interior había sido concebido con un estilo limpio y funcional, sin que faltasen los deta­lles de una cierta comodidad, en modo alguno restringida.
Los sistemas de iluminación y aireación estaban sabiamente concebidos y se disfrutaba en el interior de las casas un ambiente ciertamente agra­dable.
Gardner no dejó de extrañarse de la sensación de paz que le invadía cuando, junto a Elma y Peter, tomó asiento en el coquetón saloncito de la casa de la muchacha, que ésta se disponía a abandonar, buscando cobijo, junto al niño, en un sitio donde los robots no pudiesen hallarlos.
Aquella serenidad tenía algo de IMPUESTA, de FORZOSA, y Patrick llegó a la conclusión de que era una de las oscuras y misteriosas maniobras de los dueños de la ciudad.
Sin embargo, no llegó a explicarse el motivo de aquello. Y cuando los hombres más importantes le visitaron -se había corrido la voz de su llegada y de sus propósitos-, tuvo que abandonar sus medi­taciones.
—¿Qué piensa usted hacer? —dijo uno de ellos, el más representativo de todos.
—Mi idea —explicó el joven—, la única en rea­lidad que nos permita descifrar el misterio que nos rodea, es llegar hasta los pisos altos de la ciudad. Allí, sin duda alguna, encontraré la respuesta a to­das las preguntas que nos hayamos podido hacer.
—No llegará usted jamás. Creemos —dijo su in­terlocutor— que los que son conducidos hacia arriba lo hacen en estado hipnótico, no pudiendo perca­tarse, por lo tanto, de nada de lo que les rodea.
—He pensado en ello. Afortunadamente, cuando salimos en el «Audaz», rumbo al espacio exterior, íbamos bien dotados de armas contra los peligros que podían asaltarnos en los planetas que íbamos a visitar. Entre las cosas que llevábamos había un producto recientemente descubierto, la «Anti-hipnotina», capaz de contrarrestar cualquier influjo hip­nótico o telepático...
»Todavía llevo encima la dosis que me corres­pondía.
Sacó de uno de sus bolsillos un tubo plateado, que pasó de mano en mano, para volver finalmente a las suyas.
—Una tableta mantiene el efecto anti-hipnótico durante cerca de sesenta horas.
Miró a los que le escuchaban, experimentando una satisfacción íntima al comprobar que les había interesado.
—Yo llevaré cuatro pastillas, ya que no sé el tiempo que he de permanecer alerta. El resto, hasta veinte que tiene el tubo, se lo entregaré a ustedes, de manera a que, por grupos de cuatro, vayan pro­porcionándoselas a los más aptos de entre los que los robots saquen de aquí. La ayuda de esos volun­tarios, una vez lleguen al lugar donde yo sea con­ducido, podrá serme verdaderamente preciosa.
—¿Y cómo logrará ser el elegido cuando los ro­bots vengan?
—Elma me ha dicho que los «hombres-máquinas» son incapaces de establecer una diferencia funda­mental entre las víctimas que eligen. En el último instante, suplantaré a una de ellas y seguiré al robot-guía como si en realidad estuviese bajo el in­flujo de su «ojo posterior».
Todos asintieron entusiasmados; todos menos Elma.
Cuando los hombres salieron, hecha ya la dis­tribución de las pastillas, la joven se acercó a Gardner.
—Quisiera darle las gracias, señor.
Él la miró, entre divertido y asombrado.
—¿Darme las gracias de qué?
—Me salvó.
—¡Olvídelo, Elma! No es que no tenga importancia, pero cualquier otro hombre hubiese hecho lo mismo.
—De todas formas —ella bajó la mirada y Gard­ner pudo observar cómo se empurpuraban las mejillas de la joven—, deseo que tenga cuidado. Lo que va a hacer es tremendamente peligroso.
—Procuraré cuidarme.
—Eso espero, Patrick.
Era la primera vez que le llamaba por su nom­bre, pero él, absorto en sus propios pensamientos, no se percató de ello.
Aquel día se ocupó personalmente de trasladar a la muchacha y al niño a un lugar seguro. Peter le preguntó por «Kummy», y él le mintió, para que el niño no sufriese, diciéndole que lo había dejado fuera de la ciudad, junto al depósito de víveres.
Después de dejar a la muchacha en el aloja­miento seguro que habían buscado, Gardner se re­unió con el grupo de hombres que iban a hacer cuanto pudieran para seguirle en la aventura.
Todos estaban bien dispuestos y afirmaron que le imitarían, haciéndose conducir por los robots has­ta el lugar donde él estuviese y donde podrían lan­zarse a la lucha.
—Si logramos dominar a los que rigen esta monstruosa ciudad —dijo el joven—, haremos que los robots dejen de trabajar y de hacer mal. Entonces veremos lo que ha podido ocurrir en el resto del mundo.
—¿Cómo es posible que no nos hayan ayudado? Los teléfonos dejaron de funcionar y es casi seguro que, mientras esos monstruos metálicos atacaban Londres, hubiese gente que saliese, en avión, con dirección a otra parte, gente que ha podido dar la alarma.
—Si todos los campos de aviación estaban como el espaciódromo donde aterricé yo —dijo Gardner.
—No vale la pena romperse más la cabeza —con­cluyó uno de los presentes—. Debemos actuar y, si logramos salir con vida del empeño, podremos en­terarnos de todo lo que ha ocurrido.
Por la noche la iluminación cedía, dejándolo todo en una agradable semioscuridad. También, dos ve­ces al día, llevaban los robots las provisiones necesarias para el día.
Gardner no pudo dormir.
La proximidad de una jornada de emociones in­descriptibles hacía que su espíritu se mantuviese tenso, como un resorte de acero. Sopesaba cuida­dosamente los pros y los contras, llegando siempre a la misma lógica conclusión: las probabilidades de salir con vida de aquella loca expedición hacia lo desconocido estaban en razón de una a mil...

* * *

Cien pisos más arriba, hacia la mitad del colo­sal rascacielos central que dominaba con su impo­nente altura el conjunto de gigantes de aluminio que formaban ULTRAMETRÓPOLIS, la ciudad sobre las ciudades, en aquellos momentos se detenía un ascensor múltiple, de donde salieron cinco robots.
Todos ellos de un tipo superior al normal. Y, además de los dispositivos perceptores que poseían todos, tenían un mecanismo de razonamiento ele­mental, pero llevado hasta su máximo desarrollo.
Al salir del ascensor caminaron formados hasta una sala vecina, en la que se detuvieron, ocupando el centro geométrico de la estancia. Las paredes ofrecían a ambos lados dos tubos metálicos que salían rodeados de otros más pequeños, lo que ha­cía pensar en dos órganos incrustados en los muros.
Ante los hombres-metálicos, el circulo negruzco de un gran altavoz tronaba sobre la pared opuesta a la puerta de entrada.
Hubo un corto silencio; después, una de las vál­vulas de la parte superior de la cabeza del primero de los robots empezó a parpadear. Momentos más tarde la voz imponente sonaba en el megáfono.
—¿Habéis hallado algo?
—No, señor —dijo uno de los robots, el que ocu­paba la vanguardia de la formación.
—¿Quién ha destruido, entonces, banda de estú­pidos, al LSY-12378543?
—No lo sabemos, poderoso señor.
Hubo un corto silencio.
—¡Yo sabré lo ocurrido; pero vosotros pagaréis vuestra inutilidad!
Ellos retrocedieron rápidamente, intentando lle­gar hasta la puerta, COMO SI SE HUBIESE TRA­TADO DE SERES VIVOS; pero la puerta se cerró antes de que ninguno de ellos lograse alcanzarla.
Se agruparon intentando alejarse lo más posi­ble de los tubos que surgían de las paredes y que, desde hacía unos instantes, giraban como cañones detrás de una torreta.
—¡Ahora no me importa destruiros, banda de imbéciles! ¡Tengo cuanto «neuro-soma» deseo! ¡Ya pasaron los tiempos de penuria!
Unas lenguas verdosas salieron de los tubos, dirigiéndose directamente hacia el rincón donde se agolpaban los robots.
Las largas lenguas de fuego lamieron las metálicas estructuras de los hombres-máquinas, consu­miéndolas como si hubiesen sido de cartón.
Cuando ya no quedaban mas que informes res­tos de los robots, el megáfono vibró nuevamente, dejando oír una estruendosa carcajada que resonó lúgubremente en la estancia vacía.


CAPÍTULO V
Patrick fumaba un cigarri­llo, en el nuevo domicilio de Elma Fredson. Peter había salido con unos amigos de su edad y los dos jóve­nes desayunaban en si­lencio.
Todos los prisioneros que formaban lo que Gardner llamaba el «grupo de ataque», estaban seguros de que los robots irían aquella mañana en busca de sus habituales presas. También quisieron formar parte del primer equipo, de manera de ayudar directamente al astronauta; pero Patrick se había negado en redondo, ya que deseaba poder actuar solo, sin que la presencia de alguien embarazase sus movimientos y decisiones.
Elma le miraba de soslayo de vez en cuando, sin decir nada.
Fue él quien la interpeló, sobresaltándola, ya que la muchacha no esperaba ser interrumpida tan bruscamente en sus meditaciones.
—¿Qué hacía su padre, Elma?
—¿Qué quiere usted decir? ¿En qué se ocupaba?
—Sí.
—Era profesor de Biología y Fisiología del Siste­ma nervioso, en Cambridge. ¿Tiene alguna intención directa su pregunta?
—No, mera curiosidad.
Y al cabo de un instante dijo:
—En realidad estaba pensando en algo que pu­diese convencerme de que los que son sacados de aquí no...
Ella le entendió y bajó tristemente la cabeza.
—Es inútil que quiera darme una esperanza; las he perdido todas.
—No debe hacerlo. Si los quisieran matar, no hubiera hecho falta que se molestasen en traerlos hasta aquí.
—Esa es una cuestión que nunca he ahondado, porque me daba terror hacerlo.
—¿Recuerda el ritmo de las desapariciones?
—Sí. Al principio, según oímos decir, porque no fuimos los primeros en llegar, se llevaban a muchas muchachas y a muchos hombres; luego, poco a poco fueron disminuyendo en la cantidad que solicitaban.
—¡No me lo explico!
Alguien subió corriendo por la escalera de la casa, precipitándose a la habitación.
—¡Señor Gardner! ¡Señor Gardner! ¡Ya vienen los robots!
—Voy.
Desapareció el otro y, cuando Patrick se acercó a la muchacha tendiéndole la mano, ella se arrojó inesperadamente a sus brazos.
El hombre la estrechó con fuerza, contra sí.
—¡No vayas, Patrick!
Él le acarició los cabellos y sonriéndole dijo:
—He de ir, querida. Ahora más que nunca. ¿Có­mo quieres que te sepa condenada, más o menos tarde, a algo que me hace estremecer de sólo pen­sarlo?
Ella tardó unos instantes en decir:
—Me enamoré de ti en seguida, Patrick. En otras circunstancias hubiese esperado, como lo hacen to­das las chicas, a que tú me hubieras dicho algo; pero ahora, cuando te he visto levantarte, dispuesto a irte, creí que no podría resistirlo.
—Has de ser valiente, querida.
—Eso es lo que se suele decir. Sin embargo, amor mío, preferiría que te quedases. ¿No te das cuenta de que me quedo completamente sola? Primero papá y ahora tú... ¡Hubiese querido que me dejaras seguir mi camino cuando el robot me conducía a la...!
Él la besó en los labios, impidiendo que conclu­yese la frase.
—Me voy, Elma. Cuida de Peter y evita que haga travesuras. Volveré; puedes estar segura.
Se arrancó de sus brazos y salió sin volver la cabeza, incapaz de mirar la indecible expresión de dolor que se pintaba en el rostro de la muchacha.
Como cada vez que los robots llegaban, la tota­lidad de los prisioneros estaba concentrada en un monumental «patio» situado en la desembocadura de los parciales.
Gardner se abrió paso hasta colocarse en primera fila. Todos le miraban con curiosidad y admira­ción.
El robot jefe, que era el que siempre se dirigía a los prisioneros, se adelantó un poco.
—Quince hombres y tres mujeres.
Desde que habían colocado los dispositivos de «ultrasonidos», los voluntarios se presentaban en seguida. Hubo muy pocas escenas de despedida y casi inmediatamente, los prisioneros se colocaron en una hilera. Mientras se ordenaban, Gardner se tragó uno de los comprimidos.
Una vez en fila, un robot se colocó de espaldas ante cada una de las criaturas que habían salido del gentío. Inmediatamente las lámparas verdes em­pezaron a temblar intensamente.
El efecto hipnótico no tardó mucho en producirse; la potencia sugestionadora de la lámpara era verdaderamente notable.
Se pusieron en marcha, en hilera, siguiendo cada prisionero a su correspondiente robot.
Mientras avanzaba, con los ojos entornados y la mirada fija en los pies del hombre-metálico que le precedía, Gardner, contento del rápido efecto de la «Anti-hipnotina», pensaba en la casualidad que ha­bía sido el que Elma fuese la única conducida en aquel día en que la encontró en aquel mismo pa­sillo.
¿Casualidad?
Rechazó de plano tal hipótesis. Aquello debía de tener una explicación lógica; pero, por muchos es­fuerzos que hizo para intentar explicárselo, no logró absolutamente nada.
Un nuevo pasillo apareció ante él, cuando los robots, después de subir una escalera, ascendieron a una planta que el joven desconocía. Sonrió al com­probar que todos los escalones «cuatro» transmi­tían una señal cuando se pisaba en ellos.
«Ahora puedo pisarlos sin miedo», se dijo.
Al llegar ante los ascensores, comprobó la vera­cidad de lo que. le habían contado en el campo de prisioneros. Los ascensores eran bipersonales y no cabía en cada uno de ellos más que un robot con su correspondiente acompañante humano.
Subió en el suyo.
Por la velocidad y el tiempo transcurrido hasta que el ascensor se detuvo, Patrick se percató de la tremenda distancia que había cubierto. Por eso, cuando el aparato abrió automáticamente sus puer­tas, no se extrañó de leer, en el muro, un letrero que anunciaba que aquél era el piso 403.
Sólo así podía concebir la grandiosidad de aquella fantástica ciudad, donde, sin necesidad de exagerar cálculos, debían de trabajar treinta millones de hombres-máquinas.
Volvió a pensar en el genio que había creado todo aquello. Y se estremeció al pensar en la cali­dad de enemigo al que iba a enfrentarse.
«Soy un loco sin arreglo posible» —se dijo.
Los otros robots habían desembocado en aquella especie de pasillo. Y al estar nuevamente reunido el grupo, se constituyó el inevitable desfile hasta que el primer robot se detuvo, al desembocar en una sala de enormes dimensiones.
Al fondo, un enorme letrero decía:

¡ALTO LOS ROBOTS!
CARGAS DESINTEGRADORAS ESPECIALES
DESTRUIRÁN A TODO HOMBRE-MÁQUINA
QUE ATRAVIESE ESTA PUERTA

Se detuvieron los hombres mecánicos antes de llegar a la entrada. Entonces, después de un corto espacio, una esfera que emitía la famosa luz verde, apareció repentinamente flotando en el espacio.
Los hombres la siguieron mansamente atrave­sando la barrera por la que no podían pasar los ro­bots.
Gardner los imitó.
Un corto pasillo y después, una sala, cuyas pare­des transparentes permitieron al joven echar una curiosa ojeada al otro lado, donde medio centenar de hombres y un centenar de muchachas trabaja­ban ante unos complicados cuadros, repletos de aparatos y controles.
Observó que todas las muchachas llevaban pues­tos unos cascos que les hacía parecer telefonistas en una gran central. Ante ellas, una multitud de luces de todos los colores se iban encendiendo o apagando con una curiosa intermitencia.
Los hombres, todos ellos vestidos de blanco, ma­niobraban ante paredes transparentes, muy pare­cidas a los cuadros de radar, donde iban marcando líneas y cruces, a medida que las «telefonistas» les transmitían los datos necesarios.
Finalmente, al fondo de la sala, un monumental mapamundi marcaba con luces rojas todas las grandes ciudades del mundo. Aisladas en puntos dispares, unas cuantas luces verdes temblaban aún...
Patrick se estremeció de pies a cabeza.
Aquello le hacía presentir algo que debía de po­seer una importancia capital. Y la semejanza de aquella sala con un Estado Mayor supermoderno le hizo pensar en que UNA HORRIBLE GUERRA SE HABÍA DESENCADENADO SOBRE LA TIERRA.
Si las luces verdes significaban la posición de un eventual enemigo, el mundo parecía irremisiblemen­te perdido.
Un ascensor colectivo, en el que entró la miste­riosa esfera flotante, les hizo subir una veintena de pisos más.
Al desembocar en un pasillo, semejante a muchos por los que habían pasado, las paredes trans­parentes permitieron, de nuevo, que Gardner asis­tiese a una escena increíble.
Una terraza de cerca de un kilómetro de lado se extendía allí. Y sobre ella, emergiendo por todas partes, tubos como cañones, que apuntaban al cielo.
Justamente, en el momento en que una puerta se abría al fondo ante ellos, un sonido prolongado e hiriente atravesó la transparente pared y Gard­ner pudo ver la salida de una docena de proyectiles teledirigidos, de un modelo completamente desconocido para él y que partían raudamente hacia el espacio, donde desaparecieron en un santiamén.
La puerta se cerró tras ellos.
Aquella sala tenía todo el aspecto de un labora­torio.
Dos hombres, uno de cierta edad y otro muy jo­ven, de cabellos llameantes, se acercaron a ellos.
A Gardner le pareció que aquellos dos hombres estaban bajo el influjo hipnótico que dominaba a sus compañeros. Al fijarse en la expresión de ausen­cia que reflejaban sus rostros, recordó que en el «Puesto de Mando» había observado lo mismo.
El hombre viejo los examinó de hito en hito, manteniéndose a cierta distancia. Patrick se fijó en que la atención de aquel hombre se concentraba, sobre todo, en las mujeres.
Giró bruscamente sobre sus talones, acercándose a un aparato en el que oprimió un botón.
Una voz áspera se dejó oír:
—¿Qué ocurre?
La voz del viejo se hizo insistente.
—¡Me prometió que me enviaría a mi hija! ¡No está entre los que han llegado ahora!
—Pronto llegará; no se preocupe, profesor Fredson.
Al oír aquel nombre, el joven se estremeció.
Desde que penetró en aquella estancia, que los rasgos del viejo no le eran totalmente desconocidos; ahora, al oírlo nombrar, se percató de que se trata­ba del padre de Elma.
¡Qué alegría hubiese tenido la muchacha de ha­ber sabido que su padre seguía vivo!
El profesor seguía insistiendo:
—Usted me lo prometió, señor.
Y la voz áspera repuso con un tono de impa­ciencia:
—¡Basta! Le he dicho que se reunirá con su hija y cumpliré mi palabra.
Un chasquido demostró que el otro había corta­do la comunicación,
El profesor se pasó la mano por la frente, perma­neciendo unos instantes como ensimismado; luego, reaccionando, se acercó al joven, que no se había movido de junto a los prisioneros.
—Tendremos que ponernos a trabajar, Knigth.
—Sí, señor. ¿Son todos para lo mismo?
—Si. Excepto las muchachas. Por ahora, puedes encerrarlas junto a ellos; después ordenaremos que sean trasladadas a las salas de aprendizaje.
El joven pelirrojo se acercó a los prisioneros.
—Los que sean zurdos que se pongan a la iz­quierda; los que se valgan de la derecha, a la de­recha y los ambidextros, en el centro.
Una vez que los prisioneros se hubieron colocado ordenadamente, el pelirrojo se volvió hacia el pro­fesor:
—Ya está, señor. Tenemos dos ambidextros. En efecto: dos hombres se hablan colocado en el centro.
—Perfecto —dijo Fredson—. Ya puede llevárselos todos.
Salieron en fila tras el ayudante del profesor.
Gardner se dio cuenta de que había llegado el momento de actuar. Había observado detenidamen­te el laboratorio y visto que había multitud de lu­gares donde un hombre listo podía esconderse fá­cilmente.
Así, habiéndose quedado el último de la fila, mer­ced a una hábil maniobra, logró esconderse detrás de un aparato de grandes dimensiones, viendo cómo los demás desaparecían por un pasillo adyacente.
Momento más tarde, el pelirrojo volvía.
—¿Comienzo a preparar el quirófano, señor?
—Me parece que será lo mejor. ¿Qué nos han pe­dido hoy, Knigth?
—Cinco hemisferios cerebrales; pero, como tene­mos dos ambidextros a los que podemos extirpar la totalidad de la masa encefálica, no tendremos que hacer, en realidad, más que una intervención qui­rúrgica y dos autopsias.
—Haremos éstas después. Podemos preparar la cámara de hibernación antes, ¿no le parece?
Patrick, desde su escondite, había oído y observado detenidamente a aquellos dos hombres. Ya no le cabía la menor duda de que ambos estaban bajo un fuerte influjo hipnótico; pero, de todas formas, era una hipnosis especial, ya que, aparentemente, se comportaban como dos seres normales.
Lo que había oído empezaba a explicar muchas cosas; pero lo que más urgentemente se imponía era impedir que aquellos dos médicos siguieran desposeyendo de su cerebro a los desdichados prisioneros. No eran, en modo alguno, responsables de nada, pero tenían la fuerza de instrumentos obedientes y su­misos.
Gardner se dispuso a actuar. Nada más que el pelirrojo salió de la estancia para dirigirse a otra vecina, Patrick se movió como una sombra, acercándose prudentemente al profe­sor, de manera que cuando llegó a él, éste le daba la espalda.
—No sabe cuánto lo lamento, doctor.
Le había tocado suavemente en el hombro y el otro, después de estremecerse levemente, se volvió con gestos de autómata.
El puno derecho de Gardner salió disparado, chocando violentamente contra el mentón del sabio; después, antes de que Fredson se desplomase, Patrick lo cogió con ambos brazos y lo depositó suavemente en uno de los sillones vecinos.
—Vamos a por el otro —dijo en voz alta.
Se dirigió hacia la habitación vecina, un colosal y ultramoderno antequirófano. Knigth estaba ata­reado junto a una especie de esfera, cuyos manó­metros y palancas había empezado a manejar.
El joven siguió el mismo procedimiento y cuando tuvo al ayudante entre sus brazos, después de ha­berle administrado el mismo enérgico tratamiento, lo cogió, lo llevó junto al profesor y lo dejó sobre un sillón vecino al que ocupaba Fredson.
Nervioso, encendió un cigarrillo.
Su mirada iba de los dos hombres inconscientes a la pantalla por la que el profesor había hablado antes. Si le llamaban, la cosa podría ponerse verda­deramente fea, ya que tendría que ser él quien con­testase.
Pero tuvo suerte.
El profesor se desperezó poco después y abriendo los ojos, miró con extrañeza a Gardner, que le de­volvió la mirada, acompañada de una sonrisa amis­tosa.
—¿Dónde estoy? ¿Qué significa esto?
Armándose de paciencia, Patrick le explicó cuan­to sabía, haciendo que el médico recordase rápida­mente lo demás.
—¿Cómo me sacó usted de la profunda hipno­sis, Gardner?
—Un simple puñetazo, profesor; lo lamento.
El otro sonrió, frotándose enérgicamente el mentón; luego, tras ponerse en pie, estrechó vivamente la mano del joven.
—No sabe usted cuánto le agradezco que salvase a mi hija. En realidad, nunca creí que la trajesen; al menos para complacerme. Es curioso —añadió— que no me olvidase de Elma en estado hipnótico. Francamente, no recuerdo nada de lo que he hecho desde que salí de «abajo».
—No se esfuerce en recordarlo, señor —dijo Gard­ner, pensando en la depresión nerviosa que podía surgir en cuanto se enterase de las intervenciones horribles que había realizado.
Justamente, en aquel momento, el pelirrojo volvía en si. Esta vez fue el profesor quien puso en ante­cedentes a su ayudante; luego, volviéndose hacia el joven preguntó:
—¿Cuál es su plan, Gardner?
Patrick estaba pensativo.
—Todavía no lo sé, señor; pero, indudablemente, lo que más interesa es destruir la mente diabólica que dirige todo esto. Los robots, por el momento, no me preocupan demasiado. Tiempo tendremos de pa­sar por la Sala de Control y enterarnos de muchas cosas más.
—Yo le acompañaré hasta el lugar donde él se halla.
—¿Él? ¿Una sola persona?
—Sí. Yo le reconocí en seguida, a pesar de mi estado. Había visto su imagen en muchísimas emi­siones de televisión.
—¿Es un hombre?
—¿Por qué pregunta eso?
—Francamente, después de mi regreso del espacio, llegué a pensar que la Tierra había sido victima de una invasión interplanetaria.
—No, se trata, sencillamente, de Konrad Fischer, el más eminente sabio en Robótica que ha existido jamás.
—Creo que apenas si oí hablar de él.
—No me extraña. Hace diez años, apenas era co­nocido.
—¿Y ese hombre... ha sido capaz de hacer todo esto?
—Sí. Todavía no sabemos de qué medios se ha servido; pero, indudablemente, ha sido obra suya. Venga, le acompañaré.
—No. Creo que sería mejor que fuese Knigth quien me acompañase, si sabe el camino.
—Lo conoce; pero, ¿por qué no he de ser yo?
—Porque ese hombre puede llamarle, de un mo­mento a otro. Y, al no encontrarle aquí, podría sos­pechar algo, lo que nos sería fatal.
—Tiene usted razón.
—Yo le acompañaré —dijo el pelirrojo.

CAPÍTULO VI
El pasillo estaba ligeramente inclinado, en rampa. Los dos jóvenes lo escalaron rápida­mente, desembocando en una sala, dotada de una baran­dilla, desde la que era visi­ble un amplio patio lleno de hombres y mujeres que es­taban sentados, bajo un sol artificial de rayos ultravioletas.
—¿Quiénes son? —inquirió Gardner.
—Fíjese bien en ellos. Todos están sentados, in­móviles, sin ningún interés por la vida. Son los hom­bres que han sido operados por nosotros.
—¿Cómo? —se extrañó Patrick—. ¿Usted recuer­da eso?
—Sí. Yo llevo mucho tiempo aquí, ya que fui uno de los primeros que salieron de abajo. Algunas veces, logré salir del estado hipnótico, percatándome de mi horrible labor. Entonces trabajaba yo en el quirófano con el profesor Ballinger.
—¿Qué ha sido de él?
—No lo sé. Konrad lo llamó una vez y no lo he vuelto a ver.
—Entonces, ¿el profesor Fredson sustituyó a ese Ballinger?
—Eso es.
—¿Y qué le ocurría a usted cuando escapaba de la hipnosis?
—Me volvía loco y me precipitaba al intercomu­nicador diciéndole a Konrad todo lo que se me pasa­ba por la cabeza; otras veces corría hacia su des­pacho, con la intención de matarle. Pero el pobre Ballinger, bajo el efecto hipnótico, le comunicaba mi estado y él enviaba una de sus malditas esferas verdes que volvía a robarme la voluntad.
Gardner recordó que le quedaban dos pastillas y, sacando una de ellas, se la entregó al otro, ex­plicándole de qué se trataba.
—Recuerdo la «Anti-hipnotina» —dijo Knigth—. Con esto podemos reírnos de sus esferas.
Iban a seguir andando cuando Gardner preguntó:
—¿Qué les pasa a esos desdichados del patio?
—Se les ha extirpado un lóbulo cerebral y han quedado inútiles, sumidos en una especie de vida vegetativa, desprovistos de voluntad, en un estado de abulia espantosa.
—Me ha extrañado mucho la clasificación que hicieron ustedes, cuando llegamos al laboratorio. ¿Por qué la hicieron?
—Porque así sabíamos qué parte del cerebro po­día interesarnos. Generalmente, todos los «engramas», es decir todo lo que sabemos y aprendemos, se graba en el lado opuesto al de la mano más há­bil. La parte más útil de un hombre que maneja su derecha, está en el lado izquierdo del cerebro; en los zurdos pasa lo contrario.
—¿Y en los ambidextros?
—En los seres que manejan con igual habilidad y destreza ambas manos, las dos partes del cerebro están repletas de engramas; por eso nosotros nos limitábamos a hacer una autopsia... matándolos pre­viamente.
—¡Es espantoso!
—¡No me lo recuerde, por favor! Jamás me lo perdonaré.
—No debe tomar esa actitud, Knigth. Ustedes no tienen culpa alguna y no han sido más que ins­trumentos inconscientes de una mente malvada, a la que debemos castigar.
Habían llegado ante una puerta.
Señalando una escalera, el pelirrojo dijo al otro en voz baja:
—Usted podría subir por ahí, dirigiéndose hacia los sistemas de ventilación; éstos salen a una altura de unos dos metros en el despacho de ese monstruo. Desde allí, mientras yo le entretengo, haciéndome el hipnotizado, puede usted obrar a su antojo.
—De acuerdo. No intente nada hasta que no me lance yo; puede existir una trampa y yo la veré me­jor que usted.
Se separaron, después de estrecharse la mano. Gardner rogó al otro que esperase un poco antes de entrar.

* * *

Nerviosamente, el profesor Fredson se paseaba, como un león enjaulado, por la ancha dimensión del laboratorio. La importancia de la misión que aquel valiente joven se había impuesto le hacía estreme­cerse.
Ahora, cuando el efecto de la hipnosis había pasado, su mente trabajaba potentemente, inten­tando explicarse el misterio de aquella monstruosa ciudad y los proyectos de Konrad Fischer, el más ambicioso de los hombres que había conocido.
Una luz amarillenta se encendió en el fonovisor.
Profundamente emocionado, Fredson se acercó a la pantalla, que acababa de encenderse en aquel preciso instante, dibujando las facciones de un hom­bre de cierta edad, pero relativamente joven, de amplia frente y ojos extraordinariamente vivos y brillantes.
—¿Ha empezado a trabajar, profesor? Necesito esos cerebros inmediatamente.
A Fredson le temblaron las piernas.
—Sí, señor —dijo con un hilo de voz.
El otro le miraba inquisitivamente. De repente, una sonrisa se dibujó en sus crueles facciones.
—Le llamaba por otra cosa, Fredson.
—Usted dirá.
—Su hija está conmigo. Voy a casarme con ella.
Fue demasiado.
Fredson palideció, hasta que se, hicieron visibles las finas venas de sus plateadas sienes.
—¡Miente! —rugió.
Fue el otro quien se asombró ahora.
Desapareció unos instantes de la pantalla, vol­viendo en seguida.
—Creí que estaría contento de tenerme como yer­no —dijo.
—¡Voy a ir ahora mismo para matarle con mis propias manos!
—Está bien, está bien. Espere, su hija va a ha­blarle.
La imagen de Elma apareció en la pantalla.
—¡Papá!
A Fredson se le nublaron los ojos.
—¿Cómo estás, pequeña?
—Perfectamente, papá; Konrad es muy amable conmigo y estoy muy contenta...
Siguió hablando mientras Fredson se percataba, con horror, de que la muchacha estaba bajo el influ­jo de una potente hipnosis. En aquel estado, Kon­rad no tendría muchas dificultades para lograr lo que se proponía.
Se estremeció de pies a cabeza.
Escuchaba las palabras de su hija y no se atre­vía a dejar la pantalla, para que ella no sufriese...
Absorto en los más pesimistas pensamientos, no se percató de QUE UNA PEQUEÑA ESFERA, QUE LANZABA VIVOS DESTELLOS VERDES, ACABABA DE PENETRAR EN LA ESTANCIA.
Ni se percató apenas de que acababa de ser co­gido nuevamente en la red.
Repentinamente, la dureza de sus rasgos desapa­reció y una sonrisa desarrugó su entrecejo.
—¿Así es que vas a casarte con Konrad, hijita?
—Sí, papá.
—¡Qué contento estoy!
Elma desapareció de la pantalla, para ceder el lugar a Fischer.
—¿Qué ha ocurrido, Fredson? — inquirió con voz dura.
—Tenga cuidado, señor. Un joven llamado Gardner, que ha logrado escapar de los prisioneros que llegaron esta mañana y mi ayudante Knigth van a matarlo.
—Muy bien, Fredson; muchas gracias...
Se apagó la pantalla.
El profesor permaneció inmóvil, como si estuvie­se sumido en profundas meditaciones.
Entonces se abrió la puerta, cuando la esfera ha­bía desaparecido tan sigilosamente como había lle­gado.
Un grupo de hombres penetró en la habitación. Estaban los que habían llegado como prisioneros aquella misma mañana y otros muchos. Iban arma­dos de barras de hierro que debían de haber des­montado en algunas instalaciones mecánicas de su encierro.
—Menos mal —dijo uno— que no obedecimos a ese cabezota de Gardner. Nos colamos entre los pri­sioneros voluntarios, después de haber tomado las pastillas.
—¡Lo estupendo fue el procedimiento que descu­brimos para sacar a los otros de su estado hipnótico —dijo otro de los hombres—. ¡Un simple directo a la mandíbula... y ya está!
Fredson los miraba con el entrecejo fruncido.
—¿Qué quieren ustedes?
—¿Ha visto a un tipo llamado Gardner? —pre­guntó uno de ellos.
El profesor sonrió despectivamente.
—A estas horas —dijo—, debe de estar a buen recaudo. Como vosotros lo estaréis.
Y antes de que pudiesen impedírselo, se precipitó al fonovisor, gritando desesperadamente:
—¡Los prisioneros se han escapado, señor!
Uno de ellos levantó una barra, con intención de golpearle en la cabeza; pero otro le detuvo.
—¿No te das cuenta de que está hipnotizado? ¡Fíjate y verás!
Un directo hizo que el profesor se desplomase junto a la pantalla del fonovisor.
—¿Ves cómo se arreglan las cosas por las buenas?
Aquella vez, el profesor se recuperó en seguida.
Su mente era un caos en donde no podía ver nada claro. Se quedó mirando a los hombres estúpidamen­te, sin saber qué decir.
El que se había dirigido antes a él, lo hizo de nuevo:
—¿Ha visto a Patrick Gardner?
—¿Gardner? —Y repentinamente—: ¡Sí, está en peligro!
No tuvieron tiempo de asombrarse; una docena de esferas penetraron en el laboratorio. Al verlas, el profesor gritó desesperadamente:
—¡Cuidado! ¡Quiere hipnotizarnos de nuevo!
Pero uno de los ex prisioneros tuvo una idea genial: lanzó la barra que tenía en la mano, alcan­zando a dos de las esferas, que saltaron hechas añicos.
—¡A ellas! —rugió el profesor enardecido.
Nuevos proyectiles surcaron la estancia, demos­trando una puntería ciertamente prodigiosa.
Dos minutos más tarde, ya no quedaba ni una sola de las perniciosas y diabólicas esferas.
De golpe, Fredson lo recordó todo y apoderándose de una barra, que arrancó, con la ayuda de uno de los muchachos, de una mesa funcional, tomó el man­do del grupo.
—¡Os conduciré hasta él! —gritó—. ¡Hemos de correr en ayuda de Gardner!

* * *

Gardner, después de avanzar dificultosamente por el estrecho conducto del tubo de aireación, descansó un poco. Después desembocó en un espacio lo sufi­cientemente ancho para poder recuperar una pos­tura monos molesta que la que había elegido hasta entonces.
Un poco más allá, se situó ya en el reborde de una especie de cornisa que daba a una estancia de unas dimensiones colosales, cuyas paredes estaban repletas de libros.
Era el despacho de Konrad.
El germano estaba junto a una mesa, consultan­do unas notas. Después, se levantó y oprimió uno de los botones que había sobre la mesa. La pantalla se iluminó y Gardner vio en ella un rostro que le era completamente desconocido.
—¿Qué hay de nuevo? —inquirió Konrad.
—Todo va bien, señor. Hemos bombardeado las zonas rebeldes, al sur de Metrópolis-Nueva York. En Asia, el enemigo huye hacia los desiertos cen­trales.
—Esperad a que se concentren. ¿Qué noticias hay de Metrópolis-Moscú?
—Excelentes. Las bandas rebeldes fueron destro­zadas por los proyectiles teledirigidos de la ciudad.
—Perfecto. Ocúpese de que terminen todas las resistencias parciales. Renueve, ahora mismo, las dotaciones de proyectiles teledirigidos a todas las metrópolis. Comunique a los robots-jefes que Ultrametrópolis está orgullosa de su comportamiento. ¡Doble dosis de energía cerebral para ellos!
—Perfectamente, señor.
La imagen se esfumó de la pantalla y Konrad se dirigió al fondo del despacho, abrió una puerta y se hizo inmediatamente a un lado. Un hombre viejo entró en la estancia.
Sus cabellos eran completamente blancos y Gard­ner se estremeció al percatarse de que aquel hom­bre llevaba unas esposas que le ceñían cruelmente las muñecas.
El hombre avanzó despacio, demostrando una de­cadencia orgánica muy acusada; sin embargo, su mirada -una mirada límpida- estaba llena de energía, como si todo lo que quedase de fuerza en su cuerpo se hubiese concentrado en sus ojos.
Dejándose caer en uno de los sillones miró al otro a los ojos; después, con voz recia y segura in­quirió:
—¿Qué quieres?
Fischer parecía turbado ante la serenidad del an­ciano. Pero, dominándose, logró sonreír.
—Te he sacado para decirte que mi obra está casi acabada.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que dentro de muy poco, quizá dentro de unas horas, mis enemigos habrán desaparecido de la faz de la Tierra y seré el dueño absoluto.
—¿De qué serás el dueño? ¿De una población de robots? ¿De un pueblo de muñecos mecánicos? ¡Fuiste siempre un loco, Konrad Fischer! ¡Un po­bre loco!
—Lo dices porque te come la envidia, Ballinger. Fuiste el único hombre al que me confié. Tenia fe en ti y creí que me ayudarías. Me hiciste confiar en la creación de unos robots que alcanzasen casi una perfección humana...
—Enloquecí, en aquel entonces, enviciado en tu atmósfera de demente. Pero, por fortuna, me di cuenta de lo que te proponías. Además, lo de los robots casi-humanos no era más que una alucinación tuya.
—¡No es verdad!
—¿Por qué no?
—Porque ahí están las pruebas. Todas las me­trópolis del mundo, creadas por los robots en pocos días, gracias a nuevos procedimientos de trabajo, es­tán mandadas por robots de clase A, en cuyo inte­rior colocamos sustancia cerebral humana... ¡Y han vencido a los hombres!
—Quimeras. Hace mucho tiempo, cuando traba­jamos los dos, ocultos en mi laboratorio, creí en todo eso. Pero el tiempo ha pasado y me he perca­tado de que, además de ser la más horrenda de las monstruosidades, sería completamente inútil.
—¡Estupideces!
—No, verdades. A pesar de que el semi-cerebro que llevan los robots de clase A, está bañado en sustancias alimenticias especiales, que prolongan su vida, llegará un momento en que tejidos y células envejecerán definitivamente. Será entonces el principio de un proceso irreversible que acabará con tus sueños de loco. Porque entonces, Konrad, te encon­trarás completamente solo, rodeado de muñecos in­servibles y de unos cuantos humanos enfermos, ta­rados de un inhumano tratamiento de hipnosis prolongada.
—Estás delirando.
—No. Te estoy bosquejando el negro porvenir que te espera. Fuiste tan canalla como para destruir la vida humana sobre la Tierra. Después, cuando lle­gue la hora de tu muerte, dejarás un planeta po­blado por máquinas que se irán parando, poco a poco.
—¿Y mis hijos, Ballinger? ¿Los olvidas? ¿Igno­ras que voy a casarme y que entregaré a mis des­cendientes el más poderoso y seguro imperio del universo?
—¿Quién es esa pobre desdichada?
—La hija del profesor que te sustituyó, imbécil: Elma Fredson.
Un grito de rabia resonó a su espalda.
—¡TÚ NUNCA TE CASARÁS CON ELMA, CA­NALLA!

CAPÍTULO VII
Patrick se dejó caer desde la cornisa, del sistema de ai­reación, cayendo a la espal­da de Konrad, con la pisto­la empuñada.
Fischer se volvió, pálido como el papel.
—¿Eres el célebre Patrick Gardner?
—Sí. Y me alegra que me conozcas...
—Cuando Fredson me dijo tu nombre, recordé que eras uno de los que salieron en el «Audaz».
—Eso no importa nada ahora. ¿De qué conoces a Elma?
El otro sonrió, ya dueño de sí y sabiendo todo lo que podía sacar de aquella situación.
—Está a buen recaudo, amiguito. Es mi prome­tida...
Patrick avanzó, loco de furia, lanzando un pun­tapié a una de las piernas de Konrad. El sabio se dobló, por efecto del dolor.
—¡Me las pagarás, maldito!
—Un movimiento en falso —dijo el joven, acen­tuando las sílabas con frialdad— y te levanto la tapa de los sesos. Ya tendré tiempo de encontrar a Elma.
—¡Tú no saldrás vivo de aquí!
—No te hagas ilusiones, amiguito. Empiezo a co­nocer tu famosa «ULTRAMETRÓPOLIS», en la que entré astutamente, liberando a Elma y llegando has­ta aquí, a pesar de tus estúpidas esferas verdes.
El otro tornó a palidecer.
—Sí —prosiguió diciendo Patrick—. Saldré de aquí con todos los que esperan abajo. Y luego, cues­te lo que cueste, destruiremos las malditas ciudades que has hecho en el mundo. No quedará nada de tus robots y, aunque tendremos que trabajar mucho para llegar a donde estábamos cuando tú realizaste tu ambicioso plan, trabajaremos alegres con la se­guridad de que Konrad Fischer no puede hacer daño a nadie.
Había hablado demasiado y, entusiasmado por sus propias palabras, olvidó la debida precaución.
Veloz como un rayo, Konrad se lanzó hacia un rincón.
—¡Cuidado! —gritó Ballinger—. ¡Es la palanca de alarma!
Pero ya era demasiado tarde.
Con una sonrisa de triunfo, Fischer bajó la pa­lanca, al tiempo que gritaba:
—¡Mátame, Gardner! ¡Ahora ya puedes matar­me! ¡Doscientos robots del tipo A se dirigen hacía aquí, armados de mi desintegrador térmico! ¡Nada les detendrá!
Patrick estuvo a punto de disparar contra el corazón de aquel canalla; pero le detuvo la idea de que pudiese ocurrirle algo a Elma.
Se sintió tan tremenda e irremediablemente ven­cido, que tiró la pistola al suelo, a sus pies.
—Usted gana esta vez —dijo—, pero detenga la alarma.
En aquel momento, cuando la puerta cedió, un grupo de hombres, encabezados por el profesor Fredson, irrumpió en la estancia.
Uno de los hombres recogió la pistola.
—¡Has ganado, muchacho! —dijo el sabio, Pero Patrick movió la cabeza negativamente.
—No. Ha bajado la palanca de alarma. Estamos perdidos.
Fredson lanzó una carcajada.
—Nada de eso, jovencito. Antes de salir del la­boratorio, destrocé todos los cuadros de conexiones y este despacho está completamente aislado.
—¡Mentira!
La espuma salía por la boca del semienloquecido germano.
—Puedes esperar a tus queridos robots, Konrad —dijo Ballinger.
Al conocerle, Fredson se inclinó ante él.
—¡Profesor!
Luego, percatándose del odioso detalle de las es­posas, se acercó decididamente a Konrad.
—¡Dame las llave de las esposas!
El otro obedeció; pero, cuando Fredson se hubo alejado, sonrió nuevamente con aire de triunfo.
—¡No habéis ganado aún, amiguitos! Elma está en un lugar donde nadie la encontraría y si me ma­táis, jamás la encontraréis...
—Dice verdad —confesó Ballinger—. Hay rinco­nes en esta maldita ciudad que sólo él conoce.
Patrick se mordió los labios.
—Está bien —dijo—. ¿Qué deseas a cambio de Elma?
El otro se hinchó, brillando nuevamente sus ojos de orgullo.
Pero el pelirrojo, que había permanecido en si­lencio, se acercó a Gardner, susurrándole algo al oído. El rostro del joven se encendió de esperanza.
—Podemos ensayar.
Luego, cuando Kingth hubo salido, el joven se acercó a Fredson.
—¿Está usted seguro de que lo ha desconectado todo, profesor? —le preguntó en voz baja.
—Sí. Konrad no puede hacer nada desde aquí.
Aquello tranquilizó al joven.
Momentos más tarde, Knigth regresaba con una probeta en la mano:
—Aquí lo tienes, Patrick.
—Dámelo.
Tomó el recipiente de cristal y se acercó al ger­mano.
—¿Dónde está Elma, Konrad?
Fischer miró a la probeta, sin dar muestra de nerviosismo alguno: indudablemente, no había com­prendido los propósitos del joven.
—Soy yo quien debe imponer condiciones, según creo.
Sonriendo, Patrick destapó la probeta y dejó caer un chorro en el suelo. La dura superficie de «plastikon» empezó a hervir, apareciendo momentos más tarde un orificio irregular que comunicaba con la planta de abajo.
Konrad se estremeció.
—¿Qué es eso? —inquirió, con un tono de inse­guridad en la voz.
Fue Fredson quien, adelantándose, respondió a la pregunta del germano.
—Eso es asunto mío, Konrad. En mis ratos li­bres, terminé de preparar una sustancia en la que había investigado hacía mucho tiempo. Mi estado hipnótico no debió influir en mi interés por esas experiencias: éste es el resultado, el ácido dipropionítrico, mil veces más corrosivo que todos los cono­cidos.
—Perfectamente —subrayó Patrick—. Y este áci­do, querido Fischer, entrará en contacto con tu cuerpo si, antes de un minuto, no nos has dicho dónde escondes a Elma.
Palideció; después, esbozando una sonrisa dijo:
—Quizá sea mejor quedar bien con vosotros; después de todo, las cosas pueden encauzarse bien...
Ninguno entendió aquellas enigmáticas palabras, pero lo importante fue que Fischer indicó al peli­rrojo el lugar donde se hallaba la joven. Acompa­ñado por Gardner, que no había dejado la redoma, Knigth se dirigió hacia la biblioteca, apoderándose del libro que el otro le había indicado.
Una masa parcial de la librería giró lentamente descubriendo una lujosa estancia, de la que no tardó en salir Elma, que después de besar a Patrick, se lanzó a los brazos de su padre.
Gardner se acercó nuevamente al profesor ger­mano:
Éste, mirándole sonriente dijo:
—Es curioso observar que cuando algo se hunde y alguien se desespera, hay gentes que se alegran y gozan.
—Porque lo que desaparece era maligno y tirá­nico.
—Es igual. Fue esa desigualdad emotiva en los humanos la que me llevó a poner en práctica mi proyecto. Hace treinta años, yo apenas era cono­cido. Diez años más tarde, mi nombre sonaba en todas las ciudades del mundo.
»Por aquel entonces, yo fabricaba los mejores ro­bots del mundo. Cuantos quisieron hacerme compe­tencia fracasaron rotundamente y mi marca se im­puso por doquier. Suministraba robots a los cuatro puntos cardinales de la Tierra.
»Hasta que, un poco más tarde, aparecía Ballinger en mi vida. Juntos, en mi estupendo laboratorio, hicimos algunos ensayos sobre unos robots, que provisionalmente llamamos de «clase A». Lo verdaderamente formidable de la idea de mi colaborador era la mezcla de mecanismos delicados con tejido cerebral humano. Las pruebas fueron tan decisivas, que me puse a fabricar robots de aquella clase.
»Pero entonces, mientras comprobaba su gran adaptación y utilidad, pensé que estaba perdiendo estúpidamente el tiempo y qué ninguno de los clien­tes recibiría jamás un «A». ¡Me acababa de dar cuenta de que estaba creando el ejército que me ha­ría dueño del mundo!
»Mientras, poseía dinero suficiente para poder realizar mi plan. Y mezclados con los otros robots, que eran enviados a todas las ciudades del mundo, envié a mis espías, a mis maravillosos «A» disfra­zados de robots corrientes. Después, fui preparándolo todo y creando los robots de aluminio, por cientos de millones, que más tarde iban a servirme para ayudarme a levantar el esqueleto de mis gigantes­cas metrópolis.
»Un día -el más maravilloso de mi vida- lancé la orden y aquí primero y después en las cinco par­tes del mundo, los robots crearon ciudades parecidas a ésta y empezaron, como primera labor, a eliminar a los humanos de las capitales, ya que allí residía el corazón y el cerebro de las naciones.
»Lo que hicimos en Londres fue hecho en París, en Berlín, en Madrid, en Calcuta, Tokio o Bogotá. A las seis horas de haber empezado mi colosal ofensiva, podía decirse que el mundo ya estaba en­tre mis manos.
—¿Y para qué tantos muertos? ¿Para qué tanta miseria y destrucción?
—Ya se lo dije, Gardner. Yo deseaba formar una familia Fischer, en la que no se repitiese todo lo que yo pasé en mi juventud.
—¿Y ahora? ¿Se da cuenta de lo inútil que ha sido todo?
—¿Inútil?
Se lanzó como una exhalación, consiguiendo apo­derarse de la redoma que Patrick tenía en las ma­nos. Por fortuna el joven, en un reflejo de defensa, había agarrado, sin darse cuenta, el tapón de cris­tal esmerilado, quedándose con él en la mano.
Aquello fue la perdición de Konrad.
Al tirar hacia él violentamente, un chorro de lí­quido incoloro saltó de la redoma, inundándole el pecho.
Elma lanzó un grito de horror.
Cogiéndola entre sus brazos, su padre la alejó de allí.
En aquel preciso instante, mientras el cuerpo del desdichado germano parecía hervir, el visófono, ante la sorpresa general, se iluminó, apareciendo en la pantalla el rostro de un joven.
De todas formas, aquella vez Gardner no perdió ni una décima de segundo y aprovechándose de la imagen incierta que flotaba en la pantalla, echó un paño sobre ella, al tiempo que decía:
—Le oigo, pero no puedo verle. Debe de haberse estropeado mi aparato.
—Señor, revisamos y reconectamos los cables in­feriores. Necesitaba comunicarme con usted.
—¿Qué ocurre?
Patrick estaba seguro de que la voz se neutrali­zaría en el micrófono; además, el joven estaba en estado hipnótico y, por ende, disminuidas sus facul­tades de discriminación.
—Esperamos la orden, señor, para bombardear los objetivos que faltan. Son muy pocos y todos han sido localizados por los radares.
—Perfecto; pero hay otras órdenes. Vuélvame a llamar dentro de cinco minutos...
Cuando la comunicación se cortó, Patrick se vol­vió hacia los otros.
—¡Bajen abajo y liberen a cuantos prisioneros haya! ¡Esperen, he olvidado algo!
Volvió a establecer contacto con el Puesto de Mando.
—¡Escuche! ¡Haga relevar todo el personal hu­mano por robots de clase «A»! Luego, diríjanse a la parte baja de la ciudad. Antes ordene que los ro­bots saquen los vehículos y carguen con los huma­nos del recinto de prisioneros. ¿Cuánto tiempo tardará en hacer todo eso?
—Cinco minutos, señor.
—¡En marcha!
Fredson se acercó a él.
—¿Qué. te propones, hijo mío?
—¡Destruir toda la obra de ese malvado! Vayan saliendo y regresen velozmente a Londres.
—¿Y tú? —inquirió la muchacha.
—Saldré el último. No te preocupes, querida.
Tardó en convencerlos; pero, como el tiempo apremiaba, lo consiguió. Apenas se había quedado solo cuando la pantalla volvió a zumbar.
—Aquí «A-234-L98», señor. Tus órdenes han sido cumplidas.
—Perfectamente. Comunica a las metrópolis de todo el mundo, combinando los nombres por pares, que se autobombardeen, aludiendo a que se han procedido sublevaciones por todas partes. Por ejemplo: Madrid bombardeará a Lisboa y ésta a Madrid en el mismo instante. ¡Que envíen la carga máxima de proyectiles! No hay humanos en las metrópolis, ¿verdad?
—Sólo robots «A2» y los comunes, señor.
La máquina era incapaz de razonar y aquello era el mayor triunfo del joven.
—Escucha. Hay una excepción: París y Berlín. Cuando hayan cumplido la orden, las otras ciuda­des, me lo comunicas.
—Está bien.
Patrick se retiró de la pantalla y encendió un cigarrillo. Sonrió tristemente al pensar en el papel que le había dado el destino. No tendría, ni con mu­cho, tiempo de salir de allí cuando ordenase la des­trucción de ULTRAMETRÓPOLIS. Los proyectiles que Berlín y París lanzarían eran demasiado rápidos.
Recordó a Elma y a Peter; pero dominó fácil­mente la angustia que se apoderaba insidiosamente de él.
El visófono volvió a zumbar.
—Las ciudades han sido destruidas, señor.
—Correcto. Escucha ahora. Ordena a Berlín y Pa­rís lo que sigue. Dispondrán la mitad de su reserva en proyectiles, lanzándolas, dentro de quince minu­tos, contra ULTRAMETRÓPOLIS; dales la misma ex­cusa. En cuanto hayan largado sus proyectiles, or­denarás que hagan lo mismo que las otras metrópolis han hecho. París lanzará el resto contra Berlín y ésta hará lo mismo con aquélla.
—Perfectamente, señor.
¡Quince minutos!
¿Para qué huir?
No se dio cuenta de que dos sombras surgían a su espalda. Una de ellas, más ágil, se acercó, gol­peándole en la cabeza con un objeto duro. Gardner se desplomó en los brazos de aquel hombre.
Era Knigth.
—Cargue con él, profesor. Yo me quedo aquí.
—¡No! Yo no podría llevarle; pesa demasiado. Seré yo quien me quede aquí.
Se miraron fieramente, decidido cada uno a im­poner su punto de vista.
Pero la voz que sonó tras ellos les sacó de aquella situación embarazosa.
—¡Fuera de aquí, señores!
Se volvieron.
El viejo profesor Ballinger, que empuñaba una pistola, se acercó a ellos.
—¡Largo de aquí! He oído todo lo que ha orde­nado Gardner y les quedan muy pocos minutos! Y no me repliquen. Yo, después de todo, tuve algo de par­te en los monstruosos sueños de Konrad... ¡Fuera o disparo!
Knigth se cargó el cuerpo de Gardner y salieron, con lágrimas en los ojos.
Al salir de la estancia, el profesor se acercó a la pantalla y quitó la tela que Patrick había colocado sobre ella.
Pulsó el botón.
—Escucha —le dijo al robot que apareció—: or­dena que un par de robots preparen un vehículo ultrarrápido en la salida para llevar a tres hombres a Londres. Retrasa, ahora mismo, la orden que te di para Berlín y París, diez minutos más.
—De acuerdo.
Ballinger tomó asiento en un sillón y esperó. Un par de veces, su mirada se dirigió al orificio que el ácido había hecho en el sitio donde cayó Konrad. Entornando los ojos, sonrió tristemente.
Había dejado la pantalla encendida y no se movió cuando el robot llamó:
—¡Señor!
—¿Qué pasa?
—El coche debe de haber llegado a Londres.
—¿Cuánto falta para que Berlín y París disparen?
—Un minuto.
—Bien.
Y Ballinger entornó los ojos, pensando en la nue­va Humanidad que surgiría, sin el veneno de una ciencia que había caído en manos diabólicas. Deseó de todo corazón que los hombres fuesen un poco más buenos, un poco más sensatos.
No pudo oír la llegada de los proyectiles, porque el sonido, humillado, quedaba muy atrás. Pero, cuan­do las potentes cargas de explosivos tocaron ULTRAMETRÓPOLIS, la conciencia de Ballinger estaba en estado de tranquilidad y paz absolutas.